Fragmento:
Kamira, la piloto, ajustó algo en su consola y bofeteó la pantalla. Desde que habían salido del Domo de Ceres, nada había sonado del todo real. Quizá fuera la distancia, o la memoria debilitándose, o simplemente las decenas de drogas reglamentarias que aseguraban el equilibrio emocional durante los saltos. No ayudaba el hecho de que, en los pliegues, muchos empezaban a perder la noción de quiénes eran antes de abordar.
Duración: 08:10
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La nave *Veritas* emergió del pliegue subespacial con el suspiro inconfundible de la tecnología avanzada; un crujido de metal distorsionado desvaneciéndose en la nada. La odisea había durado, según el cronómetro, apenas catorce minutos. En la realidad relativa de los seis tripulantes, habían pasado cinco años. Alonso Pérez, el capitán, sintió el peso de cada uno de esos días acumulados en los huesos y en las ausencias. Su nave se hallaba en las inmediaciones de Alpha Crucis, el corazón azul de un sistema inexplorado, y, en ese momento, aquel vacío sideral, aquel nuevo horizonte, prometía más preguntas que respuestas.
La misión era sencilla en el papel: explorar el sistema, establecer contacto —si fuera posible— y sembrar las balizas para futuras colonias comerciales. Pero nadie mencionó en los contratos la soledad, ni las fracturas interiores, ni ese cansancio en la mirada que se depositaba en cada conversación. Mucho menos hablaron del Efecto Rosen, ese que, decían en las viejas academias, podía arrancarte la cordura durante las maniobras de plegamiento.
—Todos puestos de vigilancia —anunció Pérez.
Sus voces reverberaron, pesadas, por los conductos de la nave:
—Motores en reposo —susurró la ingeniera Jansen, sus nudillos blancos en el tablero—. Temperatura, presión... todo en verde. Por ahora.
Kamira, la piloto, ajustó algo en su consola y bofeteó la pantalla. Desde que habían salido del Domo de Ceres, nada había sonado del todo real. Quizá fuera la distancia, o la memoria debilitándose, o simplemente las decenas de drogas reglamentarias que aseguraban el equilibrio emocional durante los saltos. No ayudaba el hecho de que, en los pliegues, muchos empezaban a perder la noción de quiénes eran antes de abordar.
—Capitán, detecto estructura —informó Kamira. Su voz era como el filo de una navaja en el silencio total—. No natural.
Un puño de adrenalina y terror recorrió la tripulación. En la pantalla, la imagen era borrosa: una geometría imposible, ángulos y aristas que parecían replegarse en sí mismos, un artefacto flotando sobre un planeta gris.
Pérez tragó saliva.
—¿Qué es, Kamira?
—No sé, capitán. No se parece a nada de lo que hemos visto.
El viejo Holtz, el navegante, lanzó una carcajada rota:
—¿Qué importa? No hay que acercarse. Recuerden Io. Y los restos de la *Miranda*.
—Recibimos órdenes. —La voz del científico jefe, Block, era mecánica—. Observamos, documentamos. Si es posible, interactuamos.
Durante las próximas horas, la nave giró lentamente alrededor de la esfera. Las cámaras capturaban detalles: inscripciones que parecían latir, fulgores internos como si algo respirara. Ningún protocolo de primer contacto, ningún análisis enviado desde la Tierra correspondía a aquello. No parecía ni humano ni obra de inteligencia conocida.
Al anochecer orbital, Jansen pidió una reunión.
—Pérez, hablemos.
Se reunieron en la sala de mando, lejos de las miradas, con el universo a sus espaldas.
—Ese artefacto... —dijo ella, sus dedos temblando sobre la mesa—. Las ondas que emite, no son estáticas. Son como... como si quisiera comunicarse.
—¿Con quién?
—Con nosotros. Con cualquiera lo suficientemente loco como para acercarse.
La decisión fue asomarse. Enviaron una sonda, pequeña y casi desechable, que se aproximó al artefacto. Sus cámaras transmitieron imágenes que nadie quiso aceptar: había símbolos, sí, pero también breves ráfagas de rostros humanos, escenas de la infancia de alguno de los tripulantes, visiones de antiguos amores, recuerdos traídos a la superficie sin permiso.
—Eso es imposible —musitó Holtz—. Hay algo ahí adentro. O tal vez fuera.
Por la mañana, Jansen pidió quedarse sola en ingeniería. Alguien debía revisar la sección de los motores tras la anomalía provocada por la presencia del artefacto. Cuando regresó, tenía la mirada ausente y las manos ensangrentadas; murmuraba frases en idiomas que ni ella conocía.
—No soy yo —dijo al pasar, su voz robada por alguna fuerza externa.
El pánico comenzó a esparcirse. Block, el científico, propuso aislarla, creyendo que se trataba de un brote psicótico acaso desencadenado por el Efecto Rosen. No era el primero, pero ese fue distinto. Al tercer ciclo orbital, Kamira empezó a ver figuras en el reflejo del monitor; voces de su infancia, una secuencia de recuerdos imposible de haber sido registrada por ningún instrumento.
—Nos está observando, o soñando con nosotros —musitó Kamira, con lágrimas en los ojos—. Estamos en su imaginación.
Pérez quiso mantener el control. Era el jefe. Pero él también empezó a soñar despierto. Se vio joven, orbitando Marte, besando a un hombre cuya cara sólo recordaba en destellos. La habitación se tornaba roja, y tras la ventana, la geometría imposible del artefacto llamándolo, susurrándole promesas.
En tierra, Block analizaba los datos: las emisiones parecían seguir patrones de sueños humanos, y cuando probó a enviar secuencias de sus propios recuerdos en la banda de transmisión, la nave entera se sacudió. El artefacto respondió con nuevos recuerdos, sugerentemente mezclados, fragmentos de vidas que no pertenecían del todo a ninguno de ellos.
Entonces comprendieron el mensaje: la máquina no era un transmisor. Era una puerta. No una física, sino mental. Cruzarla era arriesgarse a intercambiar partes de uno mismo con otras conciencias, a recordar cosas que jamás vivieron. Era, de alguna forma, una trampa y una invitación. Y la nave *Veritas* había quedado atrapada en la proximidad.
Pérez convocó al consejo de emergencia:
—He visto cosas que no son mías. Amor, miedo, muerte, ambiciones que no reconocí. ¿Y si sólo es una máquina recolectando, llenando su depósito de emociones, usándonos como alimento o como puente?
—¿O como portal? —insistió Block—. ¿Y si podemos elegir cruzar y ver qué hay al otro lado?
Holtz soltó una risa, cercana al llanto:
—¿Y si cruzar significa dejar de ser nosotros para siempre?
La decisión final fue unánime. Mejor intentar comprender que esperar la asimilación pasiva o el desgaste de la locura. Prepararon una transmisión, una mezcla de memorias conscientes, como una ofrenda.
Durante horas, cada miembro de la tripulación creó un relato personal, compartiendo sus secretos más hondos, su culpabilidad, el dolor de lo perdido en los pliegues del espacio. El artefacto respondió envolviendo la nave en una vibración sedosa. Los límites se diluyeron; la carne, los recuerdos y las identidades empezaron a entrelazarse. Por un instante, Pérez y Jansen fueron uno, sintiendo la juventud de la ingeniera y el luto callado del capitán; Holtz y Kamira compartieron el vértigo de la exploración y el horror de la soledad.
Lo siguiente fue ni vida ni muerte, sino tránsito. La realidad se plegó sobre sí misma, borrando el significado del tiempo. La nave desapareció de la órbita de Alpha Crucis, disolviéndose en átomos de registro. Si alguien los busca, sólo encontrará ecos: ruinas de una nave perdida, y en el núcleo del artefacto, una resonancia de seis conciencia fusionadas, expandiéndose a través del abismo, escuchando y recordando, transformadas para siempre.
En la Tierra, el mensaje transmitido por la *Veritas* fue recibido como un delirio: relatos mezclados, voces conocidas y desconocidas, confesiones imposibles. Los analistas hablaron de una avería mental colectiva. La empresa archivó el informe, marcando la misión como pérdida total.
Pero en algún lugar más allá del alcance de cualquier instrumento humano, la conciencia de la *Veritas* se eternizó en la Puerta de Rosen, sumando sus historias al infinito, aguardando al siguiente viajero lo suficientemente valiente —o desesperado— para arriesgarse a soñar en otra mente y, quizá, no regresar jamás.
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