Portada del relato El Instante de las Mareas
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Fragmento:


El motor de salto crepitó. El olor era reconocible, a ozono, a cáscaras de metal recalentadas. El protocolo de vestimenta reclamaba desnudez total, para evitar cualquier artefacto anacrónico. Roberta, Martiq y Zoë se desprendieron de los recubrimientos y se tendieron juntos, como un trío humedecido en promesas rotas.

Duración: 09:07

El Instante de las Mareas
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Texto de ajuste de pausa.

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Cuando Martiq deslizó el dedo sobre la superficie translúcida del interfasio, el aire en la cámara se volvió viscoso. Cada vez que programaba un salto, el tiempo se resistía como el charco de los sueños: ese elixir denso, apenas posible de recordar al despertar. Sin embargo, los protocolos estaban claros. Hoy volverían, todos juntos, a la década de 2310 para realizar la inspección sobre la marea de carne y maquinaria, donde el experimento de las heladas biológicas había fallado por segunda vez.

Roberta suspiró en la esquina, escudriñando la piel perlada de Martiq. No era piel—no en el sentido tradicional—sino una retícula de nanofibras, memoria activa que almacenaba fragmentos de sí mismo y de todo aquel con quien hacía contacto. Le habría gustado pensar que Martiq la recordaría de otras formas, más íntimas, quizás salvajes, pero sabía que en sus múltiples vueltas, aquello era un consuelo tan exiguo como las ondas de una piedra lanzada al mar de Cronos.

El motor de salto crepitó. El olor era reconocible, a ozono, a cáscaras de metal recalentadas. El protocolo de vestimenta reclamaba desnudez total, para evitar cualquier artefacto anacrónico. Roberta, Martiq y Zoë se desprendieron de los recubrimientos y se tendieron juntos, como un trío humedecido en promesas rotas.

“¿Lista, Roberta?” preguntó Zoë, la voz aún vibrando con el eco de su risa en la garganta desnuda del futuro. Sus ojos—siempre más azules después de regresar—parpadeaban, inquietos, como si vieran galopes de caballos viejos a través del iris. Roberta asintió. La marca en su clavícula, una trenza de copos y conductores de memoria, era su versión del miedo, vertiéndose hacia abajo hasta ella misma.

El salto no fue un clic sino una fractura: una serie de multiplicaciones sensoras, el sonido de segundos estrellándose en su cabeza. La realidad, al recomponerse, olía a sangre, a algas, a orina reciclada. Era el Limal, la ciudad ribereña donde los experimentos con la fusión biológica produjeron las primeras criaturas de barro y silicio, antes del desastre del desbordamiento.

“Quita eso, Martiq. No puedes cruzar con pensamientos inseguros.” Zoë escupió un chorro de saliva que se evaporó antes de tocar el suelo. El aire, saturado de iones ahora penetrados por su presencia, no perdonaba indecisiones. Martiq retiró sus pensamientos, pero Roberta sintió la súplica tenaz anidando en su interior: ¿Cuántas veces más?, ¿cuántos regresos antes de no poder distinguir el origen del propio deseo?

Se dirigieron en silencio hacia la periferia de la zona experimental. Los cuerpos, humanos y no, se fundían en prados flotantes de huesos y alambres. En cada metro, una historia escurría entre los pies: una pareja amándose a la intemperie, sepultada bajo toneladas de limo; una madre-partícula deshaciéndose de sus hijos en un mar de proteína licuada.

“¿Por qué ella?”, murmuró Martiq mirando a Roberta. Pero era tarde para lamentaciones. La consigna era recuperar dos muestras de tejido antes que el ciclo de autoaniquilación del núcleo temporal. Roberta, sabiendo que la pregunta era el gemido persistente de todas sus vidas pasadas con él, no contestó. No ahora.

Zoë se adelantó, abriendo paso entre los restos de la primera colonia de cangrejos cerebrales. Su brazo-aljaba se desplegó, lanzando sondas que, al contacto, parecían relamer las superficies con curiosidad canina. El aire silbaba, fragmentado, cada vez que una sonda emitía el pitido de éxito o de fracaso. Martiq recogió una hélice de médula con la delicadeza de quien toca las orillas de un cuenco sonoro. Roberta se agachó, hundiendo los dedos en la tierra, buscó algo más: el vestigio de una niña humana, desaparecida en la primera ola de la marea transgénica.

Chirridos a distancia: un enjambre de reguladores se desplazaba hacia ellos, las piernas flameando amorfamente, los ojos como espejos colgados de los labios. Regresaban a su tiempo, en sus propias rutas. Pero aquí, ellos, los saltadores, representaban una anomalía perenne. Los reguladores no debían verles, ni registrar ni siquiera el eco de su hambre.

Zoë musitó un conjuro de desligamiento. El aire brilló, vibrando apenas sobre sus pieles. Entraron en la sombra de una factoría eólica, la oscuridad girando en hélices y mandíbulas. Allí, al resguardo, Martiq devolvió a Roberta la mirada: una revelación sin palabras, un historial de pérdidas y repeticiones.

“¿Recuerdas la cuarta vuelta?,” preguntó ella, apenas un temblor en la voz.

Martiq asintió. Ese salto fue el primero en que amaron, y el último en que creyeron que el tiempo era una espiral dominable. Los ciclos después serían repeticiones crecientemente truncas, sus cuerpos cada vez menos sincrónicos, sus recuerdos amontonándose como papeles húmedos en un sótano inundado.

Algo golpeó la pared exterior. El tiempo apremiaba.

Las muestras, aseguradas en compartimientos subdérmicos, vibraban: la vida era insistente incluso en su desintegración. Cuando la distancia alertó de la cercanía de los enjambres, Zoë inició el protocolo de escape. El regreso nunca era indoloro; siempre implicaba sangrar energía y recuerdos, desprenderse de fragmentos de experiencia y, a veces, de la piel física.

Esta vez, sin embargo, el proceso titubeó. El interfasio palideció, los comandos se arrastraron por los bordes de la realidad. Roberta supo, antes de que Zoë lo dijese, que algo no estaba bien. El ecosistema tiempo-espacial no les estaba recibiendo de vuelta: la articulación que les permitía enlazarse con el presente estaba… saturada.

“Demasiadas repeticiones,” murmuró Zoë, y por primera vez en años, Roberta vio miedo en la estructura de su rostro.

Atrapados en ese intervalo, las leyes que gobernaban cuerpos y deseos cedieron. El tiempo en Limal se superponía, repitiendo piezas—ellas mismas, Martiq, los reguladores, la marea de carne—en un bucle motosinfónico. A través de la ventana rota de la factoría, Roberta observó otro grupo de sí misma y de los otros dos, repitiendo la misma secuencia, con mínimas variaciones: un giro de cabeza distinto, una caricia más lenta, una forma nueva de ser tocados.

El deseo, liberado del temor a la secuencia, floreció sin tiempo. Roberta, doblada dentro y fuera de sí, sintió todas las caricias de Martiq en todos los tiempos, todos los besos de Zoë, todos los lamentos y consuelos, hasta que el sentido del yo se disolvía en una coralidad polirrítmica. Cuerpos y mentes se fundían, comprimidos en una marea que era también un semillero, un tubo digestivo total.

Los reguladores, escindidos por la anomalía, se detuvieron. En sus ojos fluctuaba, tambaleante, una luz cálida: la comprensión de que la localización era imposible. Las repeticiones alimentaban una onda de posibilidades, y nadie podía localizar el origen.

Finalmente, fue Martiq quien encontró la fisura. “No podemos regresar al original. Debemos crear una nueva raíz.” Su voz era la de muchos Martiqs, resonando desde todos los espejos de carne y vidrio de aquella sala imposible.

Zoë tembló. “Pero ¿y si… la nueva raíz elimina nuestro deseo? ¿Si olvida cómo nos tocamos? ¿Si todo esto, estos cuerpos enredados, se convierten solo en palimpsesto, en trazo irreconocible?”

“De todas formas,” Roberta respondió, “ya no somos las versiones que saltaron. Mejor elegir cómo olvidar, que ser borrados por otros.”

Martiq activó el interfasio en modo manual. Las líneas, normalmente precisas, saltaron de su eje, cruzándose y entretejiéndose en patrones orgiásticos, de mitad código, mitad carne. Todo el pulso del tiempo desbordó. Hubo gritos, evocaciones, explosiones de placer y de terror, mientras el mundo se reescribía desde la médula traída, desde los últimos gemidos humanos en la marea.

Al abrir los ojos, Roberta vio una ciudad diferente. Limal persistía en la memoria de la piedra, sí, pero ahora era un delta de jardines acuáticos y columnas translúcidas. El tiempo se sentía lento, como la resaca tras un olvido profundo. Zoë estaba a su lado, la piel teñida de colores imposibles. Martiq les besó la frente y dijo: “No sabemos si fue rescate o nacimiento, pero al menos aquí, ahora, el deseo es una raíz viva.”

Roberta contempló la marca en su clavícula: ya no era una trenza, sino un delta que ramificaba hacia los cuerpos de los otros. La memoria del salto les habitaba, no lineal, sino circular; y aunque el pasado hubiese naufragado definitivamente, la marea de carne, deseo y tiempo les buscaba otras orillas.

Juntos, caminaron hacia la ciudad, donde, tal vez, el tiempo sería una diagonal de placer, una sucesión de futuros imposibles, una coreografía de cuerpos desgajando vértigos en el borde de lo que aún podía llamarse humano.

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