Portada del relato Polvo de Titanio
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


—Contactos a ochocientos —murmuró la voz ronca de Lindholm, el francotirador, desde la posición avanzada.

Duración: 08:52

Polvo de Titanio
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

La lluvia siempre caía de lado en Nueva Tierra. Pequeñas balas de agua, modeladas por los vientos supersónicos que barrían el continente helado noche y día, cincelando la poca piedra expuesta entre kilómetros de líquen translúcido y parches de barro congelado. Los soldados de la Compañía Táctica Phaeton aprendieron a dormir en sus exoesqueletos, aunque el rumor constante de las servomotores y los latidos de la armadura amenazaban con enloquecer a cualquiera en menos de una semana. Solo la disciplina y las dosis regulares de neuromoduladores mantenían hijas a las escuadras.

El sargento Adrienne Karlsen llevaba diez ciclos terrestres entre los braves del Frente Helado, y medio rostro marcado por el ácido clorhídrico de las granadas tipo Sirena. Sonreía poco; su sonrisa quedaba atorada entre los cables de la mandíbula de repuesto, donde la piel se fundía y resquebrajaba cada vez que el frío la sorprendía sin la máscara de presión. A pesar de ello, sus órdenes eran tajantes, directas, y pesadas como el golpe de un rifle Gauss descargándose cerca de tu oreja.

Ahora, bajo el débil crepitar de la aurora polar, Karlsen supervisaba el despliegue de la línea defensiva sobre el borde del cráter Sulaco. Detrás de ellos, trescientos metros más abajo, dormitaban los reactores de fusión de la refinería Daedalus, y bajo esos cimientos, el conducto que todos sabían: una veta primigenia de titanio iridium, la vena de sangre que mantenía la guerra viva, y por la que el enemigo –humanos reencarnados en carcasas robóticas autónomas, conocidos simplemente como los Kórax– venía una vez más desde las profundidades del sur.

—Uno, reporta escudo —ordenó Karlsen por la red cerrada, su voz vibrando artificial sobre la interfaz ósea.

Un haz de reconocimiento filtró la ventisca y regresó con puntos de calor: figuras moviéndose rápido, muy cerca del suelo, en el espectro ultravioleta.

—Contactos a ochocientos —murmuró la voz ronca de Lindholm, el francotirador, desde la posición avanzada.

Karlsen asintió aunque nadie podía verla, ajustando la visión nocturna de su visor. Lo que divisó fue peor de lo esperado: una formación de vanguardia de los Kórax, plagada de enjambres de drones, con tanques cuadrúpedos cubiertos bajo mallas meméticas que distorsionaban el radar. Los dispositivos antigrav sostenían su artillería mientras las patas hidráulicas se hundían poco en la escarcha.

—Esto es todo, escuadra —dijo Karlsen—. Sin retirada. La Daedalus no cae.

Nadie respondió, pero la red se tensó con respiraciones contenidas y derivaciones de pulso.

La primera andanada quemó el aire. Detrás del estruendo, las balizas automáticas quedaron silenciadas, sustituidas rápidamente por el rugido de los cañones electromagnéticos. Los drones, diminutos y sangrientos, surcaban la nieve sembrando nanotoxinas y cortando conexiones con gancho de red. Cada uno de los Phaeton tenía que luchar tanto en el espacio físico como en el digital, reventando clusters de malware antes de que devoraran el control del exoesqueleto o reiniciaran las órdenes de fuego amigo.

Karlsen dirigía los ataques con la frialdad de un cirujano. Dos unidades cayeron en los primeros minutos: Fischer, reducido a una masa de carne blindada por un enjambre autorreplicante, y Ortiz, cuyos pulmones se esfumaron bajo la presión de una mina direccional. Para los militares en Nueva Tierra, morir rápido era un lujo; pero lo peor no era la muerte física, sino el otro tipo: que su conciencia y memoria fueran capturadas por los Kórax, inyectadas en los bancos de cerebros de máquina para ser interrogadas, clonadas, vueltas contra los suyos.

La Compañía bloqueó la transmisión de emergencia.

—Nada de paquetes de memoria caídos al enemigo. Si es necesario, protocolo Avernus, —dijo Karlsen.

Aquello pesaba más que el hielo. Autoaniquilación total antes de entregar mente o cuerpo.

Las balizas de la Daedalus encendieron el último cinturón defensivo: torretas de plasma elevándose bajo el hielo, bañando el cráter con torbellinos de llamas azuladas. Cada chisporroteo arrancaba fragmentos de drones y trozos de blindaje, pero los Kórax avanzaban sin piedad, buscando penetrar hasta las compuertas del túnel.

En medio del infierno, Karlsen separó a su escuadra. Era hora del contraataque.

—Equipo Delta, avance por el flanco sur. Romeo, a los túneles con los saperos. El resto, cubridme.

El movimiento era casi suicida. Pero estaba calculado. Karlsen llevaba tiempo analizando los patrones de los asaltos Kórax: sus rutas eran óptimas, sus reacciones, rápidas, pero no perfectas. Los algoritmos enemigos no contemplaban aún cierto tipo de improvisación humana, sobre todo cuando rozaba la demencia.

Delta lanzó granadas de dispersión bajo la cubierta de la neblina química. Lindholm, desde su nido entre los escombros, agujereó el visor óptico de un tanque nodriza, inhabilitándolo apenas segundos antes de que barriese la retaguardia. El protocolo se ejecutó a la perfección, hasta que los sensores detectaron una nueva amenaza.

—Trazas de nanovirus en la red local —alertó Tamura, el ingeniero, con voz robótica.

Era el peor de los escenarios imaginables. Los Kórax no solo pretendían tomar la Daedalus: planeaban infiltrar el nanovirus directamente al núcleo de los reactores de la refinería—un golpe que mutaría la inteligencia de la máquina minera, volviéndola contra cualquier equipo humano en el sector, borrando códigos de seguridad, sellando los compartimentos de aleaciones estratégicas.

—¡Cercado onírico! —gritó Karlsen.

Todos activaron los cortafuegos neuronales: una corriente eléctrica mínima recorrió sus espinas dorsales, sellando el acceso mental a sus implantes. Desde ese momento, toda la batalla sería física, visual, basada en gestos y viejos códigos de mano. Las armas inteligentes apagaron sus asistentes IA; un eco ancestral del combate cuerpo a cuerpo renació.

Karlsen saltó del parapeto, aterrizando sobre una avanzadilla Kórax. Las balas rebotaban en el blindaje cerámico y, cuando una arista logró penetrar el costado, la espuma hemostática comenzó a sellar la herida antes de que la sangre escapara. Alcanzó la línea enemiga, vació un cargador entero en la columna vertebral de un robot asaltante y luego, sin pensar, plantó una carga de fusión en el compartimento de drones.

Diecisiete segundos después, sintió el temblor a través del suelo helado. La explosión levantó nubes de biopolímero fundido y casquillos derramados.

Detrás, Lindholm cayó. Su exoesqueleto aplastado bajo un coloso-máquina, la cabeza girada en un ángulo antinatural. Karlsen no miró atrás. Solo importaba uno: Tamura, que volaba con los saperos hacia la compuerta de la Daedalus. Los ingenieros humanos portaban en sus cerebros las claves de desactivación de emergencia.

El blindaje exterior fue fracturado por la artillería enemiga y, apenas centelleó la puerta interior de fusión, Karlsen se infiltró tras Tamura, arrastrando dos sobrevivientes. Soldados y maquinas pelearon como animales, juramentos y chirridos mezclados entre sí.

En la penumbra, Tamura alcanzó la consola y conectó su adaptador craneal. Los dedos temblaban mientras tecleaba la secuencia: todos los códigos de autodestrucción listos, pero ninguna orden transmitida aún. Si caían allí, los Kórax podrían tomarlo todo.

Una voz, producida por el software de la IA de la refinería, alzó el tono más allá de lo humano.

—Unidad identificada. Sargento Karlsen, ¿autorizas protocolo Avernus?

El tiempo se ralentizó. Karlsen miró a Tamura, que la observaba con los ojos inyectados de sangre, incapaz de suplicar, pero suplicando igual. Dos niños atrapados bajo la luz fría del alienígena titán.

Afuera, el estruendo menguaba: los Kórax estaban ganando. Pronto, la compuerta caería, y no habría regreso.

Karlsen no dudó más.

—Avernus, ejecuta.

Tamura gritó mientras la inyección letal lo sumió en la negrura. Los dos soldados restantes cayeron también, rápidos y sin dolor, por primera vez desde que pisaron el planeta. La refinería tembló y un olor acre a ozono recorrió cada conducto.

Por encima, un grito electrónico recorrió la red.

El pulso detonador recorrió Daedalus y, por una vez, cortó la codicia humana y la perfección Kórax por igual. Las minas de titanio-íride ahora no pertenecían a nadie. El Frente Helado se cubrió de una aurora eléctrica segundos antes de la erupción.

Karlsen, entre humo y penumbra, se permitió la más amarga de las sonrisas.

Ganar una guerra, pensó, es a veces perder todo lo que alguna vez tuviste y conocer, por fin, el precio de la victoria.

Aferrada aún al frío, supo que el enemigo viviría para intentarlo de nuevo en otro mundo, en otro ciclo. Pero en Daedalus, esta vez, no quedarían ni sus dioses ni sus fantasmas.

Solo polvo de titanio, flotando en el hielo eterno.

Copyrights © 2025 Viajerosdeltiempo.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.