Fragmento:
En la proyección flotante, una cuadrícula de realidades alternas palpitaba débilmente como una herida abierta, fracturada por líneas rojas. Una de las líneas pulsaba con inestabilidad creciente: el acceso a un nodo crítico, una de las llaves de compuerta que mantenía la guerra del otro lado de los muros. La IA de escalada, llamada *Ktetigma*, les informaba: “Colapso previsto en menos de nueve horas locales. Vectores de ataque enemigos detectados. Se requiere intervención quirúrgica.”
Duración: 09:19
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El sargento Dalji Sancors estaba acostumbrada a soñar con campos de batalla: líneas de fusileros que se difuminaban entre las nieblas cuánticas, la resonancia implacable del rango de aniquilación de las balistas rotacionales, aves de metal sobrevolando incursiones en ciudades que nunca existieron en su mundo natal. Pero en ese sueño en particular, las armas tenían nombres y esos nombres le susurraban promesas en voz baja, como abuelas en medio de la tormenta, mientras la realidad se doblaba y retorcía por la presión de fuerzas que nunca deberían haberse desatado.
Se despertó jadeando, envuelta aún en hilos fantasma de realidades superpuestas. Los ingenieros decían que los efectos colaterales —el llamado “eco sináptico”— se disiparían con la experiencia, pero tras quince saltos Sancors ya había aprendido a dudar de todo lo que prometiese estabilidad.
En la bóveda de comando, las luces eran suaves y los paneles reflejaban naves desembarcando bajo cielos fracturados, la marca indeleble de la guerra entre universos. El comandante Olanx esperaba junto a la consola, su expresión tan inescrutable como siempre, tal vez menos por disciplina que por el cansancio acumulado de cientos de incursiones a mundos cuyas reglas no seguían ningún guion conocido.
—Sargento Sancors, —dijo—, tenemos un problema de contención.
En la proyección flotante, una cuadrícula de realidades alternas palpitaba débilmente como una herida abierta, fracturada por líneas rojas. Una de las líneas pulsaba con inestabilidad creciente: el acceso a un nodo crítico, una de las llaves de compuerta que mantenía la guerra del otro lado de los muros. La IA de escalada, llamada *Ktetigma*, les informaba: “Colapso previsto en menos de nueve horas locales. Vectores de ataque enemigos detectados. Se requiere intervención quirúrgica.”
Dalji reprimió una maldición murmurada en el dialecto de su abuela. No existía vociferación suficientemente poderosa para conjurar lo que sentía ante la constante y cotidiana amenaza del colapso multiversal. Nada de esto tendría que haber ocurrido, pensó, si el Alto Mando no hubiese intentado militarizar el Paso Null, ese corredor cuántico ubicado entre dos universos tan incompatibles que su contacto generó todo un abanico de nuevas realidades anómalas, y una guerra tan extravagante como inevitable.
“Briefing, ahora,” ordenó Olanx, y la sala se ajustó de inmediato. Todo el equipo se reunió: ingenieros de armamento vectorial, tácticos de realidad variable, dos sacerdotes de la Simetría (expertos en apaciguar los algoritmos enfurecidos que enlazaban un universo a otro).
—El universo Epsilon-34 ha sido abordado —explicó la capitana Vesket, encargada de dinámica cuántica—. Se ha detectado una intrusión de Disruptores Graves: unidades capaces de realizar ‘injertos’ de física exótica en la realidad de destino. Si establecen un anclaje estable, pueden desencadenar un ‘arrastre de horizonte’, es decir, invadir nuestras leyes naturales.
—¿Qué tipo de armamento están usando? —preguntó Sancors, porque sabía que nada nunca era tan sencillo como un arma emitiendo proyectiles y sangre brotando de una herida real.
—Están usando Sangre de Khazan —dijo la ingeniera Zoen, y los murmullos se apagaron—. Proyectiles de consciencia cuántica, reforzados con entidades-memoria. No solo destruyen, sino que reescriben lo que existía ahí antes. Y su próxima trayectoria apunta a la compuerta 17-E, el nodo base de tres realidades aliadas.
Nadie preguntó por qué usaban metafísica combinada con cinética ofensiva. En la guerra de los universos alternos, la violencia era mucho más que el simple acto de destruir. Era reescribir la historia, alterar retroactivamente la memoria de toda una civilización, poner en riesgo incluso la supervivencia de identidades enteras.
“Escuadrón Arcoide, despliegue inmediato. Protocolo: Divergencia. Sancors, tú diriges.”
La escuadra se preparó en las cámaras de transición. Cada miembro tenía en la base de la nuca un conector neural: la clave para la transferencia entre realidades, el anclaje que les permitía conservar el yo en mundos donde los recuerdos eran tan maleables como el agua. El mismo anclaje servía como escudo cuántico contra armas como la Sangre de Khazan, pero la protección nunca era perfecta.
Antes de saltar, Sancors sintió el temblor familiar en sus huesos: la incertidumbre de si alguna vez volvería a despertar en la realidad original, si había tal cosa como una realidad original después de todo. Era como parpadear entre todas las versiones posibles de sí misma, cada una envuelta en un manto de guerra infinita.
El salto fue una sinfonía de chirridos en sus neuronas, sensaciones de gravedad invertida y añoranzas de infancias descartadas. Al aterrizar, la base avanzada les recibió con ráfagas de fuego multiforme: patrones de energía que se curvaban en el espacio, buscando líneas de fractura en sus blindajes individuales.
Al fondo del campo de batalla, las unidades de Disruptores Graves construían sus anclajes: torres flotantes que giraban lentamente mientras alimentaban el núcleo del asalto con hebras de historia robada. Alrededor, las tropas enemigas —algunos humanos, otros tal vez ni siquiera eso— disparaban armas que escupían retales de biografía y ráfagas de vacío.
Sancors saltó detrás de una protección fractal y desplegó su escudo narrativo: filamentos de conceptos personales, recuerdos elegidos con cuidado, amplificados y endurecidos para resistir los intentos de borrado y reescritura. Sabía que si esos escudos fallaban, sería “deshilo-vivida”, desenrollada a lo largo de sus múltiples versiones hasta solo quedar una sombra difusa, ya no humana, ni siquiera posible.
—Zoen, jammea los enlaces entre los anclajes y su núcleo —ordenó.
La ingeniera asintió, y fragmentos de código vibraron en el ambiente, distorsionando la realidad local y haciendo que partes del campo se torcieran como reflejos en agua quebrada. Un Disruptor Grave notó el cambio y disparó una salva de Sangre de Khazan; el proyectil atravesó a un soldado aliado, el espacio detrás de él se disolvió y, donde antes había habido un compañero, solo quedó un bosquejo de luz agonizante. La memoria de esa persona empezó a derrumbarse en las mentes del escuadrón: ya nadie podía recordar del todo su nombre, ni por qué estaba allí.
Dalji sintió el mordisco del miedo reptar bajo su escudo, pero lo ignoró.
“El principal ya está desestabilizado. Si forzamos la sobrecarga, podrían colapsar los anclajes y replegarse,” dijo Zoen.
“Preparen las cargas de Contrapunto,” ordenó Sancors.
Las cargas de Contrapunto eran un invento reciente: bombas de realidad que no explotaban hacia afuera, sino que absorbían y cancelaban versiones alternas, devolviendo de golpe al espacio atacado a una línea temporal de referencia. Como todos los milagros bélicos, su ejecución era arriesgada: se corría el riesgo de solapar realidades incompatibles y causar aún más daño.
Con precisión coreográfica, el escuadrón avanzó bajo una lluvia de ataques metafísicos. Los sacerdotes entonaban oraciones de simetría, versos hechos de términos matemáticos y plegarias a la coherencia. Dalji notó que cada palabra ajustaba el entorno, calmando turbulencias ontológicas que amenazaban con devorarles.
Colocaron las cargas en la base de la torre principal y se retiraron al perímetro seguro, apenas un fragmento de segundo antes de la detonación. La onda de choque no fue ni fuego ni ruido, sino una marea de vertigo: el universo local vaciló sobre su eje de posibilidad, y por un instante Sancors percibió incontables versiones de sí misma: madre, enemiga, desertora, sacrificio mudo en un altar olvidado.
El pulso finalmente cedió, y el campo de batalla se estabilizó. Los Disruptores Graves retrocedieron, retirándose a alguna grieta de la no-existencia. El cielo, aunque aún dividido por cicatrices de luz y parámetros errantes, ya no era inminentemente letal.
Vesket les contactó desde la base primaria: “Vector seguro establecido. Inicien repliegue. Refuerzo inmediato en Nodo 19-B. Pero… Sancors, ven directa a sala de debriefing. Hay anomalías en tu vector personal.”
La comandante esperaba, la sala flotando tenuemente entre varios posibles estilos arquitectónicos. “En cada uso de las cargas de Contrapunto, una realidad debe colapsar. Hemos hecho simulaciones: aunque siempre terminamos aquí, no siempre somos los mismos. El Dalji Sancors que recoge este informe, ¿te reconoces como la ‘original’?”
Dalji estudió sus manos. En una de ellas, una cicatriz que no recordaba; en la otra, un anillo viejo que nunca había llevado. “Ya no importa quién era. Lo que importa es no rendirle el mundo entero a la Sangre de Khazan. No hoy.”
Mientras salía, una nueva alarma de colapso tintineaba en los paneles. Afuera, un mundo recosido, difuso, seguía necesitando de quienes supieran saltar entre las posibilidades, apuntar una carga al corazón de la guerra, y decidir, cada vez, qué partes de sí mismas sacrificarían para que una sola realidad sobreviviera un día más.
Y esa fue la certeza que Dalji eligió cargar, mientras las puertas cantaban su llamada a la batalla, todavía bajo la lluvia.
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