La noche caía sobre el Domo C17 con una lentitud viscosa, ese tinte azul profundo de los gases de escape reflejando en la cúpula. Las estrellas eran sólo cicatrices blancas en el vidrio, heridas en la piel del cielo. Yo estaba en mi oficina, un cuartito de cristal templado y paneles de sucesivas reparaciones, esperando que la oscuridad llenara todos los intersticios que el día había dejado libres. El reloj calculaba las pulsaciones de energía que la ciudad consumía, pero yo sólo oía la lluvia débilmente ácida lamer el domo como si quisiera entrar.
El informe era claro, pero inútil: una trabajadora hallada sin vida en las galerías de fusión. Tercera esta semana, y ninguna explicación convincente. "Inestabilidad emocional, accidente, error humano". Hace mucho que esas palabras ya no me dicen nada. Busqué el cigarro dentro del abrigo, aunque estaba prohibido fumar dentro del domo desde el incendio del año pasado. En el monitor, el rostro de la muerta: dos ojos opacos, la piel grisácea bajo la fluorescencia. Apenas una sombra de sonrisa. El informe decía “Mariela Xu. Veintinueve años. Supervisora de campo, sector Sur.” Todo normal si los minutos de vigilancia no hubieran mostrado su silueta perdiéndose en la neblina, justo antes de que se apagara el sensor de radiación.
Recojo la placa: Avel, investigador de protocolos. Un nombre ridículo y un título peor, pero me permite atravesar los umbrales que otros no notan. Trituro el cigarro bajo la bota antes de salir.
Los pasillos que llevan al núcleo de fusión son un laberinto de acero y polvo, iluminados por paneles que parpadean como ojos cansados. Al pasar el primer control, me tropiezo con Edhen, jefe de seguridad. Alto, nervios de fibra amarga; me mira como si supiera algo que no quiero escuchar.
—¿Vienes a buscar fantasmas, Avel? —pregunta, con la voz densa de resentimiento.
—Solo rastros de energía perdida —le contesto, señalando el sensor que cuelga de su cinturón.
—Aquí solo hay restos, grietas y miedo. Desde que empezaron con la retroalimentación inversa, las cosas no funcionan igual.
Le pido acceso total a las grabaciones y el mapeo térmico. Edhen resopla, pero cede. Le gusta imaginar que yo soy un obstáculo más, no la amenaza real.
Las galerías internas del núcleo son un paisaje frío, casi orgánico: las paredes laten con vida eléctrica, cada pocos metros un ciclo vibratorio deja huellas de energía estática. Los cuerpos yacen aquí y allá, atrapados en sus rutinas de trabajo, nunca se detienen: la energía debe continuar fluyendo. La fusión, ese milagro último y peligroso, mantiene viva la ciudad. Hay quien dice que nos devora de dentro hacia fuera, que la materia transformada no es la misma que la que alimentamos al horno central.
Llego al lugar donde encontraron a Mariela. Un charco seco de lo que alguna vez fue sangre se adhiere a las baldosas poliméricas. La gente pasa deprisa, nadie mira, nadie pregunta. Saco el pequeño medidor de residuos isotópicos y lo paso sobre la superficie: las cifras suben y bajan, desquiciadas. Hay una vibración aquí distinta, como si la muerte señalara un hueco subterráneo abierto debajo de la piel de la ciudad.
Una sospecha me roe, lenta. No es la primera vez que la energía cambia de humor antes de un accidente. Hace un año, durante la última revisión técnica, alguien filtró los datos de inestabilidad mutua a la prensa; dijeron que era imposible, que la “fusión total” era autónoma y segura. Pero aquí estoy, viendo cómo la energía entra y sale sin permiso.
La familia de Mariela vive en el cinturón inferior del Domo, una franja donde la luz apenas llega y el aire pesa. Su hermana, Janna, recibe a los visitantes con un cuchillo en la mano, los ojos blandos y asustados. Le muestro la placa, espera algo de compasión y sólo recibe burocracia.
—Dime, ¿tu hermana tenía miedo?
Duda, limpia el filo del cuchillo sobre el pantalón, titubea.
—Las máquinas hacían ruidos extraños. Decía que sentía que algo la seguía cuando salía del turno nocturno. Nunca se quejaba de miedo, pero en los últimos días hablaba menos, comía menos. —Hace una pausa—. Me dio esto, por si acaso.
Saca un paquete sellado: dentro, una placa de acceso universal y una nota tan breve como urgente. Reconozco los números: una matriz de coordenadas internas, imposible de interpretar sin los mapas antiguos de la planta.
Le prometo algo de justicia y sólo le entrego un recibo de registro. Salgo al corredor: la respiración me arde en los pulmones. La ciudad late más deprisa.
Me encuentro con Lio, una ex ingeniera desplazada a control de calidad. Sabe demasiado, calla demasiado. Bebe café de un termo, sus dedos se mueven nerviosos alrededor del vaso.
—¿Qué sabes de la retroalimentación inversa? —pregunto sin rodeos.
—Que es un chiste cruel. Que nadie lo entiende del todo. Que desde que la implementaron, la ciudad se siente… rara. Como si la energía se hubiera vuelto consciente. —Me mira, los ojos oscuros, temblorosos—. Alguien está usando los impulsos residuales para fines ajenos. Puedo rastrear las perturbaciones, pero no sabré para quién trabaja la energía hasta que alguien muera más.
Esa noche camino por la Pasarela 12, un tubo de cristal que atraviesa la ciudad por encima de la planta. Todo calla. Veo mi reflejo, multiplicado, distorsionado. Miro allá abajo: donde la fusión hierve, el aire ondula, la luz es falsa, desplazada. Las sombras parecen moverse por voluntad propia.
Hay algo allí, en el corazón del núcleo central. Un pulso de ondas enfriadas, la vibración de metal caliente. Decido seguir la pista de las coordenadas: en el mapa de Mariela, llevan a una subplanta en desuso bajo el sector Sur.
Entro, la escotilla cierra tras de mí con un susurro líquido. El aire aquí es más denso, más cruel. El ruido de la planta suena lejano. Bajo unos peldaños oxidados y recorro el túnel. Hay una secuencia de puertas selladas, hace años que nadie las cruza. Una de ellas reacciona al sensor de la placa universal. Detrás, hay una sala de control diminuta; polvo, monitores que aún parpadean, paneles que muestran líneas de código. Al acercarme, uno de los monitores se activa solo.
Las imágenes parpadean: grafos de energía, conversiones no autorizadas, impulsos de desvío hacia canales ocultos. Movimiento en las cámaras: alguien viene a menudo, usa la placa maestra para entrar, manipula los flujos, extrae energía. Pero no roba para venderla afuera. La redirección es interna. Sigo las trazas, mapas y coordenadas. Hay una concentración colosal de energía desviada bajo el sector Norte, registrada en los últimos diecisiete días. Todos los fallecidos tienen horarios coincidentes con esa transferencia.
De repente, la puerta se apaga detrás de mí. Noto una sombra en el umbral, el olor a ozono, la promesa de violencia en el aire.
—Siempre imaginé que olías así de cerca —dice una voz, vibrando como el metal frotado en un canto—. Curiosidad y sudor. ¿Qué buscas, investigador?
Reconozco la figura: Edhen. Nunca confíes en quien vigila a los vigilantes.
—Lo mismo que tú: un poco de verdad antes de que la mentira nos devore.
Se ríe, un sonido seco, sin humor.
—Ya no hay verdad. Sólo necesidades. La ciudad quiere crecer, pero no tiene con qué. Así que tomamos del futuro para alimentar el presente. La retroalimentación inversa es eso: robar minutos de mañana, minutos de vida, para mantener la luz. Cada vez que alguien muere aquí, el sistema absorbe su energía. Lo que queda de ellos alimenta la fusión, vuelve a circular, nos mantiene calientes—. Se acerca un paso—. No le digas a nadie, Avel. Todos en la periferia firmaron el pacto. Mejor morir dentro del ciclo, que congelarse afuera.
Me muestra un dispositivo, una especie de grabador con los nombres y parámetros de los últimos “donantes”. Mariela, su miedo, no era irracional, era anticipación.
Intento calcular qué hacer. Si informo, la ciudad se sublevará, las plantas quedarán a oscuras, miles morirán de frío. Si callo, me convierto en cómplice de un sistema que mastica a los suyos.
Le arrebato el grabador y escapo, corriendo a través del túnel, el eco de mis pasos repitiendo el dilema. Al llegar a la superficie, la aurora de la fusión tiñe de azul los tejados. La energía palpita en los conductos, y las sombras parecen sonreír en los charcos.
En el monitor de la oficina, empiezo a escribir el informe. Las palabras pesan. Por primera vez en años, siento frío. Afuera, la primera multitud inquieta se arremolina en torno a los generadores, buscando calor.
Tiro la placa al suelo. La energía no miente. Nosotros sí.
En algún lugar, el corazón del domo sigue latiendo, ajeno, insaciable. La ciudad sobrevivirá, hasta que ya no quede nada más que alimentar, ni siquiera el nombre de los que alguna vez quisieron entender el mecanismo de su hambre.
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