Portada del relato La deriva de los soles
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Por debajo de Ehra, flotando bajo una gravedad mínima, los gigantescos paneles solares se replegaban a medida que la aceleración interna de la nave disminuía. El último informe de navegación hablaba de un campo de hielo silícico, allá adelante, con posibles remolinos gravitacionales producidos por planetas huérfanos. Aquella ruta, escogida por los albores de inteligencia artificial, nunca era realmente un pasaje seguro.

Duración: 10:15

La deriva de los soles
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

---

Mirar atrás era una de las pocas cosas que todavía resultaban peligrosas.

Desde la ventana panorámica de la cápsula de observación, Ehra flotaba como si impidiera a propósito el avance del tiempo. El pasillo transparente serpenteaba con tímida curvatura sobre el caparazón exterior de la nave, y más allá, espacio puro, saturado de la superstición humana: tierras míticas, historias de exiliados, monstruos que dormían entre una estrella y otra. Años atrás, sus padres habían comparado la visión con la de una serpiente mordiéndose la cola. Sin embargo, la Serpiente—nombre bautismal de la Colonia Interestelar 14—no pensaba detenerse jamás.

Por debajo de Ehra, flotando bajo una gravedad mínima, los gigantescos paneles solares se replegaban a medida que la aceleración interna de la nave disminuía. El último informe de navegación hablaba de un campo de hielo silícico, allá adelante, con posibles remolinos gravitacionales producidos por planetas huérfanos. Aquella ruta, escogida por los albores de inteligencia artificial, nunca era realmente un pasaje seguro.

—¿Cuántos soles has contado hoy?—La voz de Nil, profunda y distorsionada por el canal de audio personal, era siempre algo más áspera cuando el insomnio lo sorprendía.

Ehra no respondió de inmediato. Era una vieja broma entre ambos, quizás ya una superstición. Durante esos meses de tránsito, era fácil dejarse llevar por el registro numérico: cuántas estrellas, manchas parpadeantes desde la distancia, había avistado solo en el último ciclo de guardia.

—Trece visibles—susurró, como si temiera que el sonido desatara el olvido—. Pero seis estaban dobles, y dos apenas eran destellos.

Nil rió, un sonido lleno de pequeñas fracturas. Desde la otra sala podía sentir la soledad amplificarse, como oxígeno evaporándose en una grieta. Por un instante, Ehra lamentó la distancia física, pero los protocolos eran explícitos: cada guardia, cada turno, debía realizarse en estaciones separadas, frente a distintos paneles de control. Confianza, sí; pero nunca hasta el extremo de permitir el descuido simultáneo.

Todavía recordaba, aunque con las aguas turbias de la infancia, el incidente en la Serpiente 9, cuando una pareja de navegantes se descuidó durante una ruptura cuántica y los sistemas de reciclaje comenzaron a reciclar promesas de aire en lugar del propio aire. Resultado: una nave-fantasma, poblada de murmullos y cadáveres atrapados entre compartimentos presurizados. Esas historias, transmitidas con la solemnidad de mitologías primigenias, recorrían todas las generaciones como advertencias.

Una alarma sutil rompió la negrura de la meditación: un ‘ping’ violeta, apenas un cosquilleo en la base del cráneo gracias al canal neural. Ehra abandonó la ventana, impulsándose suavemente hacia el primer módulo de observación técnica. Los datos se alineaban con el ritmo pulsatil de la nave: el campo de anomalías gravitacionales era más intenso de lo esperado. Algo allí afuera estaba burlando los modelos predictivos, desplazando la materia con la torpeza de un dios ebrio.

El comunicado global se abrió en la red:

PRIORIDAD: CRUZAR EL VÓRTICE DE HIELO; CAMBIO DE CURSO RECOMENDADO.

RIESGO: 42% POR FALLO DE ESCUDO INTERNO SI SE PERSISTE EN LA RUTA ACTUAL.

REVISIÓN FASE-63. CONTACTO ARAÑA-ENGINE.

Las decisiones rápidas eran la razón por la que la Serpiente aún no era otra nave recordada solo por sus listas de bajas. Ehra activó el canal de mando.

—Nil, prepara los motores auxiliares. Lo atravesamos lento, como en Starnox.

Nil, siempre capaz de buscar una analogía, recordó el planeta capitalino de la vieja bicentenaria Tierra, cubierta por nieblas y ruinas, donde la lentitud era la única forma de no ser sombra consumida. Respondió usando la lengua ritualizada de los primeros viajeros.

—Avanzamos en la niebla. El pulso es nuestro.

La nave giró. Por las pantallas, el campo de asteroides se abrió como una cortina de dientes helados, afilados y brillantes. La trayectoria era una danza, mil movimientos interdependientes, cada vector calculado hasta el último decimal. Pero ni las matemáticas más precisas eran inmunes al capricho oculto del cosmos.

—Detecto una perturbación—anunció Nil—. Marco en el eje negativo, aproximación a dos mil kilómetros. Parece un objeto.

Ehra se conectó al canal visual de Nil. El objeto emergía poco a poco, girando en una marea lenta entre cristales silícicos. No era un fragmento del campo ni un resto aleatorio. Era una estructura, difusa y extensa, con simetría imposible y luminosidad propia.

Por unos segundos, no supieron si era un eco de otra nave, un trozo olvidado de tecnología ajena, o un monumento artificial, como algunos que la humanidad había dejado en planetas antaño fértiles; cruces elefantinas o domos deshabitados, símbolos de exilio y destino.

—¿Es humanoide?—preguntó Nil, su voz temblando.

—No lo sé—contestó Ehra—. Pero está emitiendo algo… Una señal apenas perceptible.

El equipo se puso a trabajar, primero en silencio, luego en febril diálogo. El análisis espectral identificó que la señal fluctuaba en patrones secuenciales parecidos a los ritmos de las palabras humanas: repeticiones, silencios, rupturas matemáticas precisas. Pero dentro de aquel patrón, reconocieron una frecuencia: la vieja serie de números primos que la humanidad había escogido, siglos atrás, como firma universal.

Nil tembló; Ehra, también. ¿Era una nave perdida? ¿Una cápsula mandada por otras colonias? ¿O algo radicalmente ajeno, una inteligencia nacida en el hielo absoluto, copiando la firma humana como cebo o saludo?

El consejo de navegación se activó desde varios módulos de la nave. Los otros tripulantes—viejos, cansados, marcados por la costumbre de esconder los traumas bajo labor rutinaria—pronunciaron con miedo la palabra casi prohibida:

—Contacto.

El protocolo era claro: ante señales que imiten respuesta humana, proceder con precaución máxima. Separar los sistemas principales; aislar a los niños y a los ancianos en módulos de reserva. Nadie se mueve solo. Todos, y eso era lo que más dolía, debían prepararse para el peor de los posibles encuentros: no la guerra, no la invasión abierta, sino la alteración ontológica, la disolución de la identidad humana en algo vasto y diferente.

Ehra sintió el sudor helarle la piel, incluso en la atmósfera regulada de la Serpiente. El canal neural temblaba como si temiera. Nil, enteramente pragmático, revisaba los registros de casos similares: sólo seis en la historia de los viajes interestelares, todos ambiguos, todos potencialmente contaminados por la demencia de quienes sobrevivieron.

La señal aumentó su potencia. Y entonces, en un flujo preciso, la Serpiente la descifró: palabras en una amalgama de idiomas, desfasadas por milenios, reconvertidas a una semántica imposible.

“…En la deriva… no estáis solos… aquí, siempre han estado y siguen estando…”

La frase se repetía, con modulaciones. Lo que antes era temor, ahora se convirtió en un vacío imposible de ignorar. Porque lo que la señal transmitía, esa certeza mecánica de compañía y abandono, era el mensaje más antiguo de todos los exiliados humanos: la promesa y la advertencia de la identidad perdida y restaurada.

Ehra pensó en el exilio y en sus padres, en los mitos sobre la serpiente. La duda era doble: ¿debían acercarse a la estructura, arriesgar su historia, tal vez incluso sus mentes, por la promesa de no estar solos? ¿O seguir adelante, convertir ese encuentro en una leyenda más, una advertencia para los que vinieran después?

Nil detuvo sus análisis abruptamente.

—Hay una nave adosada…—musitó—Una de las nuestras. Identificador I.C.S. 17. Salieron hace ciento veinte años.

La garganta de Ehra se cerró en un instante. Las causas del olvido, el miedo al contagio, la transmisión de mitos como vacuna ante la locura: todo eso palideció ante la realidad factible de aquel exilio superpuesto.

De la deriva de los soles, pensó, algunos no vuelven jamás. Otros regresan, y lo que traen consigo no es el mismo sueño.

En la asamblea urgente, los tripulantes discutieron persiguiendo razones y supersticiones. Algunos temían el contacto. Otros abogaban por recuperar registros, o incluso rescatar a quien pudiera sobrevivir.

El capitán, rostro cincelado por siglos de gravedad variable, habló poco:

—La identidad no se protege huyendo del espejo. Si esas son voces humanas, o alguna simulación, siguen preguntando por nosotros. Es nuestro deber responder.

Ehra y Nil, designados para el contacto inicial, se prepararon en silencio para el abordaje. La nave menor era un sarcófago de hielo y trastos oxidados, a la deriva sin rumbo desde hacía generaciones. Sus paneles bioluminiscentes titilaban a ritmo de la señal, como un corazón que se empeñara en extraer vida de la nada.

Al cruzar el umbral, la atmósfera olía a un museo de historia humana: compuestos de descomposición lenta, vestigios de lenguaje, fragmentos de archivo mezclados con oraciones grabadas en superficies oxidadas. Había cadáveres; algunos reducidos a polvo, otros congelados en posturas de plegaria. Sobre una mesa, pantallas pulidas como espejos arrojaban bucles de la señal repetida, pero entreveradas con recuerdos personales: imágenes de niños, cartas escritas a mano, registros de sueños nunca cumplidos.

—Cruzaron el límite…—masculló Nil, tocando suavemente un panel—. Quizá algo los acompañó.

Un parpadeo. Una vibración en el canal neural: no amenaza, sino invitación. A integrar, a recordar, a aceptar que la deriva de los soles no era soledad, sino comunión perpetua con todos los fragmentos perdidos en las corrientes del universo.

En algún rincón de su mente, Ehra supo que el exilio, después de todo, era sólo otro tipo de regreso. Y mientras la Serpiente reanudaba su travesía, llevándose nueva historia y nueva pregunta, ella miró atrás. Esta vez, sin miedo.

Copyrights © 2025 Viajerosdeltiempo.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.