Portada del relato El Jardín de la Medianoche
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Fragmento:


Aquel club tenía reglas: se podía fumar en el rincón del espejo (un espejo ahumado en que la gente parecía desaparecer poco a poco), no estaba permitido hablar de política antes de la medianoche, y nadie, bajo ninguna circunstancia, debía mencionar relojes nuevos.

Duración: 09:32

El Jardín de la Medianoche
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Texto de ajuste de pausa.

En los sótanos de una ciudad donde la lluvia nunca cesaba, donde los taxis huían de las aceras y las criaturas nocturnas deambulaban con paraguas rotos, existía un club clandestino. Susurros, relámpagos, y toda la mefítica humedad de aquel Londres alternativo, se colaban bajo la puerta blanca, esa puerta que pocos se atrevían a cruzar. El cartel colgaba torcido: “Ornithogala”—un nombre sin sentido para los no iniciados, quizá una burla, quizá el signo de un tiempo perdido.

La primera vez que Lucien entró, no sabía qué buscar. Llevaba el abrigo largo de los que esconden secretos y la barba chorreando agua como una línea de código definida por errores. Era temprano, pero ni un reloj en la estancia. Solo una esfera rota detrás de la barra, las agujas atascadas en las tres y cuarto. El camarero, un hombre de facciones afiladas y antifaz gastado, le ofreció una copa antes incluso de oír su voz.

—¿Qué tienes para los que olvidan la hora? —preguntó Lucien, dejándose caer en una banqueta.

—Aquí todos la olvidamos—masculló el camarero. Su nombre era Narendra, aunque más adelante resultó que nadie lo llamaba igual dos noches seguidas.

Era un club extraño. Hombres que jamás conocían el rostro de sus vecinos, mujeres hablando en dialectos de regiones desplazadas hacía siglos. Lucien se sentía a salvo en el lenguaje de los que se desmoronan en los márgenes. Se pidió otro trago.

Aquel club tenía reglas: se podía fumar en el rincón del espejo (un espejo ahumado en que la gente parecía desaparecer poco a poco), no estaba permitido hablar de política antes de la medianoche, y nadie, bajo ninguna circunstancia, debía mencionar relojes nuevos.

Pero había algo más. Una vibración en las paredes entre los tubos oxidados y los montones de cartas antiguas. A veces, a las cuatro de la mañana, llegaban los de la Sociedad del Ánfora, encapuchados, cargando cajas cuyo contenido jamás mostraban. Dejaban manchas de aceite tras sus pasos; soltaban expresiones que Lucien había oído solo en los sueños.

Fue esa noche después del equinoccio, con la calle inundada y solo el farol de gas encendido como un guiño en la navegación, cuando la conoció. Ella no tenía nombre; o tal vez tenía muchos. En el club la llamaban Isobel, pero cuando sonreía, le parecía al mismísimo Lucien que la voz surgía directamente de la maquinaria de las eras. Llevaba un vestido de terciopelo azul, y en la muñeca, un reloj antiguo cuya esfera giraba hacia atrás.

—Llevas mucho tiempo buscando, —dijo (más una certeza que una pregunta).

—¿Buscando qué?

—El instante en que todo cambió.

La gente finge escuchar anécdotas sagradas en los bares para no mirar de frente a lo inevitable, pero esta vez Lucien percibió el hormigueo de lo auténtico. Una memoria olvidada, una sensación de que, en algún lugar de esa ciudad, él mismo ya había vivido esta conversación. Le respondió con un silencio; ella asintió, como si lo esperara.

—Este club es una puerta, —susurró—. Vienes aquí porque, en alguna parte de tus huesos, sabes que el tiempo no es recto.

Luego, sacó una pequeña esfera, la depositó entre los vasos vacíos. Era de oro viejo, grabada con runas microscópicas.

—La noche próxima al solsticio hay un paso. No pienses en años, siglos, ni relojes. Piensa en momentos. Si cruzas, te arriesgas a no regresar, pero si no cruzas, nunca sabrás qué podrías haber cambiado.

Lucien tomó la esfera. Sintió un escalofrío, como si alguna bestia prehistórica hubiera descendido por su espalda. Antes de que pudiera preguntar, Isobel desapareció entre la bruma de humo y whisky barato.

Afuera, la lluvia azotaba la ciudad. En su apartamento, Lucien inspeccionó la esfera bajo la luz amarilla de la lámpara de escritorio. No era mayor que una nuez; al girarla, una melodía acampanada parecía resonar despacio, como una caja de música rota. En vez de dormir (imposible tras el encuentro), ojeó libros de física, cuentos de hadas, tratados de filosofía. Todos ofrecían la misma respuesta: los momentos no pueden cambiarse; lo que ocurre, persiste.

A la noche siguiente, regresó al club. Isobel no estaba y el espejo tenía una grieta nueva. Hombres de abrigos inimaginables se peleaban en una lengua que viajaba entre neuronas y saliva. Lucien se sentó en el rincón más oscuro y sostuvo la esfera.

—¿Lo vas a hacer? —susurró alguien a su espalda.

Giró la cabeza; era Narendra, que pulía una botella con una precisión que podría haber pertenecido a un cirujano loco.

—¿Qué sucede si la giro tres veces hacia la izquierda? —preguntó Lucien, repitiendo la pregunta que había leído en las runas la noche anterior.

Narendra sonrió de medio lado.

—Te conviertes en la duda de tus antepasados.

Lucien rió, pero la carcajada le supo a huesos rotos. Decidió hacerlo.

Una vuelta. El aire se espesó. Dos. El murmullo de la clientela se volvió eco de agua subterránea. Tres. Todo parpadeó.

Despertó en silencio. Ni un ruido de la ciudad eterna, ni la vibración de los tubos de aire. Solo oscuridad y el olor familiar de la humedad—pero distinto, más crudo, más mineral.

Al abrir los ojos, la escena había cambiado. Ya no estaba en el “Ornithogala”. Frente a él, un jardín siniestro, cuyas sombras se estiraban hasta límites antinaturales. Grandes lunes, como globos de vidrio, colgaban de los árboles, y una brisa glacial le arrancaba fragmentos de memoria, dispersándolos en el aire. Lucien se tocó los bolsillos; nada salvo la esfera.

A lo lejos, figuras encapuchadas caminaban en círculo alrededor de una enorme linterna viva, cuyas llamaradas contaban con los compases de un metrónomo invisible. Se acercó con cautela. Todo en ese lugar era antiguo, pero más que antiguo: era eterno. Como si el tiempo mismo hubiese hecho nudos y los hubiera escondido en esa arboleda.

Entre los árboles divisó a Isobel, aún con el vestido azul, pero ahora sus ojos brillaban como las generaciones. Ella le hizo una seña. Lucien la siguió, sorteando raíces que parecían manos salidas de una tumba.

—¿Dónde estamos? —susurró Lucien.

—Fuera del tiempo. O, mejor dicho, en un pliegue. Aquí todo sucede y nada sucede. Es un jardín de bifurcaciones, una biblioteca de posibilidades.

—¿Y ahora?

—Hay puertas, —explicó Isobel, extendiendo la mano hacia una serie de arcos formados por enredaderas negras—. Uno elige una vida, una herida, un arrepentimiento.

—¿Y si quiero encontrar el momento que me destruyó? —preguntó Lucien con esa mezcla de rabia y súplica que reconocen los derrotados.

—Eso es lo que buscan todos los que vienen aquí, Lucien. Verlo es fácil. Lo difícil es cambiarlo.

Lucien cruzó el primer arco. Una visón le asaltó: su padre se alejaba una noche de tempestad, la maleta abierta y una confesión jamás oída. Sintió el vértigo de las palabras no pronunciadas, el olor a lluvia sobre asfalto, una culpabilidad que le había acompañado como una sombra anómala en todos los días de su existencia.

Al cruzar el segundo arco, la imagen de un amor perdido lo desgarró. Una carta sin respuesta, la decisión de no subir al tren que lo habría llevado a París, los sueños de juventud desvaneciéndose en la estación olvidada.

Más allá, decenas, cientos de arcos: cada uno custodiado por una imagen, un desgarro, una versión de sí mismo que giró a la izquierda o la derecha, que besó o calló, que mató o salvó.

—No puedo cambiarlo, ¿verdad? —dijo Lucien, la voz disolviente, rota.

Isobel asintió.

—Puedes elegir. No es lo mismo.

—¿Elegir qué?

—Asumir el peso de la memoria o soltarlo. Hay quien reconstruye, hay quien acepta el derrumbe, y hay quienes desaparecen en los pliegues, tratando de evitar lo inevitable hasta perderse para siempre.

Lucien se sentó bajo el árbol más antiguo, cuyos frutos chisporroteaban como las bombillas en los tejados de la ciudad lluviosa. Miró la esfera entre sus dedos morados. Por un instante, vislumbró la vida que habría tenido si en una de esas bifurcaciones hubiera corregido el error. Una existencia más dócil, menos amputada; pero también más gris. Sintió un escalofrío de reconocimiento: el dolor era la señal de que aún estaba vivo.

—¿Y tú? —preguntó, mirando a Isobel, cuya sombra parecía oscilar entre los siglos.

—Yo también elegí, Lucien. Elegí quedarme y abrir puertas para los que no pueden olvidar.

Hubo un momento de silencio, un silencio absoluto, distinto al de los vivos y los muertos.

Entonces, del otro lado del jardín, comenzó a sonar una campana, cada tañido una onda que arrastraba a las figuras encapuchadas fuera del pliegue. El aire se agrietaba, y Lucien supo que, si quería volver, era ahora o nunca.

Se levantó. Caminó hacia el arco más cercano, la esfera resbalando entre sus dedos. Antes de cruzar, se volvió hacia Isobel.

—No cambiaré nada. Pero tampoco me convertiré en el espantapájaros de mis recuerdos.

Ella sonrió, y él cruzó la última puerta.

Despertó otra vez en el club, la esfera en la barra ante sí. Los murmullos del Ornithogala volvieron a llenar sus oídos, pero algo en la textura de la realidad había cambiado. Lucien miró su reflejo en el espejo ahumado: seguía siendo él, pero ya no el mismo. Se permitió una risa breve, como si hubiera burlado al guardián del tiempo.

Narendra lo miró desde la barra, y por primera vez lo llamó por su verdadero nombre.

—Bienvenido de nuevo, Lucien. Las puertas nunca se cierran del todo, pero los que regresan suelen pedir un trago más fuerte.

Lucien asintió, y levantó la copa. Afuera, la lluvia continuaba su letanía. En algún lugar, una campana volvió a sonar. El club estaba lleno de futuros posibles, y de hombres y mujeres que alguna vez creyeron poder domar al tiempo. Ahora él era uno de ellos, y por primera vez en años, no sentía la punzada del arrepentimiento; solo una paz inestable, líquida, tan preciosa como el último segundo antes del amanecer.

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