El último recuerdo de Romilián era la estela (física, luminosa) de las últimas naves, esa visión múltiple y fugaz que deja la materia acelerada más allá de lo humano. "La tripulación de la Parsec-VII abandona el sector KZ-13", diría con voz aburrida la IA de tráfico del Mando Interestelar. Pero Romilián, cuyo cerebro era un compuesto de carne y circuitos trenzados pérfidamente por la biogenética luxoriana, viajaba solo, y jamás anunciaría su presencia a las administraciones del cosmos.
El espacio entre universos, esa delgada franja que llamaba Andamiaje, era su obsesión. Una trastienda, decía él, un vestíbulo infinito donde la realidad podía plegarse según reglas tan extrañas que ni los poetas de Eros ni los físicos de Napta-Delta osarían siquiera teorizar. Sin embargo, en la Parsec-VII, el sudor era tangible. Allí, entre los algoritmos de navegación fracturada y las endebles promesas de los viajes de alcance infinito, lo tangible y lo soñado rozaban el mismo filo de la navaja.
Romilián había heredado una fatiga infinita, una ansiedad fundamental, de la especie originaria de su madre o tal vez del trauma de su primer salto de universo. Los universos paralelos, decía, eran más que planos tangentes. Eran la expresión máxima de la crueldad matemática: la promesa constante de un millón de vidas alternativas, donde podía ser amado, odiado, temido, o anónimo, y sólo en una ínfima (en la que se encontraba deprimido, borracho de soledad), era consciente de todas esas posibilidades.
—Compilador, ¿distorsión en qué plano? —preguntó, cuando la consola avisó de una fluctuación en el eje Cordero–Heisenberg.
—Plano F-2747. Detecto bifurcación inminente de las variables temporales, señor.
Romilián sentía un vértigo particular cuando se abrían esos portales, siempre con la sospecha de que, al otro lado, su otro "yo" estaría aguardando, o bien una frontera amarga de incomprensión. Esperó, pues, la estabilización de la brana, apretando los nudillos cibernéticos hasta casi escuchar el crujir de los nanofibrales.
La Parsec-VII se deslizó por la escotilla gravitacional del Andamiaje, y la realidad sufrió un proceso de descompresión. El espacio familiar cedió. Un universo alternativo, bautizado para la ocasión como F-2747 (pero que seguro se llamaría de otro modo en cualquier otra boca), se desplegó ante sus sensores.
El primer impacto fue olfativo, asombrosamente orgánico. El aire, o mejor dicho, la mezcla gaseosa que inundaba el nuevo universo, olía a tierra mojada, a cuerpo recién sudado. Romilián desactivó el respirador—un gesto temerario en misión oficial, pero necesaria en su búsqueda perpetua de sensaciones nuevas—y tragó el aroma. Se rió, un poco histriónicamente. El mundo entero, ahí fuera, cantaba una canción de humedad y deseo.
En la superficie de aquel planeta, los árboles crecían hacia el suelo, no hacia el cielo. Las raíces brotaban primero, buscando la nada del vacío, y luego los troncos y hojas ascendían con la dignidad de ancianos sabios. Todo reverdecía al revés y, sin embargo, no había desorden.
Romilián caminó por la espesura invertida, preguntándose qué clase de dios habría soñado tal arquitectura. Se sentía inquietantemente observado. No tardó en comprender por qué: su propio rostro lo contemplaba desde una hondonada de raíces flotantes.
—No eres de aquí —dijo el Otro Romilián, y su voz era oleosa, densamente erótica, un reflejo de todos los pecados y deseos que el viajero alguna vez se permitió imaginar.
—Pero tampoco tú— respondió el primer Romilián, agarrándose a la certeza de la improbabilidad cuántica. La duplicidad era una broma vieja, pero nunca dejaba de doler.
Pasaron minutos, tal vez horas, en silencio. La comunicación entre universos paralelos era materia no solo de palabras, sino de vibraciones, de gestos. Se inspeccionaban, buscando fracturas, cicatrices, señales de que la divergencia no era solo una cuestión de entorno sino de esencia.
—¿Eres feliz aquí? —preguntó finalmente el Viajero.
El Otro ladeó la cabeza, serio.
—He amado, he luchado, he matado. No conozco la felicidad, solo su amenaza constante. Toda realidad es el filo que puede arrebatarte lo que crees poseer.
Romilián entendió que allí, como en su propio universo, reinaba la codicia de las posibilidades robadas. El Otro Romilián se acercó y le tocó el hombro. Un tacto eléctrico; realidad frotando contra realidad.
—¿Por qué cruzas tanto? —preguntó el Otro.
—Busco la deriva perfecta. Un universo donde el peso de lo alternativo no me aplaste.
Rieron. Era humana la risa; era demoníaca también.
—No existe tal universo, hermano —dijo el Otro Romilián con la convicción de una deidad cansada—. Es la multiplicidad lo que nos ha condenado. Cuantos más caminos descubrimos, más esclavos somos de lo que no vivimos.
Se sentaron en silencio. Fue entonces cuando una figura emergió de entre las raíces colgantes. Era una mujer, o algo parecido. Tenía el cabello azul, los dientes afilados, y un sueño bordeando sus ojos violetas.
—Vuestro encuentro es ilegal —dijo sin levantar la voz—. El Consejo de las Branas prohíbe interferencias directas entre manifestaciones idénticas.
Romilián quiso hablar, pero la boca se le llenó de pétalos repugnantes. El miedo, acaso, tenía forma de flor en ese universo.
—¿Y qué se supone que hagamos? —inquirió el Otro.
La mujer asintió, y el bosque entero tembló al ritmo de su respiración.
—Una sola mente puede sobrevivir la divergencia. Debéis elegir.
Ninguno quiso preguntar qué significaba "sobrevivir". La respuesta, sospechaban, sería tan arbitraria como la de un dado lanzado al infinito.
Se exploraron con la mirada. El Otro Romilián parecía ahora menos monstruoso; tenía las mismas arrugas, la misma tristeza en la comisura de la boca. ¿Podía matarlo? ¿O prefería ahogarse en la angustia de ser único? Y si no era él quien debía morir, ¿sería incluso peor seguir existiendo, condenado a recordar todas las existencias truncadas?
La mujer les ofreció un artefacto: una esfera translúcida, vibrante como un corazón alienígena.
—Elijan con sinceridad —dijo.
Ambos pusieron la palma sobre la esfera. Un fogonazo mental nació entre sus cerebros: el repaso doloroso de cada momento no vivido, de cada persona amada solo en posibilidad, de cada acto nunca ejecutado y, sin embargo, eternamente latente en algún punto de ese multiverso.
Romilián lloró. No pudo evitarlo. Frente a sí, el Otro se desmoronaba también.
—No puedo elegir —susurró uno.
—Ninguna mente puede con tanto peso —rotundó el otro.
El universo, entonces, empezó a plegarse. Las raíces flotaron, las hojas cayeron hacia arriba. La esfera se partió en dos, y cada mitad absorbió a uno de los Romilianes, envolviéndolos en sus propios gritos mudos.
Al "despertar", Romilián estaba solo en la Parsec-VII, rodeado por el Andamiaje infinito. No recordaba cuántas veces había repetido la escena. No estaba seguro de ser el Romilián original, o una de sus bifurcaciones sumida en la condena del eterno retorno.
La IA quebró el silencio:
—¿Siguiente destino, señor?
Romilián sonrió. O alguien sonrió con su rostro. Tal vez, después de todo, la deriva perfecta era no existir en ningún universo o en todos a la vez.
—Andemos, Compilador. Que nadie nos espere, ni aquí ni en ninguno de los eones paralelos.
La Parsec-VII saltó al siguiente Andamiaje. El universo, fiel a su costumbre, volvió a mirar hacia otro lado.
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