Fragmento:
La lluvia no cesaba desde hacía tres meses. No era una lluvia común, sino una amalgama viscosa de agua y cenizas, de residuos infinitesimales que alguna vez habían sido materia viva, ahora solo polvo y dolor en suspensión. Fátima contemplaba a través de lo que quedaba de la ventana de la cocina, encallada entre dos tablones astillados. Afuera, el mundo que conocía se disolvía con cada gota.
Duración: 08:28
La lluvia no cesaba desde hacía tres meses. No era una lluvia común, sino una amalgama viscosa de agua y cenizas, de residuos infinitesimales que alguna vez habían sido materia viva, ahora solo polvo y dolor en suspensión. Fátima contemplaba a través de lo que quedaba de la ventana de la cocina, encallada entre dos tablones astillados. Afuera, el mundo que conocía se disolvía con cada gota.
Nadie previó el colapso exacto. Hubo advertencias, claro, voces destiladas de laboratorios y satélites, análisis encriptados y cómodamente ignorados por la mayoría. Pero incluso las mentes más pesimistas no imaginaron el eco devastador del *aerólito cero*, la piedra que no solo destruyó una ciudad sino que llevó, en su núcleo, la semilla del Eros, el hongo inteligente.
Los primeros días tras el impacto fueron de incertidumbre y rabia: incendios se encendieron en la atmósfera, el gobierno militarizó las urbes, y las familias se encerraron esperando instrucciones que jamás llegaron. Después, vino la ceniza, una nevada densa y terrosa que apagó la electricidad, asfixió los cultivos, enfermó al ganado y a los niños. La humanidad dejó de soñar y se dedicó a resistir.
Fátima recordaba los gritos, el sonido gutural del polvo al ser barrido en las calles, las patrullas llamando a evacuar mientras la radio parloteaba versiones conflictivas de la verdad. Ahora, ella vivía en una de las cientos de granjas reconvertidas en bastiones de supervivencia, compartiendo espacio con siete desconocidos que, tras cien días de catástrofe, eran lo más parecido a una familia.
El invierno parecía eterno. Las reservas de comida, cuidadosamente racionadas, menguaban. Néstor, el ingeniero de huesos largos y rostro encogido, calculó que, al ritmo actual, resistirían tres semanas más. Nadie preguntó qué pasaría luego, pero la pregunta anidaba en todos los silencios.
—¿Sigues mirando afuera? —Susurró Lara, sentándose junto a Fátima. En sus manos tenía el silenciador artesanal para la escopeta, un pedazo de metal pulido que aún olía a grasa y desesperación.
—Busco señales —dijo Fátima, sin apartar la vista. Unas cifras se agitaban bajo la lluvia: uno, dos, ¿tres cuerpos? No, árboles caídos.
Lara suspiró. —Néstor me pidió que te lo recordara. Mañana salimos otra vez. El río parece menos turbio. Quizá encontremos peces… o algo más.
—Quizá.
Salir. La idea era un veneno dulce y amargo. Fátima odiaba el aire ceniciento, la sensación de escombros pegados a la piel, el olor persistente a materia descompuesta, pero peor era el hambre afilada de los demás. Había visto cómo el instinto de supervivencia los transformaba; solo una chispa bastaba para convertirlos en bestias.
Retiro la vista del gris infinito y miró a Lara, buscando en sus ojos rastros de miedo o resignación. Encontró, para su sorpresa, una determinación letal. Lara le sonrió, apenas, y apretó su hombro.
—Descansa. Nos necesitamos listas.
La noche cayó como un peso frío. Nadie durmió realmente. Los pocos que intentaban cerrar los ojos lo hacían abrazados, temblando, o murmurando oraciones gastadas, trozos de memoria traída de una era previa. Fátima pensó en Bilal, su hijo muerto, y luego se obligó a olvidar.
El amanecer no trajo luz sino una neblina aún más densa, de color cobrizo, que hacía arder los pulmones y el alma. Néstor revisó los filtros caseros, ató las máscaras y les hizo un gesto. Era la hora.
Ellas salieron primero. La puerta emitió un quejido que arrancó ecos del interior; luego cada paso fue un recordatorio de todo el dolor almacenado en la tierra. Avanzaron en silencio, vislumbrando a través del vapor un mundo amputado de belleza, donde los árboles parecían espectros y las piedras ocultaban amenazas invisibles.
El río estaba donde lo habían dejado, engrosado por aguas lluviosas y ceniza compacta. Lara miró a Fátima.
—Aquí.
Fátima arrojó la red improvisada al agua. El movimiento activó un remolino oscuro; la superficie se quebró y por un instante ambas retrocedieron, listas para batirse en retirada. Pero solo era una rama. Apenas. Lara sonrió con sarcasmo.
—Imagina si fuera un monstruo mutado. Un poco de acción, al menos.
No era tan improbable. Días atrás Néstor halló un venado con tumores traslúcidos como burbujas, descomponiéndose prematuramente. Nadie se atrevió a comerlo, pese a su olor tentador.
Tres horas después, solo lograron media docena de peces escuálidos y una especie pequeña de crustáceo grisácea que se movía aun tras partidos en dos. Lara miró su botín con desesperanza.
—Es esto o nada.
Fátima no contestó. En su mente se abría una sospecha, una de esas intuiciones absurdas que a veces salvaban vidas. Miró la orilla, el lodo espeso, las señales de rastros recientes.
—Alguien ha estado aquí —musitó, y Lara la miró alarmada.
Ambas regresaron con sigilo. Al llegar a la granja, notaron la puerta entreabierta. Dentro, el silencio era mortal. Néstor yacía de espaldas, el pecho manchado de sangre. Los otros dos, Marlow y Rami, se ocultaban en el rincón, los ojos desorbitados.
—Vinieron —dijo Marlow, la voz quebrada—. Tenían armas… Buscaron comida… Dijeron que regresarían por nosotras.
El pánico es un animal que habita bajo la piel, esperando su turno. Apretaron manos, distribuyeron el escaso armamento. Se turnaron para vigilar, la comida olvidada, el hambre sepultada bajo el terror.
Esa noche no hubo sueño. Solo una vigilia tensa, mientras la lluvia seguía mordiendo el techo. Al filo del alba, la amenaza tomó forma: cuatro figuras emergieron entre la ceniza, rostros cubiertos y fusiles relucientes. Eran humanos, pero sólo de forma y heridas; por dentro, la caída los había vaciado de toda piedad.
Lara disparó primero. Dos cuerpos cayeron; luego el estruendo, el caos, los gritos… Fátima apenas recordaba las acciones, sólo el sabor de la sangre en la boca y la punzada punzante de una herida en el hombro. Cuando acabó, la granja era aún más silenciosa.
Sobrevivieron tres. Lara, Fátima y Rami. Alguien debía cuidar de los muertos, así que los envolvieron en mantas y recitaron nombres olvidados. Dulces nombres de antepasados y ciudades irrecuperables.
La semana siguiente fue de reconstrucción y duelo. Sellaron puertas, fortalecieron ventanas, buscaron en los cuerpos ajenos semillas, medicinas, cualquier promesa de futuro. Algunos frutos secos, varias latas, un paquete de antibióticos estropeados. Allí, en medio de un panorama desolador, el monstruo de la esperanza asomó su garra.
Un día, Lara, hecha sombra, extrajo del bolsillo de uno de los asaltantes una hoja arrugada. Un mapa. En él, alguien había trazado una ruta hacia el norte, con puntos de encuentro, nombres, y una palabra escrita con urgencia: “COLONIA SEGURA”.
—¿Y si fuera cierto? —preguntó Rami, con los ojos húmedos—. ¿Y si allá… hay más como nosotros?
Fátima sintió en su pecho el latido primitivo de la posibilidad. El miedo, entonces, no era ya la muerte sino el continuismo inhóspito. La verdadera catástrofe sería resignarse a sobrevivir sin nunca buscar vivir.
Decidieron prepararse. Dedicaron los días a entrenar, a reforzar mochilas, a despedirse del suelo que los sostuvo entre pestes y amenazas. Volverían a cruzar el río, a bordear lo que quedaba de las autopistas, a desafiar a otros grupos, a la lluvia, a las bestias de carne y de alma rotas. Buscarían, en medio del infierno, una chispa de redención.
La última noche en la granja, Fátima subió al tejado. Miró hacia la línea turbia del horizonte, buscando, bajo el dosel del desastre, una señal. No la halló. Pero tampoco sintió miedo. La humanidad, pensó, había pasado por catástrofes mil veces peores. Siempre quedaba un puñado, un grupo tan terco y testarudo, que optaba, una y otra vez, por desafiar al olvido.
La mañana los sorprendió recogiendo migas y esperanzas. Fátima, Lara y Rami emprendieron el camino, mientras una última lluvia de ceniza cubría las huellas de todo lo que habían dejado atrás. Quizá, pensó Fátima, no eran los últimos. Tal vez, ahí afuera, otros aprendían a sobrevivir y, en silencio, a soñar con algo más.
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