Fragmento:
Uno podría decir que el hombre es lo que desea ser, pero cuando ya has vivido trecientos años y tus células han olvidado el gusto de envejecer, empiezas a pensar que la identidad es tan sólo el débil eco de lo que alguna vez fue tu deseo. Y así, navego a través del río del espacio, que nunca termina, donde la oscuridad es tan profunda y gruesa que puedes sentirla colarse entre las costuras de tu traje de inmortalidad. Me llamo Bregman, aunque mi nombre habitual muta según el ciclo y el planeta. Trescientos siete años. O, como algunos de mis compañeros suelen bromear, "demasiado joven para dejar de follar, pero demasiado viejo para seguir contando". Y les doy la razón en ambas cosas.
Duración: 07:14
Uno podría decir que el hombre es lo que desea ser, pero cuando ya has vivido trecientos años y tus células han olvidado el gusto de envejecer, empiezas a pensar que la identidad es tan sólo el débil eco de lo que alguna vez fue tu deseo. Y así, navego a través del río del espacio, que nunca termina, donde la oscuridad es tan profunda y gruesa que puedes sentirla colarse entre las costuras de tu traje de inmortalidad. Me llamo Bregman, aunque mi nombre habitual muta según el ciclo y el planeta. Trescientos siete años. O, como algunos de mis compañeros suelen bromear, "demasiado joven para dejar de follar, pero demasiado viejo para seguir contando". Y les doy la razón en ambas cosas.
Nuestra nave, la Varianza, es un orgasmo de acero y silicio que se arremolina en medio del vacío interestelar. Ciento cuarenta tripulantes, la mayoría reactivos a los impulsos más bajos del comportamiento humano, sobreviviendo al tedio y a la increíble soledad del espacio profundo mediante el sexo farmacológicamente estimulado y las más macabras variantes de las realidades virtuales que los ingenieros han conseguido diseñar. Nada de eso es suficiente. El deseo —la única constante del hombre— corre por estas paredes metálicas como un virus, contaminando las relaciones, los sueños y, a veces, la propia misión.
Hoy, sin embargo, algo distinto tiñe la rutina. Mientras terraformamos nuestras mentes con canales de éxtasis sintético, la alarma de proximidad corta los sentidos como una cuchilla que sangra sobre la dermis electrónica de la nave. Me encuentro con Lur, la comandante, en el puente. Su piel, oscura y reluciente, parece absorber la luz azulada que emiten los paneles. Lur nunca sonríe; sólo sus orgasmos breves, violentos y casi coreográficos, dejan entrever alguna fisura en el muro de su disciplina.
—¿Algo interesante? —pregunto, aunque ambos sabemos que no es habitual toparse con nada en un millón de años luz.
—Un objeto de masa irregular en los límites de nuestro rango de sensores. Está emitiendo señales. No humanas —dice, cortante. Sus ojos caen sobre mí como la sombra de un satélite desconocido.
La Varianza vira en su senda interminable. Navegar a través del espacio es aceptar el apetito de lo desconocido, y—después de tanto tiempo—el misterio es afrodisíaco. Nos acercamos a la anomalía. Nadie lo dice en voz alta, pero el aire respira nuevas feromonas de excitación y temor, mezcladas. No hay sexo, por primera vez en meses, sólo una tensa espera, casi pre-orgásmica, mientras la nave nos obliga a esperar un contacto que no estábamos buscando.
La anomalía es un artefacto. Flota, hermoso y hostil, como un animal que jamás ha sentido el dolor. Una esfera perfecta, cubierta de intrincadas inscripciones gravitatorias que parecen danzar bajo la mirada de nuestros sensores. Lur me asigna al equipo de contacto. Sabe que soy lo suficientemente loco, o lo suficientemente acabado, para arriesgarme a lo que sea. Quizá sea una forma de quitarme de en medio, o de premiarme por los servicios mantenidos en la oscuridad del dormitorio colectivo.
Siete de nosotros partimos, enfundados en trajes de poli-memoria, soldadas las superficies a nuestra carne en mutuo acuerdo con el frío. El aire sabe a miedo, a curiosidad. Nos acercamos, y el artefacto responde: una descarga de imágenes mentales, vívidas, un estallido de recuerdos ajenos. Veo planetas de cristal y ciudades orgánicas, cuerpos fusionándose más allá de lo imaginable, intercambiando sensaciones y pensamientos a través de procesos más antiguos que la vida humana. El sexo, en este contexto, es sólo un modo primitivo de comunicación; en el artefacto, la unión ocurre a niveles subatómicos, inconcebibles.
Uno de los nuestros, Jao, no soporta la presión de ese caudal sensorial. Sus gemidos se convierten en gritos, después en silencio absoluto mientras su mente se apaga. El artefacto muestra compasión o hambre: lo absorbe, y Jao deja de existir como individuo. A los demás, el artefacto nos ofrece alternativas. Sentimos un tirón invencible: una promesa de placer absoluto, de extinción del yo en el Otro. Así era, nos muestra, como sus antiguos creadores se reprodujeron y murieron, fusionando recuerdos y genéticas en una orgía final que no dejó sobrevivientes ni generaciones posteriores. Sólo los artefactos, como testigos y deposito de placer y dolor.
La comandante Lur me mira, sus ojos por fin vivos, casi febriles.
—¿Qué hacemos, Bregman? —me pregunta. Por primera vez, la líder pide consejo al último de los viejos libertinos.
Miro la esfera y, por una vez, deseo algo diferente. Quiero dejar de desear, perder esa carga insufrible de ansias insatisfechas, de placeres siempre repetidos. El artefacto puede darme eso. Pero entonces pienso en la tripulación, en la Varianza y en sus corredores saturados de nuestras miserias y placeres reciclados. Si aceptamos la oferta del artefacto —comunión total, placer inimaginable, extinción de la identidad—, ¿qué quedará de nosotros? ¿Dejaríamos de ser humanos, convertidos en recuerdos codificados en esa esfera?
La comandante, impaciente, toca el artefacto. Su mente se proyecta y se apaga. Siento una descarga eléctrica correrme desde el prepucio hasta la raíz misma de mi conciencia. Lur ya no está; sólo queda su eco, disperso en la red líquida del artefacto. La mitad de la tripulación implora acceso, se quiebran en el suelo de la cápsula de desembarco suplicando una liberación infinita. Yo—no sé por qué—resisto. Y el artefacto respeta mi elección, o se burla de ella. Me devuelve a la nave junto con los cuerpos vacíos de mis compañeros. Soy un mecánico del deseo, tan solo, mientras la esfera se aleja zumbando, como un parásito satisfecho.
Durante semanas, no existe otra cosa. Los sobrevivientes despiertan lentamente, con las almas roídas, algunos enloquecen. He perdido nombre y nacionalidad y misión. Habito los corredores del deseo, añorando incluso aquello que los humanos nunca tuvimos: el final. La Varianza permanece a flote, otra nave de los condenados, otro capítulo en la interminable antología del sexo y la muerte, la eternidad girando en círculos.
Finalmente, comprendo el regalo del artefacto. No era la promesa de placer; era mostrarnos el alcance de nuestra hambre y la vacuidad de la saciedad. Quedarme separado me enseña que la plenitud —la superficialidad del éxtasis perpetuo— es, en realidad, otra forma de muerte. El deseo, en toda su miseria y su gloria, es lo único que da sustancia a nuestra supervivencia, que nos mueve —como Varianza, como humanidad— río arriba, contra la corriente de la entropía.
Reparo la nave con manos viejas y temblorosas, sabiendo que ninguno aquí volverá a ser el mismo. Navegamos. Quizá algún día lleguemos al final del río estelar. O quizás seguimos, eternos, buscando, follando, olvidando. Humanos, siempre deseando. Porque, después de todo, eso es lo que nos hace humanos. Y, quizás, también lo que nos condena a nunca llegar.
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