Portada del relato El tic-tac atrás
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Fragmento:


La máquina no hacía ruido. Ni zumbidos, ni pitidos electrónicos; ni siquiera un leve chasquido para anunciar que algo fascinante estaba a punto de suceder. Apenas vibraba un poco, como si estuviera incómoda en su propia piel de acero bruñido. Era un cubo —o, para ser precisos, un cubo cuya geometría se tensaba en los límites de la realidad—. Cuando Jasper la encendió en su sótano, la miró con cautela, como si fuera un pez que, súbitamente, hubiera aprendido a razonar.

Duración: 07:28

El tic-tac atrás
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Texto de ajuste de pausa.

La máquina no hacía ruido. Ni zumbidos, ni pitidos electrónicos; ni siquiera un leve chasquido para anunciar que algo fascinante estaba a punto de suceder. Apenas vibraba un poco, como si estuviera incómoda en su propia piel de acero bruñido. Era un cubo —o, para ser precisos, un cubo cuya geometría se tensaba en los límites de la realidad—. Cuando Jasper la encendió en su sótano, la miró con cautela, como si fuera un pez que, súbitamente, hubiera aprendido a razonar.

El primer experimento era una mondita: un ratón gris encerrado en una caja transparente. “Sólo unos minutos adelante”, pensó Jasper, inocente. Un giro de la llave, un ajuste del dial digital (aproximado al día siguiente) y el ratón desapareció con una discreción casi insultante, sin flecos de luz ni rastro de ozono.

Pasaron los días en la ciudad, ajena y apresurada. El clima apenas variaba, y, sin embargo, Jasper sentía que el barrio entero lo miraba con sospecha desde las ventanas empañadas: ese físico de rostro triangular y manos temblorosas que vivía solo, cultivando el jardín con una precisión que solo conceden los que saben la diferencia entre un ciclo y otro.

El ratón volvió a aparecer una semana después. Estaba visiblemente mayor, marrón, harapiento. Tenía una herida seca a un costado. Ni rastro de cómo había pasado el tiempo ni de dónde.

Era un resultado perfecto. Demasiado perfecto, en realidad; y Jasper lo supo al instante. No había cambiado casi nada salvo lo natural, pero el ratón traía la pelusa de un futuro invisible y la tristeza de una experiencia inexplicable. Jasper lo acarició un momento sobre el lomo con dedos torpes y luego lo dejó marchar hacia la noche.

Desenfrenado por el éxito —o, más bien, por la falta de fracaso inmediato—, supo que era hora de probar con un voluntario humano. Contactó a Mireille, la antigua amante con la que había visitado, años atrás, los museos de tecnología y los bares de mala muerte. Amaba la ciencia, pero prefería la poesía. Amaba a Jasper a su manera, hostil y vulnerable, como quien cuida los huesos frágiles de un pájaro.

Se vieron en el sótano, bajo los tubos fluorescentes que no parpadeaban. Mireille se sentó dentro del cubo, abrazando un libro de Sylvia Plath, y le dirigió una mirada expectante y triste.

“No quiero que me devuelvas antes de mi tiempo”, dijo, “déjame correr la suerte que me toque”.

Jasper asintió. No le preguntó de qué huía. Ajustó la máquina para enviarla tres años hacia adelante, calculando con febrilidad cada segundo. Cerró la puerta. El muy idiota se le quebró la voz y le pidió que lo buscara si aprendía a regresar cuando llegara, allá en el mañana.

Mireille desapareció con la misma economía de gestos que el ratón. Jasper se sentó junto al cubo y la esperó. Los días siguientes los pasó en una errática deriva; fue al supermercado, preparó té, repasó los amaneceres, juzgando si el nuevo sol era diferente del de la víspera. Los amigos casuales preguntaron por Mireille. Inventó enfermedades, trabajos en el extranjero. Se visitó a sí mismo en los recuerdos; se encontró queriéndola de otro modo, preguntándose qué había perdido.

La máquina, impasible, seguía emitiendo ese calor leve, casi maternal, como si cada ausencia la fuera vaciando lentamente por dentro.

Cuando Mireille volvió, una mañana de septiembre húmeda e inconsistente, Jasper apenas la reconoció. Había envejecido a un ritmo más lento que él, pero la voz era la misma: una cuchilla envuelta en humo. La primera noche que pasaron juntos fue tensa, una celebración torcida. Mireille no hablaba del futuro, pero reflexionaba demasiado sobre el presente. Sus respuestas eran ambiguas, sus recuerdos, brumosos. Reía como si a veces recordara otra vida paralela.

Jasper nunca le preguntó explícitamente qué había visto. No le preguntó si él, tres años mayor, le habría gustado. Pero un día, revolviendo los tomates en la cocina, Mireille le dijo:

“La mejor historia que encontré es que todos tratamos de huir de algo. Ninguna máquina puede cambiar esa clase de pasado ni ese tipo de futuro.”

Así pasó un nuevo año. Jasper dejó de mirar la máquina y empezó a mirar más los relojes, los calendarios, el leve deterioro de las cosas cotidianas. Mireille se hizo más callada, como si su lenguaje se estuviese consumiendo por dentro. A veces, al caer la noche, iba al sótano, se sentaba al borde del cubo, y lo tocaba con la yema de los dedos, acariciándolo con una ternura casi maternal. Jasper la observaba desde la escalera; nunca la interrumpió.

Fue entonces cuando llegó el hombre de la cicatriz. Una noche de invierno, llamó a la puerta. Jasper abrió y lo reconoció demasiado tarde, como uno reconoce una sombra propia: era él mismo, cinco años mayor, una cicatriz en la ceja izquierda y expresión de haber aprehendido el dolor universal.

El otro Jasper —el futuro-yo, el Jasper-del-tic-tac-atras— entró en silencio y se sentó en la cocina, despeinando la mesa con las manos.

“Has seguido usándola”, dijo mirando hacia el sótano.

“A veces”, respondió Jasper, buscando el amparo de Mireille, que subía la escalera con sus pasos sigilosos.

“No la uses más”, dijo el hombre de la cicatriz, “Cada vez da menos lo que quieres. Te arranca cosas que no recuerdas que tenías. Yo lo sé. A mí ya me las quitó.”

Jasper sintió un vértigo que le mordía el estómago. “¿Qué pasó con Mireille?”, preguntó, aunque ya había intuido el desgarro en los ojos de su otro yo.

La respuesta fue evasiva, pero todo estuvo dicho: “Solo hay una línea que se cruza, en algún momento. Salvarla, perderla, volverla a encontrar o no. Pero la máquina, la máquina es insaciable. Sólo quiere más historias que no importan a nadie, ni siquiera a ti mismo.”

El visitante se fue antes del amanecer. Jasper lo vio perderse entre la niebla que a esa hora sella las cosas que no debieron ocurrir.

Durante días, fue presa de una melancolía viscosa. Deseó poder destrozar el cubo, esparcir sus engranajes por la tierra, plantar sobre sus fragmentos espinos que nadie pudiese arrancar. Pero no lo hizo. Llamó a Mireille para preguntarle si ella habría cambiado algo, si valía la pena evitar una catástrofe aún desconocida.

Ella le sonrió en la penumbra del dormitorio: “Lo que más odio, Jasper, es que los saltos sólo sirven para recordarnos lo mucho que pesa cada día. Ser espectador de tu propio futuro es una condena. Es mejor soportar la incertidumbre.”

La última noche juntos, Jasper soñó que la máquina se rompía en mil pedazos diminutos, que caían en la sopa, en las sábanas, en la risa de Mireille. Cada fragmento era un instante de sus vidas perdido para siempre.

El tiempo siguió, y Jasper, cada tanto, bajaba al sótano. El cubo seguía allí, conteniendo todas las posibilidades: volver a intentar, evitar el daño, perder menos, apostar al azar de un multiuniverso. Cada vez que apoyaba la mano sobre la superficie, escuchaba el eco sordo de los futuros que no viviría.

Una mañana, bajó a la ciudad. Le pareció que el barrio estaba en paz, que la gente se movía como si nadie guardara secretos tan graves como una máquina del tiempo. Jasper sonrió, finalmente libre o, al menos, resignado a ser capturado para siempre por el gris opaco de su presente.

La máquina, sola en el sótano, vibró tenuemente. Quién sabe si para siempre.

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