Portada del relato La composición de la realidad
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Fragmento:


Hoy, como ritual de bienvenida, me tocaba plantear algo. Llevaba días preguntándome qué podría faltar en Inirsa, esta ciudad orgánica, flexible y rebosante de posibilidades. Todo aquello que había soñado existía ya o estaba en vías de germinar. Pero no podía escurrir el bulto —al enfrentarme a la suavidad tentadora del confort, sentí la punzada de la duda: ¿podía la perfección asfixiarnos?

Duración: 07:38

La composición de la realidad
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Texto de ajuste de pausa.

El primer día que entré a la sala de sueños colectivos, sentí algo parecido a la reverencia. Tras decenas de pasos por el corredor tapizado de material biolume, el aire olía a ozono y cardamomo. A mi lado, Ailea me sonreía, sus pupilas brillando con un destello cyan producto del mod liviano que habíamos instalado la semana previa. Según ella, ayudaba a leer mejor las fluctuaciones en el tejido narrativo —la realidad cuajada de miles de hilos, cada uno correspondiente a una decisión o deseo con peso suficiente para alterar el panorama de todos.

No podía deslindar el temor de la expectación. Era un ritual antiguo —tres siglos al menos— desde que los habitantes de Inirsa tomábamos en nuestras manos el transitar de la utopía. Era, también, una celebración: nos reuníamos cada seis lunas para afinar la gran sinfonía. El sistema no requería líderes ni jerarquías: solo un acuerdo colectivo, tejido en sueños compartidos, sostenido por el respeto sagrado a las diferencias individuales.

Ailea se acomodó en uno de los nidos de conexión, extendiendo una mano en invitación. Me dejé caer al lado suyo y conecté el filamento tras mi oreja. El flujo de datos y emociones se amalgamó al instante: yo y ella, y luego nosotros, y un poco más allá, la vasta marea de nuestras con-ciencias sumarizadas.

La sala, vista desde dentro, era más que un espacio físico —era una amalgama de imágenes, sabores y conceptos, un tapiz palpitante en tonos tornasolados. Cada usuario aparecía allí como un punto focal, una melodía o un color; mi presencia, lo supe en ese segundo, era roja y dorada, con un matiz de nostalgia.

“¿Lista?”, la voz de Ailea era ahora un acorde de cuerdas y metales suaves.

En el proceso, nadie dominaba a nadie, y sin embargo, la utopía de Inirsa requería ajustes constantes. Por eso existía la sala de sueños: cualquier habitante podía aportar dudas, deseos, críticas o propuestas para debatir desde la sensorialidad compartida. No había reglas fijas; solo directrices tejidas en torno a la preservación del consentimiento, la igualdad de acceso y el bienestar colectivo.

Hoy, como ritual de bienvenida, me tocaba plantear algo. Llevaba días preguntándome qué podría faltar en Inirsa, esta ciudad orgánica, flexible y rebosante de posibilidades. Todo aquello que había soñado existía ya o estaba en vías de germinar. Pero no podía escurrir el bulto —al enfrentarme a la suavidad tentadora del confort, sentí la punzada de la duda: ¿podía la perfección asfixiarnos?

A través del canal común lancé mi pregunta: “¿Cómo evitamos el estancamiento cuando el bienestar ya es la norma?”

El tapiz de la sala vibró. Supe al instante que había tocado un nervio invisible; miles de mentes captaron la resonancia, y pronto, sugerencias y emociones emergieron como olas.

Ailea, cercana en la niebla pulida de nuestro sueño colectivo, proyectó la imagen de un jardín en floración perpetua. “¿No somos como raíces expandiéndose en todas direcciones? Hasta lo fértil se vuelve monótono si el crecimiento es demasiado predecible.”

Otra voz, grave y líquida, tejió su color alrededor de nosotras: “La utopía necesita siempre un alfil, una pieza que cruce diagonales insospechadas. Tal vez podríamos fomentar rotaciones, intercambios con ciudades lejanas, estimular el arte de lo efímero…”

Alguien propuso modificar el sistema de convivencia: “Podríamos invitar a visitantes transitorios, seres de planetas menos avanzados, para que nuestra convivencia no se aísle en la complacencia. El contacto con la diversidad mantiene el pulso vivo.”

Me asaltó una imagen de mi infancia, en aquel domo junto al lago donde mi familia compartía la cena con viajeros de galaxias apenas cartografiadas. En ese entonces, la novedad era pan cotidiano. Pero ahora, sentí, la trama de Inirsa se había vuelto tan cuidadosamente tejida que hasta las asperezas eran tratadas con guantes de terciopelo.

Otra voz, un destello caótico pero cálido, preguntó: “¿Y si cultivamos el fallo deliberado? Un festival del error, una temporada de experimentación sin garantías…”

El tapiz de sensaciones osciló a favor. No temíamos el error; sin embargo, hacía tiempo que ninguno de los nuestros tenía que enfrentar consecuencias imprevistas. La red colaborativa absorbía conflictos antes de que hirieran. La idea prendió: una semana al año, propondríamos desafíos imposibles, proyectos sin soluciones predefinidas, una celebración de la vulnerabilidad y la sorpresa.

A medida que el tejido consensual absorbía nuestros deseos y sugerencias, sentí la vibración descendiendo, asentándose, como brisa sobre el glaciar. La utopía de Inirsa no era estancamiento porque sabíamos enfrentarlo. Reescribíamos la perfección en cada línea, como una melodía de jazz que nunca acaba de repetirse.

Cuando abrí los ojos, Ailea estaba aún conmigo, entre las luces suaves del salón físico. Su mano descansaba levemente sobre mi brazo, anclándome.

“La utopía es una pregunta, no una respuesta cerrada”, me dijo, en voz baja. “Nunca olvides eso.”

Aquella noche, mientras los ecos del sueño colectivo seguían resonando en mi mente, me pregunté si incluso las utopías podían tener miedo al olvido. Pero allí, entre el zumbido vital de Inirsa, supe que el riesgo de blandura era siempre contrarrestado por el impulso eterno de renovarse.

Los días siguientes empecé mi propio ritual, visitando los mercados de simulación, escuchando historias ancestrales que poblaban los pasillos de la gran biblioteca heliótica. Cada persona con quien conversaba me relataba un motivo, una duda, un deseo peculiar. En la utopía, la mayor riqueza no era la abundancia material —era la convergencia de diferencias, la posibilidad de disentir sin temor, de accionar en vez de temer.

Una tarde, asistí a uno de los laboratorios de creación efímera. Allí, un grupo de jóvenes experimentaba con climas auditivos: tormentas musicales cuyo caudal de emociones fluctuaba con los latidos de sus creadores. El resultado era desconcertante y bello, una catarsis colectiva que me recordó lo vital del riesgo, de los finales abiertos.

Así fue como aprendí que Inirsa no se conformaba con brillar sola. En una de las plazas centrales, bailé con visitors de culturas remotas, cada paso negociando un terreno común entre estilos y memorias ajenas. Era un encuentro, una frágil alianza tejida con risas, incomodidades y reconciliaciones. En ese roce de umbrales sentí a la utopía expandirse otra vez: menos como una perfección estática, más como una conversación interminable.

Una noche, volviendo por uno de los corredores bordeados de helechos bioluminiscentes, me crucé con un anciano que afinaba una flauta de aire. Me invitó a sentarme. “Algunos piensan que la utopía será siempre suave”, dijo después de un largo rato de notas flotantes, “pero a veces el paraíso se parece más a la música improvisada: requiere escucha, adaptación, a veces incluso rupturas. Lo esencial es que cada voz pueda sonar.”

Miré a lo lejos el resplandor de la ciudad, las cúpulas y puentes suspendidos, la urdimbre luminosa de vidas en plena experimentación. La utopía no era un premio estático; era, y sería siempre, el arte de estar despiertos juntos.

Y en esa sala de sueños, donde regresaría pronto, sabía que encontraríamos nuevas preguntas. Porque la perfección nunca se termina —se replantea, se desafía, crece. No era el Edén de ayer; era el derecho de inventar cada mañana, en la compañía libre y consciente de los otros.

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