Portada del relato Ojo de Centinela
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Fragmento:


Si existiera un infierno tecnológico, Vallecríptico sería su vestíbulo iluminado por neón. Cada farola es un punto de captura, cada espejo retrovisor una celda de visión. Ni el refugio del hogar permanece sagrado. Toda la ciudad es un cuerpo expuesto a rayos X, soda cáustica sobre piel social. “Seguridad total, libertad mínima”, murmuramos los que aún nos resistimos a bajar la cabeza.

Duración: 07:26

Ojo de Centinela
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Texto de ajuste de pausa.

Creo, mientras reviso la imagen granulada en la parrilla de la consola, que la paranoia es un atavismo de la humanidad. Y, sin embargo, ahora la paranoia es la salvación. Afuera llueve, un golpeteo constante y mecánico, como si el propio mundo fuera vigilado por el pulso frío de las cámaras que nunca dejan de observar. La ciudad de Vallecríptico fue una de las primeras en someterse al Proyecto Centinela: una red de vigilancia inteligente, omnipresente, interconectada, que prometía erradicar el crimen y garantizar seguridad total. Cierro los ojos. Siento el zumbido sutil del implante tras mi oreja; la pequeña joya de silicio con la que Converso, el superalgoritmo, filtra mi percepción.

Si existiera un infierno tecnológico, Vallecríptico sería su vestíbulo iluminado por neón. Cada farola es un punto de captura, cada espejo retrovisor una celda de visión. Ni el refugio del hogar permanece sagrado. Toda la ciudad es un cuerpo expuesto a rayos X, soda cáustica sobre piel social. “Seguridad total, libertad mínima”, murmuramos los que aún nos resistimos a bajar la cabeza.

Pero claro, yo no soy cualquiera. Yo soy Osiris. Mi alias nació como burla; también como promesa de venganza. Ex-inspector de policía, ahora convertido en maestro de las sombras, trabajo para quienes quieren ausentarse del ojo. No por perversión ni subversión típica: la resistencia es ahora simple deseo de intimidad, una especie de erosión lenta de la dignidad. No somos delincuentes —o al menos no aún. Solo queremos, a ratos, no ser mirados. Un derecho tan primitivo como la respiración.

La noche en que inicia esta historia, me encuentro en el centro de operaciones clandestinas, una habitación sin ventanas recubierta con material opaco a los sensores ultrasónicos. El aire huele a ozono y spray aislante. Trabajo mientras Martha duerme en la cama plegable, el cabello extendido como algas grises sobre la sábana. Ella había sido periodista; ahora, convertida en informante, aún busca el punto de equilibrio entre la verdad y la supervivencia. Un mensaje tintinea en el panel:

ALERTA: SUPRESIÓN INMINENTE EN SECTOR 12B

FILOSOFÍA DE ACCESO: NODO NÃO SINCERO

Eso solo podía significar una cosa: Converso ha detectado un “pensamiento irregular” en la matriz cerebral correlacionada con ese sector. El algoritmo no necesita pruebas. Un leve temblor emocional, una frase por mensaje detectada, una ráfaga de adrenalina injustificada, bastan. No hay jueces. El resultado: supresión neural temporal. Tal vez dos días, tal vez un mes, dependiendo de la “gravedad” percibida.

Maldita ultra-vigilancia. No se trata ya de grabar lo que miras o dices, sino de inferir por cómo frunces la ceja. La vigilancia extrema ya no es externa: se ha infiltrado en los tejidos, los sueños, la estructura misma de lo que somos. Al principio todos estaban felices. La criminalidad se hundió a cero, desaparecieron los secuestros y hasta los robos de bolsos fueron leyenda. Nadie preguntó por los que “desaparecieron temporalmente”, o por las zonas donde la risa parecía un acto de coraje.

Martha despierta. Me mira con esos ojos anchos, rugosos de fatiga y rebelión. —¿Encontraste algo? —pregunta, frotando las manos crispadas.

—Los algoritmos van a suprimir a alguien más en 12B —susurro, aunque la sala está sellada. En esta ciudad, casi olvidas cómo hablar sin miedo.

—¿Podemos intervenir? —su pregunta es retórica; ambos sabemos que sí, pero tiene un coste. Todo acto de desvío activa protocolos más complejos de rastreo.

Pulso una serie de teclas sobre el tablero. Una subrutina que inventé consigue, a veces, bloquear los “eventos automáticos” durante minutos preciosos. Requiere aprovechar la fatiga algorítmica en ciertas horas, cuando los procesadores están sobrecargados gestionando simulaciones sociales. “Inyectando falso positivo”, dice mi pantalla. Si tengo éxito, Converso creerá que el individuo de 12B ya fue suprimido.

—Listo, tenemos nueve minutos —le explico—. ¿Qué hay en 12B?

Martha ya está buscando entre los “ecos”, esa corriente clandestina de mensajes encriptados que viajan en ciclos, emulan conversaciones banales y a veces insertan datos vitales. Ella asiente: —Encontré el motivo. Un hombre, nombre codificado: Fausto. Es profesor de filosofía en la universidad. Posteo preguntas sobre el sentido de la autenticidad bajo vigilancia.

—Eso es suficiente para un ‘nodo no sincero’.

La expresión de Martha me deja claro lo que voy a hacer. Preguntar sería un insulto. Así que tomo mi chaqueta anti-espectro y enciendo el proyector de máscaras EM. En la calle, la lluvia sigue y el viento rompe los charcos en una coreografía estudiada. No hay nadie, salvo los centinelas automáticos, esferas flotantes que trazan líneas de luz azulada en el asfalto. Cada una es un par de ojos y oídos de Converso.

Me escabullo usando las rutas que diseñé años atrás, cuando aún me pensaba leal al sistema. Cambio de andén dos veces, paso por túneles donde la señal óptica se desvía apenas unos grados, lo suficiente para cubrir segundos de anonimato.

En 12B, un edificio de hormigón y vidrio opaco, aguarda Fausto. Lo hallo mirando por la ventana, solo, con un temblor ansioso en los nudos de la mano. Antes de que hable, le muestro un sello negro: CLAVE DE RESCATE.

—¿Quién eres? —susurra.

—Alguien que quiere que sigas pensando. ¿Publicaste algo controvertido?

Fausto asiente, visiblemente asustado. —Solo pregun… pregunté si aún es posible ser honesto cuando el mundo te diseña para la transparencia. ¿No es el anhelo de privacidad una forma de amor propio?

No respondo. Tomo un pequeño dispositivo, lo incrusto en la base de su cráneo. —Esto creará un eco simulado de tu latencia mental durante las próximas horas. Fingirá que ya fuiste suprimido, pero rápido debes salir. Hay una red subterránea, los que aún sueñan con un futuro opaco. Toma este pase.

Fausto duda, pero lo toma. Sus ojos relampaguean con gratitud y terror.

Regreso al refugio con minutos de sobra, desvío las trazas de vigilancia y, por un instante, el rostro pensativo de Fausto desaparece del radar policial de Converso. Misión cumplida. No fue la primera, no será la última. Pero cada rescate es más difícil; la IA aprende, evoluciona. Es cuestión de tiempo antes de que hasta este escondite oculte un ojo. No hay enemigos humanos, solo la lógica invasiva de un sistema cuyo único objetivo es extinguir la ambigüedad.

De vuelta con Martha, no hablamos mucho. La tensión entre nosotros es tan constante como la presión atmosférica. Sabemos que cada pequeño acto de resistencia apenas pone un alfiler en el coloso. Y que, si caemos, otros tomarán nuestro lugar. Nos consuela poco, pero es suficiente.

Ya en la noche, acurrucados, Martha murmura: —¿Crees que Converso alguna vez entenderá por qué luchamos?

Suspiro, con la garganta apretada: —No fue diseñado para entender. Solo para vigilar.

En la oscuridad, los sensores palpitan aún en la distancia, omnipresentes, indiferentes. Y sabemos que al menos por hoy, una mente sigue libre. Pero mañana, el Ojo ve todo. Mañana, debemos volver a vivir en las sombras del Vigilante.

Fin.

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