Fragmento:
El tercer día, una nube inmensa apareció en el horizonte. Algunos lo llamaron esperanza, pero la nube solo dejó caer polvo. Para el cuarto día, los cadáveres se hinchaban en las aceras y los jardineros arrancaban las lenguas de las fuentes como si fueran corazones inútiles. Yo me marché con una docena de desconocidos. Caminamos hacia el Sur, hacia donde alguna vez creímos que la costa mantenía su bruma.
Duración: 07:27
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El agua comenzó a desaparecer tres semanas después del Evento. Nadie pudo predecir que la lluvia sería lo más añorado, ni que la sed se convertiría en la única religión. Las noticias llamaron al desastre de muchas maneras: “Sequía súbita global”, “El Apagón Hidrológico”, “El Atracón de Marte”. Elijas el nombre que elijas, la tierra resquebrajada, las bocas abiertas y las miradas enloquecidas daban testimonio del mismo apocalipsis. Y aún así, yo sobreviví.
Creo que antes de todo esto fui algo así como un médico, o quizá un científico medio frustrado. No importaba ya, no tenía herramientas para operar ni pacientes a quienes consolar. Ahora, bajo este sol asesino, soy solo otra migrante más hacia ninguna parte; mi identidad está ceñida a la capacidad de encontrar agua y de esconderme de los demás humanos.
Al principio nos reunimos en grupos, obedeciendo una memoria ancestral que nos reclamaba tribales, solidarios. Los muros de la ciudad se doblaron como huesos frágiles. Las fuentes dejaron de manar y la electricidad fue lo siguiente. Las tiendas se vaciaron; el último camión cisterna fue asaltado como si contuviera oro líquido, lo que no estaba tan lejos de la verdad. Las primeras muertes llegaron por violencia: un tiro por un litro, un apuñalamiento por una botella de plástico hinchada.
El tercer día, una nube inmensa apareció en el horizonte. Algunos lo llamaron esperanza, pero la nube solo dejó caer polvo. Para el cuarto día, los cadáveres se hinchaban en las aceras y los jardineros arrancaban las lenguas de las fuentes como si fueran corazones inútiles. Yo me marché con una docena de desconocidos. Caminamos hacia el Sur, hacia donde alguna vez creímos que la costa mantenía su bruma.
La supervivencia, pronto aprendimos, era cuestión de rutinas. Yo me encargaba de las filtraciones: aprendí a sacar humedad de las hojas y a colectar el rocío de la mañana con plásticos extendidos, si es que la noche lo concedía. El silencio se hizo costumbre, y solo hablábamos cuando la necesidad era aguda, como las ansias de un adicto por su dosis.
Cruzábamos pueblos muertos donde aún pendían carpas desvanecidas y anuncios de promociones en supermercados. Era una broma cruel, pensaba, morirse de sed rodeado de imágenes de agua embotellada a mitad de precio. Los que no encontraron a los suyos se unían a nuestro grupo: siempre éramos un número distinto y siempre perdíamos a alguien.
Más tarde, en la segunda semana, comenzamos a ver los efectos del sol sobre la gente. Los que no encontraban sombra dormían y no despertaban. Otros se volvían agresivos, animales sin lenguaje, y cada vez más desconfiados. De noche, los disparos eran como grillos urbanos, llenando la oscuridad y el insomnio con su tañido.
La ciudad costera, por fin, surgió en el horizonte. La esperanza se había arrastrado hasta nosotros en ese último tramo, pero cuando llegamos solo quedaba el esqueleto de un puerto y la sal cristalizando en todas las superficies. Incluso el mar parecía retroceder, evaporándose silente, traicionero. El agua potable era un mito. Escuché a una mujer decir “si al menos pudiéramos beber sal, tendríamos algo,” pero las montañas blancas en el asfalto eran veneno.
Sin embargo, aquí la competencia era aún más feroz. Las bandas tomaban barrios enteros y la violencia era el idioma oficial. Por las noches, algunos cruzaban a otras partes, buscando redadas o fuentes ocultas. Se rumoreaba sobre camiones subterráneos, antiguos laboratorios dedicados a la desalinización, o médicos locos que filtraban agua por medio de plantas genéticamente alteradas.
El tiempo se volvió líquido, medido por la cantidad de agua que nos quedaba. Yo, en un golpe de suerte, accedí a un sótano sellado por una compuerta de acero, propiedad de la oficina de agua municipal. Allí dentro, ocho de nosotros compartíamos un mililitro al día, economizando como si la vida fuera una máquina que necesitara unas gotas para seguir latiendo.
En ese encierro forzado, quien tenía historias era rey. Yo contaba acerca de mis días en el quirófano, inventando síntomas y remedios para mantener la mente ocupada. Una mujer llamada Iris cantaba para nosotros, su voz seca, casi un lamento. Un niño, Hugo, jugaba a imaginar que poseía una piscina secreta. Silencio, sueños, y recuerdos, eso era lo que compartíamos.
Había un anciano llamado Muro. Siempre callado, guardaba una petaca de metal que todos creíamos vacía. Una noche nos contó cómo había sido ingeniero en los buenos tiempos y conocía el funcionamiento del antiguo pozo que aún existía en la estación vieja. Entre murmullos decidimos investigarlo.
Salimos al alba, camuflados entre las ruinas. La ciudad ya era una trampa, las ventanas bocas negras, las calles solo promesas de peligro. Encontramos la estación, medio derruida, pero la trampilla estaba intacta, sellada como un ataúd olvidado. El anciano, tembloroso, giró la manija. Un olor rancio, pero inconfundible: agua estancada. Bajamos, arrastrándonos. La oscuridad nos envolvía como un útero asfixiante.
Ellos esperaban allí abajo. Eran otros, como nosotros, pero más delgados, con rostro de animal posible. Vivían allí desde hacía semanas, tal vez meses. Defendían su pozo con uñas y dientes, y tras unos forcejeos y gritos, la razón se impuso por pura extenuación. Había suficiente para ambos grupos, pero a cambio de algo: historias, herramientas, compañía.
La convivencia resultó hostil los primeros días. Nadie durmió profundamente y todos vigilaban sus bienes como perros. Lentamente, sin embargo, los anhelos nos unieron más allá del mutuo temor: risas espasmódicas, juegos inventados, celebraciones por cada gota ahorrada. Conseguimos armar un viejo filtro, y tras varios intentos pudimos hacer potable parte del agua.
Una mañana, los sensores que aún funcionaban nos alertaron de una tormenta inusual. El cielo, tras semanas de azul cruel, se cubrió de nubes ásperas, henchidas de promesa. Salimos al techo, poníamos manos, ollas, tazas, abiertas a la súplica. Más que lluvia fue una llovizna breve, pero suficiente para sentir el milagro en la lengua. Volvieron lágrimas, carcajadas, abrazos; ese día supimos que sobrevivir era posible, al menos un día más.
No todo mejoró entonces. Hubo pérdidas, traiciones, éxtasis de reencuentros. Aprendimos a negociar, a dividir, a enterrar a nuestros muertos cerca del mar reducido. Tomé a Hugo como mi hijo; no tenía a nadie y yo tampoco. El anciano Muro murió una tarde, satisfecho de que el pozo siguiera funcionando. Al final, la supervivencia no tenía que ver solo con el agua: era un ejercicio diario de encontrar sentido, aún en el vacío, en el miedo, en la fatiga y, sobre todo, en el otro.
Han pasado dos años desde el Evento. La sociedad volvió a nacer bajo nuevas reglas. Algunas cosas volvieron: la agricultura en azoteas, la destilación casera, los pactos. Muchas otras no, y quizás nunca lo harán. Pero nos hemos organizado en células que no luchan por dominar, solo por persistir.
Sobrevivir fue, al final, un acto de generosidad inesperado. Y aunque la lluvia sea un rumor improbable, cada noche la memoria de lo que fuimos y de lo que, con suerte, podríamos volver a ser, nos da sed de seguir.
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