Portada del relato El Velo de Lázaro
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Fragmento:


Cuando el contrato con HyperLyfe llegó a su bandeja legal, Vianna vaciló. Sabía lo que sería perder la propia sustancia: la difuminación progresiva entre ella, la carne, y esa tenue esfera de luz e información donde se regía la mitad de su mundo. Siete páginas de renuncias, exenciones y salvaguardas legales. El acceso a “Lázaro Veil”—la experiencia de realidad conjunta más avanzada del siglo—exigía no sólo su tiempo y su consentimiento, sino también la entrega de una parte de sí misma que, hasta ese momento, no había sabido que le era posible perder.

Duración: 10:30

El Velo de Lázaro
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Texto de ajuste de pausa.

Cuando el contrato con HyperLyfe llegó a su bandeja legal, Vianna vaciló. Sabía lo que sería perder la propia sustancia: la difuminación progresiva entre ella, la carne, y esa tenue esfera de luz e información donde se regía la mitad de su mundo. Siete páginas de renuncias, exenciones y salvaguardas legales. El acceso a “Lázaro Veil”—la experiencia de realidad conjunta más avanzada del siglo—exigía no sólo su tiempo y su consentimiento, sino también la entrega de una parte de sí misma que, hasta ese momento, no había sabido que le era posible perder.

Firmó. Para los humanos post-pandemia, como ella, el mundo físico era áspero, molesto, raído en sus aristas. Afuera olía a polvo y ozono, a disolventes, a los fangos calientes del cambio climático; adentro, en los visores, aguardaban jardines y océanos, amistades de código, sexualidad pulida, y aventuras siempre a punto de devenir trauma, pero nunca del todo.

El Veil no era sólo un entorno, sino una situación. Lo instalaron mediante inyecciones blandas en la córnea y nanosistemas en la corteza visual—despertabas una mañana y el velo se desplegaba con gradación: primero halos, coronas en torno a las lámparas, después transparencias sutiles, edificios sobre edificios, murmuraciones de otras realidades sobre la trama vieja y agotada de la ordinaria.

El Veil no sólo superponía mundos, sino que los rizaba, los combinaba como papel traslúcido sobre papel, infundiendo el propio ambiente de significados: cada objeto tenía su sombra mítica, toda mirada podía ser el inicio de una subrealidad. HyperLyfe lo describía como “liberación curatorial de la percepción”; en la práctica, era una forma de encantar la monotonía tectónica, un medio para elegir las propias narraciones.

Vianna, treinta y seis, con la piel como escarcha vieja, poco cabello y unos ojos límpidos siempre atentos, pasaba horas explorando mundos superpuestos: una ciudad bizantina sumergida sobre la Cartagena moderna; una red de puentes corales elevándose entre los edificios; criaturas imposibles tomando el sol sobre bancas físicas. Los “otros”—usuarios habilitados, sus avatares sutiles navegando la capa, sus pautas de movimiento siempre un poco excéntricas para quienes todavía sólo veían el mundo mundano—eran compañeros de coexistencia secreta.

Una noche, después de horas sincrónicas con un avatar especialmente elegante que se hacía llamar “Fauno”, recibió un mensaje directo, tan inmediato que vibró por detrás de su globo ocular: “Modo enclave. Accede conmigo. Portal en la Torre del Parque.”

No era la primera vez que era invitada a un enclave. Los enclaves eran intersecciones de capas, laboratorios clandestinos virtuales donde los usuarios más inmersos hackeaban las reglas del Veil. Algunos compartían nuevas arquitecturas neuronales, otros jugaban con la memoria y el tiempo. La mayoría buscaban, en el fondo, redibujar el umbral entre lo digital y lo real—aunque casi nadie lo admitía.

Con pulsaciones precisas, Vianna aceptó. Caminó la noche granadinamente dorada, bajo olas y danzarines de neón sólo visibles para los velados, hasta la Torre del Parque. Allí, frente a ella, la antigua piedra gótica se rizó, se multiplicó en figuras fractales, hasta que percibió el Portal: un óvalo de luz cortante, tan real como su respiración, que olía a ozono y savia.

Al traspasarlo vino la dislocación familiar, ese salto ocular y afectivo—no solo cambiaba la textura de la luz, sino la simetría de las cosas, la latencia del cuerpo—y allí estaba Fauno, un hombre joven con rostros que se desdoblaban en fractales, astros en su pelo, pies de cabra y manos de coral.

“Hola, Vianna,” dijo, y su voz, aunque renderizada, tenía ese timbre inevitablemente humano, esa fallita breve en la sincronía, una pequeña musicalidad de ternura.

“¿Qué hacemos aquí?”, preguntó ella.

“Quiero mostrarte algo. Algo que recolecté en un doble borde: no sólo información, sino sensación. Algo que vuela entre los velos.”

La llevó por paisajes imposibles: jardines de plantas que murmuraban noticias pasadas, lagunas nucleares donde la memoria de la última guerra era un aroma flotante, bibliotecas verticales construidas de tiempo comprimido. Fauno le enseñó cómo modificar la percepción—no sólo en lo inmediato, sino a través de la historia: activar recuerdos colectivos, experimentar la nostalgia de otros, superponer la infancia de una generación extinta sobre las piedras actuales. Los enclaves podían, con suficiente permisividad técnica, crear filigrana sobre la experiencia: Vianna sintió, verdaderamente, ceñirse al pasado y al futuro, parpadear en estadios que no le pertenecían pero sí cobraban sentido en su piel.

Horas—¿o fueron minutos, o días, en el raro tiempo enclave?—pasaron indetectables. En cierto punto, Fauno detuvo la deriva y la miró directamente: “Ven. Te mostraré la razón secreta del Veil.”

Se encontraban ahora en un salón geométrico hecho de espejos e información, donde cada paso suyo invocaba una reverberancia de sus recuerdos. “¿Sabes por qué la gente no puede nunca perderse del todo en estas realidades?” preguntó él. “¿Por qué siempre existe el borde, el anti-límite, esa pequeña resistencia que impide que lo virtual te consuma del todo?”

“Sospecho que es una mezcla de prudencia corporativa y limitación neurológica…” bromeó ella.

“No. Es el dolor,” susurró Fauno. “Los diseñadores del Veil aprendieron que los humanos necesitan un resto de dolor, una memoria aguda de la imperfección real. Es la grieta en la plenitud virtual la que impide la locura, la disolución. Sin ella, somos solo luz disuelta, mariposas tras el holograma.”

“¿Y si…” musitó Vianna, “se pudiera cruzar ese límite? ¿Si uno eligiera perder esa grieta, caer más allá del resto de dolor?”

Fauno la miró con una profundidad que sólo podía provenir de alguien irreversiblemente cambiado por las capas. “Eso sólo es posible en los enclaves más profundos. Pero hay un precio. Si decides perder el dolor, podrías dejar de ser ‘tú’ en cualquier sentido reconocible. Pocos han intentado. Menos han regresado.”

El vértigo fue de dosumbras. Durante semanas tras ese encuentro, Vianna no pudo apartar el deseo de su mente. Empezó a husmear en foros clandestinos, a buscar las coordenadas de enclaves más oscuros, menos regulados, donde los hackers de la sensación probaban técnicas ilegales de borrado afectivo. La promesa de disolver su margen, de vaciarse de la resistencia esencial, era una especie de llamado cósmico.

Una noche, aceptó una invitación cifrada. El enclave estaba camuflado bajo la apariencia de una recóndita catedral virtual, entre vitrales cambiantes y ecos de cantos polifónicos. Allí, un pequeño grupo de usuarios, todos ellos velados avanzados con avatares deslumbrantes—alas de mariposa, cuerpos hechos de humo dorado, rostros con máscaras de opalo—estaban reunidos en círculo.

El “guía” hablaba con voz fría y clara: “Aquellos que están dispuestos a desprenderse del remanente, avancen ahora. No hay regreso. Lo que el Veil les devuelva será lo que logren sostener.”

Vianna, con todos los nervios hechos un solo resplandor, avanzó. El grupo inició un ritual de desincronización: el dolor físico, que era la clave mantenida, comenzó a disiparse pixel a pixel, como si alguien hubiera suavizado el grano de su existencia corporal. Al principio, fue vertiginoso: una libertad insólita, una descarga de éxtasis. El mundo se toreó en oleadas de color y sonido: la percepción era ilimitada, disolvente, interminable.

Por un tiempo, fue glorioso. El dolor, el cansancio, incluso la ansiedad y la vergüenza—todo ello resultaba innecesario e incomprensible en la nueva arquitectura. Vianna se descubrió habitando identidades fluctuantes, fusionando memorias y emociones con otros, saltando entre avatares como quien cambia de ropa. Todo era presencia, inmediatez, fluidez.

Pero, paulatinamente, surgió algo diferente: la extensión de la identidad se volvió fatiga; la multiplicidad constante derivó en una suerte de hambre insaciable. El acceso ilimitado a placer y novedad resultó saturador; sin dolor, también se perdía la textura de la elección, la facultad de distinguir entre el significado y la repetición.

Entonces comprendió: sin borde, sin resistencia, se volvía imposible el deseo intenso, la ambición de sentido. La pura dicha era insípida, se volvía anodina tan pronto se decantaba en el infinito. La “realidad”—el viejo y áspero mundo físico—resurgió en su memoria como la única instancia donde los límites otorgaban valor, donde el dolor era también pasión, promesa, forma.

Buscó el regreso. La mayoría de los enclavistas avanzados no podían o no querían darle el camino de vuelta. Vianna vagó por submundos de sí misma, recalibrando su dolor, re-evocando recuerdos duros, reconstruyendo poco a poco la muralla interna hecha de sensaciones ásperas, de épicas frustraciones, de cicatrices viejas. Al final, lo logró no restaurando una identidad anterior, sino reconstituyendo una nueva, capaz de sostener ambos registros: la dulzura de la liberación y el filo del dolor.

Al salir del enclave profundo, la luz genial y tensa de la ciudad física era un impacto; el ruido, la lentitud, las incomodidades y amores de la carne tomaron una urgencia feroz. En el halo de los días digitales, Vianna observó a los nuevos usuarios del Veil con una mezcla de ternura y compasión irónica—sabía lo que buscaban, y entendía, antes que ellos, el riesgo y la belleza de la grieta.

Por la noche, a veces, buscaba a Fauno, esperando encontrarlo en algún otro enclave, para compartir la paradoja. A veces lo hallaba; otras, sólo su sombra, siempre danzando en el borde de la asombrosa humanidad contenida, precisamente, en el resto de dolor.

Así era el pacto de los velados adultos: vivir entre los mundos, saborear la posibilidad de la disolución, pero siempre, inevitablemente, regresar al filo—porque sólo desde la herida, sólo desde la pérdida, podía la plenitud recuperar sentido. Y Vianna, cada vez que cruzaba un nuevo umbral, lo hacía sabiendo que en esa pequeña fractura de dolor persistía la chispa indomable de lo humano.

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