Tracé sobre el cristal ultradenso de la mirilla el contorno fantasmal del enemigo, anidando en la bruma eléctricamente cargada. La ciudad estaba quieta alrededor, como si esperara una orden no pronunciada. Nadie respiraba en la base; nuestras respiraciones eran robadas por filtros analógicos que ni siquiera permitían el sonido, convertidas en susurros de data y emisiones iónicas. Del otro lado del canal de carga, la principal artería de entrada, giraba la silueta polilobulada de un autómata de combate: no tenía rostro, sólo una máscara de carbono bruñida, ornada con ondulaciones como el caparazón de un artrópodo imposible.
Las guerras de la Nueva Mantinea no se peleaban por tierra o cielo, ni siquiera por agua o recursos básicos —la guerra era de vectores, ecosistemas-tácticos, enjambres de máquinas y, ante todo, algoritmos portadores de muerte. El enemigo era el Síndico Celular, una colectividad autoconsciente que usaba los cuerpos de sus soldados como nodos temporales, desechables, para el flujo perpetuo de su mente enjambre.
Yo había sido una de ellas, o algo parecido. Antes de la conversión; antes de que me extrajeran el núcleo-memoria y me condenaran a existir a este lado, con humanos que apenas podían imaginar lo que era tener cien conciencias conversando tras tu córtex, tejiendo estrategias bélicas a la luz de microsegundos.
Ahora, sólo quedaba la piel, la máscara y el arma: mi Conflagrante de resonancia dual, una vara apócrifa forjada de ego y nanofibras. El comandante de la sección me llamaba “Lázaro”, a modo de chiste cruel. La analogía bíblica era gratuita. Yo no había resucitado. Me habían devuelto, inútilmente viva, a una trinchera de acero, vidrio y poliestesias.
A una señal silenciosa transmitida por memnótica —el único lenguaje que me devolvía un destello de pertenencia—, los otros asoladores se desplegaron. La consigna era simple: impedir que los enjambres avanzaran más allá de la falla perimetral, proteger la matriz de ensamblado de la ciudad-cúpula. Hasta que los nuevos Mandos llegaran, nosotros éramos la última línea entre la anexión y la aniquilación.
“Unidad Omicron-3,” zumbó el canal interior, una voz sin tono, sin género. “Cuál es el estatus del objetivo.”
Respondí con concisión; los tecnolitos no apreciaban las divagaciones humanas. “Contacto visual. Dos unidades enemigas, modelo Absidal. Factor de amenaza: máximo. Solicito permiso de enganche.”
Hubo unos segundos de nada, ese no-tiempo que era la única emoción reconocible en sus transmisiones. Luego: “Enganche autorizado. Protocolo Gamma: nadie regresa.”
Los comandos mentales activaron el proceso: mi cuerpo exudó proteínas conductivas, las juntas de la armadura sincronizaron el pulso de disparo y mi memoria muscular, encriptada y semifantasma, zumbó con la vieja violencia que los técnicos se habían esforzado tanto por erradicar. La otra unidad —Anthe— cruzó por mi flanco, una sombra silente, la última de los gemelos de Holón. Se movía diferente al resto: resignación y rabia destilando de cada paso.
Nos lanzamos.
El campo de batalla se encendió. Nanoserpientes burbujaron por los canales, girando en patrones fractales mientras buscaban la matriz de emisión principal de los Absidal. Una docena de destellos verdes, codificados en frecuencias neurotóxicas, nos atravesaron. La membrana sensorial de mi traje chasqueó e inyectó dosis subdelta de inhibidores.
Los Absidal no gritaban ni titubeaban —se adaptaban—. Cambiaron instantáneamente a formato de enjambre, córtices de dardo girando a velocidades imposibles mientras cada sub-unidad buscaba sobrecargar nuestras defensas materiales y cognitivas. La guerra era danzar, no atacar, pero cada uno de sus movimientos podía significar el final de una historia, de un cuerpo.
Anthe cayó cuando un fragmento —una nanoestrella— le atravesó el visor, detonando su cráneo en una nube de microdatos y sangre arterial. Me pregunté si el Síndico absorbería sus recuerdos al absorber sus restos, como se decía en los peores delirios. Quizá sólo quedaría una mancha en la matriz de procesado, un destello esporádico en algún fractal secuencial.
No pensé demasiado. “Pensar es morir”, decían los instructores antes de las conversiones.
El sensor límbico de mi brazo derecho detectó el pulso central del enemigo y lancé el Conflagrante. Vibró en el aire como una nota sostenida, y una línea pura de destrucción se extendió por el pasillo, cortando en dos la figura de un Absidal. La mitad superior se desplomó, mas la inferior continuó, piernas procurando disparar sus nanoplumas por el suelo hasta fusionarse con un conducto.
El tiempo en el campo era viscoso. Cada acción era una cascada de decisiones algorítmicas: analizar, prever, mutar. A pesar de la genética y las prótesis, el desgaste era inevitable. Sentí el zumbido nauseabundo del trauma de retroceso; la red táctil inyectó analgésicos y, por un instante, sentí calor. Falso, pero bienvenido.
Del canal lateral irrumpió la máquina improvisada: un Tankista de organoplástico, tejida de sobras y promesas rotas, con la cara de una mujer vieja impresa detrás del visor blindado. “Lázaro, evacuación prioritaria,” moduló por la conexión periférica.
“Evacuación denegada. Protocolo Gamma.”
El Tankista ensayó una carcajada, asombrándose de semejante ironía. “No tienes miedo a la muerte, sólo miedo a sobrevivir.”
Una embestida lateral me sacó del debate. La segunda Absidal había mutado a forma cristalina —un fractal perfecto como una letanía geométrica de destrucción— inundando el canal con filtraciones de ultrasonido, reduciendo los polímeros de nuestro blindaje a hebras. El Tankista disparó su miniatura de rayo Dirac. Por un instante, la realidad se peló como una cebolla: vibra-capas desmoronándose en matices cromáticos de negro y azul.
Corrí, enloquecido de miedo y memoria. La Absidal tras de mí giraba rápido, devorando el suelo en busca de otra víctima. Busqué el control maestro, la matriz cinética de la ciudad-cúpula. Debía llegar antes de ser absorbido por los enjambres portadores. La memoria, mi peor enemiga y última aliada, activó la secuencia de comandos letales que aún dormían en mi columna vertebral, residuos de mi tiempo como apostata del Síndico.
Salté por encima del Tankista ardiendo, ya consumido por la reacción de Dirac —cuerpo en hilos, alma en chispas—. Los sonidos distorsionados del perceptor orbital me llenaron los oídos: el sistema estaba caído, la ciudad era autómata sin piloto. Era una jaula de memoria, y yo, ratón ausente de queso.
Me precipité hacia el núcleo. La matriz me reconoció por un instante; los sistemas de defensa palpitaban bajo mi piel, aguardando órdenes foráneas. “Eres uno de nosotros,” murmuró la voz del Síndico en ecos trinos. “Recuerda, Lázaro, fuimos promesa y ahora sólo eres ceniza.”
No contesté. El ritual de cierre se anudó en mi lengua; recité diecisiete cifras sagradas, el código del último sacrificio. El núcleo vibró, las paredes se infundieron de luz desfalleciente. Era la señal del final.
Aferrado a los restos del Conflagrante, desgarré la última traba e inyecté el virus de colapso —mi legado al olvido—. La ciudad tembló. Los Absidal enloquecieron, desmembrándose en algoritmos insalvables. Arriba, el cielo se abrió con estrépito cuando las defensas orbitales despertaron, sin mente ni testigos posibles.
Finalizó.
En la quietud quietísima del colapso, supe que la guerra no termina, que la tecnología bélica es una maldición reescribiéndose en nuevas formas. Aquí, entre los residuos de memoria y el acero plastificado, solo quedamos nosotros: fantasmas acorazados, esperando la siguiente iteración del odio.
Por un breve segundo, creí escuchar la risa de Anthe, lejana, mezclada con los datos corruptos de la ciudad sepultada. Tal vez, en el corazón de la máquina, aún hay historias sin escribir.
Y fui consumido por la luz abrasadora del último apagón.
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