Fragmento:
Una historia en particular se impregnó en su mente. Hablaba de una semilla, negra como la boca de un cuervo, escondida bajo el jardín de los Pactos Tardíos. Decía que la semilla solo florecería en manos de quien hubiese perdido todos sus rostros y sobrevivido. Sus raíces absorberían la mentira más grande de Arbia, y su fruto mostraría el verdadero mapa de la ciudad.
Duración: 07:43
La niebla en el Bosque de Arbia tiene un sabor. No es algo que los viajeros noten, a menos que sean de ese tipo que, a fuerza de viajar, ha aprendido a distinguir el polvo de cada camino. Aquí es húmeda, pétrea, dulzona en los bordes y con una nota amarga al fondo, como todos los secretos mal guardados. Es el olor de lo que se arrastra lejos de la luz, y también de aquello que sale a buscarla.
Al norte del bosque, una raíz gigantesca atraviesa el lecho seco de un antiguo río. Allí vive el Gremio de las Máscaras Rotas, y bajo esa raíz, en cámaras forjadas y olvidadas por criaturas que nunca caminaron sobre dos piernas, transcurre la historia de Tiaran Dell.
Tiaran era maestro archivista. El título lo había ganado no por edad, sino por renuncias: fue el último en abandonar la bóveda durante la Quema de las Verdades. Sus manos tenían la piel arrancada por los sellos térmicos, y caminaba con un leve tambaleo porque una costilla había cicatrizado torcida. Tenía una voz áspera de tanto reprimir preguntas inconvenientes, y una fama repleta de historias que no se atrevería a confirmar ni negar.
Quizás por esto, y solo por esto, le permitieron leer el tercer tomo de “Anales de la Expurgación”, ese que está escrito con la tinta obtenida del primer Flujo de la luna negra. La tinta, decían, arrastra recuerdos del lector y los inscribe entre las líneas, y solo puede ser leída una vez por cada alma viviente. El tomo guardaba los secretos del Gremio y, más importante, de las tierras de Arbia.
Esa noche, cuando la luna ya empezaba a ser menos que una uña, Tiaran descendió las siete escaleras circulares hasta la bóveda, con una lámpara de fuego frío y la llave de hueso atada al antebrazo. El tercer tomo lo esperaba en la mesa baja, rodeado de guardias silenciosos con las caras ocultas por las conocidas máscaras rotas: cerámica blanca, vetas oscuras, mandíbulas astilladas, ojos sin pupilas. Nadie habla en presencia del tomo; el aire allí tiene un grosor que ahoga el menor suspiro.
Abrió el libro con dedos precisos, sabiendo que cada contacto sería juzgado. Las páginas olían a almizcle viejo y a algo más, una traza de miedo o de promesa, nunca sabría bien. Empezó a leer.
No leyó palabras, sino paisajes: primero, una ciudad colgante entre raíces, techos trenzados, pasadizos suspendidos, hijos del exilio y de la culpa; luego, mercados en los que se mercadeaban favores en vez de productos, platos con alimentos que sabían a los recuerdos del comensal más triste. A medida que leía, Tiaran sintió cómo le arrancaban recuerdos de su infancia, y a cambio le ofrecían conocimiento antiguo y venenoso.
Una historia en particular se impregnó en su mente. Hablaba de una semilla, negra como la boca de un cuervo, escondida bajo el jardín de los Pactos Tardíos. Decía que la semilla solo florecería en manos de quien hubiese perdido todos sus rostros y sobrevivido. Sus raíces absorberían la mentira más grande de Arbia, y su fruto mostraría el verdadero mapa de la ciudad.
El libro susurraba: “Debes buscar la semilla. El gremio ya no es dueño de su propio destino.”
No recordaba haber leído ese mandato. Las palabras simplemente estaban allí, tatuadas en su conciencia, como cicatrices frescas.
Al cerrarse el libro, sintió hambre de sí mismo. Sus recuerdos más vívidos –el sabor de las naranjas robadas en la infancia, la calidez de la voz de su madre– le fueron extraños. Los guardias lo escoltaron a la salida; ninguno se atrevió a mirarle los ojos.
El Gremio de las Máscaras Rotas creía en la redención tardía, por eso reclutaban a quienes ya no tenían a dónde volver. Todos sus miembros guardaban secretos, y todos ansiaban olvidar más que recordar. Tiaran, ahora, sabía que el conocimiento era corrosivo y curativo.
Durante días, deambuló por las raíces del bajo mundo, observando los acuerdos susurrados en la penumbra, la compraventa de memoria y de perdón. Una noche, una mujer de piel traslúcida –un vacío donde deberían estar los rasgos– se le aproximó. Llevaba una máscara partida solo en un lado; por el otro, la nada.
–La semilla te llama –musitó, y la voz resonó como agua moviéndose por el interior de una cañería oxidada–. Solo puedes encontrarla si atraviesas el Jardín de los Pactos Tardíos y juras no volver con los pies que hoy llevas.
No hubo pregunta, ni permiso. En ese mundo subterráneo, las promesas no eran opciones, sino deudas.
El Jardín de los Pactos Tardíos no es un jardín, no en el sentido ingenuo. Es una sucesión de cámaras, cada una sembrada con la memoria de antiguos juramentos: suelos alfombrados con plumas rotas, raíces sangrantes, helechos que susurran nombres prohibidos a quien intente cruzar sus umbrales. Cada paso pesaba como la renuncia de un amor o una traición que nunca se confesó.
Al internarse, la música que emanaba de los tallos y las hojas le taladraba la cabeza. Reconoció su propia voz, años atrás, jurando jamás alzar la mano contra un hermano. Reconoció la voz de su padre, prometiendo volver de una guerra que lo devoró como a tantos otros.
El jardín le preguntaba, a cada paso, ¿a cuál pacto eres más leal? ¿Cuál mentira has protegido con tu vida? Y Tiaran solo tenía una respuesta: el conocimiento, siempre el conocimiento, aunque lo costara todo.
Caminó hasta la cámara más profunda. Allí, un círculo de cuervos lo esperaba, sus alas negras extendidas, ojos sin brillo, la respiración del bosque deteniéndose alrededor. En el centro, la semilla, más oscura que el hambre, más pesada que el arrepentimiento.
La tomó en sus manos; los cuervos graznaron en una lengua que solo entendió porque había leído el libro prohibido. “La mentira de Arbia es tuya ahora, Tiaran Dell. ¿La protegerás o la desenmascararás?”
La semilla palpitaba, caliente y fría al mismo tiempo, empapando las palmas callosas de Tiaran. Reveló, en visiones rápidas y letales, el primer crimen del gremio: la noche en que, hace siglos, mataron a su fundador para quedarse con el secreto de lo que crecía abajo, entre raíces y ciudad. Y que desde entonces, todos fueron víctimas y verdugos en ese ciclo.
Al emerger, Tiaran ya no sostenía la semilla: la llevaba en el hueco que había en su pecho, allí donde estuvo el corazón y ahora solo había vacío y necesidad. Caminó por los corredores, cada vez más consciente de su condición: ya no era humano, ni siquiera plenamente de carne, sino un recipiente para la mentira central de Arbia.
Podía destruir la ciudad, reemplazarla con una verdad que sería imposible de soportar para la mayoría, o podía nutrir la mentira, reforzarla, y conservar el orden malsano pero funcional.
El gremio se arrodilló ante él. Nadie hablaba. La voz de Tiaran ya no era suya; cuando habló, resonó con todas las voces del archivo, cada una de las memorias robadas por el tomo, todos los pactos incumplidos.
–Hoy florece la simiente del cuervo. No os engañéis: a partir de ahora, la ciudad será lo que el más mentiroso reclame.
Del suelo, brotó una flor negra, imposible, con pétalos que relucían como obsidiana mojada. La ciudad cambió a su alrededor, raíces retorciéndose, puertas abriéndose a lugares que eran y no eran. Por una noche eterna, Arbia fue sincera, y cada máscara se rompió, y cada rostro fue expuesto.
Al amanecer, la mentira volvió –más opaca, más fuerte, más necesaria. Tiaran Dell, o lo que quedaba de él, se sentó junto al libro, guardando la semilla como centinela y juez. Sabía que, tarde o temprano, otro vendría buscando verdad. Sabía que la historia jamás terminaría.
Y el Bosque de Arbia, entonces, olía un poco más a ceniza, un poco menos a promesa.
Copyrights © 2025 Viajerosdeltiempo.com. Todos los derechos reservados.