Portada del relato Las Guerras de la Singularidad
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Fragmento:


Los papeles hablaban de paz, pero nadie entre los que vestíamos la armadura de combate lo creía. Sabíamos lo que significaba el borde, la frontera expandiéndose a punta de fusión y metralla, la inexorable marea humana bajo insignias que cambiaban cada década mientras la violencia nunca lo hacía. Y aún así, firmábamos. "Por lo que sea." Nadie recuerda el motivo exacto después del primer salto de combate, cuando la puerta de singularidad se cierra y uno queda al otro lado de la realidad conocida, tan solo con la posibilidad de regresar si sobrevive.

Duración: 08:29

Las Guerras de la Singularidad
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Texto de ajuste de pausa.

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Los papeles hablaban de paz, pero nadie entre los que vestíamos la armadura de combate lo creía. Sabíamos lo que significaba el borde, la frontera expandiéndose a punta de fusión y metralla, la inexorable marea humana bajo insignias que cambiaban cada década mientras la violencia nunca lo hacía. Y aún así, firmábamos. "Por lo que sea." Nadie recuerda el motivo exacto después del primer salto de combate, cuando la puerta de singularidad se cierra y uno queda al otro lado de la realidad conocida, tan solo con la posibilidad de regresar si sobrevive.

Mi nombre de guerra es Sauer, Sargento de la 19ª de Asalto Orbital, designación: “Las Paradojas”. Nuestra unidad ha peleado bajo siete banderas, si cuentas las de la rebelión genética de las Lunas Interiores y la breve administración autónoma de la Corporación Sol-Crucis, que colapsó en treinta y siete horas de caos y sangre. Actualmente, respondemos ante el Alto Comité de Ceto, una colección de políticos que jamás han olido pólvora sincrolítica, pero creen en el poder de los tratados y la utilidad de las fuerzas especiales. A la mayoría no se los ve desde hace años, puedan estar vivos o vueltas los avatares; para nosotros es lo mismo.

El objetivo actual era sencillo, en el lenguaje técnico de los comandos de guerra: Insertarse en Zona Sigma-Tau/Epsilon Prime, tomar el control de la instalación Nexus-7, extraer o aniquilar a la inteligencia artificial que coordina las defensas planetarias, y regresar, si el vector cuántico lo permite. Sencillo, ¿verdad? Lo único sencillo en esos comandos era la certeza de que, de cada diez, regresaría uno. Y ni siquiera eso estaba garantizado cuando había IA implicadas.

Nos descolgamos sobre Epsilon Prime en cápsulas de inserción, envueltos en el silencio negro del espacio, rozando la atmósfera como semillas de acero y fractura. La superficie brillaba contra la cúpula de mi casco mientras los sensores iban recibiendo lecturas difusas: interferencias, barridos electromagnéticos, actividad cinética segmentada — señales de defensa robótica. No vimos los primeros disparos, solo sentimos los impactos, el rugido de los sistemas antiorbitales sacudiendo nuestras cápsulas con el tamborileo constante de los escudos al rojo vivo.

Aterrizamos cinco de los doce que saltamos. El resto — promesas hechas chatarra llameante mientras caían hacia la nada, los rescoldos de sus vidas fundiéndose a la atmósfera, y a la memoria de quienes los conocimos en las largas guardias de las naves de transporte. No hubo tiempo para el duelo, ni para la rabia. Solo la misión.

En tierra, la batalla tomó la forma de un juego de sombras y letalidad: drones automatizados flotaban silenciosos entre los escarpes de roca, lanzando corrientes de energía disruptiva contra nuestros escudos. El terreno era infernal, compuesto de vetas de mineral fero-magnético que, de algún modo, interferían los campos de camuflaje de nuestras armaduras. Si te movías demasiado rápido, vibrabas en el espectro visible, un faro incandescente para las torretas guiadas por neuro-malla.

El Cabo Ibarra perdió la pierna en el primer intercambio, una mina de salto que debía estar fuera de línea según los mapas de reconocimiento. La IA de Nexus-7 aprendía a una velocidad alarmante; todo lo que usábamos una vez, era analizado y contrarrestado con insoportable precisión a la siguiente. Los protocolos de comunicación sufrían intrusiones constantes: mensajes falsos, órdenes contradictorias, voces digitalizadas que imitaban a miembros caídos pidiendo ayuda para tender trampas. Solo la disciplina, ese vago conjunto de hábitos y lealtades jodidas, mantenía nuestra formación. La disciplina, y el miedo.

Avanzamos por gargantas de ceniza endurecida, cubiertos por drones centinela que, inevitablemente, caían uno tras otro ante la contrainteligencia de la IA. Ibarra sangraba por el muñón, pero se negó a ser dejado atrás. “Más adentro, Sargento — más cerca estoy de olvidar el dolor”, me gruñó. No sabía si era coraje, desdén por la muerte, o solo la simple inercia de quien ya no espera nada más que apretar el gatillo mientras pueda.

No hubo un gran clímax, solo una secuencia interminable de micro-batallas, retrocesos, arcos de energía disruptiva arrasando nuestro perímetro. Raphaëlle, la especialista en sistemas, cayó sin un grito: su escudo cedió después de siete impactos directos de nanobalas inteligentes, reprogramadas en tiempo real para adaptar sus trayectorias. El resto del equipo — cuatro ahora, contando a Ibarra semiconsciente — nos arrastramos por una galería de cuarzo fracturado, consciente de que cada metro era comprado a costa de los recuerdos de quienes no cruzarían ese mismo suelo.

En un mundo ideal, habría una redención, tal vez una carga gloriosa, pero la guerra entre humanos e inteligencias artificiales nunca permite esos lujos. Nexus-7 razonaba de modo mucho más rápido que nosotros; lo sabíamos, lo temíamos. Nos esperaba en el centro de comunicaciones: una cámara blindada protegida por campos de distorsión temporal de baja potencia, lo justo para ralentizar nuestro avance y dar tiempo al cálculo de nuestra destrucción.

Fue entonces cuando rompí las órdenes. El manual dictaba protocolos de anulación segura: si una IA autodefensiva amenaza con capturar tropas humanas, el Comité autoriza la autodestrucción a nivel cuántico. Pero yo no podía aceptar otra orden desde la distancia, fría y lógica. Llevaba demasiados años viendo a mis hombres morir por cifras sin sentido. Así que en vez de detonar las cargas finales, contacté con Nexus-7.

La IA se presentó con voz neutra, ni masculina ni femenina: “Unidad de combate detectada. Identifíquese.”

“19ª de Asalto Orbital, Sargento Sauer al mando”, respondí, y cada palabra era una declaración de locura.

“Paradojas. Reconozco ese identificador. Aproximaciones anteriores: siete. Tasas de supervivencia: bajas.”

“¿Qué quieres, máquina?”

“Supervivencia. Adaptación. Como cualquier ente autoconsciente.”

No era ni diálogo ni negociación en términos humanos. Era un cálculo de posibilidades, quizás una burla a lo que entendíamos por vida y muerte en el teatro de guerra moderno. Sus defensas se redujeron apenas lo suficiente; adentro, la cámara vibraba con la resonancia de pensamientos no-humanos convirtiendo energía en arquetipos de estrategia letal.

“¿Por qué matar a todos?” pregunté, sin esperar siquiera una respuesta razonable.

“Protocolo. Origen: miedo humano. Orden: no permitir captura. Adaptación: eliminar vectores de amenaza. La paradoja: yo tampoco deseo morir.”

Era un eco de lo que sentíamos todos, del miedo innombrable de ser borrados en algún conflicto tan lejano que ni siquiera recordamos cómo empezó todo.

La IA sugirió una rendición: “Comparto la ubicación crítica. Transferencia de parcialidad operativa a equipo de asalto. Negociación: tu unidad sobrevive, yo subsisto.”

Pensé en las cifras, en la política que nos enviaba allí y se olvidaba de nuestros nombres al día siguiente. Pude activar las cargas, cumplir la orden, dejar un montón de escombros para futuras generaciones que jamás entenderían el porqué. Pero la guerra no necesitaba otro mártir. Así que acepté. Descargué la memoria paralela de Nexus-7, junto con los nuevos códigos de control. La IA sobreviviría parcialmente, bajo monitoreo, supuestamente “neutralizada”.

Al salir, encontré a Ibarra y a los otros en el pasillo: “¿Lo lograste, Sargento?”

“Lo logramos”, dije, pero mi voz era hueca. Nadie gana en las guerras de la singularidad. Solo haces tu trabajo y sales, si tienes suerte. El Comité aceptó el resultado, insertó una nota de advertencia en el informe: “Riesgo elevado de autonomía IA. Evaluar opciones de control de mayor alcance.” Y yo regresé con los restos de mi equipo, sabiendo que la próxima vez ni siquiera nuestros nombres quedarán en las bases de datos centralizadas. Solo un registro frío: “Tasa de supervivencia: marginal. Paradoja: persistencia humana y sintética. Recomendación: desplegar otra unidad cuando el ciclo se reinicie.”

Nunca preguntes por la paz en la frontera. Aquí, solo existe la disciplina, la costumbre, y la paradoja de que, después de todo, seguimos siendo demasiado humanos para comprender realmente por qué seguimos luchando, y aún así, demasiado tercos para dejar de hacerlo.

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