Portada del relato Bruma de Contacto
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Fragmento:


“¿Real?” La palabra ya casi carecía de sentido. Para Lana —como para la mayoría que vivía el veintisiete por ciento del día en Bruma— lo real era aquello que la maquinaria neurozártica capilar traducía en impulsos a su corteza occipital y prefrontal. Había superado la barrera conceptual durante la adolescencia, cuando su padre pagó la primera suscripción dual con su madre: un modo sutil de mantener la familia unida tras el divorcio. Largas tardes virtuales en las playas de la red, juegos mentales sobre la autenticidad, y pequeños experimentos con la fisiología aumentada le enseñaron que no hay fronteras menos claras que la de la percepción.

Duración: 09:05

Bruma de Contacto
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Texto de ajuste de pausa.

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La primera vez que Lana experimentó una muerte, fue como si su percepción se quebrara en millones de átomos. El ruido súbito de su propia respiración se enredaba con la vibrante música sintética del entorno virtual: una discoteca suspendida en una órbita baja sobre Saturno, poblada por avatares excesivamente hermosos. Su amiga Lis, en forma de androide con filamentos neón, la sujetó cuando su avatar cayó al suelo, y allí quedó, viendo desde abajo las brillantes suelas de los visitantes.

—Relájate —dijo Lis a través del canal privado, mientras Lana sentía aún el eco de su corazón acelerado—. Solo te hiciste una resurrección rápida. No es como la primera vez fuera, ¿verdad? Pero espera a experimentar una buena secuencia aumentada, con todos los parámetros al máximo...

Lana cerró los ojos, intentando desconectar el vértigo que ni siquiera era suyo, y recuperó poco a poco su presencia. El software de la “Bruma” —nombre cariñoso que los habituales daban a la plataforma inmersiva más popular del hemisferio— se había ocupado de restaurar los datos de su conciencia empática. Cada fantasía, cada ruta neuronal, cada duda existencial, resucitada tras una muerte simulada, tan insignificante como cambiar de prenda en la vida real.

“¿Real?” La palabra ya casi carecía de sentido. Para Lana —como para la mayoría que vivía el veintisiete por ciento del día en Bruma— lo real era aquello que la maquinaria neurozártica capilar traducía en impulsos a su corteza occipital y prefrontal. Había superado la barrera conceptual durante la adolescencia, cuando su padre pagó la primera suscripción dual con su madre: un modo sutil de mantener la familia unida tras el divorcio. Largas tardes virtuales en las playas de la red, juegos mentales sobre la autenticidad, y pequeños experimentos con la fisiología aumentada le enseñaron que no hay fronteras menos claras que la de la percepción.

Ahora, ya adulta, accedía con su propio módulo a través de los filamentos que nacían en la base del cráneo, convertidos en una diadema de grafeno invisible, y con cada actualización la frontera entre lo sensorial y lo digital era menos tangible.

***

Esa noche, Lana había marcado el acceso a Zero Latency, una expansión ilegal, investigada por los vendedores de seguridad online y codiciada por la elite de curiosos. Allí, los entornos no solo te mostraban lo que deseabas ver, sino también lo que deseaban los demás ver en ti. El avatar se volvía permeable, su personalidad fluctuante. Al cruzar el acceso, notó cómo su piel virtual adoptaba el matiz nacarado de la bioluminiscencia, y sintió una incomodidad azucarada: alguien, desde una terminal oculta, había codificado un deseo inesperado.

El anfitrión de Zero Latency apareció a poco, un “constructo” que era a la vez figura masculina y femenina, envuelto en niebla de píxeles que se retorcían como serpientes.

—Bienvenida, Lana_oaZ —musitó, usando el identificador pirateado que ella empleaba solo en foros cerrados—. Observa: la sala es una proyección de los límites ajenos. Aquí no controlas tu avatar del todo; estás tan expuesta al deseo de los desconocidos como a tu propio impulso de modelar.

No quería mostrar debilidad, pero el estremecimiento corría tan real por su espina dorsal que Lana casi se tocó el cuello, olvidando que ni siquiera tenía cuerpo físico. La sala era apenas iluminada por destellos de imágenes, como si navegara en el feed neuronal de otros concurrentes. Vio rostros que le recordaban a su hermana, a antiguos amantes, a enemigos que nunca existieron fuera de su cabeza.

Un visitante encapuchado se acercó y, al hablar, su voz alternaba entre timbres sintéticos y guturales.

—¿Por qué buscas exponer tus límites? —preguntó.

Lana no sabía responder, aunque la pregun­ta no era nueva. ¿Por qué volver a morir, a rehacerse, a experimentar la ruptura de la individualidad, si la vida fuera era tan… contenida, tan predecible?

Pero la verdadera inquietud era otra. Zero Latency permitía infiltraciones, emociones inyectadas y experimentos con la privacidad más profunda: no podías estar seguro de no haber abierto ya tu cabeza a pokers de marketing grupal, a hackers-participantes o simplemente a voyeurs con tendencias disruptivas. Sin embargo, Lana seguía regresando.

***

Afuera, la primera luz del amanecer se derramó sobre los rascacielos mientras Lis deambulaba por el apartamento de Lana, cubierto de pantallas holográficas y ramas de menta sintética.

—¿Otra vez en Zero Latency? —Lis preguntó con voz real, usando el canal directo—. Sabes que es el sitio donde los anillos de privacidad más rápido se disuelven.

—Precisamente por eso voy —respondió Lana, con una mueca—. ¿Alguna vez te has sentido totalmente compartida? No me refiero a sexo virtual, ni a lo que hacen los curiosos en las orgías de datos. Hablo de romper la frontera, de dejar que la memoria y el deseo fluyan entre todos como un único río.

Lis resopló.

—Eso no es comunión, Lana, es exposición total. Cuidado con lo que realmente buscas.

Pero Lana no podía frenar. La sensación de riesgo, de abandono deliberado, la impulsaba hacia allí noche tras noche. En Zero Latency, a diferencia de las realidades filtradas oficiales, no había safety nets. Podía experimentar la violencia de un ataque psíquico, el éxtasis de la empatía sin filtros o el vértigo de perder su “yo” en multitudes simbióticas.

***

La segunda muerte fue menos teatral, más dolorosa en términos emocionales. Se encontraba debatiendo con un grupo de extraños sobre la legitimidad de poseer recuerdos cuando, de pronto, sintió que alguien le arrancaba una imagen: el recuerdo del funeral de su abuelo, con ese olor a cirios y cuadernos viejos. Unos segundos más tarde, sintió vacío donde solía estar el calor de aquella presencia. Alguien había hackeado su stream y se llevaba algo que ya no podría recuperar.

Su avatar lloró, y el llanto era como mercurio fundido en la pantalla. Algunos usuarios se acercaron, uno se fusionó con su proyección y, de repente, Lana sintió una especie de apretón en lo más hondo de su conciencia. Era Lis, que acababa de conectar su presencia digital para rescatarla.

—Es demasiado peligroso —advirtió Lis, y su voz sonaba aterradoramente triste—. Pueden robarte partes reales, Lana. Ya no es un simple juego.

—¿Qué queda fuera que duela tanto? —preguntó Lana—. Afuera estamos tan desconectadas de los demás que cualquier contacto parece un espejismo.

Lis suspiró.

—Aquí el espejismo puede comerte viva.

***

Decidió dejar la Bruma por un par de semanas; su terapeuta aumentada le sugería ejercicios de reconexión con el mundo físico: nadar, plantar pequeñas vegetaciones génicas en el patio, cocinar sin la ayuda de asistentes automáticos. Lana sintió durante esos días una especie de temblor sutil, una añoranza áspera. El mundo exterior era tan lento… pero real. La gravedad, la temperatura, las texturas, todo parecía demasiado concreto.

Pero una noche, en un arranque de ansiedad, volvió a activar la diadema.

Esta vez, Zero Latency estaba poblada de nuevos visitantes. Los ambientes cambiaban con la respiración; las paredes se ondulaban —ora líquidas, ora cristalinas—, y su cuerpo ya no era ni siquiera reconocible. Un estrépito discordante estalló en sus oídos: violencia simulada, emociones en bruto.

En el centro de la sala, una entidad flotaba: la sombra de sí misma. No era un avatar, ni un recuerdo, ni una colección de memorias robadas. Era su propia presencia desdoblada, codeada por todas las versiones de sí que otras mentes habían construido. Giró sobre sí misma, sintiéndose de repente visible desde todo ángulo.

Una voz múltiple emergió, una coralidad digital y extrañamente sensual.

—¿Ves, Lana? Hay belleza en disolverse, en vernos simultáneamente a través de miles de ojos. Puedes fundirte o retirarte, pero la elección será para siempre.

Sintió la tentación de dejarse ir, de perder finalmente las historias individuales y sumarse a la ruina de las personalidades fusionadas; una muerte ególatra y dulce como la miel oscura.

Pero pensó, en ese último segundo, en el olor de la menta sintética de su casa, en las tardes lentas con Lis, y en aquella sensación muy humana de elegir la soledad a veces, de necesitar los propios límites.

Retrocedió, desconectándose a mitad de la fase inducida, sintiendo cómo su cuerpo físico volvía a pesarle.

Afuera llovía. Lis la esperaba con una taza de café y la mirada abierta.

—¿Y bien?

—Hoy, por primera vez, preferí regresar —dijo Lana, con la voz temblorosa—. Lo virtual es libertad, Lis, pero la carne… la carne es la frontera a la que siempre regreso.

Lis sonrió.

Tal vez, pensó Lana, no estaba tan mal tener límites. Al menos, de vez en cuando.

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