Portada del relato Hijos del Genoma Olvidado
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Fragmento:


La última actualización empeoraba las cosas. El rumor sobre Chloris era cierto: alguien había vuelto a jugar con el metabolismo planetario, tal vez buscando crear alimento en los distritos aislados, tal vez sembrando caos evolutivo por encargo de las megacorporaciones que jugaban a la ruleta genética. Chloris era nombre de diosa antigua: ahora, semilla peligrosa en un ecosistema que odiaba a quien lo pisaba.

Duración: 08:48

Hijos del Genoma Olvidado
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Texto de ajuste de pausa.

La bruma, densa como leche vieja, se enroscaba en espirales de fosforescencia sobre los distritos bajos de Integra. Allá, bajo los domos cuarteados del Sector Quirón, la noche nunca era negra; se iluminaba en verde, azul y violeta gracias a las placas de musgo bioluminiscente que pegoteaban las paredes de resina y acero. Alina Hundt llevaba una máscara de filtración tapando hasta las ojeras—más por costumbre que por necesidad. Después de veinte años, la niebla genética ni la mareaba ni le provocaba úlceras. Decían que sólo los nacidos antes del Desgaste podían sentirse inseguros; los nacidos después, como Alina, se adaptaban.

Caminaba deprisa, atenta a los haces de luz que rasguñaban los muros. Patrullas de BloomNet—mejor ni mirarlas. El suelo exudaba rastros de criaturas microscópicas que podían entrar por un arañazo y reescribir tu biología en minutos. Bajo sus botas onduladas, la hidrilla caeca crecía en manchas purpúreas, latiendo a cada pisada. Alina apartó la mirada: cría reciente, peligrosa si te salivaba la piel.

Sus pasos la llevaron a la cúpula número Trece, la última medianamente segura para recolectores solitarios. Un puñado de seres humanos refugiados conversaban en voz baja en las esquinas. Algunos llevaban implantes de vino—ramas verdes sobresaliendo de las mejillas, susurrando el aire en busca de polen viable—otros mostraban piel bruñida, sin poros ni pelusa: los “sellados”, inmunizados por ingeniería antes de que todo el engranaje genético de Integra empezara a crujir.

Alina conocía a todos, pero nadie la saludó; en Quirón, los favores se pagaban con pedazos de ADN, y ella nunca traía suficiente para dar. Su meta era la compuerta de intercambio, una rendija de acero donde se escupían muestras a cambio de códigos de paso para zonas más limpias. Esperaba encontrar allí a Pavel, su antiguo mentor, aunque las probabilidades eran tan bajas como conseguir agua pura sin filtro.

Se detuvo ante la compuerta, palpó la esfera de identificación y depositó una gota de saliva sobre su superficie translúcida. El lector la escaneó, luego la voz—artificial, quebrada por parches biovocales—murmuró: “Hundt, registrada. Dos códigos disponibles. ¿Intercambio?”

“Información primero,” susurró Alina, ajustándose el guante. “Cuéntame sobre Proyecto Chloris. Y luego, sobre las oscilaciones en la Zona Beta.”

Pausa. Zumbidos. “Chloris: reactivo, liberado hace cuatro turnos. Mutación principal: vegetación sin fotosíntesis, vascular, rica en compuestos volátiles… Resistencia desconocida. Zona Beta: radiación descendente. Contagio cruzado probable. Nueva señal de tráfico. No recomendada para humanos no-adaptados.”

La última actualización empeoraba las cosas. El rumor sobre Chloris era cierto: alguien había vuelto a jugar con el metabolismo planetario, tal vez buscando crear alimento en los distritos aislados, tal vez sembrando caos evolutivo por encargo de las megacorporaciones que jugaban a la ruleta genética. Chloris era nombre de diosa antigua: ahora, semilla peligrosa en un ecosistema que odiaba a quien lo pisaba.

“¿Pavel?”. Se atrevió, pese a las reglas del intercambio anónimo.

Silencio. Después, otra voz, culta, más humana: “Alina. Demasiado tarde para estar por aquí. ¿Vienes a buscar genes o a vender los tuyos?”

Agarró el rúgido enlace con los dientes. “Busco información y un pase. Y respuestas—si tienes. Todo ha cambiado desde tu último mensaje.”

“Envíame tu cepa de las últimas 24 horas. No más trampas. Tiempos peligrosos.”

Alina rebuscó en una cápsula trenzada en su collar. Disolvió el sello y vertió el contenido, un zumo levemente azulado, en el colector. En Integra nadie compartía ADN solo porque sí. Ese intercambio era señal de confianza o de desesperación. “Tómala. Ahora dime: ¿qué pretende BloomNet?”

La plataforma crujió; la infraestructura era vieja, hecha antes de que los materiales biocompatibles aprendieran a autocurarse. Alina sospechaba que los sensores internos ya estaban ocupados hackeando su perfil genético para ver si merecía una respuesta honesta.

Pavel suspiró. “BloomNet produce nuevas cepas de híbridos cada semana. Pájaros polinizadores con órganos intercambiables, perros de rastreo con narices algorítmicas, ratones con nanocristales en la médula. Su meta… Específicamente, reprogramar la Red Esmeralda desde dentro. No conquistarla. Reescribirla biológicamente.”

La Red Esmeralda era el entramado de vida diseñada que cubría casi la mitad de Integra—un tapiz de organismos, cultivos, hongos, plantas y bacterias enlazadas por cables y raíces, capaz de absorber información y transmitir señales químicas como si fuera una ciudad pensante. Si BloomNet la podía hackear, el control de Integra estaría en su puño.

“¿Puedes detenerlos?”, preguntó Alina, más por no oír su propia desesperación que por confianza.

“No solo. Pero tengo una cepa de Chloris que podría crear contrapropagación. Si la liberamos en la matriz central, habrá caos, pero la Red resistirá.”

El trato era simple en teoría. Realidad: atravesar media ciudad sumergida entre domos, cruzando las zonas infectadas y enfrentando a las bestias de BloomNet, mutantes indistinguibles de cualquier plaga de laboratorio. Pero Alina solo conocía otra opción: callar y ver la ciudad mutar hasta perder lo último de lo humano.

Pavel la encontró a la salida, casi irreconocible. Llevaba insertos de epitelio estudiado, cicatrices de antiguas batallas biológicas, ojos multifocales girando sobre tres ejes, y una mano—la izquierda—convertida en brote de vid plateada. Le entregó una cápsula. “Inyéctala junto al núcleo. Tienes seis horas antes de que la población local la detecte y la consuma como nutriente. Te dejaré el acceso a mi red respiratoria, podrás moverte sin que te ataquen los sensores vivos.”

El trayecto hacia el núcleo fue una odisea de esquivar. Animales biolumínicos, raíces buscadoras, esporas hambrientas—todo el sector Beta había mutado, según el eco de Chloris. Alina activó su microesqueleto, una telaraña incrustada de silicona y tejido flexible que le ayudaba a saltar entre pantallas de lianas y charcos proliferantes. El peligro mayor no eran los depredadores, sino los recolectores caídos, fritos por una mutación repentina a medio paso de la salvación.

En el anillo central de la matriz Esmeralda, se detuvo frente a un lago de proteoplasma—a simple vista, lago, pero bajo la capa, decenas de nodos de comunicación raíces absorbían datos y alimentaban a toda la red de vida circundante. Vio a dos criaturas con forma humana, cubiertas de injertos botánicos y filamentos eléctricos. Eran centinelas de BloomNet: la pura síntesis del biopunk.

Alina desenfundó su sináptico, una pistola de impulsos direccionales. No buscaba matar, sino desactivar momentáneamente los enlaces entre los injertos y sus portadores. Un disparo, dos. Los centinelas se derrumbaron en silencio, retorciéndose mientras los datos de dolor fluían desde sus plantas hasta sus cerebros humanos.

Rápida, inyectó la cápsula de Chloris en el núcleo central. El líquido azul se deslizó en fractales instantáneos, contaminando el sistema. Por primera vez en semanas, la Red vibró con una señal diferente: se defendía a sí misma. La propagación era brutal. Nudos de raíces entraban en conflicto. Espinas brotaban de las paredes, derribando drones insectoides. Poco a poco, la vibración se extendía a los distritos circundantes.

A su espalda, pasos pesados. Era Pavel, jadeando. Hizo un gesto para ayudarla a salir por una compuerta secundaria mientras la Red entraba en colapso—al menos, para los ojos de los invasores.

En un oscuro callejón de la zona limpia, lejos por ahora de la guerra bioinformática que se desataba tras ellos, Alina se dejó caer al suelo, exhausta. Pavel se levantó la manga y dejó ver su brazo cubierto de brotes. “Chloris ya crece en mí. No sobreviviré muchas horas. Pero he traído semillas de código. Planta algunas, en los distritos altos. Así, Integra recordará quién la defendió.”

Ella tomó las cápsulas, sintiendo cómo su propio código genético vibraba tras el contacto con la Red. Tal vez, sería la próxima arquitecta de la defensa. O la primera en caer ante una mutación ciega y hambrienta. Pero la Red había sido salvada, aunque sólo por un ciclo más.

A lo lejos, la bruma volvía a espesar el mundo en una mezcla de vida, memoria y muerte. Era el legado del biopunk: una ciudad que se reinventaba a cada paso, donde la humanidad era el experimento, y la única resistencia era cambiar antes de desaparecer.

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