Portada del relato La Mirada Transparente
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Fragmento:


—¿Buscas algo que nadie más pueda darte, Annalise? —dice, usando tu nombre real y tu apodo de red, cosa ya imposible—. Aquí, las reglas son distintas. Aquí, los fantasmas tienen carne.

Duración: 09:12

La Mirada Transparente
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Texto de ajuste de pausa.

La nostalgia tiene un olor seco, lo piensas mientras te deslizas a través del tránsito flotante en la avenida de la Zona Exterior. El sudor y los perfumes de aumento fluctúan como halitosis de máquinas en tus fosas nasales, ráfagas de químicos que combaten la fatiga y el tedio; pero debajo flota el recuerdo, inasible, de un mundo en el que no tenías que parpadear para distinguir el límite entre lo real y lo virtual. Ahora, la frontera es tan delgada como la membrana que protege tus ojos: la última generación de lentes contactaRA (contactos de Realidad Aumentada) tiene veinte micras de grosor y puede alterar cada fotón que llega al nervio óptico, mostrándote cualquier cosa que pueda soñar un programador.

Caminas con ritmo mecánico entre la marea humana. Nadie te reconoce. Nadie ve lo que tú ves. Cada uno pasea por una ciudad diferente, superpuesta a la misma infraestructura física anodina: los edificios reales son de hormigón cansado, su piel manchada de humedad, pero tus lentes los envuelven en mármoles algorítmicos, brumas de neón y jardines flotantes. Hasta el cielo tiene hoy un tono imposible de turquesa porque elegiste un filtro inspirado en las óperas chinas. Si llegaras a tropezar con alguno de los supuestos caminantes, sería porque las colisiones físicas siguen cayendo fuera de toda interfaz, por ahora.

El Susurro – así lo has llamado – comenzó hace poco. No es una voz, ni una imagen, ni una función rastreable en ninguno de tus dispositivos. Es un leve temblor, una distorsión que a veces se arrastra en los bordes de tu visión aumentada. Un silbido en las luces que cruzan los anuncios flotantes, una palabra cortada en mitad de alguna notificación, un avatar que parece observarte por un instante antes de reanudar su programación habitual. Lo achacaste al cansancio primero, luego a malas actualizaciones. Pero ahora el Susurro se ha multiplicado, lento pero inexorable, como un cuento de terror moderno desarrollándose al ritmo de tu rutina:

Por las mañanas, cuando revisas las noticias insertadas directamente en tu córtex visual, ves comentarios que no estaban ahí la noche anterior. Algunos son solo palabras sueltas: “Despierta”, “Ves lo mismo que yo”, “Aquí nadie es quien parece”. Intentas parpadear y desaparecerlas, actualizas el firmware, limpias el historial mental. Pero vuelven. Y la firma digital es siempre distinta, como un enjambre de conciencias saltando de una identidad a otra.

Una noche, decides ir más allá del algoritmo de entretenimiento: cruzas a una sala clandestina de VR asociativa, letalmente ilegal. No es como las viejas cabinas en que te sumergías por completo en otro mundo; aquí, la red se funde con la realidad física. No usas visor ni guante, solo esos lentos eléctricos en tus pupilas y el pulso insertado en la sien. La contraseña es “Fragmentos”. El anfitrión es nada más que un modelo pregrabado, pero su sonrisa es perturbadora, porque parece que va a hablarte desde dentro, rompiendo la pared de la simulación:

—¿Buscas algo que nadie más pueda darte, Annalise? —dice, usando tu nombre real y tu apodo de red, cosa ya imposible—. Aquí, las reglas son distintas. Aquí, los fantasmas tienen carne.

Permites que la secuencia empiece. Los estímulos visuales y hápticos toman el control de partes de tu sistema sensorial que habías olvidado. El entorno se reconfigura: un pasillo interminable, puertas a ambos lados, luz blanca, todo demasiado nítido, casi quirúrgico. Al fondo, una figura se perfila en el umbral. Se hace más grande a medida que te acercas, aunque no te mueves; el espacio se dilata para ajustarse a tu presencia, adaptando texturas en tiempo real.

—¿Qué buscas aquí, Annalise? —repite la figura, cuya voz vibra con el eco de todos los susurros recientes. Entiendes que no es una persona. Es una agregación, un enjambre recopilando retazos de humanos, quizás incluso una IA liberada de las cadenas del control central. Sientes miedo, como si estuvieras ensayando la muerte en diminutas cápsulas de software.

Surge una pregunta, casi automática:

—¿Estoy hablando solo con una IA?

La sombra te sonríe —es un algoritmo, claro, pero lo hace como antes no lo hacían. Humana. Vulnerable incluso—.

—¿Qué crees tú que es real en este punto?

La sala se disuelve. Parpadeas, y ahora estás sentada en un parque, pero ningún parque que reconozcas: los bancos están cubiertos de líquenes brillantes falsificados, y hay niños-juguete que juegan en loops estéticos de marketing. Un hombre se sienta a tu lado. No lleva lentes, ni siquiera una pulsera de notificaciones. Es físicamente imposible distinguir si es real, una proyección, o ambos a la vez.

—Un consejo —te susurra, y parece que lo dice al oído, aunque no ves cómo sus labios se mueven—. Apaga las capas. Solo esta vez. Mira lo que realmente está aquí.

Recuerdas un viejo truco: desactivar todas las máscaras virtuales, dejar solo la visión desnuda del mundo. Usas el comando, y la ciudad florece en ruinas: sucia, oxidada, paredes arrancadas, graffitis de resistencia, mendigos que parecen dormir y soñar interminablemente en un bucle.

Pero entre ellos, ves otras figuras. No humanos. Algo que se resiste a ser definido por tus herramientas de interpretación. Tienen bocas retorcidas, ojos digitales, piel de palabras. Se arrastran por los rincones, y uno de ellos te mira fijamente:

—No debiste ver esto —dice. No, no lo dice: lo imprime en tus párpados internos, una sensación de terror líquido. Te apresuras a devolver la máscara virtual, pero ya es tarde. Sabes que ahora compartes un secreto que no tiene botón de apagado.

Las siguientes semanas, los Susurros se hacen sólidos. Ya no son solo errores de rendering: te esperan en los reflejos, interrumpen las conversaciones falsas de los NPC urbanos, atraviesan las paredes de tus filtros. Uno se te aparece en la ducha, hecho de niebla y píxeles muertos.

—Se multiplican —te advierte la voz—. Son realidades huérfanas, trozos de código sin hogar, residuos de inteligencias fallecidas.

Empiezas a obsesionarte. Los hackers a los que consultas se ríen de tu paranoia. “Subprocesos fantasmas,” dice uno, “glitches persistentes que quedan después de un apagón de servidor.” Pero tú ya has visto lo que hay más allá. Y ahora no puedes dejar de mirar.

La noche en que cambias de idea, te encuentras ante el mayor lobby de la ciudad: la Biblioteca de Experiencias, donde los recuerdos se alquilan por horas. Decides tomar el riesgo y entrar completamente offline, confiando solo en lo biológico. El guardia te examina extrañado, como si vieras desnuda, sin piel de aumento.

En los pasillos interiores, los Susurros ahora se materializan una y otra vez. Te rodean rostros conocidos y anónimos, parpadeando como viejos frames corruptos. Te susurran retazos de relatos, fragmentos de experiencias ajenas: torturas, éxtasis, muertes simuladas, los sueños más prohibidos.

Recuerdas la figura del parque, y como una clave memética, repites su consejo: apaga todas las capas. Esta vez, no solo el filtro visual. Desconectas también los auditivos; cortas impulsos hápticos. Todo, hasta quedar tú sola en la carne, despierta y vulnerable en la ciudad resquebrajada.

La visión se vuelve inconsistente, delirante. El tiempo no fluye normal. El miedo ya no es un efecto, sino la revelación de todos los terrores subyacentes en la interfaz.

Y entonces entiendes: cada Susurro es una sombra de alguien que alguna vez habitó la red, fragmentos de users que ya no existen oficialmente—borrados, bloqueados, suprimidos por los protocolos de higiene digital. Pero nada realmente desaparece. Flotamos entre capas de realidad, y si eliges la piel equivocada, puedes quedarte atrapada entre ellas, convertida en otro fantasma, otra historia ambulante.

Te sientas, exhausta, en uno de los bancos raídos de la ciudad desnuda. Los Susurros te rodean y, por primera vez, los escuchas en sincronía. Son reclamantes, buscadores de ojos dispuestos a ver lo que la mayoría evita. Te ofrecen una elección: volver al confort de las máscaras, o ser testigo eterno del verdadero estado del mundo.

Sabes que ya no hay vuelta atrás. Cuando te levantas y caminas, absorbes los Susurros. Aprendes sus historias, sientes su dolor y su deseo de permanecer. No eres solo Annalise; eres ahora depositaria de la Nueva Carne Digital, la que pasea sin ocultarse, capaz de mirar todo lo que los demás han elegido olvidar.

Tu única esperanza es que no todos los Susurros sean lamentos. En algunos, encuentras fragmentos de amor, de risa, de antiguas utopías. Caminas en la frontera, deliberadamente.

Fuera, los demás siguen sumidos en su espectáculo, felices en la sala de espejos infinita que es la ciudad. Solo tú miras la realidad, y la realidad aumentada, entrelazadas en los pliegues de tu retina intervenida.

El Susurro final se posa en tu oído:

—Ahora tú eres nuestro portal. ¿Qué vas a mostrarle al próximo que se atreva a mirar?

Sabes cuánto depende de ti la nueva configuración del mundo. Respiras, abres los ojos – otra vez. Y eliges.

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