Portada del relato Cristales Derramados en la Negrura
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Fragmento:


El trabajo que me ofrecieron no era normal, ni siquiera para alguien que ha traspasado los límites de lo tolerable a base de implantes y café sintético. Un transportista anónimo me envió un mensaje encriptado a través del canal menos rastreable de la estación. Casi me hace ilusión pensar que quizá, al traducir al algoritmo, alguien se haya perdido las palabras más importantes: “sólo para manos certificadas y nervios no auditados”.

Duración: 08:40

Cristales Derramados en la Negrura
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Texto de ajuste de pausa.

En esta última estación fuera del anillo de Kuiper, donde las estrellas son sólo una especulación y los dioses hace mucho que dieron por perdida la cuenta, lo que uno más escucha son teclas. Un golpeteo digital, como si alguien estuviera tallando en ámbar información secreta y, de cuando en cuando, la risa ahogada de algún técnico que entendió, por fin, el chiste interno de los androides. Porque en una ciudad flotante, apodada irónicamente “Próspera”, sólo queda reír para no llorar cada vez que el soporte vital zumba un poco fuera de ritmo.

Soy Brígid Falco, sí, con tilde, aunque eso le importaba a una humanidad menos fragmentada. Ahora nadie pregunta por los nombres, sólo por los datos biométricos y, si tienes suerte, el rango de deuda. ¿Mi deuda? En años-luz es de unas catorce vueltas a la galaxia, pero yo siempre fui de fiarlo todo al mañana.

El trabajo que me ofrecieron no era normal, ni siquiera para alguien que ha traspasado los límites de lo tolerable a base de implantes y café sintético. Un transportista anónimo me envió un mensaje encriptado a través del canal menos rastreable de la estación. Casi me hace ilusión pensar que quizá, al traducir al algoritmo, alguien se haya perdido las palabras más importantes: “sólo para manos certificadas y nervios no auditados”.

Voy a empezar por lo que no haría jamás, pero hay que comprender que en Próspera la ética se vendía reciclada, y cara. Lo que me ofrecían era, en términos diplomáticos, “reubicación de paquete sensible”. Traducido al idioma chabacano del Sector Beta: un hackeo a bordo de una nave registradora de singularidades. Casi mejor saltar a un agujero negro lanzando sonrisas.

La nave, La Candela Azul, era todo lo que me esperaba: promesas de hiperespacio en cada mamparo corroído, yendo a ningún sitio a velocidades que harían perder el estómago hasta a las inteligencias artificiales más robustas. De hecho, sus IAs estaban, como la mayor parte de la tripulación, solidariamente oxidadas. Me recibió Kepler, asistente digital con menú de voz propio de antaño.

—Buenos días. ¿Confirma su propósito de abordaje, señora Falco?

—Confirmo estar aquí y que no hay nada bueno en los días, Kepler.

—Sarcasmo registrado. Modo compañía habilitado.

Y así, con solo eso, empecé a preguntarme si el verdadero encargo consistía en viajar con la IA más simpática de la Confederación Intermitente.

Mientras comprobaba que mi interfaz neuronal estaba lo bastante parcheada para resistir un asalto digital, repasé la información. “El paquete” no era un objeto físico. Ni un chip, ni un módulo; era un humano, o su respetable imitación, que llevaba en su sistema nervioso un protocolo perdido desde el colapso de la Tierra central. Y a “humano” le solían añadir esos asteriscos generosos de los abogados, que le dan tanto juego a la vida. En este caso, el protocolo no era sólo el pegamento del pasado remoto, era la llave a los contratos de propiedad sobre toda la infraestructura de salto cuántico. Hablamos de controlar trayectorias, desviar trayectorias y, de ser muy descarados, hacer desaparecer algunos cargamentos y a sus incómodos ocupantes. Todo el viaje interestelar necesitado de una sola cosa: la firma, o “firma neuronal” del paquete.

No pregunté mucho. En realidad, no pregunté nada. En Próspera, cuanto más sabías, más corto era tu seguro de vida.

El trayecto arrancó con una delicadeza insultante. Kepler me mantenía informada con frases motivacionales cada vez que miraba por el ojo de buey la negrura, cortada solo por fogonazos de tráfico ilegal. A mitad de la travesía tuve, por fin, una conversación humana. O casi.

El paquete era más bien un muchacho, aunque de carne le quedaba lo justo. Sus ojos tenían demasiadas capas de iris artificial, y los brazos, esos brazos retorcidos, parecían hechos con planos de ingeniería inversa a partir de un sueño febril. Sonrió, lo que en estos tiempos es casi una amenaza.

—No soy lo que esperabas, ¿verdad? —dijo, con voz flanqueada por algoritmos sentimentales de baja calidad.

—Esperaba una caja más chica —respondí.

Se rió. Parecía disfrutar de su liminalidad, aferrado a ese terreno difuso entre el software sensible y la nostalgia genética. Yo le llamé “Chico”, aunque reprogramó el mote a “Omar” en menos de media hora.

Durante esos días, porque en el hiperespacio el tiempo es solo otra subsidiaria del fraude, me contó sin querer la historia de su fuga. Él no quería ser, pero era: portador de una clave demasiado cara para los conglomerados y demasiado peligrosa para los románticos de la libertad. Me habló de sus protectores, de los cazadores y de cómo había aprendido a engañar los escáners detectores de intenciones hostiles. A mí nunca me ha interesado el drama existencial, así que le escuché mientras desmantelaba a Kepler para instalar un “relleno legal” que forzara la neutralidad del piloto automático.

Cuando los problemas llegaron, lo hicieron con la puntualidad de una actualización de términos y condiciones. Una nave corsaria se ancló sin previo aviso en el segmento 34 del casco. El protocolo de emergencia me hizo desear haber traído mi antigua pistola, pero lo que tenía más a mano era un cable de transferencia directa. Si alguien intentaba sacar la clave de Omar, tendrían antes que atravesar mi firewall de segunda mano. Justo después de conectar la interfaz, la nave entera se estremeció como si alguien estuviera convencido de que el universo es, en esencia, un programa corrupto.

—Se están colando —dije, en voz baja, para no despertar a los miedos.

Omar no pareció alterarse. Metió los dedos metálicos en las ranuras de acceso y, de pronto, la luz de la sala se volvió azul pálido. La Candela Azul emitió un zumbido de aprobación, y Kepler, ya medio desmontado, murmuró:

—Compromiso crítico. Recalibrando vector de evasión.

La batalla no fue ni épica ni larga. Un empujón de trayectorias y la nave corsaria se quedó flotando fuera de sincronía temporal. “Cortocircuito gravitacional”, dijo Kepler, que ya sólo mantenía la conciencia por puro amor al protocolo. Pese al susto, la rutina volvió en seguida, como si el espacio nos recordase quién manda.

Pero algo había cambiado en Omar. La exposición al ataque produjo una breve traslación en su patrón algorítmico; sentí cómo su tristeza mutaba en cinismo, y luego en una especie de determinación gélida.

—No puedo fiarme de nadie —musitó, casi para sí.

Probé a ser pragmática, porque la empatía emocional tiene sobrecoste.

—Tampoco necesitas fiarte de mí. A nadie en su sano juicio se le ocurre depositar confianza en una transportista freelance en la frontera interestelar.

Me observó un instante con ojos que sugerían la lectura reciente de tratados filosóficos y manuales de instrucciones.

—¿Tú te fiarías de una promesa de libertad, Brígid?

Ah, ese viejo fetiche humano: la libertad. Siempre ofertada, nunca entregada. Decidí encogerme de hombros.

—Depende de si viene con seguro a todo riesgo.

La última parte del viaje fue una coreografía de sospechas, semáforos cuánticos y mensajes encriptados de procedencias menos fiables que la moral de un contrabandista. Poco antes de llegar al destino, Omar me ofreció una salida: descargar la clave, exiliarla en una añeja unidad de almacenamiento y dividir el riesgo. La propuesta tentaba, pero no sin precio. Todo en el cosmos tiene comisión.

Acepté. Más por hastío que por ambición, y porque en este juego los finales felices sólo los protagonizan los que enloquecen antes.

Mientras la unidad de almacenamiento chirriaba y la vieja Candela Azul celebraba con luces cianes su improbable supervivencia, sentí por primera vez en años la certidumbre de que nada, absolutamente nada, termina en el espacio. La verdad era un rumor desacelerado, y la esperanza, ese residuo último, un eco defectuoso que rebotaba de casco en casco con cada salto interestelar.

Omar, compartiendo ya solo la mitad de sí mismo, me lanzó una sonrisa de protocolo: puro código con intenciones difusas. Quizá sobreviviría, quizá la mitad de nosotros era suficiente para fundar una leyenda o, al menos, una advertencia.

La estación final apareció flotando en la pantalla de navegación, prometiendo nuevas deudas y un café más aguado que la ética local.

Afuera, los cristales derramados de las estrellas seguían bailando sobre el vacío, ajenos a la última factura no pagada de cada tripulante que alguna vez se atrevió a cruzar la oscuridad con una indirecta y dos ternarios.

Nos despedimos sin ceremonia y sin promesas. En Próspera y sus alrededores, eso es lo más parecido al amor verdadero.

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