Portada del relato Ciudad de Espejos
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Fragmento:


“Te siguen,” dijo él, su voz un susurro entre los zumbidos de la antena.

Duración: 08:46

Ciudad de Espejos
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Texto de ajuste de pausa.

Se llamaba Cassandra Knoll. Pese a la lluvia de neón del distrito Beta, pagaba en efectivo por la taza de café más cara del sector. Nadie le habría preguntado por qué, porque en la Ciudad de Espejos las buenas preguntas eran peligrosas. Se sentaba junto a la ventana en el local de Frontalis, vigilando. O mejor dicho, siendo vigilada mientras jugaba a vigilar.

La cámara lateral, con micro-nano ópticas capaces de leer los labios a cien metros, se deslizaba lentamente sobre su figura. Ella no era la razón por la que estaba allí, aún, pero bastaría un error, un giro de muñeca o el leve temblor de ansiedad en la voz para que la IA de la Policía de Comportamiento Ciudadano abriera una ficha roja con su nombre.

Cassandra sorbía el café y pasaba las páginas de su libro. El papel era un anacronismo. Solo los antisistema llevaban libros físicos; significaba llevar ideas ilegibles por los drones lectores. Una provocación menor en este mar de sensores, pero lo suficiente como para captar la atención de una cámara secundaria. Ella lo sabía. Cada movimiento era una declaración. El guión del ciudadano perfecto estaba escrito por seres que nunca dormían, que nunca miraban a otro lado.

Echó un vistazo por el ventanal. Más allá de los cristales, divisó la habitual procesión de gente con rostros desenfocados, las cabezas bajas mientras sus pulseras rastreadoras emitían suaves luces verdes. Tránsito biológico bajo el ojo omnipresente. De vez en cuando, la luz de una pulsera parpadeaba roja y un dron, pequeño y esférico, descendía rápido como halcón de ciudad. El proceso era rápido y aséptico: un leve zumbido, una nube de tranquilizante, y la persona desaparecía. Reprogramada, decían. Salía regresando días después, con menos palabras y menos preguntas.

Cassandra apartó la mirada, apretando el libro contra sí, al tiempo que el tatuaje biomagnético de su muñeca vibraba una fracción de segundo. Mensaje entrante. El mensaje era simple, pero el remitente era casi una leyenda: ENCUENTRO AL ANOCHECER, ANTENA OESTE. SIN TECNOLOGÍA.

Apartó el libro, dejó una propina, y caminó por las calles donde la privacidad era solo una mercancía para los muy ricos o suicidas. Su camino atravesaba cámaras embutidas en postes, drones encaramados en cornisas, muros repletos de sensores de movimiento, análisis térmico, identificación facial. Días atrás, Cassandra había visto a un cirujano tener la excentricidad de trasplantarse una cara nueva, intentando ganar unos meses antes de que el sistema lo descubriera por la forma de andar, unos pliegues en el iris, o el ritmo único de su corazón. Nadie escapaba.

La antena oeste era la frontera no oficial de la zona corporativa. Durante el día, transmitía toneladas de datos por microondas; cuando caía la noche, los haces de interferencia creaban “zonas ciegas” de unos minutos hasta que el Algoritmo corregía la desviación y redirigía a los drones vigilantes. Allí, entre chispas eléctricas y zumbidos sordos, Cassandra divisó una silueta encapuchada.

MacDougall, pensó. Nadie sabía a ciencia cierta cómo esquivaba las redes de control, pero sus mensajes anónimos y su manual de sabotaje casero corrían por el subsuelo digital. Y pese a los rumores de su traición —decían que filtraba nombres de rebeldes a los guardianes del Algoritmo—, Cassandra estaba allí porque tenía la sensación de que MacDougall no era un traidor, sino un desesperado como ella.

“Te siguen,” dijo él, su voz un susurro entre los zumbidos de la antena.

“Nos siguen a todos.”

“No igual. El Algoritmo aprende por patrones. Has roto la rutina, has leído el libro equivocado, has preguntado por personas que no están en la base de datos.”

Cassandra respiró hondo. “¿Qué quieres?”

“No es lo que quiero, Cassandra. Es lo que están a punto de hacer. El Algoritmo va a saltar a la fase final.”

Ella sintió el frío de la premonición correrle por la espalda. “¿Qué significa?”

“Eliminación selectiva. Ya no es suficiente el control por miedo. Ahora harán limpieza. Los perfiles no conformes, los portadores de ideas no contabilizadas. Tú y yo estamos en la lista.”

La noche olía a ozono y orines. Bajo los canales, las ratas y los rebeldes compartían rutas, buscando rendijas en el escudo digital. Empresa inútil. Los drones, ahora silenciosos y ovalados, cruzaron por encima de ellos, enviando destellos infrarrojos al suelo.

“¿Y tienes un plan?”

MacDougall sacó un disco delgado, de un material negro antirreflejo.

“El código raíz del Algoritmo. Encontré a uno de los arquitectos. Antes de que lo capturaran, copié esto. Si lo introducimos en la red central, el Algoritmo reiniciará y perderá su base de datos. Un día de caos. Puedes desaparecer en ese día.”

Cassandra levantó una ceja: “¿Y tú?”

“Alguien tiene que quedarse a vigilar la puerta después.”

El doble filo de la vigilancia era el reflejo constante; los vigías también eran espiados. Cassandra deslizó el disco en su bolsillo. Alrededor, la lluvia se había intensificado, dificultando la visión de los sensores. Avanzaron, pegados a los muros, perdiéndose en callejones apretados. Al otro lado del canal, el Palacio de Control relucía como el cerebro de una criatura dormida.

Rebobinó mentalmente sus pasos, eligiendo rutas sin cámaras anidadas, canales de audio descuidados, y zonas de interferencia térmica. Sabía que la IA rastrearía cada fluctuación, cada esbozo de conducta. En el último tramo, se separaron. Cassandra, con el disco apretado contra el pecho, alcanzó la entrada de servicio del Palacio.

Un control biométrico bloqueaba el paso. Eficiencia clínica: un pinchazo invisible, una gota de sangre invisible, la puerta se deslizó sin sonido. Ella avanzó, consciente de que el sistema la reconocería, alertando al operador de turno. Pero no había operadores humanos esa noche. Todo eran espejos y ecos de sí misma.

Avanzó hacia el núcleo de la red, guiada por los latidos de su corazón y el mapa que MacDougall le había entregado. A su paso, detectores siguiéndola, analizando sus microexpresiones, clasificando cada minúsculo movimiento, calculando probabilidades de engaño, de traición, de locura. En la sala central, nichos de servidores vibraban al rojo. El corazón del Algoritmo.

Introdujo el disco. La pantalla del sistema titiló. Código bailando, abriendo venas digitales, sangrando datos por hendiduras invisibles. Desde el otro lado de la ciudad, MacDougall enviaba una ráfaga de pulsos electromagnéticos calculados para ralentizar la respuesta de los drones. La pantalla escupió una sola frase:

“¿Está usted seguro?”

Su dedo tembló sobre el control. Un error y todo se perdería. Pero el miedo ya era una constante. Presionó.

Al principio, nada. Luego, la ciudad parpadeó. Los semáforos se pusieron ciegos, los drones cayeron como piedras, las pulseras rastreadoras se apagaron. Un grito ahogado cruzó el aire nocturno: la gente alzaba la cabeza por primera vez en años, buscando cámaras que no devolvían el eco de sus propios rostros.

Cassandra retrocedió entre la oscuridad creciente. Las calles, privadas del ojo que todo lo ve, eran un teatro de incertidumbre. El miedo mutó en una chispa primitiva: ¿qué hacían los que ya no eran observados? Ladridos, risas, disparos aislados. En menos de una hora, el caos.

Abandonó el Palacio por una salida oculta. Sabía que la restauración era cuestión de horas; los técnicos de emergencia ya estarían reanudando rutinas, rearmando el Algoritmo, restaurando instantáneas de comportamiento. Pero en ese margen de tiempo alguien podía huir. Desaparecer de la vista. Incluso, reinventarse como sombra.

En un callejón, una banda de jóvenes quemaba pilas de pulseras, celebrando su segundo de anonimato. Cassandra lanzó la propia a la hoguera y siguió andando, perdiéndose hasta ser una figura cualquiera en la oscuridad, uno más en una ciudad brevemente ciega.

Mientras avanzaba, recordó a MacDougall y su promesa de quedarse vigilando. Sabía que si la vigilancia dormía, pronto despertaría hambrienta, más astuta, capaz de olfatear en lo profundo del olvido. Pero también sabía que, durante esas horas, había visto rostros verdaderos; había sentido la ciudad no como una prisión, sino como un cuerpo vibrante, capaz aún de titubear y elegir.

Cuando la luz volvió y el Algoritmo reiniciaba su ciclo de vigilancia —no perfecto, pero más atento que nunca—, Cassandra estaba lejos, un nombre vacío en una base de datos corrompida. Y supo que, en esta ciudad de espejos, para ser libre no hacían falta ojos que no miran, sino valientes dispuestos a perderlo todo para recordarnos que sigue habiendo lugares donde el reflejo, por un instante, no dice nada.

Fin.

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