Portada del relato Sombra en el Horizonte
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Fragmento:


Adrían negó, sabiendo de sobra que nadie en la nave podía responder afirmativamente.

Duración: 08:26

Sombra en el Horizonte
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Texto de ajuste de pausa.

El teniente Adrían Malkov se desperezó en su litera, escuchando el golpeteo sordo de las pesadas botas de combate sobre el metal del corredor. Estaba oscuro, salvo por destellos azulados que se filtraban a través de las grietas en la mampara—la nave Hestia, vieja como una leyenda, llevaba años arrastrando ese parpadeo en sus luces, como si temiera mostrar demasiada claridad, como si en la penumbra se mantuviera a salvo de lo que acechaba más allá de su casco. Desde el anuncio del primer contacto, la oscuridad parecía consustancial a la guerra.

—Malkov, despierta, tienes el turno de control en cinco—gruñó desde abajo la voz de la sargento Velázquez. El polvo de la estancia flotaba, dorado en el único rayo de luz que entraba titilante.

—Estoy listo, solo soñaba con casas—respondió él, frotándose los ojos, sintiendo el temblor de la nave al rumbo variable. Las casas eran la materia del insomnio para un soldado espacial. Habitaciones reales se sentían tan distantes como el sol.

En el puesto de mando, todo estaba como siempre: llaves analógicas junto a paneles holográficos, cascos aplastados por la costumbre, armas descargadas por protocolo pero aún relucientes de miedo. Y la pantalla. Allí, flotando en el espacio frente a la proa, estaba la imagen imposible de la estructura alienígena. Una estructura que desafiaba la simetría, sin líneas rectas, cambiando levemente cada vez que parpadeabas, como si un animal la estuviese soñando. No se sabía si tenía entrada alguna, ni si aquello que la había producido conocía la idea de “entrada”.

No vinieron como avispas violentas ni como profetas con lenguas de esperanza. Los llamaron Nivh, por el sonido que emitía el primer mensaje que interceptamos en las ondas del espacio profundo: “nivh-nivh”. No sabíamos más sobre ellos, pero en seis meses, la mitad de las colonias exteriores se rindieron o fueron arrasadas, y las fuerzas de defensa apenas comprendían contra qué luchaban. Nadie había visto a un Nivh sin morir pocos minutos después. Nadie, salvo la doctora Li.

El almirante Sokolov tenía la manía de masticar nicotina como si extrajera de ella la fuerza para comandar. Cuando Adrían tomó su puesto en el puente, Sokolov sostenía la tableta que contenía el último mensaje decodificado.

—Teniente, ¿sabe usted distinguir una orden amistosa de una declaración de guerra en idioma Nivh?—preguntó Sokolov, su boca torcida en una media sonrisa sin humor.

Adrían negó, sabiendo de sobra que nadie en la nave podía responder afirmativamente.

—Por eso tenemos a la doctora Li. Ella dice que este mensaje…—Sokolov agitó la tableta—…es una invitación.

Adrían miró la pantalla, el objeto alienígena flotando fuera de su rango de armas.

—¿Bueno o malo?

—Lo sabremos cuando usted entre.

La nave desembarcó cinco cápsulas en el vacío, directas hacia el objeto. Adrían, Velázquez, el médico Osei, el técnico Xolo, y la doctora Li. Li no llevaba armas, pero aseguraba que contaba con la información que ningún disparo podría superar.

Uno a uno, adosaron los trajes a presión y comprobaron sellos. El casco de Adrían mostró el latido anómalo de su corazón. Nadie podía oír el himno de la Tierra, esa música envolvente que usaban como antorcha mental, porque el silencio afuera tragaba todo sonido.

Cuando salió de la cápsula, la gravedad fluctuó. La superficie consistía en una membrana semivisible que cedía sin romperse al paso, emitiendo ondas de color bajo la presión de las botas. Dentro de la estructura, no había líneas ni ángulos; sólo curvas infinitas, colores que dolían a la percepción ancestral, y una sensación pegajosa de vigilancia subyacente.

—No disparen, pase lo que pase—ordenó la doctora Li por la red privada—. Si tienen que huir, marquen el punto con baliza y yo me quedaré negociando.

El eco de sus pasos reverberaba apenas. No había ni frío ni calor. Al cabo de unos metros, los pasillos se angostaron, y en la penumbra, algo se movió.

El Nivh parecía estar compuesto de haces de luz, fibras traslúcidas que palpitaban en sincronía, brazos difusos que nunca se posaban en un sitio, sin cara, pero con ojos imposibles diseminados en proyecciones vibratorias. Cuando se acercó, la nave proyectó instintivamente líneas de puntería láser sobre él. El Nivh se detuvo.

Li avanzó y levantó la mano con lentitud desarmada.

—Venimos a hablar—dijo, aunque nadie esperaba que la criatura entendiera el idioma humano. Sin embargo, un zumbido envolvió el recinto y las paredes comenzaron a modularse, a adquirir breves fragmentos de geometría reconocible. El Nivh era traductor, sala y emisario a la vez.

—Hay vida transmitida—tradujo Li en voz baja, mientras escuchaba los zumbidos—. Dicen… el ciclo se cierra solo si la carne responde.

Adrían dudó—¿la carne?, pensó, sin atreverse a verbalizarlo.

El Nivh extendió uno de sus miembros-filamentos hacia Li, sin llegar a tocarla. Todos contuvieron la respiración. Con un gesto deliberado, Li se quitó el guante del traje y extendió la mano. Un estremecimiento recorrió las filas. ¿Qué tipo de contacto era ese?

Un filamento del Nivh tocó la piel de Li. En su pulsera médica, los latidos se aceleraron, su temperatura bajó tres grados. Pareció flotar un instante, y su voz llegó más densa por el auricular:

—Ven… disfraz… de daño—tradujo, con palabras torpes, la pulsación que le llegaba—. Ellos… sienten la muerte como lenguaje. La batalla, para ellos, es diálogo.

Por un segundo, todos vacilaron. Si el combate es comunicación, ¿qué dice una rendición? ¿Qué mensaje guarda la aniquilación?

Osei, medio asfixiado por el intercambio, murmuró:

—¿Es esto una negociación de paz?

Pero el alienígena no parecía interesado en objetar. Segundos después, todos vieron el mismo filamento bifurcarse, acercándose a Adrían. No era amenaza, pero la tensión era física, dolorosa. Un sudor helado cubrió la frente del teniente.

—Esperan que respondamos. Una respuesta que duela—tradujo Li, jadeante. Su voz se entrecortaba como señal débil—. Si no entendemos cómo conversar… la guerra nunca acaba.

Velázquez gruñó, levantando el arma.

—No entiendo estas reglas. No puedo jugar a perder.

Pero Adrían, tal vez por el cansancio o por la memoria de las casas de su sueño, avanzó un paso. Se quitó el guante y tocó la membrana alienígena. Sintió un colapso de imágenes: planetas abriéndose al vacío, cuerpos espirales en historias de dolor y redención. El Nivh compartía información sin filtrar, la suma de todos sus muertos, toda la comunicación estructurada en golpes, fracturas, sacrificios. Adrían comprendió, aunque de manera arcaica: para los Nivh, la comprensión nacía solo del dolor, la experiencia era física, visceral. La guerra era una forma de argot biológico.

Al apartar la mano, Adrían se desplomó, imágenes aún quemando tras sus párpados.

—Quieren un tratado, pero solo pueden escribirlo en término de daños. No pueden entender las palabras sin sangre.

Xolo y Osei lo arrastraron de regreso, y la doctora Li se quedó a solas con el Nivh. El pasillo los vomitó afuera, a la cápsula, al vacío oscuro, mientras dentro la conversación seguía escrita en carne y pulsos eléctricos incomprensibles.

***

La vuelta a la Hestia fue un laberinto de exámenes médicos, psicoanálisis y estrategias pospuestas. Nadie dormía ni comía bien. Adrían pasaba horas viendo la proa, preguntándose qué herida escogerían como mensaje a la siguiente especie que encontraran.

Un mes después, Li fue repatriada, apenas ella y un pulso lumínico sellado en una caja. Algún día, decían los más optimistas, aprenderíamos a negociar con estos seres sin perder más cuerpos, sin firmar tratados sellados en cicatrices. Pero bajo el casco, Adrían sabía—en el fondo de su conciencia rayada por imágenes ajenas—que cualquier futuro cimentado sobre la comprensión mutua exigiría aún muchas generaciones de batallas, lenguajes fracturados y sueños en donde casas reales fueran tan lejanas como estrellas olvidadas.

Allá afuera, el objeto alienígena seguía flotando, girando levemente, progresando en sus inevitables metamorfosis. Silencioso, traductor y testigo, esperando a que la carne humana aprendiera, de una vez, a responder.

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