Portada del relato Las puertas entrelazadas
Sin valoraciones

Duración: 08:32

Las puertas entrelazadas
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

***

El niño soñaba con mares púrpuras. Con cielos que amanecían en la palma de la mano y, cuando parpadeaba, se convertían en dunas de vidrio. Pero Darlis Aves no era ya un niño, al menos en el universo que ocupaba ahora. Tampoco era ni hombre ni mujer; de hecho, había terminado por preguntarse si algún día lo había sido realmente, o si esa percepción de la propia carne, el recuerdo de senos o falos y pequeños pelos en recodos cálidos, no era sino otro eco como los muchos que la rodeaban en esa lóbrega biblioteca de Planos.

Estaba allí por elección, si es que puede llamarse así al cansancio o al abandono. El Salón de las Campanas era un cruce entre templo y casa de juego, disfrazado en la familiaridad cómplice de un nido de ilusionistas retirados. Cada persona allí podía permitir que sus múltiples yoes cruzaran umbrales, pero pocos sabían realmente a qué precio.

Cuando Darlis entró en la biblioteca, tres universos se encadenaban a sus tobillos como gatos mimosos o inquisidores, murmurándole destinos posibles, recuerdos disonantes y fragmentos de deseos cortados a mano. Las bibliotecarias, en su modo y forma —una de ellas de humo, otra de ámbar y la tercera, infinitamente opaca—, le dieron la bienvenida con ceremonioso desdén.

—Busco un mapa del jardín reflejado —dijo Darlis, con suavidad.

—Los mapas son semillas y las semillas, abismos —respondió la bibliotecaria de humo, su silueta deshaciéndose entre pasillos de libros. Sus palabras revolotearon en torno a la cabeza de Darlis, ordenándose de pronto en nubes que ocultaban recuerdos de infancia: el jardín de su abuela, los setos llenos de abejorros espectrales, su risa espejada en los charcos tras el aguacero.

—¿Sabes el precio? —preguntó la voz ámbar.

Darlis asintió, aunque mentía. Nadie sabe realmente cuánto debe entregar al otro lado. Por eso, cada viaje es una ofrenda ciega.

Se sentó en una mesa pulida por cientos de manos paralelas. Era grande y redonda, sostenida por cinco patas como dedos gigantes de madre dormida. Abrió su bolso, buscó entre amuletos, un ojo de cristal y tres monedas de cobre: solo las dejó caer, pues sabía que allí la moneda era irrelevante, aunque el gesto era exigido.

El primer libro se deslizó hacia ella: “La Crónica de las Damas Múltiples”. Al abrirlo, la sala cambió. Un denso perfume a iris y acebo llenó el aire, y la luz se fragmentó en retazos de color: rojos de furia, azules de nostalgia y el peculiar amarillo inestable del miedo.

Darlis vio una mujer sentada junto a un estanque espectral. Tenía el rostro partido en dos mitades exactas: en una, su madre fallecida hacía mil años; en la otra, su misma cara ahora, aunque extrañamente tranquila, como si hubiera dado con el sentido último de todas las pérdidas.

—¿Has venido a bailar? —preguntó la mujer, y la voz era como empujar agua densa.

—He venido a buscar una salida —respondió Darlis, arrastrada a esa otra orilla sin saber si podía regresar.

La mujer se levantó. Su vestido era una construcción imposible de hilos de sol y sombra, como si habitara mil estaciones a la vez. Caminó y, a cada paso, la hierba mutaba de color y forma: del musgo nacían columnas de humo, del trébol, pequeñas aves rojas que no cantaban, sino que reían en tonos afilados.

—Una vez creí que existía solo una puerta —dijo la mujer—, una entre la vida y la muerte. Pero hay puertas para cada respiro, para cada pensamiento no dicho. ¿Sabes cuál buscas?

Darlis lo ignoraba. Recordó el rumor de las partidas en la infancia, cuando perseguía su sombra bajo los frutales, preguntándose si alguna vez cruzaría los límites de ese pequeño mundo. Ahora los límites no existían, y la seguridad de un solo punto fijo había muerto como la abuela, arrastrando la memoria consigo.

—Necesito encontrar el eco de lo que nunca fui —susurró. Y, en ese instante, los mundos a su alrededor danzaron, y la biblioteca se disolvió para rehacerse en una gran galería de espejos y puertas trenzadas de hiedra.

Del otro lado del cristal, se miró: no una vez, sino muchas. Era una multitud de sí misma, cada una con una vida no vivida, una herida diferente en la comisura del labio, una estatura distinta, un amor cambiado en el pecho. En una era hombre y lloraba por el hijo perdido; en otra era ave, atrapada entre el vuelo y la caída. En otra, una figura de sombra, y la risa era una promesa incumplida.

“Escoge”, dijo una voz, imposible saber de cuál de los reflejos.

Cerró los ojos. Sintió en el pulso la corriente del río que separa los mundos. Recordó las primeras historias que le contaron: sobre mujeres que podían partir el tiempo en lonchas finas y guardárselas, como caramelos amargos, en la boca. La memoria es una razón tangencial, pensó. No traza líneas, sino espirales.

***

En el jardín reflejado, la Dama Múltiple tejía coronas de hojas grises. A su alrededor, criaturas de otros planos susurraban secretos, dejando caer frases como migajas: “Nadie regresa igual”, “La herida es el precio de la expansión”.

Darlis escogió andar el sendero del centro, donde las realidades se tocaban solo en el instante preciso en que dos sombras coincidían. El aroma era el de los jardines antiguos, un sabor a esperanza inapelable y a desolación reciente.

Al fondo, una puerta brotaba de la hiedra como un oscuro útero. Tenía forma humana y latía al compás de su propio corazón. Entre entonces y ahora, entre lo que fue y lo que pudo haber sido, se erguía la promesa final: había que cruzar o languidecer.

Tuvo miedo: de la pérdida, sí, pero también del hallazgo. ¿Y si al otro lado era definitivo? ¿Y si ninguna versión suya era digna de redención? Pero no había regreso para quien ya ha mirado a sus propias posibilidades de frente. Darlis tocó la puerta. Tenía la temperatura exacta del primer beso, de la última promesa, del cuerpo amado que ya no existe.

Algo detrás le susurró: —No olvides el precio.

Y entró.

***

El siguiente plano la golpeó como un nacimiento. No había cuerpo, al menos no en el sentido clásico. Era una conciencia suspendida en la maraña de los otros, percibiendo retazos de historias ajenas como puntos de luz en la niebla gris.

En ese plano, Darlis era jinete y montura, pregunta y respuesta. Podía oler el filo de la duda, saborear el arrepentimiento. Los otros la rodeaban: la mujer que perdió a un hijo, la niña que nunca tocó un libro, el anciano que devolvió las llaves de su casa con una risa seca. Cada uno decía, en lenguaje de pétalos rotos: “Estás aquí porque nunca perteneciste”.

Una figura emergió desde el centro del tumulto de posibilidades. Era la abuela, aunque con ojos de ciervo y manos de tierra húmeda.

—¿Por qué cruzaste?

—Para saber si hay fin —respondió Darlis.

La abuela sonrió y, al hacerlo, los universos temblaron.

—El fin es solo otro origen que se niega a llamarse nacimiento. Aquí puedes fundirte con todas las posibilidades, o elegir regresar, sabiéndote fracturada para siempre.

Darlis dejó que las posibilidades se deslizasen sobre su piel, como agua o lodo. Miró hacia el umbral abierto, donde el regreso era una promesa hueca. Si volvía, perdería algo: un recuerdo, una risa, una cicatriz. Si se quedaba, perdería la unidad, sería para siempre un eco.

Eligió la herida, porque supo que la vida —en todas sus formas— no era más que aprender a vivir con cicatrices que nunca cierran del todo.

***

Cuando despertó, la biblioteca estaba vacía. En sus manos había un libro cerrado, y la tapa era un espejo negro.

Se vio a sí misma en él, pero en sus ojos ululaban todos los nombres y destinos posibles. Al fondo del salón, la bibliotecaria de ámbar le lanzaba una sonrisa ladeada, mientras la de humo flotaba silenciosa.

—Nunca somos solo uno —susurró la de ámbar—. Pero ahora puedes caminar, sabiendo que los jardines siempre esperan.

Y Darlis caminó, con la herida fresca en el costado, y la certeza de que todas sus versiones la acompañaban. Tiñó de color los umbrales, sembró semillas de duda y de esperanza. Al otro lado de la puerta, una mano conocida, suya y no suya, la invitó a bailar bajo mares púrpuras, a reír en los jardines de lo imposible.

Así entendió, al fin, que toda vida vale para siempre la pena cruzar.

Copyrights © 2025 Viajerosdeltiempo.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.