Fragmento:
La luz de la pantalla azul titilaba, pulsando como el corazón incierto de la ciudad. Janice Swann bostezó, los ojos húmedos, mientras la ráfaga de datos cruzaba el monitor de su puesto. Hacía ya dos años desde que aceptó su plaza en el Observatorio Central del Distrito 18–la “panza de la ballena”, como la llamaban sus colegas en broma. El nombre actual, por supuesto, era Centro de Integridad Urbana. Las paredes pintadas de blanco cáscara de huevo, los suelos sin huella, los sensores en cada umbral, todo exigía pureza. Pero era la pureza de una morgue.
Duración: 09:29
La luz de la pantalla azul titilaba, pulsando como el corazón incierto de la ciudad. Janice Swann bostezó, los ojos húmedos, mientras la ráfaga de datos cruzaba el monitor de su puesto. Hacía ya dos años desde que aceptó su plaza en el Observatorio Central del Distrito 18–la “panza de la ballena”, como la llamaban sus colegas en broma. El nombre actual, por supuesto, era Centro de Integridad Urbana. Las paredes pintadas de blanco cáscara de huevo, los suelos sin huella, los sensores en cada umbral, todo exigía pureza. Pero era la pureza de una morgue.
Su café estaba frío. Lo dejó apoyado en una repisa mientras asistía, a través del cristal de la cabina, a la ronda vespertina de los limpiadores de mantenimiento. Cada uno vestía el uniforme gris plomo, sin nombre ni rostro, alineados como soldados sin estandarte. Sabía que la trayectoria de cada uno estaba pautada con precisión; ningún gesto era libre. Para eso estaban los satélites, los drones, su propio departamento.
Generadores hendían su ronquido bajo el suelo mientras en las pantallas se sucedían los patrones biométricos, palabras de alerta, diagramas de calor. No era que Janice no entendiera la necesidad. Había vivido los años del Caos, cuando las cosas podían terminarse con una chispa, con un rumor en la plaza, con una multitud improvisada. Aquello era intolerable, decían en los informes de la Cúpula. Aquello era irracionalidad.
Su trabajo no era mirar personas. Era vigilar estadística, algoritmos, correlaciones. Eso le gustaba repetirse. Sin embargo, a las 18:02 sonó la alarma “Alfa Gris”, nivel bajo, pero bastaba para que un bloque de imágenes apareciera ante sus ojos. El sistema señalaba a un peatón: figura femenina, 37 años, con historial de movilidad errática las dos últimas semanas.
La mujer cruzaba la avenida Bishop, acelerando el paso justo antes de entrar a la zona “Azul”. Janice tecleó con dedos ágiles, ampliando los registros. Al menos seis veces la mujer había modificado su ruta habitual–un 300% más de desviaciones de lo esperable. Motivo probable: búsqueda de recursos fuera de la asignación de distrito. Otro motivo probable: comunicación no autorizada.
El algoritmo pedía comunicar la anomalía a un supervisor. Janice sintió un retorcijo, pero pulsó el icono naranja. A los dieciocho segundos, la voz de Tara Guyen surgió en su auricular: “Lo estamos viendo, Janice. Buen ojo.”
—¿Qué procedemos?
—Monitoreo integral, nivel dos. Rápido informe.
—¿Debe ser presencial? —preguntó Janice, un poco en broma.
—Ojalá pudiera. Sigue adelante.
El asunto pasó. El corredor volvió a la pantalla global; los datos se diluyeron en la masa fofa de información urbana y Janice mordió distraída el borde un bolígrafo sintético. Qué raro sería ser de verdad visible, pensó. No como un número, no como una sombra de probabilidad, sino con nombre y rostro a la intemperie.
A las 18:30 dio el relevo a su compañero Nikos, y salió de la “zona protegida” directa a la calle de los silenciadores. El aire olía a ozono. Dos patrullas pasaron a menos de cinco metros: nadie saludaba en voz alta. Cada quien en su ciclo–eso era lo que estaba bien. El suyo le permitía veinte minutos para caminar en línea recta hasta el Centro de Alimentación, tomar su frugal bandeja, sentarse sola. La ancha pantalla del comedor mostraba noticias cuidadosamente aprobadas: disminución del delito, mejoras en el reciclado, palabras del Alcalde-Supervisor General.
Mientras masticaba su arroz sintético, la imagen fugaz de la mujer monitoreada regresó a su memoria. ¿Cómo se sentiría sabiendo que cada uno de sus gestos era una variable? ¿Que jamás un susurro le era privado?
En la fila del lavabo, detrás de una joven de pelo azul y ante un anciano tembloroso, Janice sintió el calor minucioso de la mirada invisible. Las paredes escuchaban, los objetos registraban, y el silencio dictaba las reglas.
Regresó a su cubículo, designación Epsilon-8, justo cuando el noticiero vespertino declaraba el éxito de la última operación de seguridad. Ciento ochenta y siete detenciones preventivas. El presentador parloteaba, sonriente, igual que todos los días, en una mueca santificada por la costumbre.
El picaporte se iluminó con su pulgar. La puerta se deslizó. El interior era aséptico y silencioso. Dos plantas artificiales, una cama, una pantalla mural, un libro impreso (regalo de su madre: “Fábulas para el analista moderno”). Ni rastro de papel o lápiz, nada no trazable.
“¿Podemos agendar para mañana?” preguntó la aplicación del Comité de Bienestar Personal.
Janice ignoró el holograma. Se tumbó en la cama, miró la luz hueca del techo. Allí, le gustaba imaginar, no alcanzaban los ojos de la ciudad.
Pero sí. Recién cerraba los párpados cuando vibró la alarma de alerta secundaria. Intervención inmediata. Clave: Observador específico.
Una ráfaga de adrenalina: por debajo del estricto protocolo, Janice sintió un escalofrío que tenía sabor de tiempos antiguos, de rebelión, de clandestino entusiasmo.
La instrucción: rastreo de un “potencial subversivo interno”, identificado por comportamiento reticulado irregular durante el último ciclo mensual.
La imagen apareció: era Nikos.
La directiva era clara: seguimiento exhaustivo, envío de informe detallado sin intervención directa. La síntesis de datos mostraba tendencias anómalas: sus trayectos en la red, ligeros desvíos en la hora de comida, mensajes con palabras fuera de diccionario estándar.
Janice pensó en las charlas de rutina, las bromas discretas, esos alivios minúsculos que hacían llevadero el vértigo de mirar al mundo a través de los ojos de la máquina. Nikos no era un revolucionario. No era ni siquiera un inconforme. Pero el sistema no buscaba culpabilidad ni inocencia: solo ecuaciones.
A las 22:13, el algoritmo indicaba movimiento fuera del perímetro habitual. Nikos tomaba dirección noroeste, hacia la zona de archivos. Eran áreas restringidas después de las 21:00. El protocolo exigía activar la alarma.
—Central, aquí Swann –su voz le tembló levemente–. Potencial incidencia: Epsilon-8, desplazamiento inusual en subnivel 4.
—Recibido. ¿Ocular?
Janice dudó.
—Afirma.
Su pulgar temblaba cuando soltó el comunicador. De inmediato, el sistema abrió las puertas del corredor para su paso. Nunca había sentido tanto el peso de los sensores, la opresión precisa de cada cámara, como en ese descenso solitario. El silencio era absoluto; ni el zumbido de la corriente de aire turbaba el pasillo segmentado en cuadros de luz.
Al llegar al subnivel, vio a Nikos ante una terminal. Él giró la cabeza; somnoliento, asustado.
—¿Janice? ¿Qué haces aquí?
Janice vaciló, la garganta seca.
—Tengo que… Tenía que revisarlo.
Él sonrió con amargura.
—¿Eras tú? El observador.
—El sistema marcó desviaciones –murmuró ella–. Quieren que haga un informe.
Nikos asintió, sin nada de sorpresa.
—No puedes negarte —dijo, y su voz sonó tan vieja como los informes históricos—. El problema es que tampoco puedes dejar de verte, ni dejar de vernos. Cada uno de nosotros.
Un cosquilleo le trepó a Janice por la columna vertebral.
—¿Qué buscas aquí, Nikos?
Él la miró sin rencor.
—Respuestas que nunca van a existir en la superficie.
Pausa.
—Confío en que serás justa.
Sin decir más, se marchó. Janice quedó sola bajo el sutil ojo de las cámaras. Durante un segundo, el pánico latió en su sangre. ¿Qué era justo, en un mundo donde nada era secreto y todas las decisiones eran funcionales?
Redactó el informe con manos de autómata. Limitó los detalles, se ciñó al protocolo. Sustituyó el verbo “sospechoso” por “atípico”. No mintió, tampoco acusó. El sistema, por supuesto, tenía ya toda la información. Solo necesitaba el testigo humano, el aval.
A la mañana siguiente, el supervisor la llamó.
—Swann, ¿sabía usted que casi el 0,05% de nuestros funcionarios presentan tendencias divergentes? Nuestra tarea es prevenir, nunca juzgar.
—Lo entiendo —respondió ella, y en su pulso el temor fue reemplazado, súbitamente, por algo muy parecido al rencor.
—Recuerde el fundamento: la seguridad nace de la transparencia.
Salió del despacho. Tomó el ascensor a la azotea—lugar simbólicamente permitido, pues el aire ahí estaba tres veces filtrado y todo estaba bajo control visual. Detrás del parabrisas sintético, la ciudad vibraba, inconmensurable, bajo la fina niebla azulada de los drones.
Un mensaje apareció en su banda digital: “Todo está bajo control. Gracias por su dedicación, Janice Swann.”
Solo en la altura, vigilada por mil ojos, Janice permitió que su propio llanto fluyera. No había otro testigo. Nadie auditaba el temblor interior, la grieta humana que ningún sistema mediría jamás.
La ciudad proseguía, ordenada y estéril, como un monstruo dormido que soñaba con su propia perfección. Y, todavía húmedos los ojos, Janice volvió a su puesto.
Al fin y al cabo, nadie miraba como ella lo hacía.
O quizás, todos miraban.
Solo así pudo seguir soportando que la vigilancia también era, fatalmente, un modo de estar sola.
Copyrights © 2025 Viajerosdeltiempo.com. Todos los derechos reservados.