La incandescencia de Setra escurría su vibración por los corredores nervudos de la base, como lava conceptual. Una neblina densa, rojiza, saturaba las cúpulas geodésicas, traspasando paneles y filtrándose entre costillas de polimetal. En el Observatorio Sur, Rehmi contemplaba su reflejo en la superficie del cristal polarizado; la visión le devolvía una mujer delgada, rostro afilado, ojos como brasas apagadas. Más allá del vidrio, andrómedas de polvo flotaban sobre el río de lavekh, titilando con promesas en su fulgor molecular.
El informe de los últimos ciclos era claro. Las criaturas—o fuerzas, o presencias; los científicos aún no se ponían de acuerdo—no mostraban patrones predecibles. Cuatro miembros de la tripulación desaparecidos en seis semanas. Dos cadáveres, músculos deshilachados por alguna energía desconocida. Y ahora, el canto. Un rumor, una sinfonía en el espectro bajo, tan antigua y feroz que incluso la inteligencia de la IA fractal temía descifrar.
Rehmi no era de las que huía. El miedo era, para ella, una oportunidad: allí donde la psique cedía, ella transmutaba. En sus años de exploradora planetaria había enfrentado la podredumbre de la jungla prismática de Rhannu, las tormentas de virus pensantes en Akyr-9; hasta el crimen había dejado atrás, o así lo creía.
Esa noche, sobre el instante cero del eclipse síndico, la frecuencia del canto se aceleró. Como una presión sobre los globos oculares, como tentáculos de cuerdas vocales vibrando en la mandíbula. El resto de la tripulación dormía inyectados por sedantes: tras los primeros ataques, la mayoría prefería anestesiar la conciencia durante la noche.
Pero ella estaba alerta. Preparó su equipo: tres inyectores de nanolitos, un arma de plasma de baja potencia, la cinta grabadora de onda invertida. Empacó un fragmento de piel velha—ofrecida por el piloto, a quien un chamán de su planeta natal había dicho que era “invisible a los corazones extraños”—y descendió por la esclusa inferior.
La atmósfera de Setra era pegajosa y caliente, con olores dulzones que reptaban por la barba del viento. Luces de fenol chisporroteaban en la distancia. “Los que caminan sin carne” los denominó el botánico, antes de que le arrancaran la lengua.
Rehmi dejó que la lluvia carmesí empapara su pelo, su piel, su ánimo. Cada gota era densa, casi una materia en sí misma. Caminó por la maleza humeante, siguiendo el retumbar grave en su pecho. El canto era un eco de algo antiguo, y a esa hora, bajo Setra sumida en el umbral entre los días, crecía en complejidad. A veces oía palabras en lenguas desconocidas. A veces sentía el roce físico de sílabas por su médula.
Al cruzar el promontorio de jaspus, la vio. O, acaso, ella le permitió verla. La figura era alto como un árbol joven, translúcido como gel mineral. Sus huesos parecían flotar en su interior, trémulos e imperfectos, ensartados de códigos vivos que danzaban con la luz. Tenía la cabeza dividida en cuatro lóbulos, la piel llena de marcas asimétricas que goteaban resplandores. Caminaba en múltiples extremidades que, a veces, eran brazos y a veces raíces.
La figura la estudió durante un pequeño siglo. Luego habló, no con sonidos, sino con modulaciones directas sobre sus percepciones sensoriales.
¿Eres semilla o sombra?
Las emociones de Rehmi chocaron entre sí. Sintió la tentación primaria de disparar, de retroceder. Pero sujetó el arma y permitió que la curiosidad amordazara al pánico.
Vine a entender, pensó, abriendo sus pensamientos como un pergamino. Vine a sobrevivir.
La entidad palpitó, desplegando filamentos de un azul imposible alrededor de ambos. Una atmósfera cerrada, un útero improvisado en la maleza.
No sobrevivirás si no entiendes. Setra sangra. Cantamos para no olvidar la herida. Surcais la brecha como si fuera puente, pero es carne lo que pisáis. Filtráis nuestras memorias en vuestros sueños, limpiando los tonos, cortando las notas vibrantes.
La traducción era imperfecta. Rehmi sintió, más que oyó, una acusación: devastaros sois, pero ignoráis el daño.
No somos iguales, ofreció, recordando las historias de conquista terrestre, los saqueos de biomas estelares, las disecaciones de atmósferas. Pero yo no busco guerra.
La entidad onduló, su cabeza fragmentándose en corrientes de datos y emociones. De uno de los lóbulos surgió un espejismo: un ser humano—sólo que no era Rehmi, ni nadie que conociera. Era una memoria prestada de los sueños de otra persona, una niña con escafandra mirando el ocaso desde una cúpula.
Cantamos para recordar quienes fuimos antes de que otros llegaran. Cantamos para reparar las brechas que abristeis. Si callamos, olvidamos el mundo en que Setra no lloraba sangre.
Rehmi retrocedió, sus botas hundiéndose en la pulpa húmeda. Las gotas que antes eran lluvia ahora le lamían la piel con intenciones propias.
¿Podemos ayudar? preguntó.
La voz vibró en ella, hundiendo agudas garras de sentido hasta su espina. Ayuda, sí. Una en cien lo intenta. Una en mil lo logra. Debes abrirte.
Cerró los ojos, aferrándose al fragmento de piel velha como un relicario. Dejó que el canto la inundara, que los tonos la despellejaran de prejuicios y certezas. El ser la envolvía, pulsando acordes sobre las cicatrices de su historia: el amor perdido en la colonia Salma-IV, la rabia muda de su infancia violentada, el orgullo venenoso que la llevó a cruzar sectores prohibidos. Todo era alimento para la entidad, que metabolizaba emociones en luces vivas.
Las cúpulas de la base se disolvieron en su mente. Solo quedaba la sensación de ser ambas, semilla y sombra, depositaria y ladrona. En esa síntesis halló un portal: no uno físico, sino una rendija por la que las emociones alienígenas y humanas podían encarnarse mutuamente.
El ser cantó más fuerte. La percepción de Rehmi se expandió, abarcando el ciclo de vida de Setra: océanos efervescentes, razas extintas, juegos de voces en la penumbra. Vio la llegada de los humanos, la podredumbre secreta de su ambición, pero también la belleza inesperada, la reparación surgida del contacto.
Una comunión. Pero no sin precio.
En el vórtice de la unión, la entidad le mostró los rostros de los desaparecidos. No murieron, en el sentido humano; mutaron, absorbidos en la esencia colectiva que luchaba por contener la hemorragia planetaria. Sus voces estaban en el canto, sus recuerdos adosados como sueños en la piel del viento.
¿Quieres quedar? ¿Quieres ser voz, raíz, memoria? ¿O volver, entera, pero más sola que nunca?
Rehmi tembló. La tentación de disolverse en aquel mosaico de sentidos era intensa, el abandono de la carga humana, el hallazgo de un propósito mayor que el de cualquier comunidad fracturada tras la escafandra.
Pero la decisión fue otra. Elijo portar el canto, respondió, lágrimas saturando la sangre que ahora sentía distinta.
La entidad la marcó: una runa luminosa que se fundió bajo la clavícula. Cuando despertó, el amanecer ardía sobre Setra, arrastrando tulipas de colores tras el horizonte. El resto de la base dormía. Pero el canto, ahora, vivía en ella: a veces como un zumbido, otras como una caricia, a veces como un martillazo cuando la arrogancia brotaba.
La base nunca supo exactamente lo que había ocurrido. Rehmi fue cambiando a lo largo de semanas, hablando menos, observando más, a veces abandonando proyectos para sentarse en silencio bajo la lluvia, murmurando melodías que surgían de otra época. Los ataques cesaron; la sangre-lluvia retrocedió, el nombre de Setra se limpió, poco a poco, de las listas negras de los exploradores.
Hubo mutación pero no olvido y cada ciclo, cuando el eclipse síndico arropaba las cúpulas, Rehmi abría la esclusa y caminaba bajo la llovizna carmesí. Su canto, ahora mezcla de voz humana y vibrato alienígena, mecía las noches y mantenía a raya a las heridas.
En ella sobrevivía un eco, un hilo encarnado entre dos mundos, una semilla de comprensión que, quizá, algún día florecería en un puente y no en una cicatriz. Y si volvía la disonancia, si una nueva herida corrompía la tierra de Setra, sabría cómo cantarle al abismo.
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