Portada del relato La Risa del Mundo de Espliego
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Fragmento:


En el centro de este mundo estaba Simaethra, la capital, donde cinco anillos de mármol blanco ceñían lagos de terciopelo, salas de debate y galerías de luz. Aquí vivía Caeline, estudiosa de los Recuerdos, una rama delicada del saber, encargada de recoger y curar los ecos de épocas donde, todavía, el sufrimiento era moneda común. Caeline leía los pasajes antiguos con la misma fascinación con la que se observan las cenizas de fuegos extintos: cierta reverencia, algo de repulsión, y un inevitable embeleso.

Duración: 10:11

La Risa del Mundo de Espliego
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Texto de ajuste de pausa.

En la lejana época en que los astros estaban alineados como casillas de un tablero para dioses, existió el Mundo de Espliego, una vasta urdimbre donde la perfección no era una aspiración laboriosa, sino tejido cotidiano. Los habitantes de Espliego, los Filopatas, habían culminado la más difícil de las artes: la supresión del dolor. Nacimientos, adioses, pérdidas y desamores sucedían con naturalidad sin gotas de amargura, como cuadros suavemente fundidos en la larga galería de la existencia.

El aire de Espliego resplandecía de sutiles aromas; a cada estación un aliento diferente, desde la miel silvestre de los bosques de Tamara hasta el frescor turquesa de los campos en proa a la colina de Glasten. Las ciudades se mecían en un duermevela de música y conversación, ya que solo aquello que elevara o complaciera era permitido en el vasto tapiz social. El tiempo avanzaba como un tren de vapor bajo las constelaciones: firme, seguro y sin sobresaltos ni desvíos.

En el centro de este mundo estaba Simaethra, la capital, donde cinco anillos de mármol blanco ceñían lagos de terciopelo, salas de debate y galerías de luz. Aquí vivía Caeline, estudiosa de los Recuerdos, una rama delicada del saber, encargada de recoger y curar los ecos de épocas donde, todavía, el sufrimiento era moneda común. Caeline leía los pasajes antiguos con la misma fascinación con la que se observan las cenizas de fuegos extintos: cierta reverencia, algo de repulsión, y un inevitable embeleso.

Una tarde de luna nueva, llegó hasta su despacho un anciano de rostro liso como papel, ojos claros y sonrisa apacible. Se presentó como Vorlen, errabundo de tierras lejanas. Pidió acceso a los registros prohibidos en la Gran Biblioteca y, tras una cortesía irreprochable, sugirió que le acompañara Caeline, pues él temía naufragar sin su orientación. Ella, curiosa como todos los estudiosos, aceptó.

Atravesaron juntos los archipiélagos de estanterías y los litorales de libros umbrosos. Vorlen avanzaba con una dignidad que no podía ser arrogancia, silente como si los propios anaqueles lo respetaran. Ante un grueso volumen titulado "El Dolor, Semilla de Movimiento", el anciano se detuvo.

—¿Sabías —dijo— que había un tiempo en que el dolor era considerado clave para el arte, la compasión, incluso la sabiduría?

Caeline asintió con la cabeza, repitiendo las doctrinas oficiales:

—Antaño sí. Pero nuestra civilización superó esa fase. El sufrimiento era un defecto, una ruina emocional responsable de guerras y crueldades. Hoy vivimos sin él, y nada nos falta.

Vorlen sonrió y asintió.

—Nada, salvo la pregunta. ¿Por qué, exactamente, el dolor fue eliminado? ¿Qué nos motivó a hacer algo tan irreversible?

No tenía respuesta para eso. La Historia ofrecía excusas, pero ninguna florecía en su corazón como una verdad. Vorlen acarició el lomo del libro con dulzura.

—Permíteme contarte una historia, Caeline. Una que no encontrarás en esos tomos.

Tomaron asiento en una de las bóvedas de lectura. La lámpara teñía el aire de ámbar y los trinos de la plaza llegaban atenuados, como música sumergida. Vorlen habló, y su voz era un hebra fina entre mareas de memoria.

—Hace siglos, en una ciudad que ya no existe, un escultor llamado Ilyndr vivía con su hijo, Sernel. Ambos habían perdido a la madre del niño, arrastrada por fiebres. El padre, en su afán de protegerlo del dolor, ideó una fórmula —secreta incluso para sí mismo—: cada vez que Sernel lloraba, el padre le narraba historias tan vívidas y colmadas de maravillas que las lágrimas se disolvían. Así Sernel jamás sufrió. Todo dolor era sustituido por una imagen hermosa, un filtro de consuelo.

Sin embargo, Sernel creció y se hizo artista. Sus obras, aunque perfectas y admiradas, carecían de esa chispa que hiere y redime. Nadie comprendía, ni él mismo, por qué su arte era apenas decorativo, como un tapiz donde no hay hilo suelto, pero tampoco misterio alguno. Cuando Sernel finalmente descubrió la historia de su madre, no sintió dolor, solo una vaga gratitud por no haber sufrido. Fundó entonces la Hermandad de la Serenidad, y, a su muerte, legó a Espliego el don supremo: la abolición del pesar.

Vorlen calló y observó a Caeline con gesto suave.

—¿No ves? Espliego debe toda su felicidad a una privación.

Caeline replicó, midiendo sus palabras:

—¿Y acaso no vivimos mejor? ¿No está la historia y la propia memoria para enseñarnos el dolor, sin tenerlo que padecer más?

Vorlen cerró el libro con delicadeza.

—Una historia apenas leída es solo un eco, un fantasma sin cuerpo. ¿Has amado alguna vez, Caeline?

Ella se ruborizó, apartando la mirada.

—He amado, por supuesto. Delicada y dulcemente.

Él insistió.

—¿Pero alguna vez has sentido el terror de perder? La angustia prefiriendo mil veces el fin a la soledad impuesta por las leyes del azar?

No, nunca. Espliego no conocía las ruinas del amor; todos los lazos se deshacían con gentileza, toda muerte era dulcificada en ritos de transición plácidos, sin más que una pátina de nostalgia.

El visitante se erguió y preparó su partida.

—Espliego es una sinfonía perfecta, querida, pero toda sinfonía necesita esa pausa, ese silencio tremendo para que florezca lo sublime. ¿Acaso la perfección no es otra forma de prisión, una cárcel cómoda donde nada se arriesga?

Esa noche Caeline no pudo dormir. Soñó con artistas ciegos a sus propios colores, con amantes que no temían el abandono porque nunca lo conocerían y madres que entregaban a sus hijos sabiendo que no habría duelo. Amaneció gris, y por primera vez en años un pensamiento punzante le recorrió las venas: ¿podría ella querer que algo cambiara?

Pasaron días y semanas. Vorlen desapareció como había llegado, pero dejó tras sí preguntas como piedras sobre el lecho de un río. Caeline, contrariada, comenzó a ver grietas en el barniz utópico de Espliego. Notó cómo las canciones celebraban la dicha, pero no evocaban deseo. Observó cómo las pinturas mostraban paisajes estáticos, bellísimos, mas jamás tormentas o pasiones rotas. En los debates, las ideas fluían amables, pero ya nadie defendía una posición con el ardor de quien teme perder una verdad vital.

Investigó en secreto el proceso por el cual Espliego mantenía su equilibrio. Descubrió registros de los primeros días tras la instauración de la utopía: episodios de euforia, sí, pero también de apatía creciente. Grandes artistas emigraron, algunos murieron jóvenes y en silencio. Otros, los más adaptados, se hundieron en la rutina amable de lo cotidiano.

Una tarde, cuando la luz caía en límpidos haces sobre las fuentes de Simaethra, Caeline se encontró con Lysaro, pintor reputado, conocido por sus paisajes invariablemente serenos.

—Lysaro, dime, ¿nunca has sentido el anhelo de pintar algo distinto? ¿Una tormenta, una despedida, algo que no encaje con la alegría?

Él apartó la mirada y respondió con calma.

—Lo he sentido, a veces, como una sombra, pero así como llega se va. Aquí la tristeza es simplemente... inapropiada. No tenemos motivos para afligirnos.

Caeline insistió.

—Pero ¿no ves que nuestra perfección ha limado los bordes? Ya no creamos nada que no sea amable, porque no recordamos de verdad qué es perder, arriesgarse, temer.

Esa noche, en el jardín privado de su hogar, Caeline tomó una decisión: encontraría una grieta en la estructura de Espliego, abriría una puerta. No para traer sufrimiento, sino para restaurar el derecho a elegir si sentirlo o no. Con la astucia de los antiguos sabios, comenzó a urdir un programa experimental. Inicialmente, imaginó unas jornadas en las que se expondría a voluntarios a historias más intensas, emociones más abruptas, memorias de un pasado genuinamente sentido.

El consejo de los Filopatas se opuso ferozmente, y durante largas horas se discutió si era lícito poner en peligro la armonía común. El argumento mayoritario era implacable: el dolor es una enfermedad erradicada, no una libertad perdida. Sin embargo, Caeline convenció a un pequeño grupo de artistas que la perfección sin aristas era estéril. Juntos, introdujeron en secreto un ciclo de “experiencia límite”: obras de arte, relatos, melodías compuestas fuera del tono habitual. Quizás era peligroso, pero la curiosidad era un hilo irresistible.

Al principio fue un escándalo. Algunos espectadores lloraron tras escuchar la Sinfonía de la Pérdida de Lysaro, otros rieron extrañamente al leer el “Sueño del Desamparo”. Hubo quien sintió vértigo y, aterrorizados, pidieron olvidar. Pero una minoría pidió más; descubrieron que la agitación era otra forma de vida, una puerta al asombro, una coartada para la tristeza y un impulso para la creación.

Finalmente el consejo tuvo que discutir la paradoja: ¿una utopía que ofrece libertad debe prohibir la experiencia de la desdicha? ¿O debe, en última instancia, arrojar la elección sin coacción en manos de cada individuo?

Espliego no se fracturó, no cayó en guerra ni declive. Transcurrieron décadas y la ciudad aprendió a convivir con dos tipos de existencias: la segura y resguardada perfección oficial, y la incierta, colorida y siempre incompleta vida de los “exploradores de la grieta”. Los círculos de arte y memoria florecieron, y Caeline, vieja ya, contempló el jardín donde antes crecían solo flores idénticas. Ahora, junto a los espliegos, despuntaban extrañas corolas negras, tan bellas en su melancolía como el primer grito humano al nacer.

En la sala donde todo empezó, Vorlen volvió una tarde—o tal vez nunca se fue—. Encontró a Caeline contemplando un retrato de Ilyndr y Sernel.

—¿Lo entiendes, ahora?

Ella asintió con lágrimas en los ojos, no de tristeza, sino de plenitud.

—Entiendo, al fin, que la utopía perfecta era apenas un preludio. El verdadero paraíso es elegir si queremos arriesgarnos a perderlo.

Y así, bajo la mirada de la ciudad sin dolor, se abrió el futuro con todos sus abismos y cimas; un mundo realmente libre, al fin, para florecer.

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