Fragmento:
La figura recogía un objeto. Era un prisma oscuro. En cuanto lo tocaba, aparecían imágenes de otras posibilidades: la colonia floreciendo, seres arácnidos bautizando los territorios, otro Aron beriéndose en la penumbra de un exilio voluntario. Cuando el eco lo notó a él, ambos se miraron a través de los pliegues temporales, dos exploradores distanciados por la improbabilidad. Aron sintió que el visor temblaba y lo siguiente que supo fue que ya no estaba solo; había una superposición de presencias, como si todas las versiones de ese mismo viaje se hubieran dado cita en el mismo segundo.
Duración: 10:14
Existe un océano donde las olas son posibles futuros y los peces destilan tangentes de realidad. No es un océano de agua ni de vacío estelar, aunque ambos puedan servirle de metáfora a ojos no entrenados para mirar más allá de los ídolos de la percepción. Se llama Galaxy Prime y se extendía –se extiende, se extenderá– mucho más allá de lo visible, confundiéndose en los linderos con otros reinos donde los verbos no obedecen al calendario.
A este magma tejido de tiempo y luz fue arrojado Aron, aunque él decía de sí mismo, con la humildad ácida de quien no ha hallado jamás su refugio, que era un explorador. Nunca “el” explorador, pues esa determinación sólo sobreviene cuando mira uno atrás y consigue encajar las innumerables dudas en el puzle del pasado. Aron aún era criatura del presente cuando la nave `Noumena` se desprendió de su órbita en la atmósfera impasible de Mirrk.
Mirrk era el planeta desde el que partían todos los viajes que no podían (ni debían) regresar. Allí las ciudades parecían heridas abiertas, repletas de monedas del tiempo ya sin valor. Había fábricas en las que se forjaban portales, viejos como los recuerdos, y calles por donde transitaban autómatas que habían olvidado a sus creadores. Aron, sin embargo, no nació en Mirrk: llegó allí siguiendo esquirlas de una leyenda, atraído por la posibilidad de perderse entre las grietas del ahora. En su corazón llevaba impreso un desafío secreto: encontrar la raíz de la Galaxia, el instante germinal donde todos los caminos se bifurcan.
En la `Noumena`, el tiempo no era lo que parecía. Las paredes líquidas, fabricadas de cronoaleaciones, se deshacían en colores cada vez que la nave saltaba su espacio. A veces Aron regresaba una semana después de haber partido, a veces llegaba a estaciones que apenas se estaban construyendo, a veces sólo hallaba polvo y nombres irreconocibles. Nadie celebraba su retorno ni lloraba su partida: esa era la brutalidad silenciosa de su misión. Toda la vida de Aron consistía en encontrar: puertas, fracturas, anomalías, rastros de sí mismo. Alejaba el miedo de sí mismo, imaginando que era como los silenciosos cielos de Galaxia, eternamente fecundos.
El primer salto lo condujo a un brazo olvidado del conglomerado estelar. Estrellas rojizas, planetas gaseosos, un silencio que parecía roerle el esqueleto. Detuvo la nave cerca de un satélite cuyas ruinas hablaban en símbolos distorsionados, informes de una anterior tentativa de colonización. La voz de la Noumena, artificial y arcaica, analizaba las señales con una paciencia implacable. “Lecturas inconsistentes. Este enclave no existe en el Registro Central. Pero hay una fluctuación en la constante cronológica.”
Aron descendió, descargando consigo el visor temporal. Era una esfera del tamaño de un corazón y, según los técnicos de Mirrk, el único instrumento capaz de registrar la verdad en torno a la línea temporal de un acontecimiento, sin ser engañado por memorias apócrifas. No era trivial recordar, allí donde la realidad tropezaba y se fracturaba en reflejos contradictorios.
En la superficie, la atmósfera daba zarpazos helados. Entre las ruinas, Aron notó un hilo de vibración: algo había ocurrido y, a la vez, nunca había llegado a suceder del todo. Se acercó a una pared donde quedaban inscripciones. Tras activar el visor, un remolino de ecos surgió como una ráfaga de polvo luminoso. Vio a alguien –quizá a sí mismo, pero no exactamente–. Andaba entre los restos, buscando lo mismo que él o, acaso, su negación. La figura no tenía rostro, sólo un contorno hecho de desesperadas alternativas. Aron se reconoció en ese desasosiego, la impresión de no habitar jamás el momento correcto.
La figura recogía un objeto. Era un prisma oscuro. En cuanto lo tocaba, aparecían imágenes de otras posibilidades: la colonia floreciendo, seres arácnidos bautizando los territorios, otro Aron beriéndose en la penumbra de un exilio voluntario. Cuando el eco lo notó a él, ambos se miraron a través de los pliegues temporales, dos exploradores distanciados por la improbabilidad. Aron sintió que el visor temblaba y lo siguiente que supo fue que ya no estaba solo; había una superposición de presencias, como si todas las versiones de ese mismo viaje se hubieran dado cita en el mismo segundo.
El visor parpadeó y devolvió un mensaje: “El prisma es el nodo. Si lo tomas, otras líneas se desvanecen.” Aron supo, o intuyó en ese lenguaje que sólo se adquiere dialogando con el vértigo, que enfrentaba la primera de muchas decisiones: todo viaje en el tiempo es, en esencia, un duelo con la renuncia. Tomar o dejar. No importa cuántas veces se repita la escena, cada acto borra otras posibilidades. Escogió no tomar el prisma, y la figura sin rostro lo imitó, desvaneciéndose en una bruma de probabilidades frustradas.
El retorno a la Noumena fue pesado. La nave ahora parecía más pequeña, como si ya no pudiera contener todos sus recuerdos. Decidió consultar el Diario, ese archivo indescifrable donde la máquina dejaba testimonio de los saltos realizados, incluso aquellos de los que él jamás conservaba memoria. Cada entrada era un haz de potencialidades, palabras que se reescribían solas.
"Salto: Fallido. Nodo no perturbado. Consecuencias: mínimas. Siguiente destino: Coordinadas XY-5-Serafín.”
Sabía que en algún punto alguien –o algo– registraba si los exploradores como él modificaban accidentalmente el flujo de la Galaxia. Los ancianos en Mirrk lo insinuaron una vez: toda existencia se balancea en un umbral de vigilancia incesante. No existe exploración sin supervisión. Algunos retornan deshechos, incapaces de habitar de nuevo el tiempo lineal. Otros nunca regresan. Aron, por ahora, sólo era una promesa de error, un explorador humilde frente al poema implacable del cosmos.
La Noumena saltó de nuevo. La espalda de Aron protestaba por la presión gravitacional, una molestia habitual que rápidamente se volvía anécdota casi tierna. Esta vez, un cúmulo azulado le dio la bienvenida. Los sensores informaban una atmósfera respirable. En el planeta, una arquitectura imposible parecía derretirse y rehacerse mientras la miraba: torres que giraban sobre sí mismas, plazas invertidas, puentes que colgaban entre nubes de magnetita.
En el centro, un obelisco cuya sombra giraba en sentido prohibido. Aron se acercó, saberndo que ese era el foco de la anomalía.
La sombra del obelisco era fría, acogedora. El visor temporal de Aron vibró al máximo, y de la base emergieron voces distorsionadas, en todos los idiomas y acentos del registro galáctico. Cada voz pedía lo mismo: una oportunidad para regresar, para rehacer lo hecho, para pronunciar la palabra correcta. Aron sintió un cansancio primordial: ¿no era ese el anhelo de todos los seres, volver a empezar, hacerlo de nuevo con más ternura, con menos miedo?
Recordó entonces a los autómatas de Mirrk, caminando solitarios, sus creadores ya polvo y olvido. ¿Eran también ellos exploradores? ¿No estaban todas las criaturas de la Galaxia condenadas a buscar una entrada a un tiempo mejor? La arrogancia de los crononautas –pensó– es creer que controlan la madeja, cuando en realidad sólo se les permite rozarla momentáneamente, antes de ser expulsados al anonimato.
Aron caminó en torno al obelisco, recogiendo fragmentos de la historia. Vio una ciudad reptiliana, su auge y su caída; vio árboles de hierro oxidarse en segundos, flaqueando bajo cielos sangrientos; vio, en un destello cruel, su propia figura, anciana, exhausta, incapaz de regresar a Mirrk. No había redención en ninguna visión, sólo la persistencia turbia del intento.
Sacó de su bolsa la pequeña regla del tiempo, una baratija con forma de hueso que le regalaron en Mirrk, para “no perder la proporción de las cosas”. La deslizó sobre la piedra y, por un breve instante, la sombra del obelisco titiló, extendiéndose hasta la nave anclada en la órbita. En ese destello, Aron creyó ver a todos los exploradores que le precedieron y sucederían, caminando mansamente hacia la oscuridad, llevando consigo la cicatriz indeleble de sus elecciones.
Volvió a la Noumena sin descubrir ningún secreto definitivo, sólo la certeza de que el viaje no era un trayecto, sino una herida abierta, un margen de error cuidadosamente tolerado por la Galaxia. La nave registró el salto como “Éxito: Nodo estabilizado. Consecuencias: flujo inalterado. Parámetro de soledad incrementado.”
En los días siguientes, Aron saltó en destellos por constelaciones deformes, testigo de la forma en que la vida se estira y encoge en función de las horas y arrepentimientos. Observó civilizaciones replegarse para no ser vistas por su propio pasado, vio a niños jugar con juguetes intactos y a la vez rotos, vio la crueldad de la memoria desplomándose como una red incompleta.
Una noche, apenas dormía en la estrecha cabina, soñó que la Galaxia lo abrazaba: le susurraba canciones de todas las rutas jamás transitadas, le liberaba del deber de encontrar respuestas. “No eres menos real por no hallar el origen. La búsqueda es el pulso. El explorador es siempre una pregunta vagando entre remolinos de posible.” En ese sueño, vio el nacimiento y muerte de innumerables versiones de sí mismo, monocordes y también magníficas, todas inmersas en el río sin orillas de la posibilidad.
Se despertó cansado y al mismo tiempo aliviado. Por primera vez, aceptó que quizá no encontraría el famoso “instante germinal”. Si lo hacía, todo desaparecería: la búsqueda, la identidad, la sorpresa. La Galaxia no exige llegar, sólo andar, con humildad y un poco de gratitud amarga.
En la última entrada del Diario, la Noumena anotó: "Explorador operativo. Flujo en curso. Experiencia acumulada: irremplazable. Parámetro de sentido: incalculable. Continuar saltando."
Y Aron, aún a falta de patria y respuesta, se relajó en el sillón de mando y contempló los filamentos del tiempo, sabiendo que cada viaje era, también, una forma de regresar a sí mismo, aunque sólo fuera para perderse de nuevo entre los pliegues infinitos de la Galaxia.
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