Fragmento:
—Objetivo: núcleo experimental. Prioridad: extracción de los científicos. Letalidad autorizada. —La oficial al mando, coronel Patrice Sinh, habló desde su remoto puesto en la órbita, su voz saturada de matices que solo una red neuronal bien entrenada podría descodificar.
Duración: 08:48
Las luces de emergencia punteaban la bruma lila que flotaba cerca del suelo metálico, coloreando los perfiles de los soldados acorazados en la plataforma de descenso. El transporte Blindhopper, aún vibrando como un animal en agonía, abría su compuerta para escupir al pelotón D-13 a la superficie desconocida del Planetoide Berezovsky IV. Sus armaduras resonaban con ecos de la batalla próxima, y sus rostros, ocultos bajo visores tintados, contenían la misma mezcla de temor y rutina desde hacía más de diez campañas.
El sargento Mykhailo Valentz, veterano de tres asedios orbitales, revisó automáticamente la integridad de su exoesqueleto. El mecanismo biomecánico respondía bien al impulso nervioso, y los capacitores de energía estaban en verde; la IA del traje, Iris, susurraba diagnósticos cuasi cariñosos a su oído interno. Miró a su escuadra: seis hombres y mujeres, cada uno enganchado a un pasado desmembrado por la guerra, cada uno hastiado de la gloria prometida que nunca llegaba.
—Alineación. —La voz de Valentz sólo era un chasquido por el canal de mando, pero el pelotón obedeció, ciñéndose a la cobertura de las columnas semicirculares. El aire olía a ozono y plata; bajo sus botas, la aleación de la plataforma temblaba con la actividad subyacente de la base de investigación.
Contuvieron la respiración. En ese instante, la información fluyó hacia sus retinas como una llamarada comprimida: esquemas tridimensionales de la instalación, rutas probables de patrullaje automatizado, señales de vida alienígena. A distancia, zumbaban amortiguadas las armas energéticas de las torretas de defensa enemigas.
—Objetivo: núcleo experimental. Prioridad: extracción de los científicos. Letalidad autorizada. —La oficial al mando, coronel Patrice Sinh, habló desde su remoto puesto en la órbita, su voz saturada de matices que solo una red neuronal bien entrenada podría descodificar.
Habían leído el informe: el Centro Berezovsky, dedicado a la investigación de interfaces cuánticas, había emitido una señal de socorro interrupta, seguida de un apagón total en sus sistemas de comunicación. Las últimas grabaciones llegadas eran ambiguas; cámaras distorsionadas, fractales ininteligibles y siluetas de operarios retorciéndose ante una presencia invisible. Como en otras ocasiones, sospechaban de una fuga tecnológica… o de algo peor, mucho peor.
Valentz condujo la avanzadilla por el corredor A-7, donde la luz estroboscópica y las sombras mantenían un juego tan viejo como la guerra. Su compañero de armadura pesada, Lin Zhu, iba en cabeza, desplegando su escudo de energía, y detrás arrastraban los generadores de pulso para neutralizar sistemas automáticos adversarios. De pronto, una ráfaga de disparos de plasma iluminó el túnel. Una torreta lateral, olvidada en la cartografía aliada, despertó y escupió muerte azulada.
El escuadrón reaccionó en sincronía letal: Lin Zhu absorbió la descarga, desencadenando una onda que fundió el nanobot recubrimiento antes de que el plasma penetrara. Los demás desplegaron granadas magneto-polarizantes, y la torreta fue tragada por un silencio breve y brutal. Restos humeantes chisporrotearon en la penumbra.
Las bajas, por ahora, eran cero.
—Iris, escaneo profundo. Busco anomalías biológicas —ordenó Valentz.
Enseguida, la IA filtró resultados: temperaturas anómalas, vibraciones fuera del umbral común a 200 metros, justo en el núcleo experimental. Las formas de vida, si es que aún vivían, eran refractarias a la identificación; fluctuaciones cuánticas bloqueaban la interpretación precisa. Eso encendió una alarma ancestral en la mente del sargento. Había aprendido que ningún error técnico era accidente en ese lado de la galaxia.
Avanzaron, resguardados por un silencio de tumba que sólo interrumpían los latidos de sus corazones amplificados por el exotraje. Los signos de la lucha reciente cubrían los muros: regueros de fluido sintético, cartuchos quemados, segmentos del suelo alterados como por un calor cegador. No encontraron cuerpos, sino una ausencia total de materia orgánica, como si algún ideograma ajeno al ser humano hubiera editado la realidad en esa sección.
En la antesala del núcleo, emergió la resistencia. No eran drones ni soldados humanos; aparecieron criaturas amorfas, envueltas en un tejido cambiante de materia y energía. Tenían rostros humanos que parecían fundirse y recomponerse mientras sus cuerpos reescribían las leyes de la física ante los ojos horrorizados del escuadrón.
—No disparen aún —ordenó Valentz, pero Lin Zhu no pudo contener la reacción instintiva y una ráfaga de antimateria rasgó la criatura, que se reconstituyó con una elegancia irreal.
La voz estalló en las comunas internas:
—¡Son interfases cuánticas! El accidente… ¡Los científicos son ellos!
La IA de Valentz intentó analizar la situación, pero una oleada de datos incoherentes colapsó los subsistemas ópticos, mostrando fractales purpúreos y iteraciones de sus propias caras gritando en silencio. El mundo se desaceleró y Valentz sintió que su percepción se desensamblaba y reagrupaba cada milisegundo: veía a sus compañeros no como soldados sino como sucesiones de posibilidades, y por un instante temió perder la frontera que separaba al hombre de la máquina, a la máquina del milagro.
—Retirada controlada, formación Delta —gritó. Pero las criaturas-INTERFACE ya se habían fusionado con la arquitectura del corredor. Los disparos que intentaron repelerlos sólo los ralentizaron. Una sensación de hielo recorrió la columna de Valentz mientras uno de los seres lo atravesaba, probando con chillidos ultrasónicos la capacidad del cerebro humano para albergar un horror no euclideo.
Lin Zhu sucumbió primero, desgarrada en decenas de versiones alternativas que parpadearon en existencias paralelas antes de desaparecer. Jano, el técnico, cayó de rodillas, su piel plagada de microcircuitos que sufrían entropía plana, como si el concepto de energía hubiera caducado para él.
Valentz y los dos últimos supervivientes —Ira Gromova y Anil Sharma— lograron retroceder a la cámara de seguridad previa, sellando la puerta con un campo gravitatorio. Pero sabían que era cuestión de tiempo antes de que las entidades-INTERFACE encontraran la forma de penetrar incluso esa barrera.
—¿Qué sugieres, Iris? —suplicó Valentz a su IA personal.
—Solución parcial: desincronización de bucle temporal local.—
La respuesta fría y lógica repiqueteaba entre los impulsos sinápticos. Era una locura, pero tampoco lo que enfrentaban era cuerdo.
—¿Y los científicos? ¿Son recuperables?
—Persisten como fluctuaciones cuánticas de alta entropía. La reversión es teóricamente viable si el sistema principal del núcleo colapsa con una inversión de fase energética.
El tiempo era una torre de Babel a punto de caer.
Anil preparó la carga de invesión de fase, consciente de que podría aniquilar no sólo el núcleo, sino media luna de oseidos alrededor. Ira susurraba viejas oraciones eslavas, aunque su dios parecía una sombra tan abstracta como los monstruos cuánticos a su puerta.
Un chillido, como el de un heraldo de los muertos, atravesó el campo gravitatorio. La puerta comenzó a vibrar, a transformarse en algo plástico y translúcido, mientras las criaturas-INTERFACE asomaban dedos de probabilidad.
—¡Ahora! —bramó Valentz.
Anil activó la carga de inversión. El mundo saltó y se congeló en una matriz de colores imposibles. El tiempo se plegó en una cinta de Moebius. Valentz vio, en un último destello, sus vidas alternativas: triunfantes, muertos, jamás nacidos, convertidos en máquinas. Sintió a Ira y Anil a su lado, fusionados por el grito absoluto de la entropía.
Y entonces, silencio. El universo reanudó su marcha. Despertó en la base orbital, con la sensación del metal frío bajo su cuerpo recompuesto. Los sensores marcaban daños catastróficos en Berezovsky IV, pero ninguna presencia cuántica anómala. El pelotón estaba fragmentado: sólo Ira, mutilada pero viva, compartía el espacio de reanimación. De Anil, quedaba el eco electromagnético en la matriz de Iris.
“Ha concluido la operación”, anunció la voz de Sinh, tan remota como un dios ausente, “el contrato les considera vivos por parámetros estándar. Pero el análisis post-acción determinará si siguen siendo humanos.”
Valentz cerró los ojos, sintiendo el rumor de aquel mundo alternativo donde nunca debieron haber descendido. Y comprendió que la guerra, en el umbral de lo cuántico, era apenas el preludio de otra más salvaje: la de la supervivencia misma del significado de la vida frente a la máquina y el milagro.
Allí, en la quietud de la cápsula médica, volvió a oír en su oído el susurro inmutable de Iris:
—La humanidad es un proceso, sargento. No un destino.
--- Fin ---
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