Portada del relato Cuerpos Recuperados
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Fragmento:


En el rincón más alejado de la enfermería, alguien gritó. Voces discutieron, voces demasiado humanas en contraste con el silencio de máquinas. El Observador los dejó a su suerte, pues en protocolos de recuperación, la prioridad era siempre restaurar a los líderes. Los demás, la tropa, eran repuestos a menor ritmo. Irina no podía decidir si aquello era piedad o lapidación selectiva.

Duración: 08:41

Cuerpos Recuperados
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Texto de ajuste de pausa.

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La sala de recuperación estaba en silencio salvo por el zumbido cíclico de los drones médicos. El resplandor azulino filtraba las manchas color óxido del piso; aquí, en la retaguardia de la nave hospital, el tiempo parecía fluir diferente. Alrededor de la Teniente Irina Fel, los cuerpos yacían en pilas ordenadas, envueltos en sábanas translúcidas que mostraban la silueta de miembros artificiales, costillas abiertas como puertas de acero, y donde algún torso remendado se encontraba, aún sangrante, entre los vivos y los destinados al vacío.

Quizá fue el olor acre lo que la despertó, no del sueño, sino del estado de alerta que aquellos en guerra no aprenden sino absorben por ósmosis. Se alzó lentamente de la litera de descompresión, con la piel temblando bajo vendas adhesivas, y buscó a alguien a quien pudiese llamar médico. Solo estaba el Observador, aquella inteligencia artificial con carapacho fosforescente, luces corriendo bajo su cuello como venas alienígenas. Él—o eso prefería que le llamaran, vieja cortesía humana—informó con un gesto que solo los nuevos grados asimilados podían leer: "No te preocupes", decía, “Vivirás otro día”.

Irina intentó recordar cuántos los “otros días” sumaban ya desde su primera resurrección oficial. Era difícil saberlo. Cuando firmó para el despliegue en los Muelles del Borde, el Comando de Naciones Terrestres ofrecía la promesa de toda una secuencia de cuerpos de repuesto, fragmentos de memoria almacenados y restaurados tras cada muerte, borrado limitado para preservar la salud mental operativa. Se rió con desdén, como solo podían hacerlo los ignorantes; nadie le había explicado la erosión que produce la resurrección, ni cómo se licuaba el corazón cada vez que te despellejan para levedad quirúrgica, entregando tu memoria para ser reinyectada en la carne recombinada.

—¿Dónde estamos?—preguntó, su boca seca y áspera, la lengua saboreando el cobre de su propio crecimiento de encías.

El Observador giró su cabeza translúcida. De cerca, su cara era un filtro curvo que oscilaba entre humanidad y alienación, luces formando pómulos y una sombra de mandíbula.

—Nos encontramos en los límites de Odisea-IX, a cuarenta parsecs del último frente. Has sido restaurada siete días desde la recuperación. Volverán a llamarte.

El “llamado” era la siguiente operación. Siempre lo era. El frente distante necesitaba carne pensante: oficiales a los que pudiera descargarse moral, estrategia e, idealmente, algo de compasión por los soldados. Ese era el precio de sus cuerpos regulares: aceptaban la inhumanidad funcional cada que volvían a la existencia.

Irina dejó caer las piernas al suelo; la pierna izquierda era nueva. Sentía, debajo de la dermis impoluta, la vibración de microactuadores. Se preguntó si las células viejas y las nuevas discutían bajo la costra. Sus cicatrices, ahora rehechas por células madre, no tenían memoria.

En el rincón más alejado de la enfermería, alguien gritó. Voces discutieron, voces demasiado humanas en contraste con el silencio de máquinas. El Observador los dejó a su suerte, pues en protocolos de recuperación, la prioridad era siempre restaurar a los líderes. Los demás, la tropa, eran repuestos a menor ritmo. Irina no podía decidir si aquello era piedad o lapidación selectiva.

Le asignaron un uniforme gris, sin rango visible. La nave hospital era jerárquicamente plana: solo valías mientras podías escribir informes, dar órdenes, salvar balance de tropas y hacer como que las almas de trescientos operativos no pesaban sobre tu ánima en reconstrucción. En la segunda jornada tras su restauración, la llamaron a la sala de estrategia, ese cubículo helado y sin ventanas en donde los oficiales superiores discutían mediante hologramas y estadísticas las vidas desechables asignadas a cada oleada.

El Coronel Jiao era una leyenda: la única que, decían, había sobrevivido treinta restauraciones sin síntoma de pérdida cognitiva. Según leyendas de pasillo, el Coronel había cambiado tanto de cuerpo que ya nadie recordaba su rostro original; solo la compostura y la voz, robótica por los tantos implantes danzando entre sus vértebras.

—Teniente Fel—dijo, con la voz resonando en los paneles de acero—El enemigo ha instaurado una cabeza de puente en la órbita de Tycho-K, y necesitamos repelerlos antes de que establezcan una estación de salto.

Irina asintió, tragando el nudo crónico de la repugnancia.

—¿Tenemos capacidad de despliegue?—preguntó, intentando no mirar el listado de bajas desfilando por la pantalla lateral.

El Coronel sonrió, o eso sugirió el leve ascenso de las líneas luminosas bajo su piel. —El treinta por ciento de la compañía Alfa está en proceso de restauración. El resto son nuevos.

Nuevos. Tropas hinchadas de carne clonada, memoria quirúrgicamente implantada. Recuerdos de entrenamiento, glorias pasadas forjadas por narratología militar. Carne y mente frescas, sin cicatrices visibles pero tal vez, si uno miraba un poco, con esa sombra de vacuidad que los restaurados nunca perderían.

—¿Por qué seguir usando recuperados?—musitó Irina—Podríamos enviar máquinas.

El Coronel soltó una risa seca. —Las máquinas son predecibles. Y el enemigo tiene mejores pirates que nosotros. Los restaurados pueden improvisar. Además… un ejército de IA no firma tratados, ni testifica crimenes de guerra. Carne restaurada sí.

Un temblor reptó por la columna de Irina. Las guerras del Borde no eran celebradas ni por los victoriosos. Al volver a la sala de preparación, inspeccionó a su escuadra; algunos con el resplandor suave de quienes han sido devueltos miles de veces, otros con el candor frágil de los nunca destruidos. Se preguntó cuántos de los nuevos recordarían sus primeras muertes. Para ellos, la memoria venía empaquetada, una secuencia de sueños-pesadilla que sus cerebros aprendían a distinguir a medida que el trauma real les superaba.

Antes de embarcar hacia Tycho-K, recibió la rutina de revisión psicológica obligatoria. Era una formalidad. El psicólogo asignado—una IA con un nombre genérico y una voz sorpresivamente cálida—le preguntó si sentía síntomas de disociación, nihilismo o impulsos autodestructivos. Irina respondió como debía: "No". Nadie quería ser apartado, degradado a asesor estratégico o, peor, limpiado de recuerdos nuevamente para ser reinsertado en otro cuerpo. Morir de olvido era el fin temido.

La inserción en Tycho-K fue brutal. El enemigo no era como lo habían descrito en los informes; sus drones combatientes parecían cúmulos de amebas metálicas, reconfigurando cada daño en una nueva arma. Irina lideró a su escuadra a través de las ruinas de un astillero, disparos reverberando sobre las planchas de acero retorcido. El sentido de déjà vu la golpeó—esta muerte la había vivido antes. Recordó gritos, chispas, el calor de un explosivo improvisado atravesando su pecho, y cómo la nada posterior era un descanso traicionado por el código de restauración.

Cuando cayó, lo sintió antes que vio: una dentellada de agonía, una pérdida total de sentido, y luego la lentitud zafrada de la resurrección, otra vez en la nave hospital, el Observador junto a su camilla.

—Bienvenida de nuevo, Teniente—dijo, como si fuera la primera vez.

Esta vez, Irina sintió que algo faltaba. Un eco. Un nombre olvidado, una promesa hecha en una versión anterior de sí misma. Buscó entre los archivos ofrecidos por la IA médica, pero todo lo que encontró fueron líneas negras, tachaduras en secuencias de datos.

El Coronel Jiao visitó su camilla mientras se adaptaba a la carne recién horneada.

—¿Sientes la fatiga, Fel?

Irina lo miró, y supo que la respuesta no importaba. Aquí, las repeticiones no eran un derecho sino un deber. Seguirían luchando mientras los bancos de memoria tuvieran espacio, mientras las fábricas de cuerpos pudieran seguir abasteciendo esta guerra sin final, con generosidad de acero, carne y olvido.

—¿Cree que algún día nos detendremos?—preguntó ella.

El coronel le ofreció el residuo de una sonrisa, cansada y brutal.

—Quizá cuando la última copia no pueda ya recordar por qué peleamos. O cuando entender la derrota pese menos que volver. Hasta entonces, reescribe tu nombre. No seas uno de los olvidados.

Cuando Irina se volvió a mirar al Observador, deseó poder odiarlo, al menos por un instante, pero la sensación ya se había evaporado en la neblina de su nueva biografía. El frente la llamaba. Y ella, lista o no, respondería. Quizá solo por costumbre. Quizá porque, allí donde las guerras son eternas, el deber es la última pertenencia real que queda.

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