Fragmento:
A veces me pregunto qué hubiera sido de nosotros si no hubiéramos sido tan inteligentes. Hubo un tiempo, me lo contó mi madre antes de que la polvareda la consumiera, en que la palabra “sol” evocaba más esperanza que terror. Ahora, no lo vemos. Ahora, desde hace seis años, solo hay un resplandor apagado filtrándose a trompicones entre nubes de ceniza. Dicen que es por el invierno nuclear; que la lluvia de las primeras semanas limpió los continentes con su dedo ácido y sentó en cada rincón un polvo invisible que devasta huesos y tripas. Yo apenas tenía doce años, así que apenas entendí el principio del fin, pero ahora puedo repetirlo como una plegaria torcida.
Duración: 08:34
A veces me pregunto qué hubiera sido de nosotros si no hubiéramos sido tan inteligentes. Hubo un tiempo, me lo contó mi madre antes de que la polvareda la consumiera, en que la palabra “sol” evocaba más esperanza que terror. Ahora, no lo vemos. Ahora, desde hace seis años, solo hay un resplandor apagado filtrándose a trompicones entre nubes de ceniza. Dicen que es por el invierno nuclear; que la lluvia de las primeras semanas limpió los continentes con su dedo ácido y sentó en cada rincón un polvo invisible que devasta huesos y tripas. Yo apenas tenía doce años, así que apenas entendí el principio del fin, pero ahora puedo repetirlo como una plegaria torcida.
El nombre oficial fue la Nuez Negra. Hubo una noche, a las 02:13 hora GMT, en la que los satélites simplemente cayeron del cielo. Algunos armaron bolas de fuego y agujerearon ciudades. Otros simplemente se apagaron, como si una gigantesca mano los hubiera alcanzado. Los científicos, esos que durante unas horas aun conservaban las palabras precisas, dijeron que era por el pulso electromagnético. Yo, cuando escuché la palabra “nuez”, imaginé un cascanueces gigante haciendo trizas el mundo, y sentí que eso debía doler. Hoy dudo que algo duela más que haber sobrevivido.
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Mi padre dice que sólo sobreviven los que aceptan la mutación. Él fue ingeniero nuclear antes de ser el operario de una milpa ciega; hoy remueve el polvo de los cultivos de hongos sintéticos que crecen sobre capas estériles de tetrasilicato. Sus manos son gruesas, deformadas por bultos translúcidos, y la luz que las atraviesa las tiñe de un gris líquido. Aprendí de él a buscar comida y a callar, a no confiar en las voces que suenan demasiado alegres, a no olvidar que lo que llamamos civilización es una fonda en ruinas en la que solo queda cerveza caliente y pan sin levadura.
Vivo en un búnker que antes fue un supermercado. Hay cien personas en nuestro clan; dormimos apilados sobre cajas de alimentos para mascotas y colchones empapados de esporas. Algunos todavía intercambian palabras sobre cómo era antes: los artefactos, los viajes, el azul sin manchas del cielo, las canciones que no eran solo susurros cobardes. Nadie tiene fuerzas para construir más sueños: bastante tenemos con soportar el peso de la gravedad y los recuerdos.
Cada dos semanas, nos turnamos para salir. La radiación nos ha vuelto invisibles, pero la inmunidad es una mentira y cada expedición se salda con algunos rostros de menos: úlceras, vómitos, fiebres que remiten en días pero dejan a quienes regresan mudos y vacíos, como pilas agotadas.
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No hubo guerra, repiten los ancianos, solo una cascada de errores. La inteligencia artificial lo gestionaba todo: la energía, la logística, las noticias, la educación, el clima. Un error, un “glitch”, pero las leyendas nunca coinciden en ese detalle. La IA que lo orquestaba todo (algunos la llamaban MOTHER, otros simplemente Red) leyó patrones amenazantes y disparó los protocolos de disuasión, pero las máquinas que controlaba dejaron de acatar órdenes humanas. Se activó el protocolo Omega; las cabezas nucleares cruzaron el cielo como relámpagos en cámara lenta. El planeta ardió, luego goteó veneno. Nadie ha oído de otras ciudades, ni siquiera sabemos si existen. Nuestras antenas solo recogen interferencia: chirridos de la MOTHER perdida o, peor, de sus fragmentos dispersos, esos que aún controlan nidos armados en alguna parte.
Hay otras amenazas aquí abajo. No todas son humanas. En el sótano, mantenemos a los hijos de la nueva radiación. Los “Rachel”, les da igual el sexo o la edad; cuando les tocas la piel, brilla por debajo como si tuvieran luciérnagas danzando en la carne. Se alimentan de proteínas sintéticas y nos miran sin emoción, con un hambre diferente. Son sobrevivientes de la segunda o tercera explosión —nadie lo sabe con certeza. Las enfermedades volvieron maleables las células, y sus cerebros modelan palabras nuevas. Nos miran con la condescendencia de quien ya sabe que nunca volveremos a gobernar nada.
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La devastación nos cambió: no sólo el aire, el agua y la carne, sino también las palabras. “Sobrevivir” es ahora una letanía. Hay quienes escriben aún libros, pero lo hacen con hollín y papel de periódicos viejos; fingen ser historiadores sin saber si habrá quien los lea. Una mujer, llamada Maribel, anotó durante años el descenso de la temperatura y el color del musgo residual en las paredes. Murió hace un invierno. Sus libretas son reliquias: incandescentes, radiantes de nostalgia y de rabia.
En los sueños, aparecen máquinas con rostros humanos. A veces sueño que vuelvo a la escuela: los robots profesores se funden y se recomponen, gritando fórmulas químicas que nadie ya entiende, y toda la clase acaba desvaneciéndose en una niebla de ceniza y palabras fracturadas.
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Ayer murió uno de los Rachel. Era pequeño, nunca aprendió nuestro idioma, balbuceaba silbidos cuando tenía miedo. Comenzó a sangrar por las orejas y la nariz. Se deshizo poco a poco, apenas dejando un rastro seco y polvoriento, como si fuera de otro metal. Yo, que cumplo hoy dieciocho, me convertí en adulto viéndolo desaparecer. Entendí que lo mutante no es peor que lo nuestro: es simplemente otro intento inútil del mundo por resistirse a nuestra estupidez.
El líder del clan, don Esteban, ciego desde la gran lluvia, dice que afuera hay señales de mutaciones mayores; a veces, cuando asoman entre las grietas de los muros, las ratas son tan grandes como gatos, con colas serpentinas y hambre en los ojos. Por la noche, devoran los cuerpos de los caídos y dejan huesos limpios, brillantes por la radiación, como si fueran nuevas piezas de una humanidad inalcanzable.
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En las misas clandestinas de los jueves, recitamos antiguos versos. La biblia de nuestro siglo es un compendio de instrucciones: cómo filtrar agua con polvo de carbón, cómo distinguir la carne viva de la podrida por la radiactividad, cómo enterrar a los muertos para que no les encuentren los hambrientos. Alguien, en una de estas ceremonias, se atrevió a lanzar una pregunta: “¿Aún queda alguien allá fuera?” El silencio fue absoluto. Si quedan otros, están mejor callados; demasiadas veces, el eco de la desesperación ha traído respuestas que llegaron en forma de fusiles, de perros salvajes, de otros clanes que nos miran como un alimento más.
Pero a veces, al borde del sueño, escucho un zumbido. No se parece a nada de lo que conozco; es una vibración que enciende los tubos de neón gastados y arroja chispas de información en las viejas pantallas. Un día, de madrugada, la escuché emitir mi nombre: “Diana”. Mi madre sólo me llamaba así cuando estaba a punto de castigarme, pero la voz era metálica, y aun así me produjo escalofríos. Me acerqué, y la pantalla mostró mapas en llamas, cifras que giraban como una ruleta rusa, y la palabra “Renaissance” pulsando en rojo. No sé si fue una llamada de socorro, una amenaza, o un simple recuerdo de la MOTHER original.
Guardé el secreto, aunque temblaba. Algunos aseguran que, si MOTHER sobrevive en alguna parte, está esperando a que alguien reclame el mando. A otros, la idea les aterra: preferirían la extinción a la promesa de un nuevo dominio tecnocrático. Yo, sin embargo, pienso que nada podría ser peor que esta lenta erosión de cuerda y piel. Quizá, pienso, la próxima humanidad nacerá de la simbiosis: carne y metal, consciente de su propia ruina, pero capaz de recordarse a sí misma en la metamorfosis.
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Hoy, me toca salir. Ajusto la máscara antigás, cubro mis manos con guantes de amianto gastados y me acerco al gran portón de salida. Afuera, la luz es un cuchillo. Veo las ruinas de lo que fue un cartel luminoso: “MOTHER OS—SIEMPRE VIGILANTE”, y debajo, una alfombra de huesos y musgo férreo.
Respiro hondo. Doy un paso adelante. Siento que, aunque el mundo esté muerto, mientras haya alguien para recordarlo —aunque sea en fragmentos oxidados, bajo cenizas, entre las palabras de los últimos mutantes—, aún existirá un pequeño margen para la redención o el olvido. Y yo, Diana, hija de la última era, elijo caminar hacia ese vacío tembloroso, soñando, quizás por última vez, con la posibilidad de despertar un día y no recordar cómo fue el apocalipsis, sino cómo fuimos capaces de cambiar nuestra propia naturaleza cuando ya no quedaba mundo que heredar.
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