Fragmento:
No recuerdo cómo llegué al lago ese primer día, sólo el sabor acre de la ceniza con cada bocanada de aire. Nunca vi el borde romperse, era como si la propia orilla se deshiciera en migas, fundiéndose con la niebla tóxica. Mi hermana mayor, Ijeoma, casi no hablaba ya entonces, pero me mantuvo cerca con su mano, sus uñas largas clavándose en mi muñeca. El silencio era lo único que compartíamos con el resto de los sobrevivientes: era el único lenguaje posible cuando los árboles y las casas se derrumbaban y el brilloteo misterioso ascendía desde las grietas del lago.
Duración: 09:39
El estrépito se oyó como un río cayendo del cielo, aunque el cielo mismo era torcido, una franja morada y naranja sobre las montañas. Ese fue el día en que la tierra se abrió y los árboles retorcidos de las afueras se arrancaron de raíz como si una mano invisiblemente colosal los arrancara para hacer papel de ellos. Ese fue el día en que mi madre empacó algo de agua, semillas secas de arúm y cantó al manto invisible que, decía ella, sujetaba a nuestras casas sobre la roca. Pero la canción no detuvo el temblor. La canción no curó el aire de su quemadura.
No recuerdo cómo llegué al lago ese primer día, sólo el sabor acre de la ceniza con cada bocanada de aire. Nunca vi el borde romperse, era como si la propia orilla se deshiciera en migas, fundiéndose con la niebla tóxica. Mi hermana mayor, Ijeoma, casi no hablaba ya entonces, pero me mantuvo cerca con su mano, sus uñas largas clavándose en mi muñeca. El silencio era lo único que compartíamos con el resto de los sobrevivientes: era el único lenguaje posible cuando los árboles y las casas se derrumbaban y el brilloteo misterioso ascendía desde las grietas del lago.
Al principio nadie entendió la naturaleza de la catástrofe. Creíamos en la maldad de los hombres, sí, y en las venganzas de los dioses. Pero lo que sucedió aquella semana de la apertura —así la llamaron después— no fue obra de la rabia de un espíritu ni tampoco, lo supimos luego, de las manos de pueblo enemigo. Era el mundo desajustado, los siglos de dormir aplastado en su propia piel rocosa, y finalmente el estallido del hambre de sus entrañas.
Recuerdo el consejo nocturno, las llamas zumbando bajo la piel de plátano, mientras los adultos debatían. Habría que huir más allá del bosque, decían algunos; otros, quedarse. Los que partieron no volvieron. El bosque ardía en silencio, con un fuego que no era natural, con un humo rojizo y pesado que caía más que se elevaba.
Yo dormía junto a Ijeoma, la cabeza bajo el cobertor húmedo, y escuchaba los relatos que se tejían en ese duermevela: cosas arrastrándose en las grietas, como si la tierra desatara pequeños dioses olvidados. Aquellas noches aprendí de mi madre los nombres de las plantas que aún sobrevivían, los lugares seguros donde el agua no sabía a metal, y pronto, la costumbre de caminar sin hacer ruido, siempre listos para la huida, donde fuera.
***
A la segunda semana los pájaros dejaron de cantar. Unos cuantos animales cruzaban a tropezones la aldea, famélicos y tiznados, con los ojos como lunas rotas. Nosotros los evitábamos, aunque mi madre mantuvo una trampa para ratones atrás de la cabaña carbonizada y todas las mañanas revisaba si había alguna captura.
La escasez se impuso como reina cruel. El agua se volvío dorada, pegajosa, y se dice que la mujer vieja de la colina vio la superficie del lago agrietarse como telaraña, y de allí surgían picos de obsidiana blanda que destilaban un líquido lechoso. Nadie se acercó; la leyenda se impuso: “Agua que tiembla no se bebe.” Pero la sed mandaba más que los cuentos y, cuando el tercer sol rojo se alzó, algunos probaron esa agua. Fue un error. El sonido de sus cuerpos convulsionando bajo la luna fue nuestro himno esa noche.
Entonces entendimos: para sobrevivir, no podíamos depender del mundo como lo habíamos conocido. Mi madre, a media voz, nos sacó apenas amanecía y nos condujo hacia el norte fermentado, arrastrándonos por caminos apenas abiertos entre raíces aún calientes y espinas negras. Yo llevaba a la espalda una bolsa de tela, dentro los puñados de arúm y el pequeño cuchillo de hueso de mi padre, herencia y defensa.
Por días cruzamos ese mundo alterado. Al tercer día, el cielo seguía ardiendo y el sol apenas se dibujaba tras la bruma. Parecía que los días se confundían con la noche y el sueño con el hambre. Pero al cuarto día, tras cruzar la pendiente que antes conocíamos como el Sendero de Ébano, hallamos la primera señal de vida: pequeñas criaturas como cangrejos, pero cubiertos de musgo y con pinzas traslúcidas, salían de la grieta caliente. Ijeoma gritó, creyendo ver demonios. Pero mi madre los capturó y los partió con el cuchillo. Su carne era amarga, pero llena de líquido, y descubrimos que podíamos sobrevivir un poco más, aunque la amargura nos endureciera la lengua. Tal vez era mejor que el agua envenenada del lago.
***
Esa noche, acampados bajo un árbol que goteaba savia negra sobre nuestras cabezas, oí los cánticos de quienes también huían. No eran melodías humanas, sino vocalizaciones profundas y ancestrales, sonidos que vibraban en la piel más que en los oídos. Mi madre levantó la cabeza y nos hizo guardar silencio, gesticulando el signo de respeto a los Antiguos. "Todo lo que vive sufre, hasta la tierra", murmuró entonces.
Durante semanas —aunque el tiempo ya no se contaba igual—, nos movimos así, saltando de sombra en sombra, aprendiendo a leer el crujido del suelo para reconocer grietas incipientes. Los adultos se convirtieron en animales astutos, abandonando los rituales diurnos. La vida se tornó en secreto y susurro.
El verdadero terror surgió cuando los vivos renegados del lago regresaron. No eran las mismas personas: sus pieles temblaban con una fosforescencia amarilla, los ojos vacíos, la boca rezumando aquel líquido que pensábamos agua. Caminaban lento pero seguro, siempre al margen de la aldea. Al principio pensamos que pedían ayuda. Más tarde supimos que no recordaban quiénes eran, ni qué deseaban.
Una noche, en la cabaña temporal de ramas y fango, oímos el ruido de pasos. Ijeoma murmuró mi nombre, su voz grave de miedo. Mi madre sujetó el cuchillo y nos ordenó no respirar. El caminante pasó lento, rozando las paredes de hojas; de sus dedos caía esa savia lechosa. No respiramos hasta que el canto de los pájaros, o lo que ahora cantaba como ellos, se alzó en la lejanía. La bestialidad se infiltraba en el mundo como enfermedad, y nosotros, sólo fragmentos frágiles luchando por retener una porción de humanidad.
***
Una noche se oyó el lamento de las grietas. Fue como si el mundo cantara con múltiples bocas abiertas hacia las profundidades. En ese canto, mi madre interpretó una advertencia: la tierra iba a cambiar de nuevo. Debíamos avanzar.
Así viajamos, guiados sólo por la memoria roturada de los antiguos senderos y el instinto milagroso de los animales más resueltos. A veces, hallábamos zonas donde el aire era más limpio; allí los árboles aún sostenían hojas amarillas, y en un claro, descubrimos que la raíz del arúm, arada y hervida, no estaba envenenada localmente. Sobrevivimos a base de esa comida, aunque la simpleza se volviera asfixiante.
Todo cambió la mañana en que encontramos el acantilado partido, la herida más profunda de la tierra, abriéndose ante nosotros como una garganta hambrienta. Abajo, muy hondo, se veía un nuevo lago, hirviendo y rezumando neblina azul. Fue entonces cuando vimos a la criatura: un ser enorme, piel de piedra y ojos que brillaban como carbones. Fue Ijeoma quien dijo su nombre, en un susurro: "Oke-Mmi," el espíritu retorcido de la tierra. Era hermoso y terrible, majestuoso e inhumano.
La criatura no nos prestó atención, sólo cruzó el lago como un sueño y se perdió en la bruma. Sabíamos que si la bestia podía sobrevivir allí, tal vez nosotros también.
***
Por primera vez desde la apertura, sentí algo parecido a esperanza. Tal vez porque vi que la tierra seguía engendrando vida, incluso vida extraña, feroz y antigua. Mi madre, al contemplar la escena, se agachó y plantó tres semillas de arúm cerca del borde, murmurando una oración breve.
—Aquí crecerá, pese a todo —dijo.
Continuamos el viaje. En cada lugar donde el mundo había roto su capa y la superficie exhalaba químicos, aprendimos a vivir diferente. Observando a las criaturas nuevas —algunas ciegas y viscosas, otras llenas de luz—, aprendimos qué tocar y qué evitar. Aprendimos a cazar con trampas de piedra, a construir refugios en laderas donde el aire descendía más puro, a hervir el agua y a compartir memorias como bálsamo para la mente. Y también aprendimos a olvidar: a dejar atrás a los perdidos, a no pronunciar los nombres de quienes se acercaban desde el lago.
Pasaron estaciones. El bosque, en su retorcimiento mutante, parió de nuevo árboles, aunque distintos; hojas iridiscentes, corteza dulce que a veces se podía masticar cual fruto. Vimos que otras familias también sobrevivieron; intercambiamos noticias mediante señales de humo y, poco a poco, tejimos red de comprensión. Trazamos entonces una historia diferente a la del Antiguo Mundo.
***
Hoy escribo todo esto en hojas nuevas, talladas de madera pulida con savia fría. Hoy, la tierra aún canta en la noche pero ya no la tememos, porque hemos aprendido sus canciones. Hemos aprendido que la catástrofe no es sólo hambre y pérdida, sino transformación. Sobrevivir no es sólo resistir el golpe, sino escuchar el susurro entre los ruidos.
Mi madre no sobrevivió la última estación. Cuando la tierra se estremeció de nuevo, fue ella quien me empujó al refugio y quedó fuera. Su último canto aún me acompaña en los sueños: “Ningún árbol olvida la tormenta, pero aprende a bailar con el viento.”
Ahora, cuando el cielo se curva extraño y el humo de los dioses sube desde el lago nuevo, abrazo a Ijeoma y a los que quedan y decimos juntos: sobrevivimos porque aprendimos el lenguaje de las grietas. Y en cada noche de aire rojo, repetimos el nombre de nuestra madre, semilla y raíz de este mundo nuevo.
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