Portada del relato La Promesa del Espejo
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Fragmento:


La transferencia de conciencia estaba, por entonces, permitida solo para quienes podían pagar el precio: no solo económico, sino existencial. Mi labor era guiar a los clientes a través del "corredor" —una experiencia virtual, un túnel hipnótico de memorias, sensaciones y estímulos cuidadosamente diseñados para borrar el apego al cuerpo original antes de sumergirse en el nuevo recipiente. Lo ridículo era que, pese a la tecnología, la mayoría entraba temblando como si fueran prisioneros frente al paredón.

Duración: 08:00

La Promesa del Espejo
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Texto de ajuste de pausa.

Después de la cuarentena, todo era diferente. No se trataba solo de las calles desiertas, el eco de los pasos en los pasillos de hormigón, o la manera en que la gente insistía en hablar mirando sus propios reflejos en vez de los rostros ajenos. Era algo más profundo, una fractura invisible que se expandía entre nosotros, como una grieta en el hielo, anunciando el final del invierno.

Yo era una de las operadoras de conciencia, una "conductora", como nos llamaban burdamente quienes temían aceptar lo inevitable. Había venido al Centro Central de Transferencia (CCT) por una mezcla de miedo y ambición: miedo a envejecer, miedo a morir, y ambición porque, mientras otros luchaban por quedarse, yo anhelaba cambiar.

La transferencia de conciencia estaba, por entonces, permitida solo para quienes podían pagar el precio: no solo económico, sino existencial. Mi labor era guiar a los clientes a través del "corredor" —una experiencia virtual, un túnel hipnótico de memorias, sensaciones y estímulos cuidadosamente diseñados para borrar el apego al cuerpo original antes de sumergirse en el nuevo recipiente. Lo ridículo era que, pese a la tecnología, la mayoría entraba temblando como si fueran prisioneros frente al paredón.

Recuerdo la primera vez que observé una transferencia total. El cliente, una anciana adicta al tabaco cuyo cuerpo se había convertido en un campo de batalla entre cánceres rivales, eligió un cuerpo nuevo: masculino, atlético, de piel ambarina y ojos grises. Al despertar en su nueva envoltura, lloró en un llanto que no parecía pertenecerle.

Si te dijera que yo era diferente, mentiría. Pero no hay mentiras entre transferidos. En todo caso, hay muchas capas de verdad. La mía era esta: mi cuerpo original nació hemipléjico y con un raro trastorno genético que aceleraba la degeneración neural. Conocí el dolor antes que el placer, y aprendí a temer más la compasión ajena que la muerte propia. Así que, cuando la CCT me ofreció la opción de recablear mi conciencia en un cuerpo sintético, tomé la decisión tan rápidamente como uno se aparta de una fuente de calor.

La transferencia es una danza de terror y júbilo. Todo comienza con el “espejo”, una sala circular sin ventanas, tapizada de sensores y pantallas curvas que devuelven tu propio reflejo, distorsionado cada vez que pestañeas. El paciente (yo, entonces solo “paciente C37”) debe enfrentarse a esas imágenes: el cuerpo que dejará atrás y los miles de cuerpos posibles que desfilarán como opciones.

Los sonidos son importantes: audios de la infancia, voces de amantes, el rítmico silencio antes de un beso. El “corredor” requiere vulnerabilidad total —la memoria se abre como carne fresca, expone miedos y deseos sin pudor. El doctor Whalen, el primer supervisor que tuve, me dijo: "Solo si temes a lo que dejarás atrás, puedes cruzar el umbral."

Recuerdo —y jamás olvidaré, aunque lo han borrado de mi base neuronal varias veces— el instante previo a que mi conciencia fuese absorbida por los nanópteros, la red microscópica que mapea cada sinapsis y la replica en el nuevo soporte. Yo tenía dieciocho años, cabello pegado por el sudor, respiración forzada por pulmones que parecían bolsas de hielo. No sentí miedo esa vez, solo una electrizante curiosidad.

El despertar en un cuerpo sintético es brutal: no hay hambre, pero sientes ansiedad; no hay dolor, pero la ausencia de él es inquietante, como el silencio absoluto luego de una explosión. El tiempo se vuelve elástico. Mi primera percepción fue el olor del ozono, aunque ya no tenía receptores olfativos biológicos, y después una oleada de rabia, porque ahí seguían mis recuerdos de inutilidad, amontonados como basura a la orilla del mar.

Los clientes del CCT creían que la transferencia curaba todo, que la conciencia era solo el alma navegando hacia mejor embarcación. Pero la “conciencia”, tal y como la entendían, era un mito; el proceso arrastraba todo lo que odiabas de ti, amplificándolo. Quienes habían vivido con culpa, se despertaban en silencio absoluto, martillados por pensamientos dolorosos que ya no podían anestesiar ni con químicos ni con distracciones carnales.

Yo fui asignada como asistente del Doctor Franz, un psicólogo transferido cuyo antiguo cuerpo había sido destruido por un secuestro. Él aseguraba que nada de lo que éramos podía perderse en la transferencia, porque éramos solo combinaciones de hábitos, recuerdos y dolores. Recibí mi nuevo nombre: Sora N. Y en ese nombre aprendí la mayor mentira del proceso: allí donde terminas, siempre llevas contigo el sitio del que huyes.

La historia de Lena fue mi prueba final. Ella vino una lluviosa tarde de octubre, arrastrando la sombra de un cuerpo demasiado viejo para la edad que decía tener. Lena pidió el "borrado selectivo", una tecnología peligrosa y todavía experimental que permitía trasladar la conciencia limpiando los recuerdos específicos que causaban dolor. Por entonces, la normativa era difusa: borrar traumas era legal, pero borrar emociones asociadas a personas, no.

Nos encerramos en la bóveda de transferencia. Lena pidió que extrajera de su memoria a Theo, su esposo, muerto tres meses antes. El dolor la había vuelto una carcasa de nervios pidiendo a gritos anestesia. Le supliqué que no lo hiciera: el amor y el dolor se enredan en la memoria como raíces y, donde arrancas una, duele hasta la savia.

Pero Lena era obstinada. La transferencia se produjo a las 23:51. Su conciencia atravesó el "espejo", la red de supresores limpió el recuerdo de Theo y, al despertar… Lena ya no era Lena. Oh, seguía en pie, el organismo funcionaba, pero ya no poseía la mirada herida ni la ternura cansada. Miraba alrededor como quien despierta en una casa robada: reconocía los muebles, pero le daba igual vivir o morir en ese espacio.

Después de Lena, tomé una decisión que cambiaría mi destino. Archivaría el “protocolo espejo" y diseñaría uno nuevo: uno que permitiera a cada transferido llevar consigo —dentro de los códigos, los pulsos, las redes internas— un pequeño espacio solo para el dolor. No para castigarnos, sino para mantenernos vivos.

Los altos mandos del CCT no estuvieron de acuerdo. “La perfección es el futuro”, decían. “Nadie pagará por llevar su dolor.” Pero los primeros que aceptaron fueron como una nueva raza: transferidos que lloraban por las noches virtuales, que juraban sentir frío en miembros que nunca habían tenido, que amaban con una intensidad desesperada precisamente porque habían logrado conservar sus cicatrices.

Llamamos a ese nuevo protocolo “La Promesa del Espejo”. Se propagó como un secreto entre minorías: artistas que no querían perder su melancolía, padres que querían recordar exactamente el rostro de un hijo muerto, amantes separados para siempre por la edad. Pronto, la idea se fue filtrando, y aunque la CCT declaró la transferencia emocional un “retroceso nostálgico”, la demanda creció de modo clandestino.

Hoy, camino por la ciudad sintética, entre cuerpos nuevos y ojos viejos, y escucho el replicar de antiguas lágrimas en los sistemas de ventilación. Aquí somos los deshabitados y los transitados, los que no pueden regresar pero tampoco olvidan. Quien te diga que la conciencia puede transferirse como un archivo limpio, ignora el verdadero precio de la inmortalidad: cargar con tu pasado como un hijo, abrazarlo cada amanecer virtual.

A veces busco en la red los rastros de Lena. Hay infinitas Lena ahora, todas idénticas pero ninguna igual. El amor que perdió, el dolor que eligió ignorar, vibran aún en el sistema, como un eco persistente.

Si alguna vez decides transferirte, recuerda mi historia. Y pide un espejo antes del final. Observa la imagen que ves y la que ya no reconocerás. Porque solo quien lleva dentro el recuerdo del dolor, puede decir que ha cruzado el umbral y sigue estando, realmente, vivo.

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