Portada del relato El sueño de Carnot
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Fragmento:


Una presión aguda se hizo sentir en sus sienes, como si estuviera de golpe a muchos kilómetros por debajo del mar. Al hacerlo, recordó la voz de Graham en la última sesión de entrenamiento:

Duración: 09:50

El sueño de Carnot
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Texto de ajuste de pausa.

El aire, si es que merecía ese nombre, olía a ozono quemado y ropa lavada con detergente industrial. Por la claraboya que se deslizaba hacia el negro profundo, reflejando las galaxias apretadas como el puño de un niño aferrado a un puñado de canicas, se colaba un ángulo de luz digital azul. Todo en el Colddeck tenía ese matiz: las paredes blindadas, el suelo con tiras adhesivas para encajar los pies, y el sarcófago blanco. Dentro, una silueta dormía.

Sam Rivera flotaba junto al panel de control, con la calma entrenada en simuladores. Los nudillos, sin embargo, no engañaban a nadie: blancos, crispados mientras evaluaba los parámetros. Dos décadas caminando entre el desvelo y la suspensión, con transferencias mentales y pruebas de resistencia. El sarcófago era su maldición y su promesa.

—Por favor, no te apagues —susurró, sin necesidad alguna de un testigo.

La sesión iba unida a la obsesión. El mecanismo en su cabeza, una red insertada al tallo cerebral, rebotaba señales entre su conciencia y el sistema de sueño inducido de la nave. Cada cruce representaba una apuesta: perderse por siempre en las capas de código, despertar en un chasis vacío o regresar con el yo intacto.

La misión era de las largas: cerrar el espacio entre ARIES-7 y RHOMB-Delta, 150 años en la versión lenta. Obvio, nadie viaja despierto ese lapso. Así que Sam, como todos los de su rango, tenía que confiarse a la tecnología más extraña de la humanidad: transferencia de conciencia. Una llamada, un “copiado” de su psique a un contenedor frío.

Dentro del Colddeck, el durmiente era Graham. El mejor copiloto de la flota Helix, lo decían hasta sus enemigos. Ahora, reducido a una figura inerte más allá del vidrio del sarcófago. Un depósito lleno de electrolitos y agua, listo para almacenar recuerdos y rutinas.

La transferencia comenzaba siempre igual. Sam se anclaba en su asiento, ajustaba la diadema bioeléctrica y activaba la secuencia:

—Computadora Helix, transferencia de conciencia. Protocolo Once-Sigma. Piloto Rivera solicitando permiso.

—Permiso concedido —anunció la voz metálica—. Preparando recibir patrón neural.

El primer impacto era el calor. Una marea que le iba subiendo por la columna, contrariando el frío artificial de la nave. La mente de Sam se alargaba en múltiples direcciones, como si sus ideas fueran tentáculos buscando cuerpos alternativos. Percibía en segundo plano que el Colddeck vibraba.

—Graham, si puedes oírme, hazme sitio —musitó, titubeando.

Sabía que era imposible, que Graham estaba sumergido en la sopa anestésica de la criopreservación. Pero parte del procedimiento incluía ese acto supersticioso: hablarle, como si fuera un compañero listo para recibir instrucciones en vez de un bloque de carne útil.

En la fase de transición Saville, los parámetros de conciencia del piloto flotante —Sam, en este caso— son copiados capa por capa sobre la sinapsis del usuario criogenizado. El riesgo yace, como todo, en la superposición: si las conexiones eran imperfectas, si el cuerpo de Graham rechazaba la huella de Sam, la mente podía deshilacharse como una cinta de video reutilizada.

Pero esta vez fue distinto.

Una presión aguda se hizo sentir en sus sienes, como si estuviera de golpe a muchos kilómetros por debajo del mar. Al hacerlo, recordó la voz de Graham en la última sesión de entrenamiento:

—Duele si te resistes. Mira hacia dentro. Déjate ir.

Y eso intentó Sam, mientras descendía. Su campo visual se llenó de imágenes desordenadas: la luna como un diente caído en un charco; una mano—no suya—estrujando una medalla oxidada; el olor de las mañanas lluviosas en una Tierra que apenas recordaba.

¿Eran recuerdos de Graham? ¿O sólo residuos de la transferencia?

Sintió también un latido distinto, más agudo, más joven. La percepción del nuevo cuerpo le llegó fragmentaria: piel estirada, articulaciones frescas, diferencia sutil en la longitud de los dedos. Incluso el miedo tenía otro sabor, quizás la vieja ansia competitiva de Graham.

Durante los primeros minutos, la conciencia de Sam se manifestó como un visitante. Los nervios brillaban con electricidad extraña, cada impulso se sentía como atravesar una casa ajena, siguiendo indicaciones dibujadas en una servilleta sucia. La nave detectó la nueva huella vital y respondió con un pulsar de luces verdes.

Entonces llegó el error. O tal vez siempre hubo un error; lo notó en la forma en que las memorias comenzaban a mezclarse.

Al abrir los ojos—los ojos de Graham, no los de Sam—descubrió un zumbido en la cabeza. Una ramificación inesperada del proceso de transferencia.

—¿Sam? —sonó la voz de Graham, no en los oídos sino en la conciencia.

La sorpresa fue un golpe seco en la base del cráneo. ¿Estaba despierto? —¿Dónde estoy? ¿Quién eres? —La angustia, ensayada miles de veces en simuladores, nunca fue tan real.

Como un eco, ambas conciencias percibieron la nave. El negro del espacio, el flujo de datos por los monitores, la constante oscilación del soporte vital.

—Nos hemos superpuesto —farfulló Sam, incapaz de distinguir si hablaba en voz alta o sólo pensaba.

Graham, atrapado más profundamente, se aferró a un recuerdo propio: el primer despegue desde la luna, siendo un crío. El rugido del reactor, la certeza de que la vida sólo existe donde puede desaparecer en cualquier momento.

—¿Puedes moverte? —preguntó Sam.

—No lo sé. Siento mi cuerpo… a medias. ¿Quién está al mando?

Ambos intentaron, a un tiempo, flexionar los dedos. El resultado fue un espasmo, el cuerpo rígido resistiéndose a una sola voluntad.

—Estamos fundidos —dijo Graham. No era pregunta.

Sam repasó protocolos de emergencia. Sabía que, tras una transferencia defectuosa, había recursos para retornar a la matriz original. Pero los informes hablaban de recuerdos tangenciales, amnesia, personalidades erizadas de errores.

—Tenemos que elegir —dijo Sam—. El sistema sólo puede conservar una conciencia completamente funcional, o ninguna.

Graham, respirando con dificultad—¿era su cuerpo el que temblaba, o Sam que controlaba la respiración?—preguntó con voz baja y fría:

—¿Tienes miedo de ceder, Sam?

La pregunta era injusta. El entrenamiento insistía: el piloto cuenta primero, el copiloto es sacrificable por propia voluntad. Pero la experiencia tejía excepciones y la memoria, incluso la memoria injertada, cosechaba atajos.

—¿Y si no se trata de ceder? —susurró Sam—. ¿Y si podemos permanecer ambos?

La idea era peligrosa. Las notas técnicas advertían: dos identidades fundidas pueden acabar distorsionando la realidad, como espejos enfrentados. Pero también había relatos no oficiales, historias de misiones donde pilotos salieron distintos, narrando sueños que sólo podían ser compartidos.

—Intenta recordar tu canción favorita, Graham —pidió Sam.

El eco comenzó a silbar una melodía inacabada. A cada compás, la mente de Sam rellenaba huecos, como puntiagudas piezas en un holograma. Por unos instantes, se fundieron en una sola nota, la vibración de los huesos atrapados en el frío del Colddeck.

Pero la armonía era insostenible.

El panel de control empezó a destellar en naranja. Advertencias en código hexadecimal bailaban frente a sus retinas dobles. El algoritmo de soporte vital necesitaba un perfil definitivo; la bifurcación era una amenaza para el sistema.

—Uno de los dos debe irse —dijo la voz de la nave, ahora teñida de ironía. Como si la máquina disfrutara la paradoja.

Graham, desde algún resquicio de la memoria, proyectó una última imagen: un recorte de diario digital, la noticia de una nave perdida décadas atrás. ¿Cuántos habían quedado atrapados como ellos, suspendidos en limbo, esperando un fallo en el sistema?

—Déjame a mí —dijo Graham—. Esta vez, seré yo quien se quede.

Sam dudó. La posibilidad de perder su identidad, de convertirse en nada más que una sombra en el recuerdo de Graham, lo desgarraba. Pero la lógica era ineludible: la misión debía continuar; al menos uno necesitaba llegar a RHOMB-Delta.

El procedimiento era brutalmente sencillo. Una orden vocal, transmitida por la red interna del Colddeck, y el sistema sellaría el perfil activo. La otra conciencia, comprimida, reabsorbida o disuelta en una bruma de información irrelevante.

Sam miró a través del perfil mental de Graham, por un momento siendo ambos y ninguno. Sintió el frío del sarcófago —su cuerpo original estaba retorno a otra cápsula, a la cuna lúcida donde los sueños artificiales guardan el sabor de lo humano.

—Hazlo rápido —dijo Graham.

Sam asintió, flexionando el cuerpo doble. En la fracción de segundo donde su conciencia fue dominante, pensó en todas las cosas que llevaría consigo: la canción inacabada, la memoria de las mañanas lluviosas, la culpa de quien sobrevive.

Y entonces:

—Helix, sellar perfil Graham. Protocolo de emergencia Ikaros.

El zumbido bajó de tono. Una luz blanca invadió el espacio mental, como nieve digital arrastrando las últimas piezas de la otra mente.

Cuando todo se detuvo, Sam se encontró solo—pero no completamente. Ecos de Graham vibraban en los pliegues de su conciencia, reflejos sutiles, pequeñas formas de pensar que ya no le pertenecían.

El sarcófago se abrió despacio. Sam—en el cuerpo de Graham—respiró hondo y se sintió íntegro, por fuera. Por dentro, era un puzle imperfecto. Caminó hacia el panel de comando, rumbo al siguiente centenar de años.

El viaje seguiría. Uno despierto, miles congelados. Siempre la posibilidad de despertar, siempre el peligro de compartir demasiado. Fuera, las estrellas lo miraban, indiferentes. Dentro, una nueva melodía despuntaba en su cabeza, una que nunca lograría concluir.

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