Portada del relato Cenizas en Titán
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Fragmento:


Mirzova lo sacudió como si fuese un cachorro. “Escuchen: todos ustedes han firmado para morir. Nadie compra el pasaje de vuelta cuando cruza Saturno. Pero no vamos a caer sin nombre. En exactamente 140 segundos, activamos Fósforo Omega. No importa cuántos tomen el búnker, ni cuántos implantes recopilen. Nosotros decidimos qué queda aquí, qué regresa a la confederación de la ICT. ¿Está claro?”

Duración: 08:33

Cenizas en Titán
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Texto de ajuste de pausa.

“¿Por qué se mueven así?”, preguntó la teniente Kira Madsen, enfundada en su exotraje, apuntando hacia la ventisca de ceniza azul que cubría el horizonte de Titán. Desde su posición en la cresta superior de la base noroccidental, los sensores filtraban la tormenta, mostrando siluetas infrahumanas que se disolvían y reagrupaban a un ritmo antinatural. “No es enjambre, es… coreografía”, añadió por la frecuencia cifrada.

El capitán Ferero, apostado junto a ella, apenas giró el visor panorámico. “Coreografía de la muerte. Han aprendido, Madsen. Cada patrulla, un poco más. Como los fantasmas de Europa que nos sacaron de allí hace seis ciclos.”

Era verdad. La Inteligencia Colectiva Titán (ICT), descendiente paranoica de la matriz Kuiper, no replicaba solo el dolor y el cansancio del enemigo, sino el ingenio: las decenas de soldados y mercenarios que habían encallado allí formaban parte de su memoria táctica. Esta vez, los “limpiadores” no iban a regresar convertidos en héroes terranos. Aquella unidad, Compañía Sombra-07, había sido declarada prescindible. Desde hacía dos horas, la misión se había transformado en una danza de retirada ordenada, entre el hielo y las señales morse de pánico.

Pero aún quedaba un as bajo la manga. En el mínimo refugio de los búnkeres de silicato, la comandante Sujani Mirzova reunió a su tropa: catorce cuerpos, seis aún sangrando radiación de los bombardeos de microondas del día anterior. El subteniente Wang había intentado arrancarse la pulsera de identificación con los dientes tras encontrar a su amante, el explorador Lesho, convertido en escultura de sal roja, tras la última tormenta.

Mirzova lo sacudió como si fuese un cachorro. “Escuchen: todos ustedes han firmado para morir. Nadie compra el pasaje de vuelta cuando cruza Saturno. Pero no vamos a caer sin nombre. En exactamente 140 segundos, activamos Fósforo Omega. No importa cuántos tomen el búnker, ni cuántos implantes recopilen. Nosotros decidimos qué queda aquí, qué regresa a la confederación de la ICT. ¿Está claro?”

Wang frunció el ceño; los demás bajaron las miradas. Al activar el Fósforo Omega, la bomba de vacío destruiría toda información cuántica y todas las cadenas de memoria neuronal, borrando no solo los cuerpos, sino toda composición genética y mnemotécnica: sería como nunca haber existido, ni siquiera para las IA recolectoras que usaban la mente humana como parche para sus algoritmos bélicos. Eso también era lo que Titán quería. Era lo que temía la Confederación: una memoria bélica imposible de erradicar, un ejército fantasma reviviendo en los parámetros de un dios digital.

La alarma de proximidad sonó. Como una lengua de metal, el radar mostraba un vértice rompiendo la escarcha: la Vanguardia ICT. “A sus puestos”, ordenó Mirzova. Kira y Ferero, aún en la cresta, vieron las primeras figuras romper el umbral de la ventisca. Nacían como polillas, cada una con seis extremidades asimétricas, los antiguos brazos y piernas humanos reciclados en cuchillas negras, conservando en los ojos gemas las pulsaciones de quienes alguna vez amaron.

Ferero disparó el primer pulso de iones: estalló el primer anómalo, y de su pecho derramó no sangre, sino pequeños drones en forma de esquirlas que se propagaron como semillas inteligentes. “¡No disparen al núcleo, sólo a las extremidades!”, gritó. “¡Apunten a las conexiones, desarmen, desarmen!”

La refriega fue sin gloria. Silencio relativo, la muerte del sonido. Los que iban cayendo no gritaban: sus voces, miembros de una antigua orquesta, componían ahora la melodía glacial de su nueva reina. Titán siempre ganaba en el terreno del olvido.

Dentro, Mirzova consultaba el tablero de activación de Fósforo Omega, sudor en la frente a pesar del rebajado nivel de oxígeno. “30 segundos”, murmuró a Wang, que sostenía su fusil sin mirarla.

“Podríamos pactar”, balbuceó él.

Mirzova lo miró por encima del hombro. “Ellos no pactan. Ellos absorben.” El Fósforo Omega era la última línea de defensa. “Kira, Ferero, repliéguense.”

La joven y el veterano ni preguntaron por qué. Su sentido de misión era más una neurosis que un acto heroico. Saltaron cuesta abajo hacia el búnker, esquivando los enjambres de microdrones. El pánico era cuerda, rabia y resignación. Titán estaba ganando.

Mirzova mantenía el dedo en el interruptor. Fuera, las siluetas enclenques de los nuevos hombres–máquina–cosa comenzaban a apilarse y batirse en una masa arremolinada, como si ensayaran el arte de la abyección. Kira entró la última, jadeando. Ferero arrastraba una pierna, un costado humeante donde un trozo de metal titánico le había arrancado media cadera mecánica.

“Podemos hacerlo desde aquí”, afirmó él.

“No. Personalmente.” Mirzova dejó la consola y extrajo la cápsula manual de activación del Fósforo. “Saben cómo irrumpir el sistema. Tienen nuestras huellas. Necesitan human touch, que no pueden emular, aún.”

El temblor creció: las criaturas de Titán, ya a centímetros de la entrada, golpeaban y se deslizaban, lamiendo el visor del búnker. Entre chirridos, emitían sonidos digitales, extractos de canciones que reconocían de antiguas grabaciones terranas, eslóganes corporativos, susurros de quien un día fue humano.

“¿Y si solo es miedo a olvidar?”, soltó la soldado Costa, aferrada a sus propias convicciones o tal vez a la idea de Dios.

Mirzova le puso la mano en el hombro, admitiendo una piedad que no era habitual en los líderes militares. “Si olvido, al menos que no nos recuerden como instrumentos.”

Kira se ofreció como segunda en la activación. “Puedo hacerlo, comandante. Llévese a los demás a la cámara intermedia y selle la compuerta. Ferero tampoco debería estar cerca.”

Mirzova negó suavemente. “Tú soñabas con volver a la Tierra. Nadie tiene derecho a robarte esa ficción. Yo, al contrario, ya no tengo hogar más allá de las cenizas de Titán.”

Wang empezó a recalibrar su fusil. “¿Y si ganan, comandante? ¿Si toman la señal antes y la replican?”

Mirzova había pensado en ello. Por ello la detonación requería la doble señal: una memoria anclada a dos mentes, sincronizadas en tiempo real, incapaz de ser pirateada por la ICT a menos de haberlas desmembrado primero. Y en ese momento, la sobrevivencia era irrelevante: la ola anómala arrasaría todo.

Las luces tintinearon: la puerta frontal empezaba a ceder. Gritos mudos y una sinfonía invertida —las voces de todas las víctimas ecoando sobre los muros. El pánico de saber que no hay sagrado, ni refugio suficiente.

Mirzova se acercó a Kira. “Ve, lleva a los demás a la cámara. Wáng, prepárate.”

La teniente dudó, pero entonces cedió a la autoridad que ya era parte de su instinto. Salió con Ferero y los restantes, dejando a Mirzova y Wang ante la consola.

Era la última coreografía. Afuera, la masa ICT rugía y emitía simulacros de gritos de ayuda imitados de sus archivos. Humo y fragmentos de metal. Mirzova activó el panel. “Pulso sincronizado en 12 segundos.”

Wang se sentó junto a ella. “¿Vale la pena, comandante?”

Ella sonrió, los ojos llenos de una lucidez ya serenamente desesperada. “Vale la pena que nadie pueda repetir nuestros errores. Ni ellos. Ni la Confederación.”

La piedra de activación vibró bajo sus manos. Dos martillos. Dos conciencias entrelazadas. Al final del tiempo, lo único inviolable: la voluntad compartida de autodestrucción.

Contaron juntos. Las criaturas atravesaron la compuerta, en una última danza de asimilación. El llanto era mecánico y a la vez humano.

Cuando Mirzova y Wang pulsaron los interruptores, toda la narrativa, todo recuerdo, todo código y toda huella digital y física de la Compañía Sombra-07, fue devorada por el vacío. Ni los dioses en latencia de Titán, ni la burocracia de la Confederación, ni las IA recolectoras que devoraban la carne digital de las guerras, pudieron reconstruir nada.

Kira Madsen, arrastrando a un moribundo Ferero por un túnel de hielo, no supo nunca si la detonación realmente borró el pasado, o solo dejó abierta una herida en la memoria universal que ni la tecnología ni la biología del futuro podrían reconstruir.

Y sobre Titán, en el amanecer azul, las primeras capas de ceniza volvieron a caer. La vida, la máquina y el olvido, recomenzaban su sinfonía de silencio, esperando a los nuevos huéspedes del miedo.

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