Fragmento:
La experiencia fue menos un viaje y más una ruptura interna: todos los sonidos se derrumbaron, el peso de mi cuerpo se desmembró trémulamente y sentí —con el pavorífico y frío asombro del niño que ve el vértigo al borde de una azotea— que acababa de implosionar en billones de versiones de mí mismo, cada una titilando un nombre, un anhelo, una traición, una cobardía, una esperanza perdida.
Duración: 09:09
Había dedicado cuarenta y cuatro años al estudio de la física y, como los grandes, había terminado obsesionándome por los problemas irresolubles: la conciencia y el multiverso. Eso me llevó al último sótano del Departamento de Teorías Limítrofes en la Universidad de Cambria, y más allá: a aquel laboratorio clandestino donde las sombras de los tubos, las ecuaciones en las pizarras y hasta el polvillo en suspensión parecían susurrar lo mismo. “Hay otros mundos. Hay otras versiones de ti. Y a veces, uno puede mirar a través del espejo”.
Nunca creí que sería posible atravesarlo.
Esa noche, el laboratorio apestaba a ozono y café recalentado. La máquina —la llamaba simplemente “el espejo de Arrhenius”— era un amasijo de superconductores, hasta veinte cubos de frío líquido y una corona de sensores medidos al picosegundo. El corazón era el cristal —semejante a obsidiana— un subproducto de un experimento fallido de CERN cedido bajo estrictos acuerdos de confidencialidad. Nadie sabía bien para qué servía, salvo que su estructura respondía de forma anómala a los estados superpuestos a escala macroscópica. Yo tenía una corazonada. El cristal, cruzado por millones de microfracturas apenas visibles, comportaba una especie de verdadero “nudo” en el tejido del espacio-tiempo… y parecía “recordar” versiones alternativas del mundo.
En el transcurso de tres años, arrojé electrones, luego fotones, después pequeños objetos: una moneda, un escarabajo disecado, un bisturí. Siempre volvían, aunque con ligeras alteraciones. Unas veces, la fecha romana en la moneda cambiada. Otras, un brillo nuevo en el caparazón del insecto. El bisturí, con símbolos grabados en la empuñadura que no recordaba haber puesto. Tomé notas y bebí sin medida. La obsesión fue desplazando a la vida: mi pareja se marchó, los colegas reían a mis espaldas y uno, el amable y anciano Robert, murmuró una vez tras una charla: “No mires tan hondo al pozo, Eliot. Más allá a veces sólo hay otros reflejos tuyos, todos ellos igual de perdidos”.
Esa noche, el 6 de abril de 2042, decidí lanzar algo más grande. Y más peligroso: a mí mismo. Preparé la cápsula para la transferencia: sensores biométricos, fractales compensados, un cordón túnel para asegurar la recuperación automática en caso de colapso eléctrico. Marqué el destino: la coordenada “más cercana y más divergente posible”. Sabía, porque cientos de cálculos lo predecían, que saltaría a un universo apenas distinto… pero en ese casi, en ese margen, estaba la verdadera fisura. Y eso, ese vértigo, era lo que me impulsaba.
Cuando la máquina cobró vida, escuché el pulso del multiverso en cada célula. La piel vibraba. El espejo de Arrhenius, siempre oscuro, latió con luz azulada, una electricidad líquida. Los sensores chisporrotearon. Y crucé.
La experiencia fue menos un viaje y más una ruptura interna: todos los sonidos se derrumbaron, el peso de mi cuerpo se desmembró trémulamente y sentí —con el pavorífico y frío asombro del niño que ve el vértigo al borde de una azotea— que acababa de implosionar en billones de versiones de mí mismo, cada una titilando un nombre, un anhelo, una traición, una cobardía, una esperanza perdida.
Desperté en un laboratorio. Casi igual. Pero no el mío. El olor a ozono… más denso. En el panel de controles, mi garabato de siempre: pero aquí, el logo de la Universidad era diferente, un rombo en lugar de círculo. Y yo, en el reflejo del cristal de seguridad, era igual pero más delgado, las mejillas hundidas, una barba de semanas. Observé mis manos: la derecha con una cicatriz nueva, a lo largo del pulgar.
No tuve tiempo para el temblor inicial, porque una alarma gemía bajo la mesa, un burbujeo inquietante, mecánico, como un estertor. Había saltado a una versión de mí mismo, eso era claro. Pero los detalles no encajaban. En la esquina del laboratorio, tres figuras acurrucadas, vestidas de negro, ojos hinchados de insomnio, rodeaban a un “yo” más joven en una especie de trance. Uno de ellos —piel cenicienta, mirada de ámbar— murmuró mi nombre con un acento extraño, inexpresivo, “Eliot…”. La voz era hueca, fatalista. Sentí un escalofrío. Era como si supieran quién era sin apenas mirarme.
El “yo” joven abrió los ojos. Fijó la mirada en mí y dijo, con un deje de ironía fúnebre: “Así que por fin te atreviste, ¿eh? No eres el primero”.
Tartamudeé. “¿Qué demonios es esto? ¿Dónde—?”
Mi reflejo se rió sin alegría. “Otro fisgón de los espejos, fascinante. Ven. Siéntate. Aquí no hay regreso fácil”.
Las figuras de negro tomaron asientos. En la mesa, docenas de artefactos: pistolas, bisturís, frascos con fluidos. Pero lo que cortaba el aire era la desesperanza. El laboratorio era igual. Pero el mundo no.
“Este es un nódulo convergente”, explicó mi otro yo, mientras uno de los acompañantes me pasaba un vaso de agua (el vaso tenía inscripciones en un alfabeto desconocido, pero mi mente parecía comprenderlo al instante: ‘Para el fugitivo’). “Aquí llegan variantes de ti mismo que cometieron el mismo error: cruzar el umbral, pensar que se podía mirar y no ser mirado”.
Me llevó minutos construirme una narrativa. “¿Qué ha pasado aquí?”
Uno de los de negro —una mujer, sin edad, mirada clara— se inclinó hacia mí. “La mayoría de universos divergen muy poco. Aquí, el ‘espejo’ no sólo permite pasar cosas: cambia el flujo. Invoca entidades. Los otros mundos también buscan entrar. Porque allí están peor… mucho peor”.
De repente, comprendí la verdad monstruosa: cada salto, cada experimento, había creado microrrutas, aberturas, por donde fluían fragmentos de las realidades en declive, violencias, tecnologías incompatibles, pensamientos parásitos. Y —lo supe con ese horror instintivo que precede a la traición— alguna de mis otras versiones lo sabían. De hecho, lo buscaban.
“Trabajamos aquí”, me explicó mi alter-ego, “para frenar eso. No sólo para cerrar los portales, sino para reconstruir las líneas quemadas. La mayoría de las veces, llegáis pensando que habéis escapado del tedio o de vuestros errores, sólo para encontrar que la versión que saltó antes traía tras de sí plagas, conflictos o… cosas peores”.
Me enseñó cicatrices idénticas a la nueva que yo mismo tenía: “Pagamos un precio cada vez. El multiverso no tolera los forados”.
Pasamos horas discutiendo ecuaciones, circuitos rotos, trayectorias divergentes. A cada argumento, los otros reían o temblaban: ya no eran científicos, ni soldados, ni locos, sino supervivientes. Un “yo” arruinado por la culpa de haber dejado morir a alguien, otro “yo” que había buscado sólo la fama, y uno, silencioso y apartado, que se limitaba a beber y a mirar el horizonte más allá de la ventana, aunque ese horizonte era sólo negrura.
Fue entonces cuando la alarma se disparó: algo se aproximaba al laboratorio. Veloces, se pusieron máscaras y cuchillos. “Ellos llegan”, explicó el otro Eliot. “Las entidades que aprendieron a cruzar los espejos. Aprendieron de nosotros”.
La puerta vibró. Afuera no había ya hombres, sino distorsiones. Ecos de versiones nuestras convertidas en predadores, en emisarios de un universo irredimible. Vi las siluetas arrastrándose, sólo siluetas, pero emitían luz negra, un resplandor invertido.
“Tienes que regresar”, me dijeron, apremiantes. “Corta el canal, cierra el espejo, olvida esta obsesión. O todos los universos quedarán llenos de cicatrices”.
Corrieron a la consola mientras los otros rodeaban la puerta. La angustia, brusca y palpable, era ahora una corriente. Mi yo más joven (envejecido sin tiempo) me abrazó. “Salta de nuevo. Sé tú el primero en dejar de buscar”.
Activé la consola —el código era el mismo, pero la entrada final era una palabra que nunca usé: ‘Clepsidra’. Pulsé.
Todo colapsó de nuevo. El dolor, la incertidumbre, la sensación de haber sido destrozado en esquirlas infinitas.
Desperté en mi laboratorio. El ozono, el café frío, las ecuaciones. Miré mis manos: la cicatriz, apenas dibujada, recordaba la otra realidad. Cerré el espejo. Guardé su núcleo en un contenedor de plomo, sellado.
Esa noche, cuando la tormenta caía sobre Cambria, quemé todas mis notas. Pero en la insondable fragilidad de la conciencia, supe que jamás lo olvidaría. Me pregunté cuántos otros Eliot, en cuántos otros universos, tomarían la misma decisión. O no.
Desde la ventana, el reflejo del cristal parecía más profundo que nunca, promesa de otros yos aguardando, con cicatrices ocultas, dispuestos a murmurarme la tentación última:
“Mira. Hay otros mundos”.
Pero esta vez bajé la persiana. Y esperé la mañana.
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