Portada del relato Umbral Silente
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Fragmento:


"Iniciando búsqueda," murmuró Haff, desplegando un enjambre de microbalizas que se dispersaron entre la ruinas. Las estructuras, de líneas curvas y paredes iridiscentes, no se parecían a nada que las bases de datos antropológicas pudieran identificar; teoría pura, como si alguien hubiera tratado de torcer las leyes físicas en patrones demasiado oscuros para una simple mente humana.

Duración: 08:56

Umbral Silente
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Texto de ajuste de pausa.

Ivrein contempló la proyección ante sí, una silueta translúcida flotando sobre la mesa de mando. Elevados sobre la órbita del planeta Nereus, los asteroides reflejaban la escasa luz de la estrella primaria, apenas suficientes para bañar los paneles de la estación en un resplandor azul pálido. El ambiente era denso, cargado de la rítmica vibración de los motores de soporte vital y el murmullo constante de los informes automatizados. Ivrein llevaba veintisiete ciclos en este puesto: comandante-táctico de la sección Trece, División de Asuntos Especiales. Sabía, con la aprensión cultivada solo por quienes han sobrevivido demasiadas misiones imposibles, que si la orden llegaba, tendría que ejecutarse. No era opción. Era deber.

Un leve zumbido precedió la apertura de la cámara de comunicaciones. Se giró hacia la pantalla, adoptando la postura formal. El rostro holográfico de la Coordinadora Enru apareció, duro y anguloso. No era humana, claro. Rara vez lo eran quienes dictaban las órdenes desde la metrópolis orbital, pero tampoco era del todo Sigrin, ni Ekh. Algo híbrido, pensado para infundir autoridad entre razas acostumbradas a dudar de todo.

"Es tiempo, Comandante," dijo Enru, su tono tan frío como el hielo espacial. "Están listos para recibir?"

El 'ellos' no necesitaba especificación—el Escuadrón Delta estaba alineado en la cámara principal, sellados en armaduras blandas, con los codificadores de ADN brillando al costado de sus cascos. Sabían tanto como Ivrein: nombre de la operación, blanco de extracción, ruta de entrada y salida. Nada más, por diseño.

"Todo dispuesto," respondió Ivrein, y en su garganta vibró un eco: ¿cuántos regresarán con vida esta vez? Dejó la pregunta flotar en el aire estéril.

La misión esta vez les llevaba a la superficie de Nereus—concretamente, a los restos de un asentamiento xeno prohibido. Se hablaba, en los canales cifrados, de tecnología capaz de plegar dimensiones, ocultando dentro de una simple cámara los secretos de toda una época. O una plaga. Nadie lo había aclarado. Solo sabían que tenían horas para hallar y asegurar el artefacto antes de que la tormenta que se avecinaba de plasma y roca arrasara la zona de aterrizaje.

Eran cinco en el equipo principal. Vek, el especialista en lenguas muertas, con un pulso tan firme como su convicción casi dogmática en los protocolos. Jene, la ingeniera, famosa tanto por improvisar soluciones como por su tendencia a entablar largas conversaciones con sus herramientas. Krost, el táctico, ojos de metal y memoria inquietante. Le seguía Mor, responsable bioquímico, y finalmente Haff, el técnico de recon, el único que no sabía cuándo desistir.

El transporte descendió apenas rozando la capa superior de la atmósfera. En el proceso, los sistemas de camuflaje artificial chisporrotearon bajo el asalto de partículas energéticas, pero aguantaron el tiempo suficiente para evitar la detección de cualquier defensa residual. Una vez en tierra, la realidad era otra: el aire apestaba a ozono y polvo interplanetario, y la gravedad, ligeramente mayor a la estándar, se sentía como una mano presionando suavemente el pecho.

"Iniciando búsqueda," murmuró Haff, desplegando un enjambre de microbalizas que se dispersaron entre la ruinas. Las estructuras, de líneas curvas y paredes iridiscentes, no se parecían a nada que las bases de datos antropológicas pudieran identificar; teoría pura, como si alguien hubiera tratado de torcer las leyes físicas en patrones demasiado oscuros para una simple mente humana.

"Tenéis tres horas," recordó Ivrein, conectando todas las transmisiones al canal asegurado. "Proceded."

Vek fue el primero en hallar una pista: un panel cubierto de inscripciones, grabadas en el metal fundido. Trazó una línea con los dedos, reverente, susurrando las sílabas de una gramática desconocida. "No es advertencia," dijo tras un largo rato, "es invitación... pero con condiciones." Sus palabras no tranquilizaron a nadie.

Jene se sumergió en las tripas del sistema de acceso. Cableó un desencriptador y lo conectó a su pad. "Nivel de seguridad: extremo," murmuraba, dejando que los algoritmos arriesgaran sus propias existencias virtuales mientras la cerradura emitía destellos violentos. Finalmente, un chasquido. Una puerta se deslizó, revelando una cámara cavernosa, su interior tapizado por esporas doradas que centelleaban bajo luces pulsantes.

Krost entró primero, el cañón del bláster apuntando a los rincones. "No hay formas de vida reconocidas," indicó, aunque nadie perdía la tensión. La cámara central estaba dispuesta como una espiral; en el núcleo, descansaba una urna cuyas superficies vibraban, como si atraparan la luz en una danza imposible. El artefacto.

Mor fue la primera en advertir la presencia: un cambio sutil en el aire. "Condensación nociva," alertó, activando los filtros. "El acceso ha activado un protocolo químico. O salimos rápido con el objeto, o ninguno saldrá."

Haff avanzó, abriendo un maletín de aislamiento. No fue suficiente. Con el ligero contacto, el artefacto pareció resonar, y destellos de memoria—imágenes, emociones robadas—bombardearon la consciencia de todos: guerras antiguas, civilizaciones destruidas, una inteligencia colectiva que luchaba por sobrevivir en el abismo del olvido. Era la tecnología y la plaga, ambas, entrelazadas.

Vek gritó. Sus pupilas se dilataron y su voz descendió a tonos imposibles. "Entren en la luz," musitó con palabras de otro tiempo, y por un instante todos dudaron si seguían siendo un solo equipo, o un conjunto de fragmentos bajo el peso de una mente forastera.

Jene, aferrando su instinto mecánico, logró aislar el dispositivo. Recubrió la urna en un campo de contención que empezó a fallar apenas se completó el circuito. "¡Es ahora o nunca!"

El regreso al transporte fue una carrera entre los temblores psicocósmicos—sensaciones de desarraigo de la propia realidad—y el inminente colapso ambiental. La tormenta azotó el campamento exterior minutos antes de su despegue, barras de plasma golpeando la nave mientras ascendía, chamuscando los escudos.

Ya en órbita, solo Haff intentó romper el silencio: "¿Estamos ciertos de que esto es diferente? ¿De que esto... no va a consumirnos, como aquellos informes del Sector 9?"

Ivrein suspendió toda comunicación por unos segundos. Sus ojos recorrieron el registro de bajas—Vek no había sobrevivido; la exposición prolongada había destruido su conciencia. Jene temblaba en silencio, sosteniendo el artefacto en las manos enguantadas, respirando entre sollozos. ¿Cuántas veces una misión así significaría algo diferente, algo que justificara las pérdidas?

Enru volvió a aparecer, inmóvil, inconmovible. "Informe recibido. Procedan a la transferencia del espécimen. La decontaminación final comenzará en treinta minutos."

Ivrein tragó la amargura de la obediencia. "Sí, Coordinadora."

La transferencia fue fría, metódica. Un equipo no menos anónimo que ellos se llevó la urna a un módulo sellado, desapareciendo por los largos corredores de la estación. Jene, los ojos desorbitados, preguntó: "¿Qué van a hacer ahora? ¿Quién decidirá si puede siquiera mirarse eso otra vez?"

Nadie respondió. En la sección de descanso, Haff tomó una copa del dispensador automatizado, la sostuvo sin beber ni una gota. "Misión cumplida," musitó, más para convencerse que para informar a los demás. Mor examinó los remanentes de la transmisión química en su traje y preguntó en voz baja por Vek, pronunciando su nombre como si aún estuviera en el canal de comunicaciones, esperando instrucciones que nadie daría ya.

Cada misión había construido un muro invisible entre todos y aquello por lo cual decían luchar. ¿Qué era exactamente? Seguridad, supervivencia, conocimiento, poder: las motivaciones se desvanecían bajo la rutina perpetua del deber. Ivrein miró a su equipo, reducido, exhausto, portando cicatrices nuevas tanto en la mente como en la carne, y comprendió que el verdadero objetivo quizá nunca había sido el artefacto, sino la capacidad de regresar, una vez más, a la estación, aún humanos.

Sin embargo, en lo profundo de los corredores, en la cámara donde el artefacto descansaba, una luz palpitaba. Negra, ondulante. Como un reloj esperando su última campanada, como el corazón de un leviatán dormido.

Enru, distante y espectral en los monitores, fijó sus ojos sobre la pantalla, y por un momento, algo genuinamente inquietante asomó en su rostro artificial.

La estación aguardaba. Ivrein también. Había recibido la notificación en silencio: nueva directiva, nueva misión. Lo inevitable continuaba. Y bajo el eco de los motores, la arcaica pregunta de quién es el monstruo y quién es el custodio, se aferraba a las paredes como una melodía imposible de olvidar.

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