Portada del relato Sombras del Ojo Umbrío
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Fragmento:


La primera vez que a Katerina le borraron un recuerdo, tenía quince años. Una Green patrol la detuvo en la calle porque el escáner de pulso había identificado irregularidades en la red social a la que estaba suscrita. Un hombre alto, vestido de verde y gris, habló con su madre en la acera, mientras a ella le ordenaban mirar fijo a una esfera azulada. Recuerda haber lagrimeado. Le dijeron que, para su bienestar, un pequeño fragmento de la tarde desaparecería para siempre. Por su bien, dijo la voz grabada de la esfera, que olía a ozono y a miedo.

Duración: 09:32

Sombras del Ojo Umbrío
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Texto de ajuste de pausa.

La primera vez que a Katerina le borraron un recuerdo, tenía quince años. Una Green patrol la detuvo en la calle porque el escáner de pulso había identificado irregularidades en la red social a la que estaba suscrita. Un hombre alto, vestido de verde y gris, habló con su madre en la acera, mientras a ella le ordenaban mirar fijo a una esfera azulada. Recuerda haber lagrimeado. Le dijeron que, para su bienestar, un pequeño fragmento de la tarde desaparecería para siempre. Por su bien, dijo la voz grabada de la esfera, que olía a ozono y a miedo.

A sus treinta y dos años, Katerina sobrevivía archivando documentos de Importancia Ética Incierta en la Dirección General de Narrativas (DGN). No limpiaba simplemente los textos de palabras proscritas; debía leer las trilogías completas de thrillers, informes vacíos con grafías llenas de malicia, recetas subversivas que ocultaban trucos lingüísticos para crear disidencia. Sobre todo, debía decidir si el texto en cuestión recibía un simple borrado, el cruel “purgado circunstancial”, o la destrucción total. Desde hacía un mes dormía poco. El rumor de que una célula de Observadores había sido infiltrada por una revuelta no la ayudaba en absoluto. También estaban las convocatorias. Las recomendaciones de silencio, los horarios reprogramados para inyectar mensajes de calma.

Funcionaba así el mundo que la había visto crecer: cada palabra, mirada o intercambio pasaba bajo la lupa. El Ojo Umbrío —nombre cariñoso y temido a la vez— no parpadeaba jamás. La vigilancia total se comprendía como higiene interior. Las mentes ordenadas daban lugar a sociedades pulcras. Lo repetían a todas horas los noticiarios. Las zonas ciegas, decían, existían solo en las leyendas urbanas que nunca debían tomar forma de relato.

Katerina tenía una extraña relación con su trabajo. Había desarrollado una adicción casi dulce al acto de recortar, empaquetar y entregar pensamientos. Podía pasar tardes enteras afinando un párrafo para que dijera lo justo, pero nunca todo. El lenguaje como pasadizo y prisión, recordó una ocasión en la que su madre, después de la visita de la Green patrol, garabateó en su diario una sola frase: “Seremos aire, seremos sombra”.

Había aprendido que la censura no era solo un procedimiento: era una forma de supervivencia. Y, como los supervivientes, su corazón nunca descansaba del todo.

***

La noticia llegó un lunes, en un sobre opaco, de los que no se pueden abrir sin dejar huella de manipulación. El remitente no existía, pero el sello azul de la Dirección General lo atestiguaba: debía ocuparse del manuscrito más delicado del año, destinado a franquear los filtros internacionales, con el aval de los Siete Comités. “Posibles alusiones a la Verdad Original”. Cinco páginas, sin título. Revisión extrema y detallada. No copias. No comentarios.

La voz de su jefe fue arrulladora y amarga en el auricular:

—No intentes entenderlo. Limítate a transmitir lo esencial, lo que no le haga mal a nadie. Lo demás…

El mensaje flotó en el silencio, colgando como una trampa para quien estuviese escuchando.

Katerina se encerró en su cubículo con doble clave. Sacó los guantes de pantalla-reflejo. El manuscrito no era largo, pero resultaba insidioso. Las frases parecían inocentes; una historia sobre un grupo de pescadores en un lago, una tarde temprana de agosto. Sin embargo, una capa oculta vibraba bajo las palabras. Leía entre líneas y encontraba, aquí y allá, una desconfianza hacia las Autoridades —no explícita, pero presente como la amenaza de tormenta.

Al segundo párrafo, sintió el peso de la vigilancia. El Ojo Umbrío debía saber ya, de alguna forma, dónde estaba y qué hacía. El antiguo escáner azul de su infancia pulsó en su memoria. Ahora las esferas no hacían falta: bastaban las cámaras, los drones, los botones con micrófonos integrados. A veces, dentro de la DGN, uno sentía que hasta los pensamientos podían ser interceptados y cribados.

Cuando terminó de leer, su mente residía en ese estado afilado y febril en que la censura se hibrida con la creación. Si alteraba demasiado el texto, sería evidente la mutilación; si permitía demasiado, ella misma caería bajo el protocolo C-21 (los borrados sin retorno).

***

Esa noche soñó que alguien acariciaba su frente con un haz azul. En el sueño, bloqueaban los recuerdos, pero una parte de su cuerpo era pura resistencia. Se despertó sobresaltada, el sudor pegándole la blusa a la espalda. Llovía.

En la penumbra, una voz musitó:

—¿Qué temes realmente?

No era la voz de nadie conocido, o quizás era la suma de todas. Bajó a la cocina. En el frigorífico, insertada entre dos envases de leche artificial, una nota: “Revisa el texto a las 03:25. No te fíes de ti misma”.

Se frotó los ojos. ¿Lo había escrito con las manos dormidas? ¿Estaba siendo vigilada de cerca? ¿Le estaban jugando una trampa?

Se sentó de nuevo ante el terminal. Las palabras del manuscrito brillaban con una intensidad insólita. El grupo de pescadores hablaba de un pez enorme y casi mítico, pero también del rumor de que el lago tenía ojos en el barro, ojos de hombres muertos, capaces de ver todo lo que pasaba. Alguien, en el fragor de la tarde, pronuncia una palabra prohibida: “Memoria”.

Por un instante, supo que estaba en una encrucijada. Tener memoria era peligroso. Hacer visible esa idea, más aún. Recordar era herejía activa. Retener cualquier cosa que no hubiera sido autorizada por los Comités equivalía a desafiar el orden de las cosas.

Con las venas zumbando, realizó la poda más fina. Donde ponía “Memoria”, cambió por “eco”. El pasaje sobre los ojos en el lago se transformó en una metáfora ambiental. Donde se aludía a la comunidad que vigilaba las historias orales transmitidas por generaciones, insertó la figura de un anciano borracho, sin relevancia.

Guardó el archivo. En el registro digital quedó fijada cada manipulación, cada silencio impuesto.

Antes de dormir, revisó las últimas entradas cifradas a su diario. Cada día reemplazaba palabras con símbolos, para dificultar el rastreo. “Seremos aire, seremos sombra”, repitió en su cabeza, tratando de convencerse de que mutilar la historia era también una forma de salvarse.

***

Días después, el jefe la llamó a su despacho.

—Todo correcto. Has dejado lo esencial y dejado fuera lo... problemático —dijo, con una mueca de aprobación amarga—. El Comité ha reaccionado bien. Pero hay algo más.

Le deslizó una hoja impresa, poco frecuente ya en los circuitos internos:

“Tus cortes han sido precisos. Aunque… existe inquietud porque el ‘olor a censura’ es demasiado evidente, casi… llamativo. Cuidado con eso, Katerina.”

Ella asintió, aunque por dentro hervía de rabia y cansancio. Esa era la paradoja: borrar demasiado llamaba la atención tanto como guardar demasiado. ¿Cómo borrar sin dejar huella? ¿Cómo podar una flor sin que la fragancia del corte invada la habitación?

Esa tarde, antes de salir, un colega la interceptó cerca del ascensor.

—Hay quien dice que algunos manuscritos contienen instrucciones en clave. Que si te detienes en ciertos párrafos y los lees en voz baja, se te activa algo —susurró, con nerviosismo infantil—. Y luego, sólo entonces, puedes ver la historia real.

Katerina rió para sí. Los manuscritos más peligrosos nunca decían sus verdades a la primera lectura. En el fondo, las historias solo sobrevivían gracias a la capacidad de mutar bajo presión. La censura era inútil a largo plazo: el ser humano tiene pulso de resistencia.

Volvió a casa con las palabras “instrucciones en clave” zumbando en los oídos.

***

Aquella noche miró su reflejo en el ventanal del dormitorio. Las luces de la ciudad, verdosas y ondulantes, le conferían un aire espectral. Pensó en todas las historias amputadas; en los finales abruptos, en los vacíos donde antes había emociones concretas.

Tomó una hoja y escribió:

“Las palabras viven en el hueco de lo suprimido.

Los ojos jamás cierran del todo;

el silencio nunca es total

La censura es el fuego que alimenta el humo del relato.”

Quemó el papel antes del amanecer, como acto reflejo de autodefensa. En la ceniza vio, diminuto, el contorno de una letra no autorizada.

***

Un mes después, el manuscrito circulaba como lectura autorizada y ejemplarizante. El final era monótono, seguro, un poco neutro. Nadie hablaba del mensaje bajo la superficie, pero la historia seguía haciendo preguntas. Una leve inquietud atravesaba a los lectores. En algún rincón, una frase reescrita pulsaba como un código abierto.

Katerina miró su cara reflejada en el terminal. Tal vez, pensó, los censores también crean. No la Verdad, pero sí su espejismo.

Fue entonces cuando sonó el timbre de aprobación:

“Posible excedente de pensamiento lateral. Revise su interfaz emocional.”

Suspendió la respiración. A estas alturas, sólo podía confiar en el silencio. O, al menos, en su capacidad para transitarlo sin dejar huella.

La vigilancia extrema no consistía en mirar. Era asegurar que nunca, jamás, se pudiera recordar lo perdido.

O eso creían.

Katerina sonrió. Detrás del lago, bajo el fango del olvido, los ojos seguían abiertos.

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