Fragmento:
Odiaba estos casos. Cuando la llamaron desde la Agencia, la palabra «anomalia» se repitió con la voz metálica de Ryx, su supervisora. Kira temía que ese tono se quedara grabado en su cabeza más que el nombre de la víctima, como solía pasarle últimamente.
Duración: 08:35
El primer símbolo apareció al amanecer, flotando sobre el canal más sucio del distrito de Ruber. Kira Vance lo vio casi por accidente, mientras se ajustaba el abrigo impidiendo que el aire de la estación de lluvias le calara hasta la piel. Era una figura geométrica, espirando una luz azulada apenas perceptible, deshaciéndose en ondas cada vez que alguien pasaba cerca. Levantó el traductor portable y lo apuntó, pero el aparato solo parpadeó y devolvió palabras sin sentido: _mensaje no identificable_.
Odiaba estos casos. Cuando la llamaron desde la Agencia, la palabra «anomalia» se repitió con la voz metálica de Ryx, su supervisora. Kira temía que ese tono se quedara grabado en su cabeza más que el nombre de la víctima, como solía pasarle últimamente.
En el distrito de Ruber, los residentes no preguntan, ni contestan. Son sombras deslizándose de una sombra mayor, goteando por las rendijas de los edificios de arcotecnia vieja, siempre mirando el agua negra de los canales con recelo. Si no fuera por el ruido sordo de los generadores y los anuncios holográficos parpadeando promesas vacías, parecería que la vida se tragó a este vecindario hace tiempo.
El símbolo era el primero, pero no el último. Cuando Kira llegó, la policía local ya había acordonado una extensión de muelle, y un dron flotaba encima, transmitiendo a la central imágenes filtradas para los medios. Ella caminó entre las cintas de seguridad —que se anudaban y desenredaban sin necesidad de ayuda humana— y pasó su identificación digital. Nadie detuvo su paso. Sabían quién era.
El capitán Tsubana esperaba apoyado en un pilar oxidado. La había llamado con una voz disfrazada de respeto. La realidad era que Kira resolvía casos cuando los demás ya tiraban la toalla. También la odiaban por eso.
—Simbología de guerra —dijo él, sin saludar.— O algo que quiere aparentar. No hay registros de nada así en las bases. ¿Esos cacharros tuyos pueden medírnoslo?
Kira encendió la terminal de espectro. Las ondas gravitacionales del símbolo estaban alteradas, como si lo hubieran trazado con una energía que no era del sistema solar. Se agachó, acercando su mano enguantada a la superficie del canal. La luz azul se intensificó.
—Es un marcador inteligente, pero no está emitiendo datos… —musitó.— Alguien quiere que lo veamos, pero no podemos saber qué nos dice. Es puro teatro.
—¿Terrorismo?
—Con Ruber ya viviríamos en alerta máxima si lo fuera. No, esto es una firma. Alguien marcó territorio, o está enviando un mensaje a quien sepa leerlo.
Lo miró de reojo. Tsubana miraba hacia otro lado, pero sentía el temblor interior en el ambiente, esa pulsación eléctrica que le erizaba la nuca. Kira decidió quedarse sola. Bajó por la pasarela de composite, arrastrando sus propias preguntas, como cada vez que le tocaba lidiar con sucesos inexplicables.
La primera muerte llegó antes del segundo símbolo. Era un mendigo, un hombre al que todos en Ruber conocían solo como Ollo. A las nueve lo encontraron flotando en el agua, con la piel teñida de un azul parecido al del primer símbolo. Kira se encargó personalmente de la autopsia virtual. No había sido asfixia, ni toxinas conocidas. Sus circuitos neuronales estaban recalentados, pero limpiamente abiertos, una muerte casi quirúrgica.
Volvió al canal al caer la noche, cuando la niebla lo desdibujaba todo a cuatro pasos de distancia. Avanzó cuidadosamente, visualizando los mapas mentales que la interfaz cerebral le proyectaba. Frente a la curva del muelle, donde hallaron al muerto, apareció un segundo símbolo, multiforme, danzando suavemente sobre la superficie del agua.
Cuando Kira se acercó, la luz del símbolo tembló con su proximidad. Sacó el captor molecular y lo sumergió bajo el holograma. Nada, ni un rastro de materia extraña. Pero entonces notó el zumbido, algo imperceptible al principio, que fue creciendo hasta ser una vibración en el pecho. Una voz, un susurro directo al córtex:
—Kira… estás viendo lo que no debes.
Cerró los ojos y forzó los usuales protocolos de defensa mental. No había dudas: aquello era un mensaje dirigido, alguien o algo la había localizado a través del símbolo. Luchó contra el pánico. Respiró hondo, la garganta seca. Se levantó y miró alrededor, pero no vio nada, sólo neblina y el reflejo distorsionado de su propia silueta. Sin embargo, el zumbido persistía.
La central la llamó a la hora, exigiendo un informe. Decía la orden interna: **prioridad uno, posible ataque del Frente del Vacío**. Pero Kira no creía en amenazas externas, no aquí, no así. Esto era interno, del tejido mismo de la ciudad. Alguien conocía a fondo Ruber, y también sus miedos.
A la mañana siguiente, la lluvia arreciaba. Kira caminó por el mercado techado, entre toldos chirriantes y aromas de especias viejas. Observaba a la gente. Los rostros estaban aún más cerrados que de costumbre; los ojos, demasiado esquivos. Alguien, pensó, sabía lo que estaba ocurriendo.
Junto a un puesto de carnes sintéticas, reconoció a Jaril, informante de la Agencia y, para muchos, un parásito sabelotodo. Se le acercó sin preámbulos.
—¿Qué sabes de los símbolos? —soltó en voz baja.
Él la miró, granos de sudor en la frente.
—No están hablando sólo contigo. Quieren que los veamos todos, algo va a pasar esta noche. Aquí cerca. Dicen que es el Giro.
—¿Quién?
—Los que han estado aquí desde antes. Los que no duermen cuando baja el canal y el agua se vuelve negra, negra de verdad. —Jaril se retorcía nervioso.— Hay más cuerpos, pero nadie los saca. El agua se los traga antes de que los veas.
Apretando los labios, Kira se dio la vuelta. Un giro. Un concepto en la jerga subterránea de Ruber para eventos que alteran el equilibrio de poder: un asesinato, la llegada de una nueva tecnología, una traición mayor.
Antes del anochecer, encontró el tercer símbolo. Esta vez, no estaba sobre el agua, sino en una pared: una figura idéntica a las otras, ahora extendiendo tenues raíces hacia los circuitos incrustados en el concreto. La había traído la corriente, pensó, pero ahora echaba anclas, penetrando los cimientos del barrio.
Se dio cuenta entonces: los símbolos eran portales, no sólo avisos. Marcaban una entrada y una salida, un intercambio en códigos que ella no podía leer. Se preguntó si la Agencia lo sabía y le ocultaba deliberadamente información.
La inquietud creció en cada rincón de Ruber durante la noche. La gente se encerró temprano; hubo apagones breves, inexplicables fallos en los sistemas de comunicación. Kira patrulló con el arma lista, aunque presentía que una herramienta física no serviría de nada ante lo que estaba por venir.
En el centro de la tercera marca, la esperaba una figura encapuchada. Su rostro era difícil de ver, tapado por una mascarilla, pero los ojos, líquidos y nictitantes, brillaban con un fulgor no humano. Kira apuntó sin dudar, pero la figura levantó las manos.
—Siempre buscamos testigos, inspectora —susurró.— Tú has visto. Puedes entender.
Kira mantuvo el arma. No respondería a más acertijos.
—¿Por qué las muertes? —preguntó al fin.— ¿Qué buscan aquí?
La figura inclinó la cabeza. El azul de los símbolos creció, cubriéndolos a ambos con una niebla pulsante.
—No hay muertes, sólo migraciones. Ruber es una bisagra. Cuando la puerta se abre, algunos salimos, otros entran. El agua es sólo el velo.
Algo en el aire, la electricidad del miedo y la certeza, se apoderó de Kira. Sintió un tirón a lo largo de sus recuerdos, como si se desprendiera de su propio cuerpo.
—¿Yo…? —alcanzó a preguntar.
—Por eso elegimos a los que pueden encajar entre mundos —dijo la figura.— Hoy eres tú. Mañana será otro.
El mundo se fracturó en mil reflejos, el azul se tragó el gris; la neblina se convirtió en espesor sólido que la empujó fuera del canal, más allá de Ruber.
En la superficie, el viejo Ryx dictaba un informe seco, mencionando la desaparición de la inspectora. La vida continuó. Los canales siguieron oscuros, a ratos azules. En Ruber, los símbolos se deshicieron al alba, pero en la memoria de sus sombras, los ecos aún temblaban. Y, cada tanto, cuando el agua bajaba y el aire traía ese zumbido inconfundible, alguien nuevo desaparecía, dejando sólo geometrías flotando por encima de las aguas negras.
El Giro nunca termina en Ruber. Kira lo sabe, sumergida ahora al otro lado. Y espera, quizás, a la siguiente testigo.
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