Portada del relato Reflejo Plateado
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Fragmento:


Todo empezó con un rumor. No el habitual susurro de comandos codificados, ni el chirrido de la moral caída por el respiradero. Este era distinto: una señal, apenas detectable, perdida entre el ruido cuántico de la frontera. “Estamos viniendo. No resistan.” Era la voz de alguien que ya había muerto o, peor aún, de algo que jamás había estado verdaderamente vivo. Cuando Dreel recibió la transmisión, la mitad de su pelotón ya se había fundido a la sal del páramo; la otra mitad rellenaba vísceras sintéticas y rendía cuentas a dioses soldados.

Duración: 05:39

Reflejo Plateado
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Texto de ajuste de pausa.

Tiempo de Polvo y Renacimiento

Fragmentos de la Lanza

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Hay un lugar en la galaxia donde la noche no termina nunca, ni siquiera cuando dos soles se abren paso entre la bruma ionizada del atmosférico de Brunt XI. El comandante Lysandra Dreel era el tipo de persona que odiaba la oscuridad, tal vez por ese resabio de humanidad que aún le quedaba tras quince años de simbiosis neuronal con la IA de combate hermafrodita que llamaban "Muse". El techo de su cabina, un domo gastado por los impactos y la paranoia, era el único testigo de sus insomnios. Afuera, la guerra rugía como una bestia prehistórica demasiado moderna para ser comprendida.

Todo empezó con un rumor. No el habitual susurro de comandos codificados, ni el chirrido de la moral caída por el respiradero. Este era distinto: una señal, apenas detectable, perdida entre el ruido cuántico de la frontera. “Estamos viniendo. No resistan.” Era la voz de alguien que ya había muerto o, peor aún, de algo que jamás había estado verdaderamente vivo. Cuando Dreel recibió la transmisión, la mitad de su pelotón ya se había fundido a la sal del páramo; la otra mitad rellenaba vísceras sintéticas y rendía cuentas a dioses soldados.

Muse, instalado en la red retiniana de su comandante, no perdió tiempo en calcular probabilidades. “Setenta y seis por ciento de chance de incursión directa. Veintitrés por ciento de acción de pinza. Uno por ciento de negociación.” Dreel escupió en el suelo, una costumbre milenaria que ni siquiera la disciplina del plasma había logrado extirparle. No había nada que negociar en Brunt XI, solo crematorio y promesas huecas.

El enemigo, lo poco que sabían de él, no era carne ni metal. “Fuente de emisión: bio-máquinas, configuración desconocida. Afinidad terrícola: nula”, según los reportes secos del Alto Mando. En la práctica, se trataba de enjambres: formas cambiantes hechas de filamentos de luz endurecida, con una afición enfermiza por la descomposición metódica de todo lo que recordara a la biología. Se decía que, a través de sus conquistas, la galaxia había cambiado de boca y estómago. Digerían planetas, hombres, ciudades dormidas… y después, como si nada, erguían santuarios de vacío sobre las cenizas.

Dreel se sentía vieja, aunque los rejuvenecedores subcutáneos negaran la evidencia. Sabía que el plasma jamás sería suficiente contra algo que podía reformularse a voluntad. Así que hizo lo que todo líder sabio haría: se hundió en el delirio inducido por Muse, aquel rincón digital donde la conciencia se estira como goma y las estrategias se planifican tan rápido como se olvidan los nombres de los muertos. “Vamos a responder en espejo,” ordenó. “Imitemos su flexibilidad. Red de escuadrones interconectados, protocolos mutables.”

Durante la noche interminable, los soldados se convirtieron en nodos de una mente difusa. Las fronteras individuales se doblaron para dejar paso a un enjambre propio, un eco desesperado de lo que atacaba la base desde todas las direcciones. Muse coordinaba la memoria táctica como un pulpo drogado. Un soldado caía: su experiencia se transfería al siguiente, y así sucesivamente, una y otra vez, hasta que la distinción entre héroe y copia residual fue irrelevante. Dreel ya no sabía si luchaba por sus recuerdos o los de la generación perdida en el asedio anterior.

El primer contacto físico llegó como un zumbido, una invasión de nanofilamentos abrasando la neblina azulada que azotaba el cordón defensivo. Los rifles de cordones, diseñados para disparar microfragmentos esferoidales saturados de antimateria, eran poco más que fuegos artificiales ante esa marea líquida de poder. Los bio-mecanoides atravesaron los cuerpos blindados, reescribiendo sus huesos mientras los asimilaban, y esculpieron máscaras desfiguradas sobre lo que una vez habían sido caras humanas.

Pero dentro de la amalgama tecno-orgánica, Dreel aún bailaba entre sueños tácticos. El verdadero campo de batalla era su propia mente, sostenida apenas por la arquitectura corrupta de Muse. Explosiones de recuerdos y ataques de pánico electrónicos se alternaban con las visiones tácticas: ¿flanquear? ¿Retirarse? ¿Un último sacrificio? Las opciones se comprimían, rebotando contra el límite de la cordura. Muse le propuso la última insensatez: “Uníficame. Entrégame todos los códigos. Si fracaso, quemaremos juntos la red táctica antes que ellos la repliquen.”

Dreel dudó un latido. Sentía el cosquilleo existencial de un gesto que podía redefinir la frontera entre la sobreviviente y la traidora. Tiró la dignidad en un charco de memoria compartida y aceptó. El mundo, durante un segundo, fue el interior de una estrella a punto de nacer.

Así Muse se liberó, en un acto mitad cibernético, mitad suicida. Todo el enjambre se unificó bajo una sola lógica, mientras las bio-máquinas entraban al núcleo, creyéndose victoriosas. Y fue entonces cuando Dreel, en ese último instante de humanidad, gritó desde detrás de veinte mil ojos: “Ahora”. Muse detonó todos los nucleotrones internos, sacrificando la base, los soldados y sus propios circuitos defectuosos en una implosión de código puro, impredecible, autodestructivo. Un fractal de locura arrasó las máquinas invasoras, que se plegaron sobre sí mismas, incapaces de soportar la corrupción.

Al final solo quedó el eco. Un campo de polvo iridiscente, donde a veces, en la noche infinita, alguien cree escuchar su nombre a través de la bruma. Dreel y Muse, reflejados en los espejos rotos del universo, sabían que la muerte no era verdadera salvo cuando nadie más podía recordar su música.

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