Fragmento:
Fue entonces cuando la inquietud dio paso al terror. Durante las semanas siguientes, nuevas y viejas caras surgían y desaparecían en la estación; los registros digitales se reescribían, las historias personales colisionaban. La convivencia se volvía imposible: el miedo y la desconfianza sembraron brotes de violencia y paranoia. Había noches en que Kress soñaba con los gritos de la ingeniera Niesztka, que apareció tres veces muerta en tres relevos distintos, cada uno atestiguando un destino diferente.
Duración: 09:01
El sonido de la lluvia golpeando la cúpula de la estación era casi meditativo; cada gota dibujaba patrones aleatorios en la superficie transparente, distorsionando, una y otra vez, el lejano y permanente ocaso de Urano. El doctor Evandro Kress, recostado en su silla giratoria, se preguntaba si habría sido distinto trasladarse a Ganimedes. Aquí, el paisaje era tan alienígena como su propia mente desde que el Experimento Tyché había dado sus funestos frutos.
Kress no era un romántico, ni siquiera un aventurero, aunque el azar le hubiera robado toda posibilidad de una vida ordinaria. Se le conocía, a lo sumo, como un físico teórico brillante y un frío analista de sistemas caóticos. Pero hacía ya dos años que la estación Paracelsus —fruto del lujo tecnocientífico y la desesperación humana— se había convertido en una prisión de eventos improbables, donde el paso entre universos paralelos era menos un rumor que un peligro cotidiano y letal.
Todo comenzó el día en que activaron el Espectrómetro de Realidad. El aparato era la joya del consorcio científico que financiaba Paracelsus. La idea básica era sencilla: identificar pequeñas inconsistencias dentro de los parámetros fundamentales del universo observable. En otras palabras, calcular dónde y cómo se filtraban otras realidades; confirmar la existencia —tan postulada— de universos paralelos.
Recordaba perfectamente la excitación de aquellos primeros minutos de funcionamiento del Espectrómetro. Miraban, casi conteniendo la respiración, el monitor holográfico donde se descomponía el espectro de la constante gravitatoria, buscando el singulto de error, la imperfección anodina en la textura del cosmos.
Lo encontraron. No era únicamente ruido: una enorme e inesperada desviación, acompañada de una vibración imperceptible, recorrió los suelos y paredes de la estación. De pronto, y sólo por un instante, el mismísimo sentido de identidad de Kress le pareció volverse líquido. La imagen que devolvía el reflejo esmerilado de la ventanilla era la suya, pero los ojos que lo miraban desde el otro lado de ese espejo eran ajenos, y desconocidos sus pensamientos.
Recobrada la normalidad aparente, revisaron los datos, repitieron los procedimientos, buscaron fallos en los sistemas, y hallaron nada. Entonces, comenzaron los sucesos. A primera vista, eran sutiles: una llave que no encajaba en la cerradura habitual, una cámara frigorífica que mantenía los refrescos a la temperatura contraria. La tripulación miraba con sospecha a los técnicos de mantenimiento, pero pronto las alteraciones se volvieron imposibles de ignorar. El comandante Slater desapareció de sus habitaciones, y en su lugar se halló a una mujer, Margit Slater, que aseguraba con convicción absoluta que siempre había ocupado su puesto.
Fue entonces cuando la inquietud dio paso al terror. Durante las semanas siguientes, nuevas y viejas caras surgían y desaparecían en la estación; los registros digitales se reescribían, las historias personales colisionaban. La convivencia se volvía imposible: el miedo y la desconfianza sembraron brotes de violencia y paranoia. Había noches en que Kress soñaba con los gritos de la ingeniera Niesztka, que apareció tres veces muerta en tres relevos distintos, cada uno atestiguando un destino diferente.
La Resistencia, como se llamaban a sí mismos los que aún conservaban un atisbo de la realidad original, se organizó alrededor del Espectrómetro. Decidieron abstenerse de volver a ponerlo en marcha; creían, erróneamente, que el aparato era la puerta. Pero pronto descubrieron que el flujo era bidireccional, y que la propia estación —a fuerza de su localización, su masa, o algún error fundamental en el diseño— era, ahora, la herida abierta entre mundos.
Y así pasó el tiempo. Kress empezó a entender que el multiverso no era un concepto para las pizarras de laboratorio, sino un orden de la existencia tan tangible como la gravedad o el amor. Lo atormentaba la certeza de que, en alguna otra versión de sí mismo, todo había salido bien; que en otro universo, quizás, era feliz o simplemente ignorante. Con el paso de los días, la multiplicidad de realidades lo llevó a cuestionar la validez de cualquier propósito.
Pero no fue hasta la llegada de Elissa —una Elissa, distinta y sin embargo igual a la astrofísica que había amado y perdido en el accidente de hace seis años— que su existencia adquirió otra clase de urgencia. La voz de ella era idéntica en tono y eco, aunque los recuerdos que compartía parecían transitados por caminos divergentes. En ese primer encuentro, Elissa sostuvo su mirada con esa intensidad que antes había acariciado su piel, y le preguntó “¿Qué has sacrificado, Evandro, por volver a encontrarme?”
Confundido, el doctor Kress se hundió más en el estudio del Espectrómetro. Estaba claro que el fluir entre universos no era simplemente aleatorio. Había patrones, sesgos que respondían a la psiquis de quienes habitaban la estación. Parecía como si el mismo multiverso traspasara las barreras más delgadas cuando la mente humana deseaba algo con una fuerza descomunal, ya fuera miedo, nostalgia, amor, u odio.
Las noches siguientes, Kress se aventuró en sueños cada vez más densos, casi lúcidos, donde Paracelsus era casi irreconocible. Un laboratorio repleto de cuerpos idénticos al suyo, cadáveres esparcidos sobre mesas de vivisección. En otro, la estación era la única morada sobreviviente tras la ruina del sistema solar; sus únicos compañeros, inteligencias artificiales ávidas de sentido y destrucción.
Sin embargo, en todos los universos algo permanecía constante: la búsqueda, a medias desesperada, de un modo seguro de cerrar la herida creada en el tejido de la realidad, de impedir que la estación sea devorada o que la multiplicidad acabe por desintegrar todas las individualidades.
En el universo actual, —al menos así lo llamaba Kress, por falta de certezas mejores— diseñó un último experimento. Conjugó los parámetros del Espectrómetro para "anclar" la estación en sus propias probabilidades cuánticas, sellando toda fluctuación de identidad mediante el sacrificio: una conciencia debía ser partida en fragmentos, dispersada entre los mundos, para restaurar la integridad de la realidad local. Era necesario un voluntario.
La Resistencia dudó, temió. Ninguno estaba dispuesto a perderse eternamente —o al menos perder la posibilidad de retornar, de existir plenos en sí mismos. Fue Elissa quien, finalmente, comprendió a cabalidad el carácter de su sacrificio. “No soy tu Elissa”, le confesó. “Pero te amo como si lo fuera. Y eso bastará para ambos.”
La operación fue tan elegante y dolorosa como la teoría lo predecía. Elissa se sometió, encajando su cuerpo y mente en el campo de anclaje del Espectrómetro. Cuando el dispositivo descargó su pulso cuántico, la estación palpitó como un órgano vivo, la realidad onduló, y durante un suspiro sobrehumano Kress vio desfilar ante él miles de versiones de su amada, unas riendo, otras añorantes, muchas consumidas por el sufrimiento.
La realidad se estabilizó al fin, y la estación Paracelsus volvió a ser reconocible; las caras familiares regresaron, los sucesos dejaron de reescribirse. La brecha se cerró... por un tiempo. Elissa no estaba allí. Pero su perfume, sutil y evanescente, flotaba aún en el aire climatizado del laboratorio.
Kress pasó semanas enteras sumido en una apatía aceitosa y lenta, sobreviviendo sólo gracias al automatismo de la rutina. No conversaba apenas, temiendo descubrir en los otros algún indicio de ruptura. Cuando por fin se atrevió a revisar los últimos logs del Espectrómetro, encontró, entre los datos de fluctuación, un código comprimido: “¿Qué has sacrificado tú, Evandro, para encontrarme?”
Comprendió entonces la profundidad del abismo: que cada acto de reparación, cada acto de amor o de miedo, genera nuevas fracturas invisibles. Que el precio de la unidad es la pérdida infinita, y que cada universo es sólo un capítulo, reescrito una y otra vez, de una tragedia mayor.
Una noche, explorando las áreas más apartadas de la estación, Evandro observó su reflejo distorsionado en un pasillo de emergencia. Por un segundo, le pareció ver a Elissa, sonriéndole tras el cristal, y creyó oír una promesa huidiza: “Un día, quizás, todos los universos coincidirán en un solo punto. Y ese día, esta búsqueda que nos consume terminará.”
Con los años, la estación Paracelsus fue olvidada por los registros oficiales de la Tierra y Urano. A veces, sin embargo, en las noches de tormenta eléctrica, los pocos que quedaban allí creían escuchar voces familiares en los pasillos, murmullos que hablaban de amor, sacrificio y realidades perdidas.
Evandro Kress aprendió a vivir con la certeza de la fractura, buscando en cada día la posibilidad de la redención, sabiendo que, en algún lugar del multiverso, otra versión de él y Elissa habrían encontrado, finalmente, la paz.
Copyrights © 2025 Viajerosdeltiempo.com. Todos los derechos reservados.