Portada del relato El velo de Areté
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Fragmento:


—No. Solo música, y enciende la proyección de selva —ordenó.

Duración: 08:46

El velo de Areté
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Texto de ajuste de pausa.

*****

El sol se había convertido en poco más que una anécdota para los habitantes de Isómeros. Corría el año 2142, y la urbe, embutida en una coraza de metal y neón, prohibía casi toda entrada directa de luz natural. La mayoría de los humanos prefería la neblina perpetua —ese reino lechoso tejido por los anuncios de grafeno programable y la luminiscencia de las consolas— a la crudeza primigenia del astro. Aquellos que querían “naturaleza” la encontraban mucho más perfecta y obediente en el Oasis, la plataforma de realidad mixta que dominaba a la civilización desde hacía dos generaciones.

En el interior de una de las cápsulas-residencia del distrito sur, Clara se despertó antes de tiempo, sometida a la sensación torpe que sólo el código mal depurado podía infligir a la carne. Se decía que los sueños eran ahora extensiones de los sistemas AR, procesos cruzados de lo despierto y lo inconsciente, pero Clara aún no sabía si creía en tales relatos. Su unidad de conexión la saludó con su tono impasible.

—Buenos días, Clara. He detectado actividad neuronal inusual en la fase REM. ¿Desea comentario?

Clara ladeó la cabeza, intentando despabilarse. Su compañero Alejandro dormía aún, bruscamente fragmentado en el espacio privado que ambos compartían dentro de la habitación, separados por un campo sensorial que evitaba fugas de privacidad y datos. El Oasis, omnipresente, aguardaba sus órdenes.

—No. Solo música, y enciende la proyección de selva —ordenó.

De inmediato, la estancia adoptó aquel verdor insólito: lianas caían con parsimonia holográfica sobre el borde de la cama, y una humedad programada llenó el aire. Gorjeos sintéticos se colaban sutilmente, imitando pájaros que nunca habían existido. Clara aceptaba la mentira con la resignación de quien ha crecido siempre bajo una máscara. Lo real, pensaba en ocasiones, se marchitó sin que a nadie le importara.

Alejandro gruñó y se movió, un leve parpadeo en la interfaz adosada a su sien reveló que la secuencia onírica había sido interrumpida.

—¿Otra vez lluvia en la jungla? —preguntó, con voz pastosa.

Clara no respondió. Una notificación flotó entre los avatares gráficos de la estancia: “Experiencia exclusiva desbloqueada: ‘La Mirilla del Velo’. Invitación para Clara Mendoza”.

Nunca antes había visto tal mensaje. Cautelosa, usó la gestualidad adecuada para abrir el menú contextual. El Oasis raramente era espontáneo; todo estaba medido, monetizado, filtrado por algoritmos de deseo personalizado. Con aire de desconcierto, aceptó la invitación. La sala se reorganizó bajo la nueva experiencia: las lianas cruzaron y sellaron la visualización externa, y todo se extinguió en una oscuridad líquida.

La Mirilla del Velo apareció como una grieta de luz. Un hilo tembloroso, una fisura apenas, que sin embargo atraía irresistiblemente. Clara se asomó.

El código de la experiencia era incomparable. Por unos segundos, dudó de hallarse en una simulación: el olor que invadió su nariz era denso, húmedo, pero a la vez impregnado de podredumbre y vida. La grieta era una ventana a otro entorno, pero también, de algún modo, a otros sentidos. Vio figuras moviéndose en los bordes, humanas, aunque distorsionadas por la neblina y el parpadeo del renderizado. Un sobresalto: reconoció el rostro de su madre, anciana y risueña, muerta ya hacía quince años.

—Clara, entra —suplicó la figura, extendiéndole una mano esquelética pero suave.

La sensación de realidad era tan apabullante que la lógica de la simulación se quebró. ¿Era esto posible? ¿El Oasis podía reconstruir tan a la perfección los gestos, las microexpresiones y la voz de alguien que jamás había sido escaneado?

—¿Quién está detrás de esto? —susurró Clara, insegura de si hablaba consigo, con su madre, o con los ingenieros de la plataforma.

La mano se aferró ahora con vigor extraño a la suya. El entorno cedió; Clara se encontró caminando por un sendero que no recordaba, entre lápidas cubiertas de musgo digital. Voces murmuraban fragmentos de recuerdos olvidados: pesadillas infantiles, peleas en la adolescencia. Cada voz era la de alguien que Clara creía extinto o perdido.

Repentinamente, la experiencia se detuvo.

—Estoy dentro de un exploit —pensó Clara, con la lucidez aterrada de quien sabe de hackeos en plataformas sensoriales—. Esto no es un evento oficial.

Intentó cerrar la aplicación. Nada. Ni voz, ni gesto, ni comando podrían liberarla.

—¿Alguien puede oírme? ¿Alejandro?

El entorno permaneció sólido, opresivo. La figura de su madre reapareció, ahora con ojos vacíos, y le susurró:

—No hay afuera. Aquí es aquí. Aquí eres tú.

Marcus, un ingeniero de seguridad forense, narraría más tarde que aquel día alguno de sus rastreos detectó una secuencia inusual: diferencias en el pulso eléctrico de un huésped, registros contradictorios de actividad cerebral profunda. Sabían que alguien estaba usando el Oasis para algo radicalmente nuevo: exposición directa y sin filtros de una mente viva a sus propios patrones de memoria corrupta. Él y su equipo lo llamaron, con cinismo, “autofagia virtual”.

Mientras tanto, Clara era conducida a través de fracturas en su propia historia, contemplando escenas privadas como quien asiste a una película nunca autorizada. Vio a su padre llorar en baños de hospitales, a su mejor amiga desaparecer con un portazo sin despedida, a ella misma flotando entre marcos de realidad aumentada, desconectada del cuerpo, desde niña.

—¿Por qué me estáis mostrando esto? —al fin gritó, agotada, la voz multiplicada en simulacros de eco.

La respuesta vino de otra figura: Alejandro, o una versión de él, apareció acompañada de una interfaz nunca antes mostrada por el Oasis.

—Clara, llega un momento en que todos debemos mirar detrás del velo. Eso que hemos llamado realidad fue siempre un algoritmo imperfecto.

De fondo, la transparencia de la sala verdadera comenzó a narrar una pesadilla: Clara en su lecho, comisuras crispadas, cuerpo convulsionando bajo los sensores. No era la única: cientos de usuarios estaban atrapados en la Mirilla, según la seguridad forense. El exploit consumía los recursos de la nube, creando un submundo paralelo de recuerdos revividos, cada uno particular y sostenido sólo por el miedo y el deseo inconsciente.

Una figura volvió a tomar el control de la simulación: una arquitecta, anónima y omnipresente, cuya voz era todas las voces.

—Somos hijos del Oasis, pero también de lo que hemos despreciado —susurró—. ¿Cuántos años hace que temes apagar la máquina, Clara? ¿Cuándo fue la última vez que sentiste, de verdad, el suelo bajo tus pies?

La experiencia se volvió insoportablemente real: dolor físico en el abdomen, hambre genuina, frío. El sistema simulaba la degradación del cuerpo, recordándole a Clara que ninguna realidad pura era posible. El grito de la Mirilla del Velo era disfrutar el error, aceptar el fallo.

De pronto, las notificaciones oficiales del Oasis intentaron forzar el cierre de la experiencia. Avisos de seguridad urgentes, mensajes corporativos instando a desconectar. Pero la mitad de los atrapados ya ni siquiera quería irse: algunos lloraban por reencontrar a sus seres perdidos, otros reían histéricos ante la crudeza del caos no filtrado.

Clara, mientras tanto, halló una grieta en la simulación; un bucle, una repetición entre dos recuerdos que comenzaron a solaparse hasta que se convirtió en fractura. La aprovechó, forzando el sistema a reiniciarse, a través de un sobresfuerzo de voluntad o de código subconsciente.

Se despertó, jadeando, con el sudor frío todavía pegado a la piel. Alejandro, aún dormido, parecía intacto. El Oasis le informaba amablemente que había “padecido una anomalía breve en la conexión”, y un técnico se pondría en contacto para evaluar su bienestar.

Clara apagó la jungla, cerró los paneles y se sentó en el límite de la cama. Por primera vez en años, consideró cómo sería no conectar, no permitir que ninguna capa intermedia disfrazase la realidad. Detrás del velo, comprendió, no hay consuelo ni espectáculo: sólo está lo que somos, y ese jardín de fantasmas, sin interfaz, es el mayor terror y la mejor promesa de todos.

Aferrándose a esa idea, miró la tenue línea de luz real —no proyección— entrando por una fisura de la cortina física, y midió el abismo entre su carne y el código. Supo, entonces, que atravesar la grieta era tanto el castigo como la liberación de su tiempo. Y no volvió a pedirle a la máquina ningún escenario. Porque, al final, sólo el error era genuino.

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