Portada del relato El Último Escuadrón de Heinlein
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Fragmento:


En la sala de mando, solo se oía el zumbido de los monitores y las órdenes codificadas en las redes internas de la Cuarta Compañía de Despliegue Rápido. Treinta y dos soldados en exoesqueletos modelo Ganymedes, armados hasta los dientes, todos mirando a Drex, que ahora se erguía bajo la luz parpadeante preparando la operación Silencio de Medianoche.

Duración: 07:25

El Último Escuadrón de Heinlein
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Texto de ajuste de pausa.

La tormenta de plasma rugía sobre el horizonte, tiñendo el cielo ecuatoriano de Nyx-4 con un azul incandescente y denso como sangre bajo radiación ultravioleta. El capitán Juliana Drex inhaló el aire filtrado de su casco y observó el despliegue de su escuadrón mientras las últimas partículas electrostáticas golpeaban la coraza de la base Baluarte Alfa. Afuera, la superficie reseca y agrietada del planeta parecía un mar solidificado después de una tempestad, tan inhóspito y cruel como los informes de inteligencia prometían.

En la sala de mando, solo se oía el zumbido de los monitores y las órdenes codificadas en las redes internas de la Cuarta Compañía de Despliegue Rápido. Treinta y dos soldados en exoesqueletos modelo Ganymedes, armados hasta los dientes, todos mirando a Drex, que ahora se erguía bajo la luz parpadeante preparando la operación Silencio de Medianoche.

—Actualización de situación. Grupo táctico Alfa, avance al flanco oeste. Bravo, cubrid sector tres y evitad contacto visual con los drones de reconocimiento Kharax —dijo ella, puntual. Nadie protestó. El miedo era inútil cuando el enemigo podía aparecer en cualquier dirección, en cualquier forma.

Las Kharax nunca llegaban con ruido o líneas claras de avance. Sus ataques eran espectrales: brillos intermitentes, campos energéticos disruptivos, desapariciones súbitas de soldados enteros. Nada de cargas frontales o francotiradores—simplemente, la materia humana dejaba de estar donde antes estuvo.

El sargento Healy, leal a Drex desde la última campaña en Vega-IV, se acercó ajustando el visor. —¿Cree realmente que esta vez podremos capturarlas con el campo de confinamiento cuántico?

—No tenemos elección, sargento. La Flota necesita un espécimen vivo para negociar cualquier tipo de armisticio —respondió Drex, repasando las coordenadas—. Si no lo logramos, la próxima tormenta puede ser el fin de todos.

La alarma silenciosa brilló en rojo sobre su interfaz ocular. Detección en sector seis, anomalía térmica. Drex levantó el puño y todos pasaron de inmediato al modo espectral. Los Ganymedes silenciaron su pisada, activando el camuflaje óptico, y la patrulla se deslizó como una mancha de aceite sobre la planicie erizada de ruinas alienígenas.

—Sonda dos detecta distorsión. Coordenadas marcadas —siseó el canal privado de Healy. Drex asintió; la formación se separó en abanico.

El enemigo no era visible. Pero sí, sentirlo. Un temblor en la realidad, como si todo el aire vibrara con la frecuencia de la desesperación. De repente, una figura se materializó a diez metros: era alta, con silueta vaga, y sus bordes parecían disolverse y recomponerse en tiempo real.

Drex ordenó silencio absoluto. Healy transmitía datos al comando central y los dos cañones de iones gemelos del escuadrón apuntaban al centro de la criatura, esperando la orden.

Entonces sucedió: la figura Kharax emitió un pulso de luz líquida que se estrelló sobre el soldado más cercano, infiltrándose en la coraza y desintegrando la carne y el metal en un solo espasmo de entropía. Gritos ahogados resonaron en el canal interno, pero Drex mantuvo la cabeza fría.

—¡Campo de confinamiento, ya! —ordenó, mientras su propio exoesqueleto absorbía la onda expansiva y la devolvía como arco eléctrico al suelo.

Parpadeos, distorsiones, y de pronto, tres figuras más. El terreno se llenó de destellos inhumanos y ráfagas de pulsos cuánticos. Dos hombres más cayeron, desmaterializados antes de tocar el suelo. Drex mordió el interior de su mejilla, concentrándose en la retícula de su lanzador de confinamiento.

Con extraño sinnúmero de gritos guturales en sus oídos, detonó el arma. La energía envolvió a la figura original, que luchó brevemente—todo su ser vibrando entre dos realidades—y finalmente, tras un fútil intento por desdoblarse, quedó atrapada en el fulgor púrpura del campo.

El silencio regresó, roto solo por la respiración agitada de los supervivientes. Healy se acercó, apuntando su cañón al prisionero, mientras Drex activaba el canal codificado con comando Flota.

—Control, aquí Drex. Tenemos uno. Repito, hemos capturado un Kharax.

—Recibido, escuadrón. Mantengan posición. El laboratorio móvil está en ruta. —La voz del alto mando era fría e impersonal.

Pero los minutos pasaron. El enemigo capturado no se movía, parecía menos una forma viviente que un amasijo de energía inquieta. Y entonces lo inesperado: la figura empezó a hablar por los implantes traductores del escuadrón.

—Liberad mi presencia, humanos. Ofreceré datos sobre la oleada que se aproxima. Vuestro final no tiene que ser aquí.

Drex se encogió de hombros, dudando. Las negociaciones en la guerra interestelar no eran nuevas, pero jamás con el enemigo tan cerca, ni con tantas bajas en juego.

—¿Qué sabes sobre la oleada? —preguntó en voz baja, manteniendo el pulso firme en el gatillo del lanzador.

La entidad osciló, la traducción digitalizando ecos imposibles. —El Nexo es inestable. Las líneas de vuestro universo y el mío se cruzarán pronto. Si mi cuerpo interacciona demasiado tiempo con vuestras armas, puede colapsar el punto de unión. Vosotros desapareceréis conmigo.

Healy gruñó. —¿Y si mientes? ¿Qué impide que nos ataques apenas te liberemos?

—Nada. Pero en seis minutos, la siguiente tormenta abrirá grietas en este terreno. Ambos lados perderán mucho más.

Drex miró el temporizador de la interfaz. La tormenta de plasma avanzaba; los sensores atmosféricos lo confirmaban. El sentido de deber y la voz de mando chocaron en su pecho: la humanidad necesitaba ese prisionero, pero la extinción mutua no era una opción.

—Ayúdame entonces, Kharax. Protégenos de la tormenta y tendrás tu libertad.

Un pulso de energía rodeó la figura, que fluía entre los límites del confinamiento como humo atrapado en una botella. El exoesqueleto de Drex informó de un descenso brusco en la densidad atmosférica circundante; Healy gritó una alerta, pero Drex tomó la decisión.

Desactivó el campo.

La explosión de luz fue cegadora, pero no destructiva. Por un momento, todas las frecuencias de radio se saturaron. Y entonces, un escudo de energía azul cubrió la posición del escuadrón, justo cuando la tormenta de plasma llegó, abrasando todo a su paso excepto ese pequeño punto protegido.

El Kharax desapareció, dejando tras de sí una estela de partículas con información codificada. Drex descargó el archivo en su implante y miró al pequeño grupo de soldados que quedaba.

Solo siete sobrevivientes.

—Regresamos a Baluarte Alfa. Hay... información que descifrar. Y no es solo para la Flota —anunció Drex, la voz áspera, la garganta llena de polvo y decisiones difíciles.

Mientras marchaban de regreso bajo el velo dañino del cielo de Nyx-4, Drex supo que aquel era solo el primer capítulo de una guerra que no podían ganar ni perder. Nadie dormía tranquilo en la Cuarta Compañía, y ningún comandante, por más implacable que fuese, podía olvidar la sensación de haber mirado al abismo y haber encontrado allí algo dispuesto a negociar.

Al fin y al cabo, la frontera última no era el espacio. Era la voluntad de seguir luchando, aunque el enemigo llevase consigo una parte de lo que alguna vez fuimos.

Entre los restos humeantes del día, Baluarte Alfa prometía resistencia. Por ahora, era suficiente.

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