Portada del relato Fragmentos de la Ausencia
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Aquel tipo repitió, más fuerte:

Duración: 09:37

Fragmentos de la Ausencia
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

La plataforma crujió bajo sus pies, un sonido hueco que se perdía entre los edificios desmoronados. Helena se apartó la mascarilla un instante, solo para sentir el amargor del aire, si es que todavía había diferencia entre respirar con o sin ella. La ciudad, antaño una cuadrícula de neón vibrante y anuncios parlantes, era ahora sombra y ruina, una herida abierta bajo la luz mortecina del mediodía. No recordaba cuándo exactamente había comenzado la caída, solo que había pasado una semana desde que dejaron de llegar los boletines de la Autoridad y la señal de InfoRed se tornó en estática.

A su lado, Kaspar escrutaba el horizonte con un catalejo improvisado. Tenía el pelo encanecido por la ceniza y las arrugas de quien nunca supo dormir tranquilo. Desde el temblor, el caos se había instalado en todas partes. Cuando la torre de energía colapsó y la red se apagó, las primeras horas parecieron un error. Pero las sirenas nunca rugieron, las patrullas jamás volvieron y las puertas eléctricas se detuvieron en medio de su ciclo, como si el mundo mismo se negara a seguir las órdenes.

—Mira, Helena —susurró Kaspar, tendiéndole el catalejo—. La columna de humo. No está lejos. Alguien encendió fuego.

Ella observó. Había aprendido a buscar los detalles: el color del humo, la dirección del viento, el ritmo de los autos abandonados en la avenida principal. Una humanidad dispersa intentaba organizarse a su manera, cada grupo acarreando su propia versión de la verdad y el miedo.

—Tendremos que acercarnos esta noche —decidió ella—. Si arden cosas, queda víveres.

Sabían que el peligro estaba en todas partes. Demasiada gente había crecido sabiendo solo lo que la Autoridad les permitía saber; ahora, ansiaban controlar, reconstruir, acaparar. Durante años, la televisión embalsamó sus cerebros con canciones de autodisciplina y promesas de que el orden era un privilegio. Helena, sin embargo, había sido criada por un padre que pirateaba las ondas para captar emisoras exiliadas. Para ella, la propaganda no era verdad sino herramienta, cuchillo de doble filo.

Kaspar murmuró:

—Casi extraño los viejos anuncios. “Todo está bien. Mantén la calma y sigue produciendo.”

Una vez, tales frases habrían provocado su burla. Ahora eran moneda común entre los supervivientes; se intercambiaban como polvo de oro en las esquinas, recitándose para infundir una ilusión de control. De alguna forma, aquellas consignas impregnaban incluso los silencios, como si el eco de los días felices sirviera de redención.

La noche cayó y caminaron entre rellanos derruidos, esquivando cristales y alambres retorcidos. Cuando alcanzaron el bloque del humo, lo hicieron en silencio, con las armas —una tubería soldada y una pistola que Helena ya no recordaba si estaba cargada— listas. Se acercaron a un círculo de latas apiñadas alrededor de una hoguera, donde una docena de figuras discutía en susurros.

El líder, o quien parecía erigir la voz con más frecuencia, vestía los restos de un uniforme de repartidor. Su rostro era una máscara de hollín y su voz destilaba autoridad aprendida de memoria.

—Lo que tenemos que hacer —decía—, es organizarnos. En filas. Con reglas. Como antes.

Un murmullo respondió, la duda cerniéndose como lluvia en tejado roto.

—¿Y si no queremos filas? —alzó la voz una mujer, su pelo recogido en puntas por el viento—. Mirad dónde nos han dejado las reglas.

Aquel tipo repitió, más fuerte:

—El caos no trae comida. El caos no protege. Si ellos caen, caemos nosotros.

La discusión se enredaba como zarzas, descartando la posibilidad de consenso. Helena reconoció la desesperación de sus voces. Los supervivientes se debatían sobre si seguir los viejos modelos —mermados restos de la Autoridad— o probar lo impensable: la anarquía, el abandono de toda doctrina.

Kaspar apoyó la espalda contra una pared y clavó la mirada en la hoguera. Susurró a Helena:

—Nadie sabe qué hacer sin que alguien les diga cómo pensar. Aprendimos a confiar en la voz de arriba.

Y sin embargo, en los márgenes, Nava, una joven de piel pálida y metralla en los ojos, repartía pan sin preguntar nada. Era su tercer día corporizando lo que de verdad sostenía a la asamblea: acciones desviadas, espontáneas, nacidas de la pura necesidad. Mientras otros discutían sobre la administración de los restos, Nava entendía que las palabras podían dividir pero el hambre unía.

Tras hora y media de deliberaciones estériles, Helena se arriesgó a hablar:

—No necesitamos un nuevo orden. Solo compartir, al menos hasta que vuelva la Red, si es que alguna vez vuelve.

El tipo del uniforme la miró, gato acorralado.

—¿Y si la Red no regresa? ¿Quién decidirá entonces qué es cierto? ¿Qué se permite? ¿Qué es seguro comer, creer, construir?

Helena pensó en la infancia, en las voces grabadas prometiendo abundancia si todos obedecían. Sabía que la información era más que órdenes; era sustento, modo de ver el mundo, pegamento de la convivencia.

—Nada será seguro —replicó—, pero fue con vuestras órdenes como quedó todo esto hecho trizas.

La hoguera chisporroteó. Por un momento, todos callaron. Aquellos argumentos sonaban peligrosamente cercanos a lo prohibido. Hablar mal de la Autoridad, sugerir que se podía vivir sin padres, era hasta hace poco motivo de desaparición.

Entonces Nava se incorporó.

—No me importa quién mande —afirmó—. Si tienes hambre, compartimos. Si tienes miedo, escucha. Todos tenemos un poco de ambos.

Los demás asintieron a regañadientes. Una alianza incómoda surgió, insustancial como humo, pero igualmente real.

Esa noche se refugiaron bajo techos compartidos. Helena dormía poco, pendiente del ruido mínimo: pasos, cuchicheos, hasta la sorda respiración de Kaspar. Despertó sobresaltada cuando ráfagas de luz destellaron en la lejanía; bengalas, señales codificadas, o quizá relámpagos lejanos. El miedo volvió a reptar por su espina.

Al amanecer, exploradores del grupo regresaron con noticias inquietantes: en la plaza mayor, una pantalla gigante se había encendido, escupiendo imágenes renovadas con la voz inconfundible del viejo sistema. Era una transmisión diferente, frenética, fragmentada. Prometía reparación, ofrecía refugio, aseguraba la llegada de convoyes de abastecimiento. Todos debían acudir en paz, bajo el control de los “responsables temporales”.

—Ya está —dijo el tipo del uniforme—. Sabía que no nos abandonarían.

La mitad del grupo pareció aliviada ante la reaparición del antiguo resplandor. La otra mitad miró a Helena y Nava, la duda asomando.

Kaspar escupió al suelo:

—Quizá sea un señuelo, para recoger a los que aún creen.

Helena se debatió: la desconfianza llegaba demasiado tarde. Volver a la estructura perdida era reconfortante, pero nadie aseguraba que la reconstrucción no implicase control, listas negras y la misma vieja rueda.

Durante días la disputa partió a la pequeña comunidad. Algunos partieron hacia la plaza, atraídos por el espejismo de la voz familiar, por la promesa de serenidad. Otros, encabezados por Nava y Helena, optaron por permanecer. Buscaban modos de recolectar agua de lluvia, crearon refugios con escombros, improvisaron comunicación con señales de espejo y mensajes en los muros.

La plaza era un hervidero cuando Helena decidió observar desde las sombras. Lo que vio le heló la sangre: filas en escuadra, despliegues de drones de vigilancia, selección a la entrada —tatuajes, documentos, control ocular. Se ofrecía comida, sí, pero solo a quien aceptaba el nuevo código. Los mensajes trepidaban con el ritmo hipnótico de los viejos mantras:

“Solo con nosotros estarás a salvo. El peligro está en los que dudan. Ayuda a denunciarlos.”

Recordó los años de ventanas tapiadas; de padres temiendo a los vecinos. Ella no regresaría a aquello.

Al caer la noche, la cifra de los “no alineados” era cada vez menor. Pero Helena, con Nava y aquellos que habían aprendido que compartir era más fácil que obedecer, se establecieron en una biblioteca antigua. Allí, por fin, pudieron hablar sin miedo, rescatar viejas historias, recordar, trazar planes. Dieron clases para niños que no sabían leer, turnaron la cocina, votaron incluso sobre asuntos fútiles: cómo dividir el agua, cuándo encender la estufa. Nadie juzgaba, nadie imponía.

La libertad traía incertidumbre y esfuerzo. En ocasiones, la nostalgia por el anuncio omnipresente asomaba en la mirada de los más ancianos. Pero el nuevo código era simple: sobrevive y no abandones a nadie. La narrativa oficial, ahora convertida en amenaza, seguía retumbando en las calles desoladas, buscando oídos dóciles.

Fue Kaspar, una tarde, quien encontró finalmente las palabras:

—En las catástrofes, lo primero que se rompe es la ilusión. En la supervivencia, lo primero que se aprende es a distinguir voces. La tuya. La nuestra. Nunca más la de arriba.

Aquellos que permanecieron, con el tiempo, tejieron relatos —no grandes épicas, sino historias pequeñas, de decisiones y errores, de generosidad accidentada. Habían visto cómo la propaganda, despojada de alimento o futuro, solo servía para mantener a los fantasmas obedientes bajo su yugo.

Pero, en aquel rincón de escombros, la anarquía no era un grito furioso. Era la elección diaria de la ayuda, de la pregunta, del consejo y del riesgo. Un pacto rudimentario, pero verdadero.

Y aunque la pantalla de la plaza jamás se apagó, y su ruido seguía bramando el dogma de “el que no obedece, no come”, en los sótanos y áticos de la ciudad destrozada, nacía una forma sorda de resistencia: fragmentos de la ausencia, humildes, inquebrantables—como la voz que no pide permiso para ser escuchada, sino que simplemente, sobrevive.

Copyrights © 2025 Viajerosdeltiempo.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.