Portada del relato Ecos de neón
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Afuera, la lluvia descargaba su monólogo monótono sobre las cornisas. Los autos antigravitatorios pasaban a toda prisa por el bulevar, dejando tras de sí estelas de luz azul que tardarían minutos en difuminarse. No había más estrellas en el sur, pensó Daley: sólo reflectores giratorios y el recorte desdentado de los rascacielos.

Duración: 07:25

Ecos de neón
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

La noche era densa, grave, sin música. La ciudad de Grayson parecía respirar con el pecho apenas inflado, agotada de tanto sudarse en los charcos de luz blanca y neón. En la oficina del piso 67 —un cubículo angosto forrado de paneles traslúcidos y anuncios luminosos parpadeando detrás del contraventil— Marcus Daley esperaba su propio reflejo. El vaso temblaba en su mano derecha: whisky barato, casi sintético. Había en la mirada de Daley un brillo febril, una sombra férrea que pocas veces salía a la luz, pero siempre acechaba.

Afuera, la lluvia descargaba su monólogo monótono sobre las cornisas. Los autos antigravitatorios pasaban a toda prisa por el bulevar, dejando tras de sí estelas de luz azul que tardarían minutos en difuminarse. No había más estrellas en el sur, pensó Daley: sólo reflectores giratorios y el recorte desdentado de los rascacielos.

Una sirena solitaria, distante, coloreó la noche de un matiz ambarino. Daley se preguntó, como lo hacía a menudo en noches como esa, por qué seguía en esa ciudad, cuando la decadencia había sumido a Grayson en el lodo de los delitos de alta tecnología y el ruido blanco del olvido. La respuesta era sencilla: la miseria de los demás todavía era un oficio, y la suya era la única lealtad que podía permitirse.

Le habían dejado el encargo en la bandeja virtual, lleno de esas frases cortas y pulcras que sólo usan los que no piensan morir esa semana:

Encuentre a Julian Cross. Recompensa doble si sigue vivo.

No había remitente. No lo necesitaba cuando el mensaje venía cifrado en una frecuencia que sólo Daley y unos pocos otros podían descifrar, los rezagados de una generación que recordaba las guerras de servidores y los primeros crímenes de reemplazo cerebral. El nombre de Cross pesaba. No era sólo otro sistema experto fugado, ni un simple hacker blandiendo códigos falsos: era un programador de memorias, uno de esos raros capaces de implantar recuerdos donde antes sólo había vacíos.

Daley encendió su viejo compresor de datos y dejó que la IA del escritorio rastreara las primeras migas. Cross había desaparecido hacía cinco noches, justo después de una ola de crímenes supuestamente imposibles: tres asesinatos realizados a través de cuerpos sustitutos, marionetas ciegas pilotadas por redes oscuras.

La interfaz se iluminó proyectando las últimas ubicaciones públicas de Cross. Apariciones en sótanos de clubes en el Distrito Jade, grabaciones borrosas de una figura solitaria en gabardina sumergiéndose en un mar de paraguas automáticos. Daley cerró los ojos un instante; el eco del whisky le calentó la garganta.

Era hora de empezar.

El Distrito Jade olía a ozono y desperdicio reciclado de sexta generación. El suelo, hecho de un compuesto barato que rechinaba bajo las suelas, estaba bañado en un resplandor pestilente por la publicidad hiperactiva de las bandas comerciales. Daley avanzó entre vendedores de especias sintéticas y pieles tatuadoras, deslizándose bajo los toldos de microfibras que escupían eslóganes en todas las frecuencias.

En la entrada del club Pandemonium se topó con una reconocible cara olvidada: Nadja, retocadora de realidades, exiliada perpetua del mercado legal. Sus ojos—uno carmesí, uno gris pálido—parpadearon con lentitud.

—¿Buscas a Cross? —preguntó, casi como una cortesía.

Daley asintió, conteniendo el temblor de sus dedos. Nadja hizo un gesto con la barbilla hacia el interior del club.

—Si sigue vivo, lo encontrarás en el subsótano. Pagó por una habitación sin ecos, sin memoria. Eso cuesta caro.

Daley bajó una escalera empapada de graffitis inteligentes. A cada paso, una voz artificial intentaba venderle sueños lúcidos de veinticuatro horas por solo tres créditos. Lo ignoró y siguió descendiendo hasta encontrarse frente a una puerta negra, sin marcas. Era un cuarto sin ventanas, como todas las guaridas de aquellos que pretendían disolverse.

Entró sin tocar. Un olor agrio y la vibración de ventiladores minúsculos llenaban el aire. En el rincón más alejado, Julian Cross lo esperaba, sentado frente a una mesa de placas de memoria, cables trenzados como venas negras sobre el tablero.

—Sabía que vendrías —dijo Cross sin mirarlo—. Nadie puede desaparecer dos veces en Grayson.

Daley cerró la puerta tras de sí y se sentó. Podía oler el miedo, la descomposición en la postura de Cross, pero también la arrogancia de quien cree estar un paso más allá de la trampa.

—No hay más estrellas, Julian. ¿A quién le vendiste la tuya?

Cross se rió, una risa hueca y quebradiza.

—Quizá me la robé yo mismo. ¿Lo consideras crimen o redención?

Daley apoyó sus codos en la mesa.

—¿Los asesinatos? Cuerpos sustituidos. Recuerdos borrados. ¿Fuiste tú?

Cross negó con la cabeza, pero de manera extraña, como si negara algo mucho más profundo que un simple hecho.

—No. Alguien usó mi sistema de implante. Alguien con acceso a los patrones de eco. Se han vendido muchas cosas en los mercados negros… pero recuerdos, Marcus… los recuerdos valen más que la carne. O que el alma, si aún existe tal cosa.

Daley lo observó en silencio, mientras una idea estiraba sus garras en su conciencia. Si las víctimas habían sido poseídas por otras identidades, si los recuerdos que las habitaban al morir no eran suyos… ¿quién había matado a quién? ¿O era el asesino sólo un eco más?

Antes de poder responder, la puerta se abrió con un chillido. Dos figuras, sin rostro, sin traje reconocible, revestidas de un material opaco y blindado hasta la médula, apuntaron al centro de la habitación con pistolas neurales.

—Daley, Cross —dijo una voz neutra, amplificada hasta lo inhumano—. Fin del trayecto.

Daley se levantó con la lentitud de quien ya ha tenido suficiente de vivir. Por el rabillo del ojo vio a Cross rebuscar entre las placas de memoria, buscando quizá la rendición, quizá un botín final. Daley supo entonces que ambos eran sólo piezas sustituidas en un tablero jugado a ciegas.

—¿Vinieron por las memorias? —preguntó Daley, tono firme, casi desafiante.

—Vinimos a limpiar los rastros —replicó el otro, y disparó.

El impacto neural fue como un relámpago interior. Daley cayó de rodillas, la visión desvaneciéndose en blanco y negro. En el fondo del vacío, escuchó, como un rumor, la voz olvidada de Nadja:

—El olvido es el único paraíso que nos queda.

Se despertó con el sabor metálico en la boca, en algún sitio mucho más frío y aséptico. En la penumbra artificial de una celda de reprogramación, Marcus Daley vio desfilar, en las rendijas de su memoria, fragmentos de vidas que no le pertenecían. Una tras otra, imágenes apiladas de asesinatos y besos, huidas por techos húmedos y encuentros turbios en corredores sin nombre.

La ciudad de Grayson, allá fuera, seguiría su curso, aletargada bajo la lluvia. Nadja estaría mezclando identidades nuevas, mientras que Cross… quizás Cross sería ya sólo otro recuerdo, vendido por partes en el mercado más antiguo: el comercio de lo irrecuperable.

Las luces parpadearon. Su propio rostro aparecía y desaparecía en el reflejo sucio de la pared metálica. Daley entendió, mientras la última capa de conciencia se desmontaba, que no importaba ya la recompensa, ni el nombre de Cross. Al final, todos éramos sólo ecos de neón. Y cuando los ecos cesan, la ciudad, por fin, puede dormir.

Copyrights © 2025 Viajerosdeltiempo.com. Todos los derechos reservados.

Ofertas Amazon: En calidad de Afiliado de Amazon, obtengo ingresos por las compras adscritas que cumplen los requisitos aplicables.