Portada del relato Las Sombras de Pern
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Fragmento:


Al fondo hallaron el Legado: una caverna circular, repleta de cámaras criogénicas. Había, según Rena, “más tumbas que la Plaza Central de Benden”.

Duración: 08:53

Las Sombras de Pern
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Texto de ajuste de pausa.

En la cima de la noche, los ojos de Marah no lograban acostumbrarse a la negrura sepulcral. Ningún fuego iluminaba el horizonte. No quedaban rastros del brillo eléctrico, ni el titubeo dorado de las pantallas en las viejas granjas. El fin había llegado sin rugidos, solo con la vibración sorda que hería al mundo y al alma por igual. Así había empezado la Noche del Humo Sangriento, como la llamaban ahora los supervivientes, cuando una sucesión de relámpagos muertos cortó el velo del cielo y barrió las orgullosas ciudades de Pern más allá de la existencia.

Al principio, Marah solo sintió el estruendo: el retumbar de la tierra, el calor cruel, las llamaradas azules que devoraron los cielos y cambiaron el color de las montañas antiguas. Los sabios lo habían predicho en voz baja: “así caen las civilizaciones que han olvidado escuchar a los dragones”. Ironías crueles, en una época en la que los dragones, de carne y fuego, se habían vuelto leyenda enterrada tras los aceros y las torres computarizadas.

Los viejos lo recordaban distinto. “Pern fue forjado para sobrevivir a las lluvias mortales”, decían, “nuestros antepasados montaron dragones y tejieron telarañas de tiempo y fuego para enfrentar amenazas caídas desde los cielos: los Hilos”. Ahora, los descendientes de los primeros colonos solo sabían encender luces que ya no respondían o llorar ante las ruinas de sus hogares.

Marah era una de las pocas que recordaban los cuentos antiguos, más por la terquedad de su abuela que por verdadera convicción. La mujer, antes de morir en el primer invierno oscuro, le dejó instrucciones escritas: “Busca la Piedra Sola, y debajo, pide el Legado. Si los dragones no viven, puede que sueñen aún”. Entonces, sí, cuando la última pantalla palideció y los circuitos se fundieron en crepitaciones agónicas, Marah supo adónde ir.

El viaje la llevó lejos de lo que una vez fuera Fort Hold, a través de campos de trigo reducidos a polvo radiactivo, saltando entre los resquicios de una civilización hecha trizas. Por el camino recogió a otros: Iven, que no había conocido otra cosa que luces rotas y sueños zumbantes; Rena, acostumbrada al silbido del viento entre torres caídas; y Orlin, que aún conservaba el abrigo raído de piloto de lanzadera, reliquia inútil de una era que existía solo en la nostalgia dolorosa de los pocos que sobrevivieron la Caída.

No todos confiaban en los cuentos de dragones. El escepticismo se volvió religión entre los refugiados, alimentado por años de promesas incumplidas y la angustia colectiva de la extinción a cámara lenta. Sin embargo, la esperanza—o la desesperación—puede obrarse de guía feroz, y fue esa mezcla quien llevó a la pequeña banda hasta la base de los Altos, donde la Piedra Sola dormía bajo una luna tan débil que apenas era una sombra de plata recortando la negrura.

La Piedra era más alta de lo que Marah esperaba, y mucho más vieja. Sus grabados apenas se distinguían bajo los siglos de erosión y polvo, pero la inscripción seguía allí, en lengua antigua: “En la espera, duerme el último suspiro del fuego”.

Marah se hincó de rodillas, los otros guardaron silencio tembloroso a su alrededor. Hundió las manos bajo la base de la piedra, rozando un mecanismo rudimentario, un sello de tecnología olvidada. Trató de recordar las enseñanzas de su abuela, las viejas palabras.

“Vigía de la Llama. Abre el pasado. Herederos esperan”.

Un chasquido ahogado respondió a la consigna y una sección de la roca se deslizó, revelando una abertura lo bastante grande para que uno tras otro, entraran. El descenso fue a oscuras; ni una chispa de energía respondía a sus antorchas, y tuvieron que contentarse con el débil fulgor de antiguo polvo estelar, titilando entre cristales de urdimbre computacional.

Al fondo hallaron el Legado: una caverna circular, repleta de cámaras criogénicas. Había, según Rena, “más tumbas que la Plaza Central de Benden”.

Pero no eran personas quienes dormían en el hielo: eran dragones. No los reptiles titánicos de las leyendas exageradas, sino formas esbeltas, delicadas, cabalgando entre lo posible y lo mítico. El frío no los había destruido, solo detenido. Cerca de cada cápsula, una terminal privada se apagaba con los últimos zumbidos de energía.

Orlin, que había pilotado lanzaderas antes de la noche atómica, se adelantó y revisó las conexiones, el sudor brillando helado en su frente.

—¿Puedes hacerlo? —susurró Marah.

Orlin vaciló, tocó paneles oxidados, manipuló cables antiguos, hasta que su voz, llena de dudas y esperanza, retumbó en el espacio cerrado.

—Creo que sí, al menos a uno. Con asistencia... y la esperanza de que alguno aún viva.

Eligieron un dragón: la cápsula más luminosa, el ocupante bañado en reflejos azulados. Marah sintió el espíritu de su abuela a su lado, mirándola como cuando era niña y lloraba por las tormentas fuera de la ventana.

Orlin pulsó los controles. Los sistemas crujieron y el proceso comenzó: descongelamiento lento, líneas de información parpadeando apenas antes de apagarse.

—Está vivo —dijo Rena, apenas un susurro, los ojos anegados de emoción y terror.

Horas después, cuando los reguladores expulsaron el último vaho congelado, el dragón abrió los ojos. No era bestia salvaje, sino conciencia despierta, tan antigua como el planeta y tan cansada como sus últimos guardianes.

No habló: la voz de los dragones era enviada directamente a la mente.

**¿Quiénes?**

“Herederos”, pensó Marah, sin voz ni palabras. “Del final. Buscando ayuda”.

El dragón alzó la cabeza, cuerpo aún lacio, pero los ojos centelleando con inteligencia feroz.

**El mundo ha caído muchas veces. Las ciudades mueren, los fuegos se apagan. Pero los dragones... aún sueñan con proteger. ¿Queda algo que salvar?**

Orlin, incapaz de resistir, se arrodilló:

—Las máquinas han muerto. El cielo arde. Sólo queda esperanza, y ruinas.

Un diálogo silencioso se desplegó: imágenes de ciudades destruidas, de niños ocultos en túneles, de los campos envenenados y las torres que se desmoronaban en polvo y eco. El dragón asimiló todo con una tristeza fría, antigua e infinita.

**No puedo revivir a mis hermanos; el mundo herido no lo resistiría. Pero puedo volar una vez más. Conmigo, podrán intentar sobrevivir. La historia será otra.**

La elección no era gloriosa, sino amarga como hierro carbonizado: un dragón, una esperanza de desplazamiento a lugares no contaminados, de buscar refugios entre ruinas de la vieja tecnología, de inspirar nuevamente a los que nada tenían sino pesimismo y hambre.

Marah supo, al ver la silueta del dragón recortada contra la entrada ocre de la caverna, que ya no sería un mito, sino parte de un nuevo relato. El dragón, llamado Meneth, aceptó unirse a ellos y les enseñó los viejos secretos de fuego controlado, de refugios, de búsqueda de agua pura.

Se hicieron leyenda, pero no una leyenda de gloria ni renacimiento instantáneo. El mundo seguía agonizando; la radiación no se disipaba porque un dragón cruzara el cielo, ni las máquinas rotas volvían a funcionar. La humanidad renació, sí, pero a través de la disciplina, del temor, del lento, arduo trabajo de restaurar solo un pequeño jardín de vida entre ciudades de ceniza plomiza.

Las estaciones rotaron, los supervivientes se multiplicaron; Meneth era el faro y la espada. Contra caravanas hostiles protegía a los suyos, y ante médicos sin remedios enseñaba a purificar aguas y tierra.

No hubo final feliz, solo la transformación.

Fort Hold se reconstruyó como un refugio de disciplina y memoria. Marah se convirtió en narradora y mediadora; los niños que nacieron conocieron, además del miedo y la escasez, las historias del dragón azul. Una y otra vez, aún en el agotamiento de los días sin promesa, Meneth les repetía en la voz profunda que sólo la mente podía oír:

**La vida es ceniza y renacimiento, como los grandes fuegos. Solo quienes aceptan la pérdida pueden forjar leyendas nuevas.**

Con el tiempo, más dragones se desenterraron de la caverna, pero nunca en grandes números: el mundo no podía aceptar más que unos pocos. Allí, desde las Altas Torres devastadas, hombres y dragones velaban por los últimos fuegos de esperanza en un mundo herido y, sobre todo, cambiaban la definición de “apocalipsis”: no como el fin, sino como oportunidad dura y despiadada de cambio.

Y cada noche, cuando los vientos helados aullaban fuera del refugio, y la radiación restaba lentamente, Marah escuchaba aún a su abuela: “Mientras duren los cuentos y los dragones alumbren el cielo, Pern seguirá siendo hogar, aunque el mundo se reinvente mil veces en piedra y humo”.

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