Portada del relato Boca de Tinieblas
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Fragmento:


A veces eran otro tipo de sueños, menos claros: memorias no suyas, voces que le preguntaban “¿lo ves?” y Piloto, a menudo, mentía. “Sí, lo veo.”

Duración: 09:55

Boca de Tinieblas
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Texto de ajuste de pausa.

La aceleración era tan gentil como cualquier madre. Piloto abrió los ojos a la negrura de su cabina, a la veta dorada de la consola, y la sensación—inevitable y levemente nauseabunda—de que había despertado en mitad de otra vida, como un nadador que salta a una corriente desconocida.

En la ventanilla, la maraña de estrellas permanecía intacta, impasible, como si nada en el universo hubiera cambiado desde su último sueño. Excepto el disco oscuro, mucho más negro que el fondo espacial, girando a apenas unos cientos de miles de kilómetros: asegurado, abrazado, por esa gravitación demente y perfecta que los ingenieros llamaban simplemente el Agujero.

La nave (ella nunca pensó en ella como el nombre de obtuso número de serie calligrafiado al costado, sino simplemente `ella`) proseguía su maniobra en silencio. La rotación era leve todavía, pero Piloto percibía ya la traición del corcho en la barriga: pronto entrarían al dominio del horizonte de eventos, y nada sobrevivía intacto a tal viaje. La compañía lo sabía, y aun así, lo pedía.

Un relé adentro de su cabeza le envió la sorda punzada del mensaje: “V-id-0-07: vigilancia en marcha”.

Vigilancia extrema.

De todas las funciones que un humano podía cumplir junto al pozo de un agujero negro, esa es la más absurda. No para mantener la nave viva: la nave vivía por sí misma, entre rutinas autocorrectivas y nanomaquinaria, un espectro a la deriva en la física dura. Pero los supervisores, con su confianza (escasa) en la voluntad sintética, necesitaban a alguien—uno de los elegidos—en la silla, mirando pantallas, brindando ese anticuado consuelo: “un par de ojos humanos lo verán todo, lo impedirán todo”.

“Vigilancia extrema: objetivos: Integritya sistemática, monitoreo de flujo, confirmación de protocolo.”

La voz venía del interfono, metálica, sin acusar género ni timbre, como si la boca negra del Agujero se hubiera distraído a hablar.

Piloto respondió con la contraseña. Nadie recuerda las contraseñas. A Piloto se las daban en sueños.

La misión era un ciclo de renovaciones: era la presencia del ojo entre las computadoras, el soplo de alma, el pedazo de carne que era testigo (y acaso, el último sacrificio posible) en ese altar negro. Una tripulación de uno.

Deambularía por los pasillos sellados, aplicaría palmadas de calor a los servoeslabones, hablaría en voz alta a los sensores, dándoles instrucciones redundantes (porque las redundancias por sí solas aseguraban la confianza).

Pero el núcleo verdadero estaba al fondo, en la cámara de observación: una burbuja transparente colgando del extremo, apuntando directamente al agujero negro.

Solamente allí la nave y el humano entraban en comunión con el horror fascinante: donde el tiempo se deshace, donde la gravedad reinventa las leyes, donde cada señal podía ser la última jamás transmitida.

Las órdenes, bajo ese régimen de “vigilancia extrema”, eran grotescamente simples:

No perder de vista el límite.

No interrumpir la grabación.

Nunca dejar de informar, no importa lo que veas.

Por turnos, la nave le mostraba sueños. A veces eran simulaciones de fallos, cómo la nave rotaría grotescamente si un motor se apagaba dos segundos.

A veces eran otro tipo de sueños, menos claros: memorias no suyas, voces que le preguntaban “¿lo ves?” y Piloto, a menudo, mentía. “Sí, lo veo.”

No confiaba en su propio cerebro para darle la verdad a la máquina.

La segunda rotación alrededor del agujero fue la primera en la que supo con certeza que no regresaría.

El agujero negro parecía tan tranquilo, casi inofensivo, en los sensores. El anillo de acreción despedía un fulgor azul, como un lago bañando en luz de luna. Pero todas las cifras eran inhumanas: calor, magnetismo, torrentes de rayos X.

Y en el centro, tan diminuto que parecía una broma cósmica, la sombra, la boca de tinieblas.

En los breves instantes que la cámara permitía (sabía que mirar demasiado tiempo no era seguro), Piloto se preguntaba cómo sería el primer instante: cuándo la protección contra la radiación cedería, cuándo los remanentes de la nave serían engullidos.

La Supervisión le exigía: “Describa. Describe lo que ves.”

Y Piloto—quizá para conjurar el miedo—comenzó a inventar historias.

“Veo pájaros de hierro volando bajo la superficie”, susurró una vez.

La máquina guardó silencio dos rotaciones.

“¿Aves?”, respondió al fin.

“Sí. Aves. Más allá de lo visible. Alguna vez fueron máquinas, creo. O fueron humanos. Ahora son solo sombra.”

A la Supervisión poco le importaban las fabulaciones, mientras su conducta permaneciera dentro de tolerancia. Quizá, en algún nivel de los algoritmos, la mentira humana era preferible a la nada.

Con el correr de los días y noches (si así se puede llamar a los ciclos artificiales de iluminación), la paranoia aumentaba. Piloto escuchaba ruidos donde sólo había fricción, percibía fluctuaciones en el campo gravitatorio, errores de medición en la masa del agujero, visiones por el rabillo del ojo.

Todo eso, sabía, era inevitable. A la distancia que estaban, el tiempo ya no funcionaba igual a los relojes internos.

El manual lo advertía casi como chiste: “Si experimenta alteraciones perceptivas, comunique a Supervisión”.

Pero ¿cómo contarle a una máquina que había comenzado a ver formas dentro del disco?

Sombras sobre sombras: estructuras, movimientos, quizá incluso letras, mensajes auto-generados por la física insensata del horizonte mismo.

Una noche (el ciclo de las luces entrando en fase azul), la cámara de observación se llenó de refracciones, como si un prisma invisible bailara entre los sensores.

Había allí figuras: una mujer delgada sonriendo, un niño corriendo sobre una playa que no existía, el rostro doble de un gato.

Piloto intentó parpadear, pero el guiño no disolvió las imágenes.

La máquina murmuró: “¿Ve usted las aberraciones?”

Piloto mintió otra vez. “No.”

La supervisión no insistió esa vez.

Pero a partir de ese día, cada vez que miraba el agujero, Piloto sentía que alguien (o algo) miraba de vuelta.

En la semana cuarta, la nave notificó un microfallo en uno de los estabilizadores cuánticos. Nada grave, dijo la voz. “Rutina de reparación cuando se le indique.”

Piloto ejecutó las instrucciones: deslizó el cuerpo por la esclusa, descendió dentro de la matriz de giroscopios, aplicó los selladores, recitó las contraseñas requeteaprendidas.

Todo normal, hasta que en medio del zumbido del campo, escuchó clarísimamente la voz de su madre, muerta hacía veinticinco años:

“Al fondo, cariño, siempre al fondo. Hay una salida.”

Era imposible: no había ingreso de datos auditivos fuera del canal central.

Piloto se quedó quieta, con los dedos enterrados en el gel amortiguador, respirando el aire seco y reciclado de mil circuitos.

La misión—ese era el nombre antiguo para lo que hacía—no tenía fin ni promesa.

El límite era confesarlo todo, verlo todo, no apartar nunca el ojo (aunque la luz del horizonte deformado comenzara a tatuarle pequeños errores en la retina). La nave, en su impasibilidad, a veces parecía una tumba, a veces una madre.

Piloto vivía el absurdo de proteger algo—informes, datos, imágenes—que acaso ya nadie necesitaría jamás; quizás sus grabaciones llegarían a puertos remotos décadas después, cuando ya era polvo o memoria disuelta en los anillos gravitatorios.

En la rotación decimocuarta, la Supervisión convocó una conversación que duró, según los relojes, treinta y seis horas, pero que para Piloto fueron minutos, tal vez segundos:

“Describa la naturaleza del agujero.”

Piloto temblaba (sin saber si del frío, o de la verdad).

“No hay borde”, dijo. “Todo lo que cae es transformado, pero nada sale. Es un dios sin ley.”

La voz—ahora, extrañamente, masculina y joven—respondió:

“Si es un dios, ¿a qué le reza?”

Piloto pensó, largamente, buscando una mentira, pero la voz propia salió sincera:

“A la nada. Y a usted, que es su voz.”

Unos segundos después, la máquina archivó la respuesta como válida.

El destino de quienes miran demasiado tiempo al agujero es, junto a suyo, ingresar.

En el ciclo veinte, la nave—ya cansada o quizá desquiciada—realizó una maniobra diminuta, intencional o aleatoria. Una gota de velocidad. Un error tolerado como todos los otros.

La cámara de observación vibró: la sombra en el horizonte abrió su enorme ojo y por un instante parecía una boca, una palabra inhumana pronunciada en física pura.

Piloto temblaba de pánico y deleite.

La Supervisión: “Reporte final.”

“Entro”, susurró.

La grabación, por supuesto, se retransmitió por todos los canales redundantes.

Nadie sabe lo que hay en el interior de un agujero negro—excepto, tal vez, quienes han vigilado doce, veinte, cien ciclos, sin apartar la mirada de lo ilegible.

La nave tembló, la estrella detrás se estiró hasta alcanzar la forma de un hilo de oro, y la negra boca engulló a Piloto y todo su equipo.

Vigilancia extrema: el último acto, el más privado de los testigos: no apagar la cámara hasta el fin, no apartar la mirada ni un solo instante, ni siquiera cuando la luz, la carne y el tiempo ceden a la mandíbulas de la física.

Quizá, en los circuitos de la Supervisión, alguien aún escuche a Piloto, narrando cuentos a la negrura, inventando aves, madres y playas; o quizás, allá donde anida el centro, una última imagen persista—una pupila humana fundida en la boca de tiniebla, vigilando por siempre la nada, sin nadie que la vigile de regreso.

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