Fragmento:
Marcó la proyección táctil. Los rebeldes movían formaciones incumpliendo la lógica militar tradicional. Asaltos en punto, recesos breves, rearme improvisado… y sin embargo, la masa de sus tropas aumentaba sin explicación. “Desabastecimiento, mi trasero”, pensó Rugger. Alguien les apoyaba, alguien a escala interplanetaria.
Duración: 08:13
El olor a metal quemado persistía en el aire mucho después de que el último cañón automático callara. Los monitores infatigables de la estación aseguraron el conteo: 206 enemigos caídos, 11 propias unidades perdidas, 124 heridos de gravedad. El capitán Rugger Ardith, a cargo de la Compañía Ocho de la 7ª División Galáctica, se permitió el lujo de dos segundos de alivio antes de que la rutina volviera a reclamarlo. En ese parpadeo fugaz mental, los nombres de sus caídos desfilaron como el roster final de una pesadilla inevitable.
En Europa 9, sus acorazados jamás habían enfrentado resistencia semejante. La luna de Júpiter, terraformada y original asiento del Complejo de Biodomes de Yegerna, ardía en la noche perpetua. Las fuerzas rebeldes surgían de los campos de talas como si las mismas placas tectónicas los escupieran: soldados unificados por el rencor de los millones de explotados de la Tierra y las colonias, impulsados por una fe casi religiosa en la caída de la Federación.
A esa hora los centinelas, niños casi en edad, tripulaban los sensores y los grandes mecanismos-jinete de combate, los famosos Tanques Titania. Rugger, desde el compartimento superior de su Titania, miró el crisol multicolor de los proyectiles rebotar contra los escudos y escuchó por la radio la respiración de los suyos, tan forzada, tan humana.
El teniente Hanayama interrumpió sus pensamientos. —Capitán, análisis térmico. Las líneas de movilidad nos muestran una fisura en sector 45B21 —dijo, voz templada por la experiencia pero levemente subrayada por un hilo de terror. Rugger agradeció el informe con solo un monosílabo; años de combate le habían enseñado que la incertidumbre solo aumenta con las palabras.
Marcó la proyección táctil. Los rebeldes movían formaciones incumpliendo la lógica militar tradicional. Asaltos en punto, recesos breves, rearme improvisado… y sin embargo, la masa de sus tropas aumentaba sin explicación. “Desabastecimiento, mi trasero”, pensó Rugger. Alguien les apoyaba, alguien a escala interplanetaria.
Un sonido sordo llenó la cabina: el Titania de Malina, sargento de su pelotón, explotó al impacto de un misil disidente. Un brillante azulado se apoderó del campo por segundos, y todos se taparon los ojos. El enemigo ya no era la multitud de extraños con uniformes improvisados: ahora era ese azul arrollador que devoraba el acero y los huesos al mismo tiempo.
—¡Intrusión nanobiológica! —gritó Hanayama de nuevo.
La IA centralidad, YANTRA, activó el protocolo de descontaminación. El aire se volvió agrio, el líquido de supervivencia se enfureció en sus tubos, el panel de mando pasó a modo de emergencia. “Compañía Ocho, protocolo Fahrenheit”, ordenó la voz sin género de YANTRA.
Eso significaba liberar cargas incendiarias, autodestructivas, para impedir que los nanobots enemigos robasen la tecnología interna. Ardith sintió la reacción instintiva de rechazar tal orden; cada Titania costaba lo que una colonia mediana, pero perderlos completos equivalía casi a entregarles la guerra.
Activó la línea privada con el coronel Stuertz, en la órbita baja de Europa 9. —Coronel, han infectado la cuadrícula. Protocolo Fahrenheit activo. ¿Procedo?
En los microsegundos que tardó en recibir respuesta, Rugger se permitió dudar: ¿y si lo que enfrentaban no era una revuelta cualquiera?, ¿y si Europa 9 se había vuelto, en realidad, la tumba tecnológica de toda la Federación?
—Aprobar, Capitán. Prioridad es negar transferencia tecnológica. —La voz del coronel no dejó lugar a discusión. Stuertz era todo eficacia y frío disciplinario, casi incorruptible salvo en el asunto de la lealtad.
Las siguientes órdenes cayeron en cascada, automáticas. Cargó la secuencia de autodestrucción. Rápidamente, su equipo abandonó hatches laterales uno por uno, apenas protegidos por sus exoesqueletos personales. Los proyectiles venían como lluvia y el aire se volvió tercamente rojo, figurando una aurora boreal hecha de sangre.
Mientras huían, Rugger vio a Malina —o lo que quedaba de ella— entre fragmentos de su Titania, aún luchando contra los nanobots azulados. Activó una microbomba de inutilización y bajó los ojos, sabía que el protocolo era más fuerte que la piedad. Al menos, pensó, murió como quería: luchando, y no pudriéndose en un hospital militar.
La Compañía Ocho retrocedió en formación, saltando de una zanja a otra, abiertas por bombardeos recientes. La luna de Europa se iluminó a kilómetros a la redonda con la serie de explosiones, y una nube de polvo radioactivo se alzó sobre la base. Las ondas de choque sacudieron la estructura ósea de Rugger y de sus soldados. Terminaron cubiertos de ceniza y barro. Se sentaron, exhaustos, algunos lloraban; otros miraban al vacío, esperando la orden de retirada final.
Pero la retirada no llegó. Los drones orbitando confirmaban una verdad escalofriante: las unidades enemigas, pese a la devastación, no disminuían. Por el contrario, los sensores mostraban que “nuevos” combatientes surgían, aparentemente ensamblados de los restos de sus propios Titanias destruidos y, lo que era aún peor, de los cadáveres de los soldados caídos en combate.
—No son solo humanos, Hanayama. Hay algo más funcionando —musitó Ardith.
YANTRA propuso lo impensable: —Recomiendo evacuar la estación y activar el Protocolo Órbita Cero. Iniciar fusión nuclear de toda la base, contaminar la región irreversiblemente.
En otras palabras, hacer de Europa 9 un recuerdo, dejar un páramo irrecuperable aunque eso le costara millones de vidas civiles y el odio eterno de la historia. Se comunicó con el Alto Mando-General, quien respondió con la fría lógica de las verdaderas guerras: —Autorizado. Prioridad, impedir replicación nanobiológica rebelde, aunque implique bajas civiles totales.
El protocolo quedó programado para diez minutos. El silencio reinante en los comunicadores helaría los huesos de cualquiera que no creciera en la violencia. Se permitió recorrer el improvisado hospital de campaña. Buscó con la mirada a Malina, a quien años atrás había prometido sacar viva de cualquier infierno. Le habló al cadáver, sintiéndose irrevocable y traidor.
El sonido de los ensamblajes rebeldes era ahora un murmullo constante; parecían enjambres de chatarra, repitiendo frases de resistencia y hermandad una y otra vez, como si la misma luna conspirara. Los niños-centinelas de los Titania, apenas adolescentes, se abrazaban entre sí. “Yo los traje”, pensó Rugger. “Yo los lleve a esta condena.”
A los seis minutos del final, la IA anunció: —Detección de mensaje interestelar, origen desconocido.
Las pantallas mostraron caracteres ajenos a cualquier sistema fonético humano. Las letras resplandecían en azul y luego en negro. En su centro, un fractal reverberante. YANTRA, por primera vez desde el inicio de las hostilidades, titubeó: —Posible mensaje de alto nivel, contenido: “Final no es Muerte, sino Cambio. Europa 9 será semilla, no tumba.”
Las tropas rebeldes avanzaron, infectando todo, incluso el sistema central remoto de la Federación. Era la guerra final: no por territorio, no siquiera por una ideología, sino por la reescritura misma de la Humanidad y sus máquinas.
Rugger Ardith, ya sin Titania, ya sin compañía, comprendió que nadie, jamás, ganaba de verdad una guerra. Lo comprendió mientras sus piernas crujían por el temblor nuclear próximo; lo comprendió en el rostro azul y en calma de Malina, y lo repitió en su comunicación final al Alto Mando: “No podrán detener el cambio, ni siquiera si Europa 9 se convierte en sombra. Allá vienen. Y son lo que fuimos. O lo que temíamos ser.”
Luego, la noche de la luna Europa se iluminó una última vez, sin aplausos, sin testigos; solo las máquinas y los hombres transformados en promesa, o quizá en advertencia.
Nadie volvió a pisar esa luna. Pero a veces, en la aurora hereje sobre los domos rotos, se ve el reflejo de un azul imposible, como si la guerra nunca se apagara del todo.
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