Una vez, cuando las ciudades todavía zumbaban bajo el yugo de la electricidad y el comercio, cuando los mares aún no se habían elevado para tragar los mapas, nadie habría imaginado que el fin comenzaría en un bosque. Tan lejos de las metrópolis, tan ajeno a los graneros del mundo, el bosque sobre el acantilado parecía inmemorial, seguro, casi eterno. Pero la eternidad, aprendí, es solo otra forma de olvido, y el hambre puede encontrar su refugio incluso en los lugares más ajenos a él.
Mi nombre es Nadir, y esto es lo que sigo recordando, cuando el sudor todavía me despierta en mitad de la noche, cuando las raíces parecen serpientes en mi insomnio. Porque fui uno de los primeros en mirar al abismo, después de que llegó la catástrofe.
No supimos cuándo sucedió. Solo nos dimos cuenta cuando llegó el silencio. Por días, había habido señales: los pájaros huyendo en estampidas inauditas, la niebla densa, el tañido ocasional de alarmas lejanas. Vivíamos veintidós en el refugio de la colina, en casas de madera construidas para soportar inviernos hostiles y recuerdos peores. Durante años, la colina y el bosque habían sido nuestro exilio y nuestra frontera; más allá, la civilización había prometido volver, pero la promesa no llegó nunca.
En la mañana que todo cambió, el mar amaneció negro. No azul, ni plateado, ni siquiera gris plomizo, sino negro de un aceite espeso. Las gaviotas, las últimas, ya no sobrevolaban el abismo. Don, nuestro improvisado líder, fue el primero en hablar.
—Hay algo muerto allá abajo —dijo, y lo entendimos todos.
Los generadores dejaron de funcionar esa tarde. La radio entregó su último lamento; luego, silencio. El agua del pozo empezó a saber a hierro. Intentamos curarla con filtros, pero pronto supimos que la contaminación venía de abajo, de las raíces. El bosque pareció hundirse, volverse opaco, más allá de las copas. Caminamos y tachamos los árboles caídos con cruces blancas. Las raíces sobresalían como nudos de puños rotos.
La comida, lo esperábamos, sería nuestra primera crisis. Baltasar, el apicultor, fue el primero en desaparecer. Semanas después, lo encontramos en su choza, con colmenas muertas y la mirada perdida. Nunca contó qué vio antes de morir, aunque apretaba entre los dedos una miel prieta y oscura.
La última noche de relativa normalidad nos reunimos alrededor del fuego para decidir qué hacer. Algunos hablaban de internarse en el bosque, buscar refugio, recolectar lo que pudieran. Otros querían organizar una expedición hacia la costa, en busca de un bote, alguna señal de rescate. Pero el bosque, decía Helena, era un hueso sin médula, sin la promesa de vida.
—Tal vez —dijo Lázaro, el más viejo— lo único que queda es aprender a escuchar.
Nadie tomó en serio esa frase en ese momento. Nadie entendió.
Aquella noche, mientras dormía, me despertaron los susurros. Salí tambaleando a la galería, con el frío cortándome la piel. Estaba la niebla tan espesa que apenas podía ver mis manos. Pero los susurros venían de abajo, como si la tierra entera palpitara. Era una vibración, una música sorda. Asomado en la penumbra, miré cómo del suelo surgían briznas oscuras, extrañas raíces nuevas, aún vivas y hambrientas.
Entonces supe: el bosque vivo no era el mismo, y lo que crecía bajo el suelo se alimentaba de nosotros, de lo que habíamos dejado atrás.
La mañana siguiente, mi hermana Naila me pidió acompañarla a la cisterna, más cerca del acantilado. La tierra allí estaba resquebrajada, las piedras crujían bajo nuestros pies. Naila recogía agua intentando ignorar el sabor turbio y el reflejo de la niebla en el cubo. Al inclinarme para ayudarla, noté una raíz gruesa, oscura, serpenteando por el borde de la cisterna. La toqué: estaba caliente, como si en su interior brotara un fuego lento. Al instante, una punzada subió por mi brazo; retiré la mano de golpe, pero ya sentía un ardor en la carne. Después, la pesadilla comenzó.
Las raíces se multiplicaban cada día. Nadie osó talarlas. Las hachas rebotaban en la madera blanda como si se tratara de hierro vivo. Vi cómo, frente a mis ojos, un brote nuevo desgarraba el porche de la cabaña de los Gedeón. Las maderas crujían, y la raíz serpenteaba sobre el techo antes de lanzarse hacia el suelo, donde se fundía con el resto del entramado oscuro.
Una noche, Dalia, la mujer de Don, lloró por sus hijos perdidos. Decía que los oía llorar bajo la tierra, que el bosque les susurraba cosas que nadie más comprendía. Empezaron los delirios y la fiebre entre los que bebían agua del pozo o comían los frutos pequeños y amargos que crecían entre las raíces. Helena intentó organizar una purga, quemar las zonas infectadas, pero una llovizna viscosa cayó del cielo esa tarde, apagando todo intento de fuego.
Para entonces, habíamos sellado las puertas, y las ventanas se mantenían atrancadas cada noche. El bosque se arrimaba, sus raíces rozaban los troncos de las casas, mientras nosotros sobrevivíamos con restos de latas, algún pan viejo y una esperanza cada día más delgada.
Muchos soñábamos con fugas, pero el acantilado era una barrera imposible, y más allá, el mar negro y aceitoso parecía una lengua muerta. Mandamos dos botes improvisados, pero ni Naila ni los otros volvieron. Solo sus restos llegaron días después, como ofrendas del mar podrido.
Comencé a escribir un diario, obsesionado con no olvidar. Anoté la transformación del bosque, la dureza de la madera, los animales muertos que se descomponían sin olor, consumidos por raíces que se deslizaban sobre ellos como gusanos. Anoté los rostros de los que desaparecían, las historias de todos los que fueron tragados durante la noche: Lázaro, Don, Dalia y su último suspiro. El bosque se mostraba implacable, cada vez más cerrado, más sordo a nuestras súplicas.
Tenía esperanza, sin embargo, o algo así. Porque una vez, al filo del amanecer, vi cómo un brote diferente, de color plateado y hoja fina, emergía de entre el marañón oscuro. Esa ramita no parecía estar enferma; al contrario, buscaba la luz, temblorosa y diminuta. Cuando lo toqué, no sentí dolor, sino un pulso frío, limpio. Enterré la ramita bajo mi camisa, la protegí del resto del grupo, sin saber exactamente por qué.
La última noche de la vieja vida sucedió en silencio, casi con resignación. Helena y yo nos abrazábamos en el porche, con la puerta tras nosotros bien sellada. Afuera, los sonidos del bosque eran como rumores de bestias, o de una marea que nunca rompía. El aroma del aceite y la podredumbre nos mantenía en vela.
Fue entonces cuando escuché, por segunda vez, los susurros subterráneos. Pero ahora podía entender palabras, o eso creí: “Aliméntame. Renúnciame. Cava en lo hondo. Quédate”. No estaba loco, ni siquiera desesperado; estaba, simplemente, invadido por la comprensión repentina: no había afuera, no había salvación, salvo unirse —o encontrar una grieta hacia otro ciclo.
Al amanecer, bajé solo al corazón del bosque. El plateado brote palpitaba contra mi pecho. Atravesé la bestial red de raíces hasta la grieta mayor, la más profunda, y allí, con una piedra, cavé. Cavé hasta que mis dedos sangraban. Arrojé el brote plateado a la hondonada y cubrí la pequeña raíz con tierra y hojas podridas.
El bosque se agitó. Por un instante, el aire fue limpio, luminoso. El dolor —físico y mental— cesó. Las raíces negras retrocedieron unos centímetros, como si alguna fuerza se hubiera despertado… y luego, con violencia renovada, volvieron a crecer, más cerca, más insaciables.
Corrí de regreso al refugio, donde Helena me esperaba —o tal vez no me esperaba, porque en sus ojos ya no había reconocimiento, solo vacío. El contagio la había tomado también, o el agotamiento. Me acurruqué a su lado, sentí las raíces debajo del suelo temblar. Fuera, el mar seguía rugiendo con su espesura negra, y sobre el acantilado, la bruma ciega seguía girando en espirales.
He sobrevivido hasta hoy, de alguna forma que no entiendo. Tal vez por cobardía, tal vez por la terquedad de la memoria. El bosque sigue creciendo, y a veces, muy de vez en cuando, creo ver un destello plateado entre la podredumbre. Quizá, si alguien más llega, una mañana diferente, encuentre la esperanza diminuta que enterré. Quizá no.
Lo único seguro es que el aceite negro y el silencio han venido para quedarse. El hambre bajo la tierra es una ceremonia. Nosotros —con nuestras casas, nuestros fuegos y nuestras historias— apenas somos invitados que han olvidado cómo irse. Pero mientras conserve el recuerdo de aquel brote diferente, seguiré caminando, resistiendo. Tal vez una grieta se abra para que vuelva la vida, aunque sea de otra forma, aunque nunca la vea florecer.
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